viernes, 14 de agosto de 2015

UN CUENTO NORTEAMERICANO/ 2DA ENTREGA



2









        Era el día siguiente a la escena histérica de Sylvia y fueron cero los comentarios o alusiones en el desayuno. El gordo Matt se zampaba una sartén de huevos revueltos con tocino, la madre se bebía una infusión de hierbas y un batido proteico, y el padre, en mayor proporción, se bebía una cerveza y comía hamburguesas con queso. Sylvia, por su parte, había pasado una noche rarísima, y la película familiar ya le era inconsistente, carente de impacto. Con tal que se metiera la comida en la boca no habría problemas, pues para los Applebaum lo único extraño que podría hacer un ser humano era no comer. Para todo lo demás: asesinatos, guerras, narcotráfico, Bill Clinton y los blow-job de Monica Lewinsky, eran parte natural de su paisaje. La realidad misma.



domingo, 9 de agosto de 2015

EL SANTO




I

en los espejos soy siniestro
la sombra del fuego
la virgen enorme


II
página 40
poema xxi
O muerte y resurrección
j. cristo
que devela el sobaco
podrido,
el clavo
oxidado
y su lengua
de mendigo
astral


XII

no quisiste despertar
la luna cobijó tus rodillas
dormiste de boca
como el búho idiota
que se esmera en despertar
a los elefantes


XVII

noche mugrosa, quítate el velo,
déjate ver los ojos
escurridos de plomo,
de dolor de mausoleo,
de ejemplar sufrimiento,
muchacha triste
acerca tu desgracia a mi hombro
no te duermas, despréndete



XX

toda la melancolía para ti, amor
la noche liquida cae de su cornisa
agua terrible, no ceses de secarme la boca
con tu sentencia, toda esta cosa
va hacia abajo, agua terrible


XXI

un ojo silva en la noche


XXII

me conmueve saber
que de alguna manera
existes,
fantasía. Te escurres
como caramelo
entre mi musculatura.
No finjas, estamos colgados
los unos de los otros
por el oceánico cabello.
En mi alma podría anidar
un pájaro negro, de cualquier
nomenclatura
siempre negro
o dormir solo una noche
el negro gato de Baudelaire.
Mi vasto perraje es delicado,
fantasía;
bravo, pero delicado


XXIII

en mi corazón cabe parte de tu deseo
lo demás dáselo a los perros
muertos de hambre
que corroen la puerta de tu casa



XXVI

mi estornudo musicaliza este espanto
mientras la luna llueve escupitajos plateados
que trizan mi ventanilla, que mojan mi alfombra



XXIX

poetiza es la mujer y el verbo



XXXI

con pinzas toqué tu corazón,
no te escudes en ese monólogo
de novia abandonada


XXXII

tus ojos de media luna
con sus vértices apuntando
                        a los botes vacíos
tus ojos llenos de cráteres
sudando sustancias plateadas




XXXIV

un techo que se arruga
un dios que mete una mano
que palpa el terreno
que mete una pata
y se queda a vivir
gran dios de barbas infinitas



XXXVIII

en algún planeta lejano
los árboles crecen
desde el cielo hacia abajo
y sus ramas
caen a tierra
como el esqueletos ahorcados



XL

un cordón umbilical  
la cadena
de su bicicleta santa


XLI

los poetas siempre son mañana
crean
las necesidades,
enseñan,
los poetas,
los sangramientos,
los maravillosos sangramientos
del mañana




XLVII

estatuas budistas esculpidas en meteoritos


XLIX

poeta-observatorio


L

un circuito de películas cavernarias
y un sueño feroz que las revuelve
con un poco de baba onírica
grandes películas, escenas trastocadas
por el montaje de los cisnes


LII

se me eriza la piel como pétalos
que le ofrecen sus brazos a las nubes



LVIII

fragmentos como islas
que se comunican entre gritos
de gaviotas y náufragos


LIX

vientres de madres judías
héroes eróticos que resguardan el sudor
de los dioses que parieron el cielo mojado



LXIII

celestino
estratega de los destinos
ese alguien que pronuncia
las palabras de hastío
con la pasión de su ilusión


LIX

Ah qué queremos conocer,
los aullidos de perros de esta medianoche,
esta inundación,
aquí donde vienen a morir
los santos enamorados








Valparaíso, 2011


viernes, 7 de agosto de 2015

ESPECTROS DE UN FAUNO





Escribir es intentar saber qué
escribiríamos si escribiéramos.

Marguarite Duras[1]




Mal escritor. Mal imaginante. Mal lector. Mal hombre. Menos mal que sexo
 no le falta.
Hombres mono, locos, desahuciados, necróticos y benevolentes.
Aquel paseo mudo, en autobús, de Rulfo y Onetti.
Corriendo, no, aburrido de esperar la vertiginosidad; escrutas un pequeño espa
cio donde escribir, como en un hueco llovido, una simpleza. No es frustración, sino una manera de disponer de tu santa biología. Escribir mientras se duerme. Jerigonzas vergonzantes. Pero allí está, la obra de un hombre sin tiempo. Se pierde por las carreteras por donde se deslizan los fecundos centinelas de la poesía, o los mismísimos cornudos del arte moderno.  
Una cosa. Cosificación de ideas parlantes. Nada. Ni siquiera un aforismo va—
cuo, una limosna de texto. El degeneramiento obvio que significa escribir sobre la imposibilidad de la escritura (Walser dixit). Pero se escribe. Y se escribe bien. Buena puntuación, gramática coherente, sentido.
He vuelto a casa con la mochila llena de libros robados. ¿Hallar alguna satis-
facción en aquel acto impúdico? Cuesta bastante, pero luego de un reflexionar anárquico y, en verdad, práctico, se tiene ante uno la información necesaria para desarmar un palacio completo, una bomba o desmenuzar un discurso del Presidente. Menos mal que no he levantado sospechas, pues por este amor desfachatado a la literatura, y mejor dicho, al libro-objeto, podría arruinarme. Me figuro una redada. Alto allí, grita un tipo de corbata. Otro que me toma por detrás coge mi mochila, la revisa. Comienza a sacar ejemplares de libros de Anagrama, de Muchnik, de Visor; y mi corazón se acelera, mi rostro se compunge, y me pongo a llorar. ¡Y ahora con qué le voy a dar de comer a mi hija! Exclamaría. Esto de la paranoia es un purísimo teatro.
Nostalgia a todos nos da, incluso a los que no nacen aún
Oro. Oro quiero ahora ya. Me trae sin cuidado la revolución. Quiero comprar,
y comprar y comprar. Tener la libertad de comprar. Quiero comprar hasta venderme, hasta arrendarme, hasta consumirme, estropearme de mercado.



[1] En realidad esta frase es de Enrique Vila-Matas. Fue él mismo quien se la adjudicó a Duras, por vergüenza, según él. (N. de la E.)

jueves, 6 de agosto de 2015

UN CUENTO NORTEAMERICANO / 1RA ENTREGA





1












       Aquel verano de 1998, para más disgusto de los habitantes de Queens, no hubo ni indicios de sol. Llovió casi un mes seguido.
La familia Applebaum se refugió en su casa lo que duró el verano. Su padre, el rubicundo y obesísimo señor Nash Applebaum, salía por las mañanas en su destartalado Buick del 91´ a comprar los víveres necesarios para pasar la tormenta: helados de frutilla y chocolate, cerveza, salchichas y hamburguesas congeladas, malvaviscos, sopa enlatada, chocolatinas, goma de mascar y papel higiénico. Al llegar de vuelta al garaje, sus hijos, Matt y Sylvia Applebaum, salían entusiasmados a su encuentro, como si su padre, a la manera de un esquimal cazador de focas, se la hubiese pasado toda la mañana taladrando duros y pesados hielajes para traer el sustento. El primero en meter sus narices a las bolsas marrones del Supermarket era Matt Applebaum, un mocoso de 90 kilos y 20 años, con debilidad por los videojuegos, la basura y la idiotez. Lo primero que hacía era abrir el tarro de helado de frutilla con chips de chocolate, de 1 litro, con un cuchillo, cosa que no lograba sino era azotándolo contra todo el mobiliario de la cocina, y derramando la mitad del helado en el suelo. Luego, sin esmerarse por limpiar, se sentaba junto a su hermana en el sofá instalado frente a un televisor de 80 pulgadas a ver la temporada completa de Friends, que el señor Applebaum —como buen veterano de los scouts: siempre listo— había arrendado en el Videoclub del vecindario, precisamente cuando todo Long Island se desternillaban en sus hogares pensando en si salir o no salir, anegados en sus casas por la tormenta. Con todo ese tiempo de vacaciones para el magnífico ocio, se le ocurrió llevarse no solo las series sino también todas las películas habidas y por haber, dejando no más que una tenue desolación en las estanterías.
Los hermanos Applebaum ya estaban instalados en su sofá cuando entra la madre en el living. La señora Applebaum, una mujer de aspecto histérico, esquelética, con un rostro donde destacaban unas imborrables ojeras mortecinas, un pelo teñido de color amarillo eléctrico, que mantenía en su lugar con una serie de rulos de colores fluorescentes y laca. Se quedaba mirando el desastre suscitado en la cocina y hablando fuerte en dirección a sus hijos, decía:
―Ey! Matt, pequeño desgraciado (esto lo decía en un susurro), dulzura, ¿qué te he dicho sobre el helado?, hay que dejarlo descongelar un momento antes de abrirlo cariño; no estaré todo este verano limpiando el piso.
―Sí, Ma―contestaba el hijo mecánica-mente, con la mente perdida en la pantalla del televisor, riéndose entre espasmos a intervalos de tiempo regulares de Bing el idiota, mientras se embadurnaba los labios con ese aceitoso helado marca Applebeans.
        La familia Applebaum era la típica familia norteamericana de clase media: poseían todo lo necesario para llevar una vida de bien: empleo, escuela, fondos para unas vacaciones decentes, seguro de vida y de automóvil, y una casa propia que pagaron a plazos sin demorarse en ni una sola cuota. No obstante, como es evidente en las clases medias del este de los Estados Unidos, si bien lo tenían todo, este todo era un desparpajo, y su signo de vida era la mediocridad más estricta. Su casa, de 2 pisos, 5 habitaciones, 4 baños y una amplia buhardilla, se llovía todos los inviernos, y las goteras obligaban a la víctima a cambiarse de habitación. Los Applebaum se la pasaban lo que durara el invierno rondando por la casa como un circo itinerante. Hubo una vez en que, luego de una fuerte pelea matrimonial, el señor Applebaum decidió irse a dormir al garaje. Allí se instaló con un colchón viejo que guardaban en el entretecho, el olor a encierro y el polvo que lo tenía casi amarillento no le importaron, y por la mañana se despertó diciendo, luego de cantar uno de esos himnos de la alegría que les enseñan en los boys-scout, que había dormido maravillosamente, que no había sentido nada de frío y los más importante, que en el garaje no había goteras. Luego de reconciliarse, dos días después, la señora y el señor Applebaum decidieron instalar su camastro de 2 plazas y media en el garaje, y pasaron ahí todo el invierno como en la más fiel comodidad hogareña.
El desastre que solía presentarse repentinamente en la vida familiar de los Applebaum siempre era considerado uno de los tantos acontecimientos naturales que les suceden a familias de su especie. Eran conscientes de su precariedad en la vida cotidiana, y no es que hicieran grandes esfuerzos por salir adelante, como eran los preceptos del indulgente american way of life, sino que la idea era vivir con lo necesario, y no morir de hambre. Por ejemplo, el día en que Matt les dijo a sus padres que repetiría por quinta vez de curso (cursaba recién segundo de secundaria y ya contaba 20 años) la señora Applebaum, sin ningún tipo de reprimenda, lo acercó a su pecho mirando con una expresión compasiva y empática para con su hijo al señor Applebaum, y éste, haciendo esfuerzos para mantener una expresión seria, le tiritaba la papada de emotividad y piedad.
Fue aquella noche que Sylvia se volvió loca:
—Me dan asco — les dijo apoyada como un James Dean en el marco de la puerta.
—Tú y tus amargas opiniones! —le increpó su madre volteando la cara como un felino—  Vete a tu habitación, no ves que mi chanchito (peggy en inglés) está en una situación delicada. Tú también pasarás por ellas, no eres perfecta!
—Ma, te recuerdo que yo ya pasé a segundo, y tengo 15.
—Pues no eres perfecta, ya te lo dije.
—No entiendes nada! – Sylvia se aceleró, y su tono era iracundo.
—Eh! Basta Sily, ya es suficiente – le dijo en tono calmado su padre
—No entiendo cómo lo complacen a él que es un idiota, y a mí no me dicen nada
—Eh, basta Sylvia!
—Déjala Pa, está celosa ―asestó Matt el gordo
—¡Nada de celosa, estúpido idiota, no ves que nuestros padres ya están por vender su ropa interior por darte de comer, sucio cerdo, y tú no haces más que llorar, y comer, y cagar (aquí su voz se quebró y ya sollozaba) idiota asqueroso! ¡Te odio! ¡Y los odios a ustedes dos también!
Los ojos del señor Applebaum se abrieron casi saliéndose de sus órbitas, quería decir algo, pero no pudo. A la señora Applebaum sus pupilas parecieron encerrarse en su cráneo, como succionadas por la impresión. Se tragó un espasmo. El gordo Matt dejó entrever su furia frustrada, pero era muy tarde, Sylvia ya había abandonado la escena subiendo en medio de un silencio tenso las escaleras hasta su habitación, en la que se encerró de un portazo.     
Nadie dijo nada.





miércoles, 5 de agosto de 2015

SOPHIE PODOLSKI POR MARC QUAGHEBEUR







Todos no resistirán como él a los fabulosos poderes de disolución que abren las puestas en tela de juicio de esa época en un país donde la lengua falta. Generalmente, por cierto, aquéllos se han sumergido, jóvenes, sin distancia alguna, en el magma presignificante en el que las palabras se amontonan en serie y se enmarañan con las imágenes sin que una forma, sin que una fraseen emane verdaderamente de él, canalice la cegadora lava. Hay que evocar al respecto la figura de Sophie Podolski. Joven suicida que deja un libro de infra y ultra lengua, significativamente titulado Le pays oú tout est permis. Esta figura fulminada, emblemática de la generación de las comunidades, y que se valía de una lengua llena de imperfecciones, ha encontrado un celador póstumo en la persona de Marc Dachy, animador de la revista Luna-Park. Este periódico, en el que se encontraron las rúbricas de Baal y de Dotremont, pero también de Francoise Collín, de Eugéne Savitzkaya o de Daniel Fano en sus albores, planteaba una ecuación de equivalencia muy poco dialéctica, entre modernidad y destrucción pura y simple del lenguaje. Se suponía que Artaud, Joyce, Burroughs o Pansaers garantizaban este atajo estético del que Sophie Podolski es como el emblema, la soberana y la mártir. Más de quince años después, un joven artista, lector de Arthur Rimbaud y de Marcel Moreau. Stéphane Mandelbaum, termina, él también, trágicamente por tomar al pie de la letra los enunciados de sus maestros. «Suicidado» por truhanes que frecuentaba, este pintor y dibujante deja un número increíble de páginas donde se mezclan dibujos e inscripciones, como en Sophie Podolski. Estas composiciones mixtas desprovistas de toda ortografía repiten con una violencia excepcional. y hasta el infinito la obsesión del crimen, del robo, del sexo, del holocausto, en una dialéctica animada de texto e imagen. 






Marc Quaghebeur (1947 - ) Poeta y ensayista belga. Director de los Archivos y Museos de Literatura, en Bruselas.

"Entre Imagen y Balbuceo", Correspondance, N°2, dic. 1991.



lunes, 3 de agosto de 2015

EL PAÍS DONDE TODO ESTÁ PERMITIDO - SOPHIE PODOLSKI (PÁGINA 15)











Tenemos al Sol por los cabellos. 
Los bomberos lo han descifrado todo y las alarmas de incendio siguen sonando aún. 
Carta a todos los mundos: todas ustedes son unas sucias —donde no son buenas, se descomponen hasta que todo lo que era bueno se vuelve un puterío— porque este planeta es un planeta-puta incomprensible y sin nada que valga la pena comprender —Ella es un succŭbus[1]— Ella es el suicidio de la Filosofía Moderna (la que nunca estudió) —¿por qué debatir lo verdadero o lo falso de esta demonio-mujer, híbrida? —cuando todo pensamiento es la conciencia de que ella no quiere tener nada que ver con nuestro organismo humano y cada una de sus funciones. La duda es la histeria que alivia la frustración de aquellos que se han comprometido a maquillarla. Ustedes no son sabios —son astronautas— nos vemos después, entonces —la marihuana está en los cajones. ¿Creen que pueden manejar los sucesos venideros, realmente, en este planeta en el que están apenas? 

Alguien exigió el aplazamiento total de las ácidas rutinas de los carteros —alguien exigió que todos estos terrores grotescos fueran colocados en una lenta burocracia hasta que aprendiéramos, con perseverancia, cómo evitar todas las fallas de la expresión —He aquí, ella quiere que usted tome sus quejidos literalmente —Vamos a volver a los tiempos de los trenes a vapor y los cables telegráficos, cuando se podía bajar de peso tan fácil como se deshacía el humo de los ferrocarriles de la Baronesa —sacado de la página 50 del Dynamo 13: Cuando alguien pasa por el placer, como a través de una habitación, éste lo deja entre la duda y la certeza —El placer es como el plástico, se coloca en ácido —lo que demora deshacerse en él, eso dura el deseo. Por lo tanto, los Buenos y los Justos controlamos nuestras propias maldades separando la posibilidad de vivir sin dolor —Se deshacen los hilos rojos de la desesperación —El cadáver de una ballena colapsando como un corsé a los pies de los sauces infinitamente llorones —La contestadora anuncia la ruina de la vida de los animales —justo en ese momento, el jamón comienza a bailar— la nómada casa flotante se pudre en el puerto —la carabela que guardas en la maleta de Susie, no volverá a surcar nunca más el agua salada....






NOTA: La presente traducción no tiene otro fin que acercar la obra de Sophie Podolski al español, y por ende, que se considere el proyecto de una traducción "oficial" por parte de los entendidos. Por hacérseme tan complicado traducir del francés, consideré la traducción al inglés de Paul Legault, que facilitó contextualizar y aterrizar algunas ideas que en el francés no lograba encontrarle coherencia. Está demás decir que la escritura de Podolski es ya bastante hermética, lo que en cualquier caso no implica la ininteligibilidad. Si hay errores o desvaríos, no duden echarle la culpa a mi precaria traducción, que no pasa de ser un gesto de aficionado. 




Sophie Podolski (1953-1974) fue una poeta y artista gráfica belga. Su corta vida (21 años) le permitió publicar solamente un libro, Le pays où tout est permis. Enmarcada dentro del movimiento denominado como Generación Eléctrica, es conocida en nuestra lengua básicamente por la obra de Roberto Bolaño, quien dedicó poemas y cuentos a su memoria. 








[1] Según una leyenda medieval, es cuando el demonio toma la forma de mujer para seducir a los hombres. (N. del T.)

domingo, 2 de agosto de 2015

MINGUS









Ni te conozco, pero sé que una gorila te parió 
en plena ceremonia de tambores y fuego; 
y que mi cigarrillo lo consume tu melodía y no el aire,  
este aire burlón, como de las nieves, que irrumpe despacio
por los entresijos de mis ventanitas que dan al West Village.
Supe, sin conocerte, de algunas muchachas blancas que te 
                                                                                     [guiñaron 
los ojos, y mojaron sus calzones y sus labios mientras tocabas 
Wednesday Night Prayer una calurosa noche en New Yersey. 
(Y sé también, ah, que Kerouac nunca te vio tocar, 
y que nunca siquiera te nombró en alguna 
de sus disparadas novelas de etileno.)
Un candor sube por la cervical 
y me abre la frente como una rosa ardiente 
beep & bop, como los camiones muertos en la selva, 
de este tema que suena por la radio, 
inevitablemente carcomido por la señal, en mi cocina,
como los latidos de una histérica, y ay adeus! 
sólo una frase del contrabajo basta 
& nos damos la hora en nuestra floreada-tumba-rosa…