jueves, 5 de noviembre de 2015

PUB CLUB/ 1 poema de alfonso medrano









La primera vez
que entré a un pool
vestía de escolar
y hace no muchas horas
había masturbado
a una chica

el olor a encierro
borró de golpe
el aroma a yodo
en mis dedos
y me agarró un mareo,
quizás una fatiga

fue difícil orientarme

una comunión de humo
entre las sombras
fumaba sus sueños rotos
y el tiempo
tenía la forma
de una esfera

las mesas
verdes
organizaban el lugar
como un altar
iluminado desde arriba
donde la gente se inclinaba
con el espinazo arqueado
y la vista fija
en el objetivo

Los jefes de la escena
Juanuca, matute, el ave
y muchos otros
que tampoco eran tantos
dominaban la mesa 1
y todo el salón
los espiaba
en silencio

como alrededor
de una fogata
nosotros, escolares
pintabamos con tiza
la corona del taco
mientras otros
discutían
quién estaba
más pillo

por primera vez
creímos un arte
la geometría
y con devoción
nos pusimos
a pensar
en triángulos
sobre una base rectangular

achinando los ojos
con puntería inerrable
dimos sobre el blanco

era
como
fusilar 
a alguien
y esperar
a que se desplomase
sobre su fosa
meter la mano
en la butaca
y sentir
un oscuro
placer

tocar el paño
con todas
las yemas
y pensar
en un musgo
cavernoso
o en la piel
de alguien
que aún amamos

miércoles, 4 de noviembre de 2015

VIAJAR, PERDER ANTEOJOS/ SERGIO PITOL, MI MAESTRO por Enrique Vila-Matas

        


       Dejo aquí no más que un devoto texto (hay otros mucho mejor acabados y certeros, y por lo mismo más extensos y pesados para un blog) escrito por Enrique Vila-Matas en honor y gracia de su reconocidísimo maestro (y maestro de todos) Sergio Pitol. No le debo, sin embargo, al querido Vila-Matas el conocimiento del octogenario y adolescente escritor mexicano. 
     A Pitol lo leí por primera vez cuando me percaté, casi por casualidad, que en mi biblioteca había un ejemplar de la Trilogía de la Memoria. Recordé que lo había comprado (¡sí, comprado!) en una infame cadena de librerías chilena, sin motivos muy claros, quizás tentado por la ilustración que decoraba la portada (la clásica pintura de La Torre de Babel de Brueghel), o porque entre sus páginas logré identificar largas enumeraciones de autores, cuál más excéntrico, cuál más desconocido para mí. Así pues con estas dos superficiales tentaciones gasté lo que no tenía y me lo llevé. 
       Años después de eso, cuando me lo topé hurgando en mi biblioteca, me hice consciente de lo que había adquirido con tanta ligereza (malas costumbres que ya no me poseen, por cierto: aquel afán tan desmesurado de adquirir libros, de acumularlos y acumularlos, como un cerdo capitalista ejemplar se llenaría los bolsillos.) En fin, como verán los que ya conocen a Pitol, fue un arrebato para no arrepentirse. 
         Al correr de las páginas y, además, por mis tangenciales y fugaces investigaciones respecto del autor por la Wikipedia u otros medios afines, descubrí que este librito, en edición de bolsillo, era en efecto una trilogía, que el título no era una delicadez estética, es decir, que contenía tres libros en uno, tres libros publicados alguna vez en forma separada, y no solamente por mi fetiche editorial Anagrama, sino también por la mexicana Era, y por la española Pre-Textos; esta última, lamentablemente, de precios atroces e inalcanzables. Más emoción me dio la noticia: el dinero gastado en realidad fue una ¿como se dice? inversión. A veces mi intuición me juega malas pasadas, pero esta vez felizmente fue la excepción. 
         Me sumergí entonces en la lectura del primer libro, El Arte de la Fuga, como un hermoso colegial lleno de acné haría leyendo por primera vez a Bukowski, o a Bolaño. Acabé éste y, sin pensármelo dos veces, seguí al trote con el segundo, El Viaje. Ya rendido por entero a él, en un instante inesperado alcé la mirada y me dije: esto es lo que quiero, yo soy otro. Puede parecer cursi, o vagamente esotérico, pero así sucedió en realidad. Me sobrecogió las tripas. Me convertí en otro, en otro tipo de lector me refiero. No había descubierto la dinamita, esto es evidente, pero sí algo bien parecido. 
       Además del estilo, la reflexión en y sobre la literatura, y las diminutas tramas que se entrelazaban como los dedos en las trampas chinas, me llamaba poderosamente la atención que un anciano de casi ochenta años escribiera como un adolescente, como un púber, y no sólo eso, sino que a medida que avanzaba en su producción mejorara su escritura, volviéndose por ello su literatura cada vez más refinada y no menos humorística; erudita y desenfadada; en fin, una delicia que aún saboreo intensamente. 
          A quien no haya leído a Pitol se lo recomiendo de rodillas,. Partan por su deslumbrante novela El Desfile del Amor, y de allí sigan en tropel hasta los últimos títulos, que son los mejores, en especial El Mago de Viena que se parece más a un extraño aparato pronto a explotar o a desaparecer, que a un libro. Como ya no soy más un tentado no caeré en juicios tan sensibleros como decir que se trata de un "clásico moderno"; pero algo si me permito decir con sincera modestia: a Sergio Pitol no sólo lo seguirán leyendo nuestros hijos, nuestros nietos, sino también nuestros bisnietos y, más aún, se seguirá leyendo en otro planetas, o en otras dimensiones, que para el caso sería decir lo mismo.










* * *

        Pienso en las calles recorridas, las que he podido caminar junto a él. Hay calles, callejuelas y callejones transitados en Asjabad, Veracruz, Caracas, París, Aix-en-Provence, Praga, Desvarié y Kabul. Y pienso especialmente en un día de lluvia en Aix-en-Provence, adonde acudimos para homenajear a Antonio Tabucchi. Fue un día que recuerdo por la agresiva lluvia y por la constante pérdida de sus gafas por parte de Sergio; algo esto último nada extraño, pues es ya legendaria su inclinación a perder y luego recuperar sus anteojos.

        Para Villoro, Pitol no busca aclarar sino distorsionar lo que mira. En El arte de la fuga, Pitol nos cuenta que, en su primer viaje a Venecia, allá hacia 1961, extravió los lentes a su llegada, los extravió mientras se preguntaba si hallaría la muerte en Venecia, la muerte en la ciudad de sus antepasados. Muerte y neblina, extravío de anteojos y la fusión compacta de vida con literatura lo encontramos también en otro día de lluvia, en este caso en Mérida, en los Andes venezolanos. Habíamos subido a cuatro mil metros de altura y, al descender a la ciudad, Sergio estaba aterrado porque creía tener la presión muy alta. Entramos en una farmacia y la presión se la tomó un niño de catorce años que ya se veía que no sabía tomarla. «Tiene usted cinco mil cuatrocientos veinte de presión», le dijo el niño. Sergio quedó pálido y sobrecogido. «Debería estar muerto», añadió el niño. «¡Ay!», gritó Sergio, y todavía hoy oigo el eco de algún grito desgarrado en medio de la ciudad andina. Le acompañé a una clínica cercana, donde —para ser fiel a su costumbre— olvidaría sus anteojos.


         En estas anécdotas de días lluviosos del pasado está contenida la silueta de su vida cervantina, pues, como él dice, «todo es todas las cosas». Leyéndole, se tiene la impresión —que me ha perseguido siempre porque a fin de cuentas es mi maestro y lo es por motivos muy altos— de estar ante el mejor escritor en lengua española de nuestro tiempo. Y a quien ahora se pregunte por su estilo, le diré que consiste en huir de esas personas tan terribles que están llenas de certezas. Su estilo es contarlo todo, pero no resolver el misterio. Su estilo es distorsionar lo que mira. Su estilo consiste en viajar y perder países y en ellos perder siempre uno o dos anteojos, perderlos todos, perder los anteojos y perder los países y los días lluviosos, perderlo todo: no tener nada y ser mexicano y al mismo tiempo ser extranjero siempre.

      Hasta sabe inyectarle humor al hecho de ser mi maestro. Cuando después de años de esconderlo confesé finalmente su pleno magisterio, y lo confesé en una entrevista con Raquel Garzón para El País, se produjo un posterior «tira y afloja» entre Pitol y yo, su cordial alumno. Y es que, por algún motivo que se me escapaba, parecía él preferir seguir instalado en esa gran falacia que era creer —así lo aseguraba a todos los amigos, dejándoles tan atónitos como a mí mismo— que el maestro no era él, sino yo. Finalmente, un día —lo recordaré siempre: fue en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México— se plegó a la verdad. El único maestro era él.

          Se había programado en el Palacio un almuerzo al que debían asistir, por rigurosa invitación, el director del centro y las familias de Juan Villoro y Álvaro Enrigue, los dos amigos que habían participado en la presentación de la conferencia que había sido yo invitado a dar allí. La llegada no anunciada e inesperada de Sergio (que había viajado en coche desde Veracruz) hizo que automáticamente él quedara invitado a esa comida. Había otras personas que querían participar también en la comida. Un amigo escritor muy obcecado en lograr quedarse con nosotros y sentarse a nuestra mesa, por ejemplo. Escuché de refilón el diálogo y larga discusión que Sergio mantuvo con ese buen amigo que insistía e insistía en que si Sergio estaba invitado al almuerzo, él también podía estarlo, porque también era amigo mío. Pitol le enumeró con paciencia muchos motivos por los que no podía quedarse. Que estaba cerrada ya completamente la invitación oficial, por ejemplo. Ninguna de las explicaciones satisfacía al escritor obcecado.

     —Pero dime exactamente por qué tú puedes quedarte con nuestro amigo y en cambio yo no, dame una explicación que sea convincente, con una sola me bastará, créeme, pero tiene que ser convincente —insistió el escritor obcecado.

        —Te la voy a dar, es muy sencilla —dijo finalmente Sergio.

        Hizo una pausa y luego dijo, muy concluyente:

        —Porque soy su maestro.





Enrique Vila-Matas, nacido en Barcelona en 1948. Se dio a conocer al gran público como narrador con La Asesina Ilustrada (1977): historia en y sobre un libro que asesina a quien lo leyere; genial relectura del Necronomicón lovecraftiano. Luego le siguieron los notables Historia abreviada de la literatura portátil (1985), donde se da a conocer la ficticia, pero no menos recurrente, conspiración shandy; Suicidios Ejemplares (1991), conjunto de relatos; Bartleby y compañía (2000), una reflexión, a partir del paradójico personaje de Melville, sobre los escritores que han dejado de escribir; El Mal de Montano (2002), andanzas de un "enfermo de literatura". También es un destacado ensayista, siendo El viajero más lento (1992) y Desde la ciudad nerviosa (2000) sus libros más importantes en dicho género. Es miembro de la Orden del Finnegans, grupúsculo de ávidos lectores del Ulysses de Joyce, quienes cada 16 de junio se reúnen en Dublín a celebrar el Bloomsday.






Sergio Pitol nació en Puebla en 1933. En estricto rigor forma parte de la generación del Boom, aunque se haya mantenido un poco al margen. Se desempeñó gran parte de su vida como diplomático del gobierno mexicano en distintos países; conocido es su paso por la Unión Soviética. También ha desempeñado una excepcional carrera de traductor, acercándonos a los lectores hispanoparlantes autores tan indispensables como Gombrowicz, Andrzejewski, Pilniak o Firbank. Su primera etapa "tradicional" comienza con la publicación de un volumen de cuentos, Tiempo Cercado de 1959. Ya a finales de los ochentas y principios de la década de los noventas hace un quiebre en su poética y comienza a publicar textos híbridos, entre ensayos, memorias y mini-relatos. Este nuevo influjo de su literatura se hace más evidente con la publicación de El Arte de la Fuga en 1996. Entre sus obras destacadas encontramos además, El tañido de una flauta (1973), Domar a la divina garza (1988), Vals de Mefisto (1989), La vida conyugal (1991) y El tercer personaje (2014).





martes, 3 de noviembre de 2015

XX POEMAS/ UN POETA de Robert Walser






          Un poeta se inclina sobre sus poemas: ha hecho veinte. Pasa una página tras otra y descubre que cada poema despierta en él un sentimiento muy particular. Se devana penosamente los sesos tratando de averiguar qué es lo que planea por encima o en torno a sus poesías. Presiona, mas no sale nada, golpea, mas no logra sacar nada, tira, pero todo sigue tal cual, es decir, oscuro. Se apoya sobre el libro abierto entre sus brazos cruzados y rompe a llorar. Yo, en cambio, el pícaro autor, me inclino ahora sobre su obra y descubro con infinita indeliberación en qué consiste el problema. Se trata simple y llanamente de veinte poemas, uno de los cuales es sencillo, otro pomposo, otro mágico, otro aburrido, otro conmovedor, otro delicioso, otro infantil, otro muy malo, otro bestial, otro inhibido, otro ilícito, otro incomprensible, otro repugnante, otro encantador, otro comedido, otro extraordinario, otro esmerado, otro abyecto, otro pobre, otro inefable y otro que ya no puede ser nada más, porque sólo son veinte poemas distintos que en mi boca han encontrado una valoración, si no precisamente justa, al menos rápida, lo que para mí supone siempre el mínimo esfuerzo. Una cosa es, sin embargo, segura: el poeta que los escribió aún sigue llorando, inclinado sobre el libro; el sol brilla encima de él; y mi risa es el viento que corre impetuoso y frío entre sus cabellos.




Robert Walser (1878-1956, Suiza) murió paseando y en la nieve. Antes que la escritura, Walser consideraba sus paseos parte inherente de su vida. Ya casi al final de sus días se dedico en estos dos ámbitos de lleno a desaparecer, con una caligrafía cada vez más diminuta (Microgramas se les llamó) y sus salidas a la perdición, paseos en apariencia inocentes, pero que tenían en sí el impulso irreversible de la huida. Y helo allí, a pocos pasos de la muerte, pasos marcados sobre la nieve, y luego un salto (¿por qué en la foto hay un trecho tan grande desde el último paso hasta el cadáver?), el salto mortal. Entre sus obras más destacadas encontramos El Ayudante (1917), Los Hermanos Tanner (1907), La Habitación del Poeta (1908), El Paseo (1925), y los ya mencionados Microgramas (1924-1933).



RAROS OBJETOS ED. IX/ EN TORNO DE LAS EXCENTRICIDADES DEL CARDENAL PIRELLI de Ronald Firbank





En torno de las excentricidades del Cardenal Pirelli, Ronald Firbank, trad. Sergio Pitol; Anagrama, 1985


EL CAUTIVERIO






Ocultos murciélagos. Los besos.
Una luna mugiendo a las colosales vacas
y algo que se escurre por los tocones alados:
un fango inmundo de siglos de diluvio.
¡Tantos diluvios, sucesos!

Así y todo,
bebés lloran a medianoche,
y en cuanto mi corazón se sumerge
en la noctámbula friolenta,
algo del amor,
del infinito amor,
se cuelga y se mece,
como blanca niña perdida
en el bosque. El terror.
Las nubes nocturnas,
que levitan como pupilas de virgen.

Y en la desembocadura de todos los ríos,
y de todas la humedades,
muchachas desnudas danzan
con sus alegres tetas al aire.
Se abre hacia el atardecer,
como en una invasión de luciérnagas,
la cola del Fénix.

Y germinar a mis amantes en la asfixia,
en su huevo, ósea,
erótica paciencia de Dios,
diseñador de cuerpos,
cada tierno cuerpo que se fornica
en el estío de sus épocas,
en la adolescencia impune,
sanamente, como una monja y un lirón
sobrepuestos sobre la tela
de un pintor renacentista,
sudado y sordo. Museos ciegos.
Larvas.

Muchachas desnudas mirando las estrellas,
Esto es, y agitando sus piernas,
examinándose entre ellas
sus vaginas, sus clítoris;
olfateándolos, lamiéndolos,
midiendo con sus manos sus pechos,
confirmando la firmeza de sus culos,
para después de esto y sólo esto,
echarse a nadar hacia la Aurora:

La cola del Fénix,
mi hedor,

¡mi peste de hermosura!





Valparaíso, 2013



EL AUTOR SE ESCRIBE, DE NUEVO/ EN-NADAR-DOS-PÁJAROS de Flann O'Brien



         Ya se vio a Pilniak, a Queneau, a aquellos escritores que reflexionan sobre la novela escribiendo novelas. Pues me topé la pasada noche con un irlandés, bastardo de Joyce y Beckett, desconocido inmerecido, de quien dijera Borges habría escrito una de las mejores novelas del siglo XX, y esto, por supuesto, porque la novela a la que se refería era una bomba de tiempo, uno de esos aparatos que se parecen más bien a los acertijos, a los laberintos que tanto gozaba de recorrer el argentino; pues se refería a At-Swimg-Two-Birds. Otro bastardo, mal leído y mal releído, Anthony Burguess (sí, A Clockwork Orange, el eterno naranjo mecánico) dijo de esta misma obra que junto con el Finnegan's Wake de Joyce era el texto más complejo y completo de la Historia, que ya es decir bastante. En cualquier caso, discrepo de esta exacerbada complejidad que se le atribuye: el Finnegan's Wake, como se sabe, lo entendió solamente su autor, quien, desafortunadamente ya murió hace tantos años. Sin embargo, At-Swimg-Two-Birds (o, En-Nadar-Dos-Pájaros, como se tradujo al español) no solamente se entiende perfectamente, sino que además te hace cagarte de la risa, lo que se agradece en estos tiempos de oscuridad, de literatura "realista", de Elena Ferrante, de niños dedicados a llorar y no a jugar. 
          Les dejo la entrada a esta deslumbrante novela, y más abajo el link en e-book, para bajarlo gratuitamente.





*


         Tras haber colocado en mi boca pan suficiente para masticar tres minutos, deseché mis poderes de percepción sensorial y me retiré a la intimidad de mi mente, asumiendo mis ojos y mi rostro una expresión ausente y absorta. Reflexionaba sobre el tema de mis actividades literarias de los ratos de ocio. Que un libro tuviese un principio y un final era una cosa con la que yo no estaba de acuerdo. Un buen libro puede tener tres aperturas completamente distintas e interrelacionadas tan sólo por la presciencia del autor, o en realidad cien veces otro tanto de finales. 

                 Ejemplos de tres aperturas independientes 

            — la primera: El Puca MacPhellimey, un miembro de la clase demoníaca, sentado en su cabaña en medio de un bosque de abetos meditando sobre la naturaleza de los números y diferenciando mentalmente los impares de los pares. Estaba sentado en su díptica o antigua mesa de escribir de dos hojas con bisagras y las partes internas enceradas. Sus dedos peludos de largas uñas jugueteaban con una caja de rapé perfectamente redonda, y a través de una abertura de los dientes silbaba un aire popular. Era un hombre cortés y se le honraba por el generoso trato que otorgaba a su esposa, una Corrigan de Carlow. 

              La segunda apertura: Aunque en la apariencia del señor John Furriskey no hubiese nada excepcional, tenía en realidad una característica que es poco frecuente: había nacido a los veinticinco años de edad y había llegado al mundo dotado de memoria, pese a carecer de una experiencia personal que la justificase. Tenía los dientes bien formados pero manchados de tabaco, dos muelas con empastes y una amenazadora cavidad en el canino izquierdo. Su conocimiento de la física era más bien modesto, no iba más allá de la Ley de Boyle y del Paralelogramo de Fuerzas. 

         La tercera apertura: Finn Mac Cool era un héroe legendario de la antigua Irlanda. Aunque nada robusto mentalmente, era hombre de un desarrollo y un físico soberbios. Cada muslo suyo era tan gordo como la panza de un caballo, achicándose hasta una pantorrilla ancha como la barriga de un potrillo. Tres veces cincuenta muchachos podían enfrentarse a la pelota contra la amplitud de su trasero, que era tan grande como para detener una columna de guerreros en marcha a través de un paso de montaña.

              Me lastimé un poco un molar hacia el final de la mandíbula con un trozo de corteza de pan que estaba comiendo. Esto me hizo volver a la percepción de mi entorno.






Flann O'Brien (1911-1966, Dublín) escritor y periodista irlandés. Fue un autor admirado por Graham Greene, Dylan Thomas, Samuel Beckett y James Joyce, quien, ya prácticamente ciego, leía sus novelas con la ayuda de una enorme lupa. Harold Bloom por su parte le incluyó en su índice El canon occidental. (Wikipedia dixit) Entre sus obras más destacadas se encuentran The poor mouth (1941), The Dalkey Archive (1961), The Third Police (1967).