sábado, 18 de noviembre de 2017

LAVAR LA LOZA ES SAGRADO/ 1 poema






lavar la loza es un acto sagrado
diseñar una ciudad sumergida

un tótem figurativo de pollock
o una cajita de joseph cornell

ollas y platos se amontonan
y navegan por el agua sucia

los tenedores se hunden a fondo
y los restos tapan el desagüe

un caldo se revuelve
y se llena de espuma
de un detergente gelatinoso









martes, 14 de noviembre de 2017

ODA A UNA BOTELLA QUEBRADA






una botella de litro y medio de cocacola
se quiebra una noche en el pavimento

esparece su sangre oscura por el piso
granulado, delineando el sitio del crimen

a la luz de la luna la mancha es una anémona
una araña enorme de criptonita y diamantes

el sol de la aurora evapora la sustancia
dejando a la vista estas espigas de cristal

y una etiqueta roja trizada como los parabrisas
que aún consigna cocacola coke hecho en chile




sábado, 11 de noviembre de 2017

EL LECTOR COMÚN/ 1 texto de Virginia Woolf





Hay una frase en la «Vida de Gray», del doctor Johnson, que bien pudo ser escrita en todas esas salas, demasiado humildes para ser llamadas bibliotecas, aunque llenas de libros, donde gente anónima se entrega a la lectura: «… me regocijo de coincidir con el lector común; pues el sentido común de los lectores, incorrupto por prejuicios literarios, después de todos los refinamientos de la sutileza y el dogmatismo de la erudición, debe decidir en último término sobre toda pretensión a los honores poéticos». Define sus cualidades; dignifica sus fines; se dedica a una actividad que devora una gran cantidad de tiempo, y sin embargo tiende a no dejar tras de sí nada muy sustancial: la sanción al reconocimiento del gran hombre.

El lector común, como da a entender el doctor Johnson, difiere del crítico y del académico. Está peor educado, y la naturaleza no lo ha dotado tan generosamente. Lee por placer más que para impartir conocimiento o corregir las opiniones ajenas. Le guía sobre todo un instinto de crear por sí mismo, a partir de lo que llega a sus manos, una especie de unidad —un retrato de un hombre, un bosquejo de una época, una teoría del arte de la escritura. Nunca cesa, mientras lee, de levantar un entramado tambaleante y destartalado que le dará la satisfacción temporal de asemejarse al objeto auténtico lo suficiente para permitirse el afecto, la risa y la discusión. Apresurado, impreciso y superficial, arrancando ora este poema, ora esa astilla de un mueble viejo, sin importarle dónde lo encuentra o cuál sea su naturaleza siempre y cuando sirva a su propósito y complete su estructura, sus deficiencias como crítico son demasiado obvias para señalarlas; pero si, como afirmaba el doctor Johnson, tiene voz en el reparto último de los honores poéticos, entonces, tal vez, merezca la pena anotar unas cuantas de las ideas y opiniones que, insignificantes por sí mismas contribuyen, no obstante, a tan grandioso resultado.



lunes, 6 de noviembre de 2017

NIEVE / 1 poe








mi café parece agua de riachuelo
y la humareda de las tostadas

cubren el cielo raso de partículas
de carboncillo que pintan hormigas

que transitan o aparentan hacerlo
en un manto de nieve recién caída

hace tanto que no veo nevar
que ya se me olvidó el color

abro las persianas, echo un vistazo
a las peluzas de hielo que caen

unos galgos surcan las colinas
nevadas de nuestro patio trasero

y por sobre las murallas mojadas
cubiertos por las hilachas del sauce

una hermosa devota tiene el mal
gusto de evangelizar a una haitiana

allá dos niños en un coche pequeño
como dos hámsters en una ratonera

el rubiecito conduce, el otro
ensaliva un kojak de frutilla

postes de luz que son tubos de ensayo
luciérnagas suicidas que estallan

contra el capó, y las plumillas que barren
el granizo que revela sus rostros

diminutos ante la trama de la nieve

que se admira como al cinematógrafo




jueves, 2 de noviembre de 2017

UN SUEÑO/ de, los años de la demolición








había un animal extraño
un cetáceo en forma de flor,
o girasol, gigante
rosa
húmedo

alguien me enseñaba
sus partes: alma gelatinosa,
tallo o centolla y hojas

el ser respiraba por el centro,
por un orificio similar a un ano,
húmedo como una vagina en éxtasis

nos comíamos el cetáceo a las brasas de un pino
no recuerdo el sabor ni el olor, sí que los restos
los maceraba con sal y los ponía junto al fuego
para ahumarlos

mientras el humo me llegaba a la cara
la escuché decir: esta güeá da cáncer[1]











[1]Anotación al margen: ¿Qué diferencia sustancial existe entre esta escena y un sueño? Los ojos son pinceles, pero en el sueño no hay ojos. ¿Dónde se desarrollan los sueños? ¿En algún intersticio del cerebro? Como si se hallase instalado en ese lugar un set cinematográfico, en donde un director-guionista que conoce todos tus secretos –incluso aquellos que aún no existen- está pronto, en alguna de estas noches blancas, a exhibir.

BARTHES Y LA NOVELA/ 1 txt de Alberto Giordano






Éric Marty recuerda, en “Memorias de una amistad”, que después de la muerte de su madre, la idea de escribir una novela se tornó obsesiva para Barthes, lo presionaba extrañamente, como un imperativo más que como una aspiración. “No entendíamos qué quería hacer.” Los frutos de ese trance perturbador fueron, como se sabe, extraordinarios: La cámara lúcida, los apuntes del curso La preparación de la novela y “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”, el ensayo de Barthes que incluiríamos en una antología del género, de Montaigne a la actualidad, en caso de que solo pudiéramos incluir uno. Antes de que se convirtiera en obsesión, con más de una década de anterioridad, la idea de que “la novela siempre es el horizonte del crítico”, que el crítico, como el Narrador proustiano, es un escritor aplazado, ya había sido propuesta en el Prefacio de Ensayos críticos, un texto programático de múltiples alcances (de esos en los que la mirada retrospectiva se complace al reconocer que entre sus enunciados ya estaba dicho “todo”). Siempre entendí que la novela como horizonte, en el caso de un crítico para el que la verdad de su ejercicio reposa, fundamentalmente, en la intensidad del deseo de escribir, no sería un más allá del ensayo, sino más bien su límite exterior, ese que Barthes alcanzó, magistralmente, en La cámara lúcida. Nunca se trató de la composición de un relato, de imaginar una trama ficticia. Y sin embargo, en La preparación de la novela, justifica su imposibilidad de fabular narrativamente, y lo hace a través de un argumento curioso: no sabe mentir, no porque no quiera sino porque no puede, aunque tampoco pueda decir la Verdad. “Lo que está fuera de mis límites es la invención de la Mentira, la Mentira lujuriosa, la Mentira que hace espuma…” Este argumento recuerda el de otro crítico que nunca dejó de serlo, pese a su intimidad con la literatura, Charles Du Bos, cuando se lamenta en una entrada del Diario de su escrupulosa y muy literal concepción de la sinceridad: “aun cuando poseyera esa imaginación creadora que no tengo, no estoy absolutamente seguro de que consintiese en servirme de ella, de que llegara a imponer silencio a ese aspecto profundo y como intratable de mi naturaleza que se revela contra toda transposición, cualquiera que sea”. Con el psicoanálisis de su lado, Barthes le añade al argumento moral un giro revelador: “el rechazo de ‘mentir’ puede remitir a un Narcisismo: no tengo, me parece, más que una imaginación fantasmática (no fabuladora), es decir, narcisista”. Movido por el deseo de escribir, el crítico se retiene más acá del punto a partir del cual, por fidelidad a ese deseo, podría perderse: elige el saber antes que la experiencia, incluso si concibe el saber en los términos del ensayo: como experiencia de búsqueda.




sábado, 28 de octubre de 2017

BJORK/ 1 poe






el congelador está lleno, por fin
por la mañana había una mantequilla
a medias, con un resto plumífero
congelado y descongelado, un par de veces ya

no puedo creer la canción que escucho
y soy como ese pájaro encerrado
en un invernadero, en una catedral de luz

no tenemos plata, es como hacer nomadismo
como deporte extremo, ingeniárselas

ahora el friser luce unas hojas de betarraga
y unos sostenes de achicorias,
                   morrones cromáticos
y no puedo creer la canción que escucho

la Ne ha ido a la feria;
         yo ando con psique
sin cuerpo ni órganos
tantos porros que me fumo
diarios, en el comedor
de diario donde, también, escribo

y los pájaros lloran por sus nidos
han cortado y botado la madera
otro depa más se vendió en verde

un pelícano trina en el alfeizar

de mi ventana