viernes, 15 de diciembre de 2017

COMISARÍA/ 1 poe







esa fea costumbre
de evitar nombrar

lo sencillo es lo antiguo
el poema como conjuro

quizás creer que todo es ficción

que el verso te pille corrigiendo
no hay trazo que no se dé en vigilancia

las aduanas del Yo
por osmosis filtran
la jalea cristalina
   de la verbosidad

leí por ahí
que Sartre
era adicto
a las anfetas

y la Sontag también

ser un poco disperso
preparar café en una taza sucia
comer lasaña fría
no salir del país
ni siquiera de tu cuarto
los poetas suelen no aprender a conducir


viernes, 8 de diciembre de 2017

LAGO LUNA ALBA NOCHE/ 1 poema de Giuseppe Ungaretti




         El endecasílabo: esa medida precisa que permite el canto y a su vez el contar, la transmisión de información. Forma que veo mucho más apegada a los cantares de gesta que a los altos cantos épicos, a lo Araucana y otro de esos textos "fundadores", por ejemplo. Pienso en Parra cuando demuestra la funcionalidad histórica del endecasílabo, como forma de recobrar un lenguaje primitivo, un lenguaje con temple divulgativo, la lengua de la tribu. El mester de juglaría ocurre por eso,  la convicción  pedagógica sobre la necesidad de transmisión de la palabra entre el público analfabeto. Se ve una métrica bastante democrática, al menos en sus orígenes, en la que juglares llevaban la historia de pueblo en pueblo, donde pretendían difundir los sucesos ya simbolizados en otros parajes, narrados de manera épica, sin embargo no impidiendo que ello anulase su contenido noticioso. Estos espectáculos se analogan con las proyecciones en cinetecas de barrio en los treintas o cuarentas donde se transmitían cada semana las noticias más importantes sobre lo ocurrido en el frente, por ejemplo, para la Segunda Guerra Mundial, o cosas por el estilo. Era un periodismo con una delicadeza, o lucidez por lo bello, que lo han convertido en arte, tal como lo que sucedió con los pocos cantares de gesta que se conservan hoy, compartidos de voz en voz hasta fijarse en un papel.
         Una herramienta cotidiana y bella: la palabra. 
         Creo que escribí esto imaginando a un Ungaretti que camina por alguna calleja romana declamando sus poemas oscuros y campesinos, metafísicos pero brutos; destacando en ellos lo que Tomás Segovia, el poeta mexicano, decretó como los endecasílabos más límpidos y perfectos desde Petrarca o Dante. Ungaretti, cuyo semillero se halla en el período de entreguerras, donde los jóvenes intentaban a patadas desenmarcarse del poeta rey D’Annunzio y su mesianismo protofascista, y un poco antes, cómo no, en plena trinchera, donde escribió una de las poesías más frescas y vitales, como si sublimara el horror de las circunstancias en esas palabras que configuraron la nueva poesía europea; algo similar a lo que le ocurrió a Apollinaire cuando escribía sus Caligramas en el frente.  
         El siguiente poema es una versión de su volumen Sentimiento del tiempo de 1933.









arbustos gráciles, ceño
de susurro escondido

un pálido rencor se arruina

un hombre, solo, pasa
con su espanto callado

¡cuenca luminosa,
que te acercas a las fauces del sol!

vuelves colmada de reflejos,
y encuentras gracioso
lo oscuro

tiempo, temblor fugitivo




miércoles, 6 de diciembre de 2017

AUTOPSIA DE OTRO/ 1 poema largo







y qué más da
            empezar así:

                            NO
            aquí ya no
aquí no trina
            el ruiseñor
ni otra bípeda
            romántica,

ya que
usted sino
lee poesía polaca
            en voz alta, tendido
            en la cama;
al uso, según parece,
            de algún vago
derramado en su cuneta
despotricando
                        mofas al aire,

echa vistazos al ventanal
            porsiaca:

nota que las hojas caen
y no tocan el adoquín;
la niebla huye de patios vacíos,                       
la muchacha de calzas
se pasea a lo lejos;
y nada más
            se le ofrece que:
            dos rayos de sol,
siete gaviotas, casuchas
que bordean el Cordillera             




            examine su día:
el libertinaje le agobia, la
escena de un hombre decente
            sería esta:
                        toma asiento,
            enciende su pallmall,
                        pierde la mirada           
            en el vacío
                        bajo un murmullo de grillos
                        se echar a llorar




y no es que tenga socios
            en la prole suicida,
no
            aquí no
ha de suponer
de
    fini
quitar
         se
ahora
            esque
            cómo?

            seppuku vestido
            fármaco bebestible
            bañado con utensilios
            caída libre pletórica
             
            bah, tonterías,
restos odiosos
            de novela rusa

en un depto de alquiler, amoblado
de trastos ajenos, vestidos  
nada más que de ropas de galpón
                                                           americano,
que no quepa la pena,
                                   no
                                   aquí no
                                   es el lema;      
            acaso un berrinche            sí  
            el temple sui generis
para una sana eucaristía
con la melancolía canalla,
tan eficaz y gemebunda,
como un esplín o una saudade;
                                  
levántese
            que la cama no sea tumba,
que al fondo se vean calcetines,
            plata tal vez;

            levántese

en el espejo de baño sus dientes
picados, el jopo de Morrisey,
cierta cicatriz infantil
en el pómulo izquierdo
que la creen margarita

                        los granos
se han marchado de su cara
y con ellos, su juventud

            el televisor son rayas:
            una mujer desnuda
se embadurna los muslos
vislumbra bajo su ropa interior
la ciencia de unas toallas higiénicas
                       
                                    en el living, un tarot
                        hecho una rosa, amuletos
                        de bisutería, vitrificados,
                        filas de novelitas de viejo
                        a un costado de una Olivetti,

y en la mesita,
                        para inventariar:

tres hindúes: una familia
de elefantes, una lámpara de sal
que suda dejando un charco   y
un buda de porcelana con cara de Mulán,
            White Tara se llama


….



es que no         insiste
no hay motivos ¿no ve?
para deambular a pie pelado
por el flexit y tan diletante
porque aquí no cante
                        ni el mirlo;

alergia.

mire,
es hora de acatar
ciertos puntos
                        uno      fructifique
                        dos      produzca
                        tres      actúe
                       
                        algún mendrugo de prestigio,
nadie pide prensa rosa,
                                   ni viajes a Tombuctú,
sino algo terrestre      
                                   con lo que alardear,
                        ante
aquella
preguntita
fisgona:

            ¿en qué estás?

            ¿para qué sirve?

            ¿es una broma?

            una broma sin límites,
infinita pongamos, ¿acaso
            no es el horror? 

indiferente
gira el pomo
se echa a volar

baja los peldaños
                                   de dos en cinco,
de cuatro en tres,
con dificultad, pues
                                   sus garritas de colibrí
aún no lo sostienen en pie

arriba el cielo pálido   inalcanzable,
la brisa cristalizada sobre el macadam
y babosas bajo sus tenis agujereados

las micros surcan berreando
este anfiteatro de cerros,

acompaña el aroma a café
matusalén que despide
el puerto por las mañanas
y durante el día, por gracia
de cierta fábrica como del XIX
ubicada en plena av Francia
que sin obreros ni a pito
de nadie, sigue funcionando,
como una casa embrujada

se ve desde aquí
la chimenea oxidada
            de la cafetera,

allá al fondo, una procesión
fúnebre o de recién casados
sube apenas por Tomás Ramos
            que en plan trivia  
            fue un mercader
                        de jabón
                        de becerro
                        de licor
                        tipo vino

….


al filo del bordillo
        su tribuna
espera la B

no viene

ejercita un verso,
un versículo, si da
el vuelo

         
lo olvida en cosa de sinapsis.

tranquilo,

espera micro,

se toma más
del tiempo habitual,

tranquilo;

aquí tiene la prisa

            a pie baja por la calle
surcada de botellines, colillas
bolsas que bailan, calzoncillos
abandonados por sus dueños
como zarigüeyas arremolinadas
en el barro arenoso                 grafitis
a lo Basquiat, rincones tipo Bacon,
papel kraft con poesía panfletaria,
y un niño autista que creyéndose
sapo de micros le indica la hora
a los transeúntes y a las palomas

eran gitanos
            en realidad
                        por Tomás Ramos

la calle va para abajo

es el río caudaloso
que desemboca en la plaza
como una cañería al mar

la Sotomayor soleada, baldía:
esto no es una plaza, dice
            un porteño, sino
            este eriazo
pavimentado,
            la playa
estacionamiento
            o el sitio
perfecto para una guillotina
                                  
            en su centro,
con trozos de jibia
que cuelgan de su pico,
como el caldillo de cebollas
de un cucharón,
un pelícano rebuzna
al estilo parque jurásico

anuncia, al parecer,
la venida de un cataclismo

los bomberos prenden sus alarmas,
una ola enorme se hace notar al fondo,

los transatlánticos se mecen
como patitos de goma en una bañera

las anfitrionas de los restoranes
se dan a entender a groserías,

los marineros patrimoniales
pierden sus ribetes, insultan
a la gente creyendo controlarla

            la casa tiembla
            la ciudades tiemblan

o las habitaciones
de una casa.

Imagina
Viña como living,
Villa como dormitorio,
y el puerto como un baño, siempre húmedo,
maloliente, como los cormoranes
            que se empapan a medianoche


*


este carcajeo de gaviotas
acá en Villa Germania,
a veintisiete kilómetros
de las orillas del pacífico;
                                              
asi de tanta manifestación
telúrica se aturdieran,
atrayéndose confusas
                        hasta aquí
donde
            ni rocas
            ni plancton
                        hay para ellas.

            hace sueño,
pero el fraseo
viene solo, voluble     
            como sondas
                        elípticas,
                        astrales,

desquebrajándosele
la mollera tan briosa,
por haber quemado
tal vez aquel pitillo
comprado a precio
huevo a un camello
desesperado y corto
            por fin de mes.

no hay plan,
está solo en casa:

fuera sus moradores
por trámites u ocio
provoca la ocasión
para trabajar
            en silencio total,

cobijado en la sencillez
            quizás el horror
de una casa vacía.

se acomoda en pose zen
            frente al bowindow
con el notebook viejo y denso
                        en los muslos

abre el Word,
letra Garamond,

calibre dieciséis,
justificado, un espacio.

escribe
como un niño con TDA:
a cada tanto detenido
por curiosas menudencias

aletea, el texto
se dispersa,

aletea
las ideas le son,
en un punto,
inalcanzables

sin venir a cuento
                        busca en el google algo
sobre la música ambiente

Ian Curtis,
poeta de Madchester
nacido de androide
perdido en tierra de nadie

Ian Curtis,
especie de eremita epiléptico,
adicto al ravotril, que vaga
por una fábrica de estéreos,

Ian Curtis
una pura escena:
el brote del fascismo suburbano.

sin el hito no vería
punkis que mendigan 
en los pasos bajo nivel
                        del metro

una novela de sci-fiction:
            House of Dolls
(no el drama de Ibsen)
escrita por Ka-Tzetnik 13563 3,
(así, con cifras.)
menciona las joy división.
           
            la solapa del libro
            resume:

            el hombre conocido
como Ka-Tzetnik 135633,
sobrevive al Holocausto (…)
            pasan treinta años de
pesadillas nocturnas de intensidad aterradora,
cautivo de los horrores
de su dos años en Auschwitz (…)
            es 1976, busca ayuda
del Profesor Bastiaans,
el psiquiatra holandés
primero en reconocer
Holocaust-Syndrom
Síndrome del Campo de Concentración,
y en tratar con éxito
a supervivientes
mediante una terapia
que incluye dosis de ele ese dé (…)

Ian Curtis
recuerda una declaración:
no vi un árbol hasta los 9 años.

el árbol es como el esqueleto
de una mano,
una red de huesos
en movimiento      

los
mecanismos
son
        indi―
        tintos,
        ejem,
jamás prestó atención      
a sus dedos al escribir,


los mira,
parecen
brazos de humanos
en miniatura:

    trabajan con el físico,
como los proletas,

el supervisor: la cabeza
―cerebro latifundista―,
emite nervios como versos
que su mano
        acata,
        o sea,
        escribe.

uh, acaba de pillar sin querer,
su trauma con los pájaros

            uno      pajarea para dar constancia del viento;
            dos      toma nota como las patitas del polluelo
                le dan impulso para volar,

en la cocina la tele cuelga,
gringos conchatumare, dice
su hermano al ver final
de Sister act: la Whoopi Goldberg
dirige un coro góspel de blancas

mudo su hermano se come
un huevo frito mal cocido:
carbonizado debajo, crudo encima,
o sea: mucho fuego, poco tiempo

                        van idos como gansos

su hermano exhibe sus ojos atroces,
usted evita mostrarse así
y pone gotitas en ellos

un grupo de hombres fuera
ríe con desconsuelo,
borrachos        es posible
sienten pasar la noche
con vacilación;

relucen los pocos
neones de aquel
lado de la calle,

un lanzallamas sobre un árbol danza,
la caravana nupcial de autos llega
            por calle Lautaro




serán estos los lineamentos
de la limpieza,
o más o menos,

lo primero:

cómo salvar en fácil un problema peludo
me parece ideal precisar el verbo salvación,
y para esto pondré un ejemplo:

            el mal viaje.

¿cómo sobreviviría
a las garras de una red
o de un talón,
de esta locura  
ya implícita,
mutante?,

quizás sea ese alguien
que allá afuera escucha
la tele con estridencia;

chile gana, otro gol,
y los vecinos moto
gritan despavoridos,

en tanto usted presta atención
a los renglones vacíos de un Tabarovsky

lo segundo:

desde acá ve
un anciano decrépito que
hojea un Frits Lang y
es llevado en silla de ruedas
por su enfermera adolescente

divisa a un padre
que lleva a su hija a la plaza
a jugar a solas en los resbalines

detrás de ellos se quema un depa

la plaza,
la muerte,
los niños

los bomberos histéricos

de nuevo,
un departamento en llamas,
el partido por la tele;
            sexo,
            alcohol,
            siniestros
            se ve desde acá

            lo tercero:

de pronto, obstinado, el dintel de la puerta
se resquebraja cayendo a su nuca un polvo

es como si temblara todo el día,
vibra desapasionado el muro,
y la alfombra, y su bebé que le rumia
los catarros, suceden incólumes
al susurro de la convulsión,


no es que vibre, crepite
             encía,
             bebé,
             diente
         unos hilos que penden
de cortinas, perdiéndose,
entre las cañerías rotas,
en lo profundo de su casa

lo cuarto:

mientras las mujeres ríen                          
            música de los ochenta,
            desagües que refluyen,
el chicle pierde su sabor;

están estos lunares en el mantel que le retuercen la vista,
de inmediato nota espantado que su mano se mueve sola
por las hojas de un calendario

entre el negro de la tinta
y la pupila que ve,
distingue remotas palabras,
"relleno", "Puttermesser".

la película se va a comerciales:
una niña con acné se maquilla
con su propio antiséptico,

cambia al 99, el último canal
del dial: un evangélico da el sermón,
en el 1 una entrevista en inglés
del noticiario de la BBC,
del 2 al 4 son españoles,
            el 5 argentino.

ambas se cagan de la risa
pero a ella no le caería
en gracia que usted escribiese:
"en tanto lavan y secan la loza
las mujeres hablan de Paul Preciado",
y así y todo es lo que hacen:
con una mano secan con la otra
declaman párrafos del Manifiesto Contrasexual

dos voces, serían,
que sellan un pacto irreal,
        bajo el poder de la lengua
que, siniestra y vanidosa,
galopa separada de la vida y unida
a ella hasta la muerte,

como de hecho está el azar
en su nervio cartilaginoso.

lo quinto:

¿un ensayo sobre Tabarovsky
                        Buenos Aires, 1967
o acerca de la muerte del público      
                                   circa 2004 ?

sesgado. Tabarovsky:
fue la sintaxis, dice,
la que estuvo en discordia

luego vino lo nimio,
acaso lo absoluto;

eso que iría hacia
            una teoría del estilo,
llegando tal
            como un estilo de teoría

los grandes libros fueron escritos para no ser leídos,
sino degustados,
            palpados,
asimilados lentamente,
sin leerlos sino explorando,
ensayando sobre ellos,
desgranando

ando
en lo que digamos,                                                                                           
son zonas públicas,
encarnadas en las columnas,
y las privadas,
los ensayos

la columna extrovertida,
la introversión del ensayo
le daré otro ejemplo práctico:

escribir sobre una lavadora,
y no sólo eso,
una lavadora en una cocina
quizás fría, estrecha
de un departamento del año sesenta,
en la comuna de Ñuñoa,
en Santiago de Chile