miércoles, 17 de enero de 2018

ENCENDEDOR/ 1 poe










dos tuberías en una cápsula bífida de vidrio rojo. dentro de estos contenedores hay gas líquido. en un extremo, una máquina diseñada para que el gas al salir ofrezca una llama. es una máquina cromada con la marca NEON en relieve, en una jugada a todas luces soviética. el color rojo acrecienta esta sospecha. en el cuerpo mismo de este apartado, está inscrita no sólo la marca sino el logo de la fábrica-corporación. una especie de símbolo radioactivo. la maquinaria de la cabeza del aparato constan de una rueda metálica que provoca chispas en la boquilla por donde el gas sale. bajo esta rueda hay un pisador, o como esos pedales para abrir la boca del basurero del baño, que suelta el gas. en la popa de todo el asunto hay una palanca que va en horizontal con un + en un extremo y un ― por otra, que regula su salida. sí, podría hablarse de una cocinilla diminuta. miyasaki postula en una de sus películas que existe gente diminuta que vive gracias a eso que no echamos en falta, de esos restos de lo que ocupamos que son casi imperceptibles. así, cuenta la historia de una niña diminuta que con su padre se metían a robar a la cocina de gente normal, un cubo de azúcar o una pizca de café. ¿y si utilizaran los encendedores como cocinillas de noche? el encendedor suele ser ese objeto imperceptible que nunca es de nadie, sino que es público, un bien social. pasa de mano en mano como la mercadería en un trueque feudal, el encendedor, que tiene el tamaño exacto para ser abrazado por los cuatro dedos de la mano dejando al pulgar girar la rueda y pisar el pedal en un movimiento casi instantáneo y permitir así la manipulación de la llama. esta llama es utilizada habitualmente para encender cocinillas, calefonts, velas, fogatas, asados, pero por sobre todo, para encender cigarrillos. de tabaco o marihuana, habitualmente. al reverso de la máquina se puede ver una inscripción con bastante texto y un código de barras. las letras en negrita ―que son las únicas que transcribiré― dicen ENCENDEDOR ADVERTENCIA IMPORTADO POR ENKO LTDA FONO 27868223 MANTENGA FUERA DEL ALCANCE DE LOS NIÑOS. en la parte cromada, además, como a un preso de auschwitz, lleva tatuada en relieve la siguiente placa A17A2. pienso: hasta los encendedores llevan un rut, esa ilusión de la particularidad. o los isbn de los libros. códigos de reconocimiento. imaginen una biografía para cada encendedor perdido alguna noche en una ciudad cualquiera. o, más zoom, la novela de los encendedores de un bar específico en una ciudad específica. hurgando en este papel pegado, noto que debajo hubo otro. intento sacar cuidadosamente esta primera capa, y lo que encuentro se escapa a mi imaginación. no son grafemas occidentales, sino kanjis, tipografía china, más bien. incluso, en el extremo inferior de todo el texto, afirma que fue HECHO EN CHINA

domingo, 14 de enero de 2018

NOTAS A UN POEMA DE MILLÁN/ "Virus" de Virus, 1987












1.  Ouróboros dice Millán en su poema Virus. ¿Qué quiere decir ouróboros?
2.   Si no entendemos el significado de esta palabra, difícil será obtener el sentido del poema.
3.   Si el resto dice dos más dos, este “ouróboros” sería el cuatro.
4.  Es más, puede prescindir del último verso, y resultar un poema interesante desde el punto de vista de la objetividad que pretende.
5. Ahora bien, ouróboros  es una palabra griega que significa serpiente que se come la cola.
6.    Perfectamente ese habría sido el título del poema, pero Millán prefirió dejarlo para el final.
7.  Funciona, más bien, como una nota explicativa o un pie de página.
8.    Virus se titula el volumen que contiene este poema.
9.   Este poema es el breve espacio en blanco que separa cola de boca.
10. Este poema se retuerce de tal manera que urde un agujero negro.



VIRUS[1]

Si llevas el veneno
en las fauces,
muérdete la cola
donde está el antídoto
como el ouróboros.











[1] “Humor de víbora” para los griegos.

sábado, 13 de enero de 2018

¿CÓMO ESCRIBÍA MARINA TSVETAIEVA, MI MADRE?/ 1 semblanza de Ariadna Efron







        


         Dejaba a un lado todas sus obligaciones, todo o urgente, y escribía muy temprano por la mañana, con la cabeza fresca y el estómago vacío.
         Tras beber un sorbo de café solo, muy caliente, dejaba el vasito sobre su escritorio, ante el que se sentaba todos los días de su vida, como un obrero ante su máquina, con el mismo sentido de la responsabilidad, la fatalidad y la imposibilidad de actuar de otro modo. Todo lo que, en ese momento, le parecía superfluo en esa mesa, lo apartaba, haciendo sitio, con un gesto que se había convertido en algo mecánico, para poner el cuaderno e hincar los codos. Apoyaba la frente en la palma de la mano, se hundía los dedos en el cabello y se concentraba inmediatamente. Se volvía sorda y ciega a todo lo que no fuera su manuscrito, en el que se sumergía con el pensamiento y con la pluma.
         No escribía en hojas sueltas, sino en cuadernos, los que fueran, desde una libreta escolar hasta un libro de contabilidad, siempre y cuando no empaparan demasiado la tinta. Durante los años de la revolución, se cosía los cuadernos ella misma. Escribía con un sencillo portaplumas de madera y un fino plumín de colegial. Nunca utilizaba estilográfica. De vez en cuando, encendía un cigarrillo con un mechero o bebía un sorbo de café. Mascullaba, poniendo a prueba la sonoridad de las palabras. No se levantaba de la silla, no se paseaba por la habitación en busca de algún objeto que echara en falta: permanecía sentada ante su mesa, como si la hubieran clavado a la silla.
         Si la inspiración llamaba a su puerta, escribía lo esencial, desarrollando su idea a una velocidad a menudo sorprendente; si sólo alcanzaba a concentrar su reflexión, se entregaba a las tareas rutinarias de la poesía, buscando la palabra y la idea adecuadas, la definición, la rima precisa, suprimiendo de un texto ya terminado lo que consideraba superfluo o aproximado.
         En busca siempre de exactitud, de unidad en la idea y el sonido, llenaba una página, y otra más, con columnas de romas, decenas de variantes de estrofas, sin tachar casi nunca lo que ya no le gustaba, sino subrayándolo para poder seguir buscando alternativas.
         Antes de ponerse a trabaja en una obra importante, se esforzaba cuanto podía por concentrar su idea, elaborando un esquema del que no se permitía alejarse, para evitar que la obra, al volverse ingobernable, la arrastraba consigo.
         Tenía una letra muy original, redonda, menuda y clara, que, en los borradores del último tercio de su vida, se había vuelto difícilmente legible debido a que había aumentado el número de abreviaturas: muchas palabras habían quedado reducidas a su letra inicial; el manuscrito se dirigía cada vez más a ella sola. Las características de su letra habían tomado forma muy pronto, ya desde su infancia.
         Por lo general, consideraba que no cuidar la letra era, por parte de quien escribía, una manifestación de un insultante desdén por el futuro lector, fuera cual fuera éste, corrector o tipográfico. Por ello escribía las cartas de una manera especialmente legible y pasaba a limpio a mano, con una letra muy cuidada, los manuscritos que destinaba a la imprenta.
         Contestaba a las cartas enseguida, sin dejarlo para más tarde. Si recibía alguna en el correo de la mañana, a menudo esbozaba el borrador de la respuesta en un cuaderno, como si quisiera insertarlo en el curso de la creación del día. Sólo en su juventud escribía por la noche. Sabía someter a su trabajo la circunstancia que fuera; insisto: la que fuera. La capacidad de trabajo y de organización era en ella tan importante como el don para la poesía.

         Una vez cerrado el cuaderno, abría la puerta de su habitación a todas las preocupaciones y los quehaceres del día.




sábado, 6 de enero de 2018

A UN PROFETA (o un profe que es poeta o viceversa)





no aquí sino ahora
no ahora sino olvidar el tiempo

qué bien me hubiese hecho
haberte conocido, poeta
a mis dieciocho

por entonces leía
manuales de esoterismo
creyendo encontrar algún nirvana
pedestre / civil / congestionado
no era el tema

bebía a tripa partida
lo que hubiese, y
mis viajes de marihuana
eran taquicárdicos

(visualiza a un funambulista ciego
que no cae sino que levita
y todo el milagro ese
que ocurre sin ser visto)

no aquí sino en el cuerpo
no ahora sino tirar el reloj

el santo de la percepción
no me ha hecho daño

es más, levita conmigo
en una especie de lavadora
con girasoles y estalactita

sé que este no es
el poema objetivista
que esperas de tu pupilo

pero de momento a mi corazón
aún no le crecen los ojos

(perdón la rima insistente)

sólo le crecen dientes

que quieren comérselo todo



jueves, 4 de enero de 2018

EL VÓRTICE/ 1 ensayo de Eliot Weinberger






I

Las canoas se deslizaban por el bosque de árboles muertos. En el cuarto mes del año azteca, antes del inicio de la temporada de lluvias, subían al Cerro de la Estrella para encontrar el árbol más alto, más recto, más hermoso. Ataban con cuidado las ramas para que ninguna se rompiera, talaban el árbol sin dejar que las hojas tocaran el suelo y lo transportaban, cantando y danzando, al centro de la ciudad. Allí, en la plazoleta del Templo Mayor, erguían el árbol y desataban las ramas ante una imagen de Tláloc, dios de la Lluvia. Colocaban cuatro árboles más pequeños en las cuatro esquinas de la plazoleta y tendían sogas con vivos banderines desde cada uno de ellos hasta el árbol central, cuyo nombre era Padre Nuestro, o El Que Tiene Corazón. Alrededor de los árboles creaban un efímero jardín de arbustos, flores y rocas.
        
         Dentro de aquel jardín, los sacerdotes portaban una litera cubierta que transportaba a una niña de siete u ocho años. Iba vestida de azul, el color del lago donde se había erigido la ciudad de Tenochtitlán. Llevaba un tocado de cuero rojo, con plumas azules que surgían de la coronilla. En su honor se entonaban largas canciones.
        
         Entonces amarraban de nuevo el árbol Padre Nuestro y lo llevaban a una canoa. La niña era llevada a otra canoa, y cientos o miles de personas subían a sus canoas, sencillas o engalanadas, y se dirigían al lago mientras tocaban música, rumbo a Pantitlán, un peligroso y misterioso remolino de agua creado por un sumidero subterráneo.

         Cerca del remolino desataban el árbol Padre Nuestro y lo lanzaban verticalmente al lago, conocido como Madre Nuestra. Allí permanecía erguido hasta pudrirse, y como la ceremonia se celebraba todos los años, aquella zona del lago era un bosque de árboles muertos. Los sacerdotes sacaban a la niña de la litera, la degollaban con un pequeño cuchillo usado para matar patos, dejaban que la sangre fluyera en el agua y luego la arrojaban al remolino, con ofrendas de joyas, piedras, collares y pulseras. En silencio, las canoas se deslizaban entre los árboles muertos rumbo a casa.


II

         «La imagen no es una idea.» En 1914 Ezra Pound da nombre a la tendencia de algunos vanguardistas de Londres: «Es un nodo o clúster radiante; es lo que puedo, y debo forzosamente, llamar un VÓRTICE, a partir del cual, y a través del cual, y en el interior del cual, las ideas corren sin cesar. Por cortesía sólo se le puede llamar VÓRTICE. Y de esa necesidad surgió el nombre “vorticismo”».

         Pound empleó por primera vez esa palabra seis años antes, en el poema titulado «Plotino»: «Como el que pasa por el nodo de las cosas, / arrastrado hacia el vórtice del cono, / clausurado por doquier con recuerdos, solo / en el caos... / / Yo era un átomo en el trono de la creación».

         Plotino afirma (en la traducción inglesa de Thomas Taylor que leyó Pound) que el alma iluminada vuelve a su origen, que es un remolino. Está suspendida en el centro «de donde procede el círculo», y es dichosa, pues «la vida en el mundo inteligible consiste en la energía del intelecto».

         Allen Upward, 1922: «El fundamento físico de un remolino es el agua, o el agua y las rocas. Pero ninguna combinación de agua y rocas producirá un remolino, a menos que también haya una energía que no proceda de ninguna otra... Todo gira en torno a la cuestión de la energía. La diferencia entre un remolino (Whirlpool) y las aguas (pool) es la rotación (whirl)».


III

         Pound anotó en el manuscrito de su poema «Plotino»: «Supongo que el “cono” es el remolino del Vritta, anillo de vórtices de la cosmogonía del yogui». La idea procede de «un cierto maestro hindú cuyo nombre no he encontrado». El maestro hindú era Yogi Ramacharaka, cuyos libros había dado el joven Ezra a su novia Hilda Doolittle, y cuyo Hatha Yoga mencionó en uno de sus primeros poemas, Moeurs Contemporaines V. Pound aún hablaba de aquellos libros cincuenta años más tarde, en el manicomio de St. Elizabeths; en su vejez, H. D. todavía llevaba uno en su bolso como talismán de aquel amor de juventud; transcurridos cien años, los libros aún están disponibles con la misma encuadernación azul.

         Yogui Ramacharaka, el autor del Curso adelantado sobre filosofía yogui y ocultismo oriental Catorce lecciones sobre filosofía yogui y otros once libros, no existió realmente. Fue una invención de William Walker Atkinson, nacido en Baltimore en 1862, un abogado que residió la mayor parte de su vida en Chicago y murió en California en 1932. Participó activamente en el movimiento del Nuevo Pensamiento, una versión de la espiritualidad oriental destinada a los cristianos; dirigió las revistas New Thought [Nuevo Pensamiento], Advanced Thought [Pensamiento Avanzado] y Suggestion [Sugestión]; fundó el Club Psíquico y la Escuela Atkinson de Ciencias de la Mente, ambas de la Sala de la Compañía de Investigación Psíquica; y escribió montones de libros con su propio nombre: entre ellos, uno titulado Practical Mental Influence: A Course of Lessons on Mental Vibrations, Psychic Influence, Personal Magnetism, Fascination, Psychic Self-Protection, etc., etc., Containing Practical Instruction, Exercises, Directions, etc., Capable of Being Understood, Mastered and Demonstrated by Any Person of Average Intelligence [Influencia mental práctica: un curso de lecciones sobre vibraciones mentales, influencia psíquica, magnetismo personal, fascinación, autoprotección psíquica, etc., etc., que contiene instrucciones prácticas, ejercicios, orientaciones, etc., y puede ser comprendido, dominado y demostrado por cualquier persona de inteligencia media].

         Otros afirmarían más tarde que Atkinson escribió los libros de Yogi Ramacharaka con un gurú llamado Baba Bharata, al que habría conocido en 1893 en Parlamento Mundial de las Religiones celebrado durante la Exposición Universal de Chicago. Baba Bharata era discípulo del verdadero Yogi Ramacharaka, quien nació en la India en 1799, viajó a pie para visitar las bibliotecas de los lamasterios, ayunó en refugios montañosos y, a los sesenta y seis años, halló su propia filosofía. Entonces tomó como discípulo a un niño de ocho años y, juntos, desanduvieron el viaje de Ramacharaka. A los noventa y cuatro años envió a su alumno por el mundo para que difundiese sus enseñanzas, y Baba Bharata llegó a Chicago, donde sus conferencias en el Parlamento gozaron de gran reconocimiento, si bien no queda constancia de ningún Baba Bharata ni de ningún Yogi Ramacharaka original.

         La obra del segundo Yogi Ramacharaka, salvo algunas digresiones breves sobre los continentes perdidos de Lemuria y la Atlántida, debió de resultar irresistible para los lectores de comienzos del siglo XX. Se trataba de un auténtico sabio indio —el nombre de Atkinson no consta en los libros— que, con una prosa amena, presentaba un hinduismo rigurosamente moderno y universal, desprovisto de dioses y prácticas extrañas, y cuyas creencias no eran rechazadas sino confirmadas por los recientes descubrimientos científicos. Gran parte de su libro Lecciones sobre Gnani Yoga está consagrado a la evolución, la astronomía, la cristalografía, la microbiología y otras disciplinas modernas de la ciencia. Algunos pasajes de su Raja Yoga (1906) parecen en la actualidad una encarnación anterior de El ABC de la lectura de Pound (1934), como cuando el yogui afirma que «el gran obstáculo para el uso adecuado de la Voluntad, en el caso de la mayoría de la gente» —Pound hablaría del obstáculo para escribir bien, en la mayoría de los poetas—, es «la falta de capacidad para concentrar la atención». Para superarla, propone un ejercicio de concentración: considérese un objeto común, como un lápiz. «Permita que la mente siga todo desvío asociado [...], piense en el objeto en cuestión desde los siguientes puntos de vista: 1) El objeto en sí mismo. 2) El lugar de donde procede. 3) Su finalidad o uso. 4) Sus asociaciones. 5) Su fin probable.» El lápiz de Ramacharaka se multiplica hasta las 10.000 cosas en los Cantares de Pound, pero el método es el mismo. Tanto El ABC como el Raja Yoga cuentan la misma anécdota sobre el naturalista Louis Agassiz, quien dio instrucciones a un alumno para que observara de cerca un solo pez durante semanas hasta que se pudriera y desapareciera.


IV

         «¡Los giros! ¡Los giros!», exclama Yeats. «Lo que demasiado se pensó, no puede ya pensarse, / [...] se borran los lineamientos antiguos. / [...] / Empédocles todo lo arroja por doquier». Empédocles decía que, al principio, todas las cosas se formaron por las fuerzas del amor y la discordia, y que se mezclaron en un vórtice, algunas con más amor, otras con más discordia, en combinaciones infinitas. Aristóteles replicó que si los elementos estaban unidos por el amor y separados por la discordia, ¿cómo podrían separarse entre sí en un vórtice? Girando y girando en rotación, ¿cómo podrían deshacerse las cosas? Simplicio dijo que Aristóteles no entendía en absoluto a Empédocles.

         Las aguas (pool) no son la rotación (whirl). El vórtice de Anaxágoras, coetáneo de Empédocles, es centrípeto. Al principio todo era una unidad, inmóvil por un tiempo infinito, hasta que la Mente (Nous) puso el gran vórtice en movimiento. Al girar, las cosas se convirtieron en ellas mismas, cada una contuvo algo de todas las demás. Entonces la Mente, como el Dios de Descartes, se retiró para permitir al mundo ser. Sócrates replicó que eso era demasiado materialista y mecánico. Simplicio dijo que Sócrates no entendía en absoluto a Anaxágoras.

         La teoría griega del vórtice de la creación encuentra su principal expresión poética varios cientos de años más tarde, con Lucrecio. El caos estaba eternamente en rotación hasta que «una extraña clase de turbulencia, un enjambre / de los primeros comienzos» combinó los elementos y los separó en la materia del cosmos. Lucrecio dice que todo ocurrió por pura casualidad.

         Según Aecio, cuando el vórtice creó el universo, y los elementos más pesados se unieron para formar la tierra, y los más ligeros ascendieron para formar el éter, «átomos en forma de gancho» se acoplaron en la circunferencia para formar una piel, como el corion de un feto, y lo envolvieron todo. El universo entero está todavía a la espera de su nacimiento.


V

         Yogui Ramacharaka escribe: «La sustancia mental en sánscrito se llama Chitta, y una ondulación en el Chitta (combinación de la Mente y la Energía) se llama Vritta, y es semejante a lo que llamamos un “pensamiento”. Es decir, es la “mente en acción”, mientras que Chitta es la “mente en reposo”. Vritta significa literalmente “vorágine o remolino en la mente”, y un pensamiento es eso precisamente».
         La primera y todavía la más importante expresión de la filosofía del yoga es el Yoga Sutra de Patañjali, compuesto probablemente en el siglo II. Su segundo verso tiene cuatro palabras: yogah citta vritti nirodhah. Yogah es el yoga; nirod- hah significa «detener». Citta ha sido objeto de miles de páginas de explicaciones a lo largo de los siglos. Es en esencia la mente en sentido absoluto, no diferenciada ni individualizada: la conciencia, la percepción, la psique, el entendimiento, la atención, la inteligencia son absorbidas por la mente pero no la definen. Vritti es un remolino —la rotación sin las aguas— y es una metáfora del funcionamiento o de los procesos de una mente individual. Patañjali dice que hay cinco vritti: la cognición válida (por medio de la percepción directa, la inferencia o el testimonio de otros, incluida la lectura); el conocimiento falso o el error o la ignorancia; la abstracción o la imaginación; el dormir (un estado mental vacío); y la memoria. Yogah citta vritti nirodhah. El yoga detiene los vórtices de la mente.

         La metáfora de la mente que Coleridge empleó a lo largo de su vida fue una escalera de caracol que había visto de niño en una mansión señorial: «Una escalera magnífica, mitigada a intervalos bien proporcionados por amplios descansillos: el primero estaba adornado con plantas grandes o vistosas, en el siguiente se disfrutaba de una extensa vista a través de una ventana majestuosa, con cristales laterales de azul intenso y ámbar saturado o tonos naranja; mientras que desde el último y más elevado descansillo la mirada dominaba toda la espiral ascendente y el pavimento de mármol del gran salón, del que parecía surgir como si se limitara a usar el suelo para posarse». Su metáfora de la imaginación era una serpiente, como la describió Hazlitt, aunque de manera despectiva: «De pliegues ondulantes, siempre distinta y siempre fluyendo sobre sí misma: circular, sin principio ni fin». Coleridge escribió: «El fin común de toda narrativa o, mejor dicho, de todo poema es convertir una serie en un Todo: lograr que esos hechos, que en la Historia real o imaginada avanzan en línea recta, adopten en nuestro Entendimiento un movimiento circular —la serpiente que se Muerde la Cola».

         Cuenta la historia que Patanjali era una encarnación de Shesha, la serpiente del mundo. Descendió en forma de pequeña serpiente a la palma de la mano del gran gramático Panini. Pata significa «descender»; anjali, «palma de la mano». William Carlos Williams, al final de su larga vida, tuvo un sueño: vio una enorme escalera de caracol en un espacio vacío, y a su padre que descendía lentamente hacia él. Al llegar abajo, su padre se le acercó, lo miró a los ojos y le dijo: «¿Sabes? Esos poemas que estás escribiendo no son buenos».


VI

         El Ismael de Melville habla de la «opiácea vaguedad de ensoñaciones vacuas e inconscientes», como vigía en el extremo del mástil: «Ya no hay vida en ti, salvo esa vida oscilante que te da el dulce mecerse de la nave; esa vida que la nave obtiene del mar y el mar de las inescrutables mareas de Dios. Pero mientras esta ensoñación reposa en ti, mueve tu pie o tu mano una pulgada, deja escapar la presa y tu identidad regresará, aterrorizada. Estás suspendido sobre vórtices cartesianos. Y quizá, al mediodía, en la temperatura más placentera, caerás con un grito sofocado, a través de ese aire transparente, hacia ese mar estival para no resurgir ya nunca».

         Hart Crane: «Bequeath us to no earthly shore until / Is answered in the vortex of our grave / The seal’s wide spindrift gaze toward paradise». («No nos traspases a orilla terrenal alguna / si no hay réplica en el vórtice de nuestra tumba / a la amplia mirada de espuma de la foca sobre el paraíso».)

         El universo cartesiano es sobre todo materia, es interminable, y todo el universo está literalmente en un estado de cambio constante, como una especie de fluido. En su seno hay mundos infinitos que rotan alrededor de sus soles, cada mundo y cada sol están girando, y en su seno hay infinitos vórtices de materia, uno dentro de otro, infinitesimalmente pequeños. Emerson escribió que Descartes «había llenado Europa con la importante idea de que el movimiento vorticial constituía el secreto de la naturaleza». En su vejez, New— ton se quejaba con amargura de que, a pesar de haber demostrado que la gravedad mueve los mundos, la gente todavía creyese a Descartes, sólo porque Descartes lo había dicho.

         O acaso porque los vórtices cartesianos eran más hermosos, eran la materia de los sueños, a diferencia de la gravedad newtoniana. Blake había escrito: «Lo que una vez fue imaginado ahora se puede demostrar». Asimismo, lo que una vez fue demostrado ahora se puede imaginar. Contra el cogito de Descartes, el membrete de Pound decía: J’AYME DONC JE SUIS; amo, luego soy.


VII
         En cinco noches de verano seguidas del siglo xvii, Bernard le Bouvier de Fontenelle pasea por un jardín a la luz de la luna hablando de las estrellas con una bella marquesa, a quien no nombra. Anota (o inventa) su conversación en un libro titulado Conversaciones sobre la pluralidad de los mundos. En la quinta noche abordan la cuestión de los vórtices, para los que su traductora al inglés, nada menos que Aphra Behn, emplea el término cartesiano de tourbillons: «A mí», dice la marquesa, «el Universo me parece tan vasto que me pierdo en él. Ya no sé dónde estoy [...]. ¿Estará todo dividido en tourbillons, colocados juntos confusamente? ¿Es cada estrella fija el centro de un tourbillon, y podría ser éste tan grande como nuestro sol? ¿Es posible que todo este espacio donde nuestro sol y nuestros planetas describen su revolución no sea nada más que una parte insignificante del universo? [...] Esto me confunde, me turba, me espanta». «A mí, por el contrario», dice Le Bouvier de Fontenelle, «esto me infunde ánimos. Cuando creía que el universo no era más que esta gran bóveda azul donde las estrellas estaban colocadas, como si fueran un montón de uñas o pendientes dorados, el Universo me parecía demasiado pequeño y estrecho; me sentía en él como encerrado y oprimido. Pero ahora que tengo claro que esta bóveda azul es infinitamente más extensa y profunda, que está dividida en miles y miles de tourbillons o remolinos, me parece que soy más libre, que respiro un aire más libre, y que el Universo es infinitamente más magnífico... Nada hay tan hermoso como representar este prodigioso número de tourbillons, cuyo centro está ocupado por un sol que hace que los planetas giren a su alrededor. Los habitantes de los planetas de cualquiera de estos infinitos tourbillons ven por todos lados el centro iluminado del tourbillon que les rodea, pero no pueden descubrir los planetas de los otros...» «Me ofrecéis», dijo la marquesa, «una perspectiva tan amplia que mi vista no puede alcanzar su término. Veo claramente a los habitantes de la Tierra; enseguida me hacéis ver los de la Luna y los demás planetas de nuestro tourbillon o remolino. Después de esto, me hablas de los habitantes de los planetas de los otros tourbillons [...]. ¿Qué será de nosotros en medio de tantos mundos? [...] Veo la Tierra tan terriblemente pequeña que no creo que en adelante pueda sentir interés alguno por ninguna parte de ella. Seguramente, si se siente tanto afán por engrandecerse, si se realiza un proyecto detrás de otro, si se gastan tantos esfuerzos, es porque no se conocen los tourbillons. Por mi parte, creo que la menospreciaré perezosamente, y [...] cuando alguien me lo reproche [...], responderé con vanidad: “¡Ah, tú no sabes lo que son las estrellas fijas!”.»

         «A mí, al contrario», dice Le Bouvier de Fontenelle, «esto me da ánimos. Cuando el cielo no era más que esta bóveda azul en que las estrellas estaban clavadas, el Universo me parecía pequeño y estrecho; me sentía en él como oprimido. Actualmente, que se ha dado infinitamente más extensión y profundidad a esta bóveda, dividiéndola en miles y miles de tourbillons, me parece que respiro con más libertad y que estoy en un espacio mayor, y seguramente el Universo tiene otra magnificencia... Nada tan hermoso como representarse este prodigioso número de tourbillons, cuyo centro está ocupado por un Sol, que hace girar planetas alrededor de él. Los habitantes de un planeta de uno de estos infinitos tourbillons ven por todos lados los Soles de los torbellinos de que están rodeados, pero no se cuidan de ver los planetas.»


VIII
         En dos semanas de 1901, Alien Upward —erudito ocultista, autor de novelas baratas, cronista de sociedad, juez colonial en Nigeria, diplomático, espía, y finalmente suicida, quien primero instó a Pound a leer poesía china y al que Pound declaró imaginista, aunque Upward se quejara de que no tenía ni idea de lo que eso significaba— escribió una «Carta abierta, dirigida a la Academia Sueca en Estocolmo, sobre el significado de la palabra IDEALISTA», de trescientas páginas. Es poco probable que llegasen a responder. Cinco años más tarde, la carta se publicó como libro, con el título The New Word [La palabra nueva]. Su estructura, según el autor, es la de un remolino en rotación, aunque a menudo de manera polémica y tediosa, sobre gran parte del conocimiento humano. (Entre otras muchas cosas, la carta postula, mucho antes que Leakey, el origen africano de la humanidad.) A mitad del libro tiene una visión: «Las ideas de esos grandes estudiosos que en mi nombre habían explorado Todo antes que yo, aquellos vórtices de Descartes, aquellas ondas de la rotación en el éter, todas parecían unirse [...]».

         Lo que Upward ve es una tromba. Es, dice, «un árbol de corta vida. Una nube gira en sentido descendente, proyectando el centro del remolino hacia el mar, como una boca que succiona. Abajo, el mar gira en sentido ascendente, empujando el centro del remolino hacia la nube. Los dos extremos confluyen, y el agua que recoge el remolino del mar pasa al interior de la nube y lo remonta en espiral [...], no sólo el agua remonta en espiral el remolino de la nube, sino que la nube baja en espiral por el remolino del mar [...], fuerza pura que se arremolina hacia dentro en todas direcciones para girar de nuevo hacia fuera». Es «el primer latido, del cual parten todos los demás, el latido que sentimos en todas las cosas que están a nuestro alcance, dentro de nosotros mismos y en nuestro mundo constelado».

         La primera descripción de una tromba en inglés aparece en 1697 en A New Voyage Around the World [Un nuevo viaje alrededor del mundo], de William Dampier. Agricultor pobre de curiosidad insaciable, Dampier pronto decidió que para ver mundo había de convertirse en pirata. Dio tres vueltas al globo, atesorando diarios en lugar de botines. Fue el primer inglés que pisó Australia e informó sobre sus aborígenes; rescató a Alexander Selkirk, quien se convertiría en Robinson Crusoe, y, en otra ocasión, al innominado indio misquito que se convirtió en Viernes. Darwin consultó sus libros; Coleridge admiraba su prosa; introdujo en la lengua inglesa las palabras barbecue («barbacoa»), chopsticks («palillos»), posse («pandilla») y rambling («intrincado») como adjetivo. Fue el primero en describir el aguacate en inglés.

         El 30 de noviembre de 1687, en el mar de Célebes, escribe: «Una Tromba de agua es un trozo irregular y pequeño que cuelga desde la parte más oscura de una Nube y que alcanza aproximadamente cerca de una Yarda de longitud. Cuelga inclinada y presenta en ocasiones una ligera curva o un recodo. Nunca vi ninguna suspendida perpendicularmente. Es estrecha en el extremo inferior, incluso parece ser del tamaño de un Brazo, pero se torna más gruesa a medida que se acerca a la Nube de la que proviene. Al principio se distingue en la Superficie del Mar porque se puede ver una Circunferencia de espuma de más de cien Pasos que gira con suavidad, hasta que aumenta el Movimiento de rotación. Entonces se eleva una Columna de más de cien Pasos de Circunferencia en la Base, disminuyendo gradualmente hacia arriba, hasta alcanzar la parte inferior de la Tromba, a través de la que el agua del Mar asciende y parece ser transportada hacia las Nubes. Algo que se puede apreciar visiblemente por el creciente volumen y la negrura de la Nube. Es entonces cuando se aprecia el desplazamiento de la Nube, aunque antes pareciera no tener ningún Movimiento. La Tromba sigue el recorrido de la Nube y mientras avanza todavía aspira Agua, en su desplazamiento ambas generan Viento. Esto dura alrededor de media Hora más o menos, hasta que la succión de agua se agota. Entonces, se rompe, y toda el Agua de la parte inferior de la Tromba, o la parte pendular de la Nube, cae de nuevo, con gran estruendo, al colisionar con el Mar».


IX

         En «Medianoche, castillo de proa», el capítulo más extraño, casi incomprensible, de Moby Dick —una cacofonía de voces que señala el camino hacia Dos Passos y los Cantares— un marinero de Nantucket dice: «He oído decirle al viejo Ahab que siempre debe matar una tempestad del mismo modo que, con una pistola, se rompe una tromba: disparando la nave hacia ella». Dampier menciona esta opinión común, pero la desestima: «Que yo sepa, no se ha demostrado que tenga provecho alguno». No se puede disparar a un vórtice.

         La tromba de Upward, un doble vórtice en movimiento perpetuo donde lo ascendente se convierte en descendente y lo descendente en ascendente, es el mismo doble cono que Yeats recibió de sus «instructores» como la imagen que lo explica todo, si alcanzáramos a comprenderlo. Sin embargo, su página (o sus páginas) con esquemas de los giros, tal como se presentan en Una visión, con rótulos como «Subjetividad», «Objetividad», «Voluntad», «Mente Creativa», «Máscara» y «Cuerpo del Destino», representan una suerte de ciencia afásica de respuestas desprovista de preguntas, o una suerte de poesía que sólo es prosodia.

         Mientras Yeats escribía Una visión a principios de la década de 1920, Upward volvió al vórtice en un ensayo titulado The Nehular Origin of Life [El origen nebular de la vida]: «La característica más destacada de la célula es su energía celular». Esta energía proviene de la «energía química de sus materiales constitutivos», pero también de algo más: una «energía orgánica» o «materia viviente» que es la «rotación» del remolino de Upward. Estas rotaciones fueron establecidas durante la creación del universo como algo que se denomina «vorticelos», vórtices de energía fluidos y en constante cambio que se desarrollaron hasta convertirse en vida. Lo que una vez fue imaginado ya está demostrado. Los dobles giros de Yeats y los vorticelos de Upward pasan a ser la doble hélice del ADN de Crick y Watson tres décadas más tarde. La base primordial de la vida es, en efecto, una tromba, las serpientes entrelazadas de la energía kundalini, o las que rodean el caduceo, símbolo de la medicina. Pound, en su ensayo Vorticismo de 1914, había escrito: «Uno no quiere ser calificado de simbolista porque el simbolismo se ha relacionado por lo general con una técnica sensiblera». Sin embargo, profesar «la creencia en una especie de metáfora permanente es, a mi entender, “simbolismo” en su sentido más profundo».


X

         Para los observadores contemporáneos, el Parlamento Mundial de las Religiones de 1893 fue el acontecimiento de la década, o del siglo, o incluso, para el indólogo Max Müller, «uno de los acontecimientos más memorables en la historia del mundo», aunque él no asistiera. Fue la mayor reunión mundial de las religiones del mundo —la única comparable la había convocado el emperador mogol Akbar en el siglo XVI— y la primera vez que en Occidente eran ampliamente expuestas las religiones asiáticas por los propios asiáticos. (Los trascendentalistas habían conocido la India a través del Romanticismo alemán; los informes posteriores procedían sobre todo de teósofos estadounidenses, conversos e híbridos.) Además, los asiáticos solían representar versiones reformistas, «modernas», de su fe. Swami Vivekananda definió la meta del hinduismo como la unión de un alma humana con la conciencia universal de un dios universal: «El hombre ha de volverse divino, comprender lo divino, y por lo tanto el ídolo, el templo, la iglesia o los libros son meros apoyos que lo ayudan en su infancia espiritual, pero debe progresar continuamente». El sueño del Parlamento era que el mundo estaba a las puertas, en el siguiente siglo, de una religión mundial única que uniría Oriente y Occidente, ciencia y tradición. El budista cingalés Anagarika Dharmapala presentó el budismo como una «metafísica trascendental que envuelve una psicología sublime», y el nirvana como «la paz eterna en el vórtice de la evolución».

         La estrella fue el bengalí Vivekananda, apuesto, elocuente con su acento inglés y vestido con unas ropas y turbante naranja que paraban el tráfico. Gracias a sus extensas giras de conferencias y a la fundación de su Sociedad Vedanta, se convirtió en el primer gurú indio en alcanzar fama mundial. Pero su mensaje no sólo era un nuevo hinduismo universal que fundamentalmente eliminaba los dioses hindúes, sino que (como nacionalista indio) también era antibritánico y se mostraba contrario a los misioneros y sarcástico con el cristianismo: «Si el fanático hindú se quema a sí mismo en la pira, nunca enciende las llamas de la Inquisición».

         Más gurús siguieron a Vivekananda, y los misioneros y otros grupos protestantes se defendieron alimentando el clima general contra la emigración, en particular contra la asiática. En 1914, un libro de Elizabeth A. Reed inofensivamente titulado Hinduism in Europe and America [El hinduismo en Europa y Estados Unidos] se hizo muy popular. Reed —siguiendo una pauta recurrente— pasó de una reputada erudita a paladín: «Los swamis están propugnando constantemente el krishnaísmo tanto en suelo europeo como americano. Saben que sus obras personifican al niño ladrón, al indigno guerrero, al amante licencioso y toda la indescriptible indecencia vinculada incluso a su pública adoración». A tenor de los relatos sobre esposas y madres cautivadas por sus gurús hasta el suicidio, la locura, la depravación y el abandono de sus familias, Reed advirtió: «Que la mujer blanca se guarde de la influencia hipnótica de Oriente». (Un año más tarde, como prueba contraria a la situación más extendida, Pound incluyó el poema anglosajón «El marino» en su volumen de traducciones del chino Cathay, a fin de contrastar la barbarie de los britanos con los refinamientos de sus contemporáneos de la dinastía china T’ang.)

         El libro de Reed fue un solo en el coro que llevó a la Ley de Inmigración de 1917, a crear la Zona Asiática Vedada que prohibía la inmigración a Estados Unidos a cualquier asiático, salvo los filipinos cristianos. Permaneció en vigor hasta 196 5, y junto con los asiáticos prohibía la entrada a «todos los idiotas, imbéciles, personas con debilidad mental, epilépticos, dementes; a las personas que hayan sufrido previamente uno o más ataques de locura en cualquier momento; a personas con inferioridad psicopática constitucional; alcohólicos crónicos; indigentes; mendigos profesionales; vagabundos; personas que padezcan cualquier tipo de tuberculosis o enfermedad contagiosa, repugnante o peligrosa; personas que hayan sido condenadas o que reconozcan haber cometido un delito grave, crimen o falta que implique depravación; a los polígamos o personas que profesen o defiendan la práctica de la poligamia; o a los anarquistas», entre otros muchos. «Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores / rebosan intensidad apasionada.» O para ser más exactos, los mejores carecen de intensidad apasionada, mientras que los peores rebosan convicción.


XI

         El Huai Nan Tzu, libro taoísta del siglo II a.C., señala que «antes de que el Cielo y la Tierra se formaran, había un abismo amorfo y vacío, la Luz Suprema. El Tao se inició con el Vacío, y el Vacío engendró el universo. El universo engendró el ch’i (aliento vital), y fue como un remolino rotando entre dos orillas», Como sostenían al mismo tiempo los presocráticos —el Huai Nan Tzu proviene de fuentes más antiguas—, los elementos más ligeros ascendieron para convertirse en el Cielo, y los elementos pesados se condensaron para convertirse en la tierra.

         En China, sin embargo, el cielo y la tierra se combinaron para convertirse en el Yin y el Yang, los cuales, como en el consabido símbolo, son una rueda o espiral que gira. En China, sin embargo, el principio no fue el principio. El Huai Nan Tzu repite a Chuang-Tzu, que a su vez repite a Lao Tzu, que repite a... nadie sabe... que hubo un principio, y que hubo un tiempo antes del principio, y que hubo un tiempo antes del tiempo anterior al comienzo. Antes de que hubiera Ser hubo No Ser, y hubo un tiempo anterior al principio del No Ser, y hubo un tiempo antes del tiempo anterior al comienzo del No Ser.

         Wyndham Lewis: «En el corazón del remolino hay un gran lugar silencioso donde se concentra toda la energía». Los sufíes de Mevlevi, los llamados «derviches que dan vueltas», recrean la creación del universo a partir de planetas rotatorios que giran alrededor del Sol: la mano derecha con la palma hacia el Cielo recibe el espíritu de Dios y la mano izquierda con la palma hacia la Tierra lo transforma en materia. Cada cual cree que el eje sobre el que gira es su propia Kaaba interior, la Piedra Negra de La Meca, que a su vez ha de ser circundada. Wyndham Lewis ilustró el vórtice en la revista vorticista Blast con una perinola, un cono con el eje vertical. Pound tradujo el título del libro de Confucio, el Chung Yung (normalmente conocido con el título de la Doctrina —o la Práctica— del Medio), como The Unwobbling Pivot [El pivote que no oscila]. Cada vórtice tiene un eje, un árbol o, incluso, en el mito védico de la creación, una montaña con la que se batió el Océano Lácteo y se transformó en el universo.

         Yogui Ramacharaka, en su pequeño libro de fragmentos El espíritu de los LJpanishads, cita el Atmapurana (que no es un Upanishad, pero no importa): «El nadador, tras haber llevado a muchos sin percances al otro lado de la corriente, se acerca al remolino y es arrastrado sin remedio. Aquéllos que, al otro lado, sienten gratitud por su ayuda, lo compadecen; otros pasan indiferentes. El Sabio atrapado en el remolino de las palabras y los tecnicismos recibe la compasión de los que, tras haber alcanzado la otra orilla de todas las palabras y de todas las formas, aún sienten gratitud por su ayuda».


XII

         El torbellino, el torbellino desde el cual Yahvé habla a Job, y lleva a Elias al cielo, y en la visión de Ezequiel da vueltas y hace aparecer querubines monstruosos, es en sí mismo invisible, se hace visible en su giro; es pura fuerza. Entre los indios de las llanuras se creía que un búfalo, antes de luchar, piafaba, levantaba el polvo como una plegaria al torbellino para pedirle fuerza. El torbellino es un capullo, el capullo es un torbellino: en los tocados se llevaban capullos de verdad, y los capullos ornamentales están hechos de gamuza y cuentas. En la lengua arapaho, se emplea la misma palabra para torbellino y oruga. El torbellino es un capullo; un capullo es transformación; los torbellinos son las almas de los muertos recientes que ascienden; los chamanes montan en los torbellinos; el camino fuera del mundo, o a otro mundo, atraviesa el vórtice.

         Blake: «La naturaleza del infinito es ésta: Todo tiene su propio Vórtice / y una vez que un viajero a través de la Eternidad / ha pasado su Vórtice, lo percibe rodar hacia atrás más allá / de su senda, cerrándose en un globo como un sol, / o como una luna, o como un universo de estrellada majestad...».

         Blake dibujó la escala de Jacob como una escalera de caracol que atraviesa la luna y conduce al cielo. El infierno de Dante era un vórtice, mientras que su contrario, la senda en espiral a lo largo del Monte Purgatorio, conduce al cielo. El peregrino de Bunyan avanza por una senda en espiral hacia la Ciudad Celeste, y el héroe de la India, Shaktideva, navegando rumbo a la Ciudad de Oro en el Océano de historias, es el único superviviente de su navio tras agarrarse a una rama de baniano que crece misteriosamente de un vórtice en medio del mar.

         Los pliegues de la corteza cerebral se denominan gyri. Pound concluye uno de sus últimos Cantares (CXIII) con el verso: «mas la mente, como Ixión, inquieta, siempre girando». No es una imagen de la curiosidad inquieta, sino de las ruinas de la propia vida. Se consideraba que Ixión había sido el primer griego en asesinar a un pariente: colocó una trampa sobre un hoyo de carbón encendido en el cual cayó su suegro, que venía a cobrar la dote. Zeus le permitió entrar en el Olimpo para purificarse del crimen, pero allí intentó seducir a Hera, la esposa de Zeus. Píndaro dice: «Su arrogancia lo condujo al extremo delirio». Zeus lo ató a una rueda de fuego que gira para siempre en el averno.


XIII

         En algún lugar alejado al este del mar de Japón y al norte de los caladeros ecuatoriales —es difícil saber exactamente dónde, pues Ahab había destrozado el cuadrante y una tormenta eléctrica había invertido los compases —, el Pequod halla su destino: «Entonces círculos concéntricos atraparon también el bote solitario, a cada hombre, a cada remo fluctuante, a cada palo, y haciendo girar en el mismo vórtice las cosas vivas junto a las inanimadas, se llevaron hasta el último resto del Pequod». Lo último en hundirse es, por supuesto, el árbol celestial del palo mayor, «dejando aún visibles algunas pulgadas del mástil», y con éste el indio americano Tashtego, y con él, simbólica aunque increíblemente, un águila pescadora que el indio ha clavado en la madera sin darse cuenta.

         Es probable que el Pequod se hundiera ya en los márgenes del Giro del Pacífico Norte, una vasta extensión de océano creada por la corriente de California que se dirige al Sur, la corriente Ecuatorial del Norte, que se dirige al Oeste y luego al Norte, y la corriente de Kuroshio, que se dirige al Norte y luego al Este. El Giro es uno de los lugares muertos del planeta, situado en la misma latitud que los desiertos del Sahara y el Gobi, y el mar de los Sargazos, igualmente sin vida. Los pescadores comerciales no se molestan en ir; los buques mercantes casi nunca lo cruzan, ya que no conduce a ninguna parte. El Giro está lleno de basura a la deriva, proveniente de Japón y la costa occidental de Estados Unidos. Una expedición científica lo barrió durante varios días y extrajo una tonelada de desperdicios: perchas de plástico, bidones de residuos químicos, neumáticos, televisores, pelotas de baloncesto. Hay bolitas de plástico de colores brillantes dentro de las medusas transparentes que por allí proliferan; casi tres kilos de plástico por cada medio kilo de plancton. En las deshabitadas islas de nidificación, los estómagos de los albatros en descomposición son una masa de tapones de botella y trozos de envases de lejía, soldaditos, cordel de plástico, cacahuetes de poliestireno, celofán y astillas de los estuches de discos compactos.

         Edgar Allan Poe comienza su «Libro de Verdades», Eureka: un poema en prosa, con la imagen de un hombre de pie en la cumbre del volcán Etna girando sobre sí mismo lo más rápido que puede, para así ver de una sola vez, y como una totalidad, la magnificencia del panorama. Poe propone que su libro hace lo mismo, en una vertiginosa sucesión, con el «universo material y espiritual». Para finalizar, en 1848 inventó la idea del agujero negro. A causa de los «movimientos vorticiales» de las «porciones individuales del Universo», resulta «demasiado evidente» (la cursiva es del propio Poe) que, en última instancia, todo en el universo se colapsará en una sola entidad, que, al igual que Empédocles, imagina como una esfera. Todas las estrellas y los planetas serán uno, toda la gente será una y todo será uno con el «Espíritu Divino». El vórtice es el final de los tiempos. T. S. Eliot, «East Coker»: «Giraron en un vórtice que traerá al mundo / ese fuego destructivo ardiente / antes del reinado de la capa de hielo».

         El vórtice es el principio de los tiempos. En una versión del mito de la creación azteca, Quetzalcóatl, como dios del Viento, sopla por una caracola sobre un montón de huesos para crear la humanidad. Una caracola es un vórtice que se puede sostener en la mano. En náhuatl, una misma palabra significa «dar vueltas» y «dar vida». Creían que algunos poemas habían nacido de un árbol florido en el paraíso, y que llegaron hasta la tierra girando.





En: Las Cataratas, Duomo ed., 2012