lunes, 9 de noviembre de 2015

BRIGANTI, UN CUENTO/ 4.La escena del descubrimiento de la sexualidad.










1972. En aquel entonces tenía doce años, mi abuela había salido a comprar tomates que le habían faltado a la salsa (se levantaba a las cinco de la mañana para preparar la bolognesa, la que tenía lista recién al mediodía) y me quedé solo en casa, en la sala, echado en el viejo y apolillado sofá de mi padre —que en esa oportunidad estaba de misión en Marruecos— hojeando un libro grande y grueso con fotografías de las esculturas del Palazzo Rosso de Génova. Lo había traído mi padre consigo en el sesenta, luego de una gira incógnita de ex miembros de la guardia del Duce; era muy receloso con su cuidado pues le había costado caro, por lo que lo escondía detrás del mueble de las copas, y lo sacaba sólo cuando venía algún amigo y éste debía esperarle a que se vistiera. El sol mañanero dificultosamente atravesaba las gruesas cortinas cosidas a mano por mi abuela, y solamente un halo de luz entraba por un entresijo llegando directamente a mi pecho. Era verano e iba solamente en calzoncillos. Estaba acurrucado sobre el sofá con los pies en alto y el libraco sobre mis muslos. Partí desde el final. Al correr culposo de esas páginas me encontré con la fotografía de un cuadro que copaba casi toda la página, era un cuadro que mostraba a un hombre fornido con el torso desnudo, las manos altas anudadas a un tronco y sus costillas cercenadas por dos largas flechas. Leí en la descripción «San Sebastián de Guido Reni.» No puedo aún ser certero en la descripción del éxtasis que produjo en mí la contemplación de dicha pintura. La belleza de aquel joven, su vientre y lo que queda a la vista de su entrepierna, como de porcelana y lampiña; aquel paño anudando quizás su miembro, conformando la ilusión óptica de un pene erecto y lechoso; su rostro infantil e inocente; así también la serenidad entrevista en su expresión, a pesar de lo macabro del castigo al que fuera condenado. Todo ello se mezclaba en un palpitar, o un cosquilleo que comenzaba en la planta de mis pies y ascendía imperceptiblemente hasta colmarme: poniéndomelo enhiesto. Mi mano por su parte, cobrando vida propia, descendió hasta la costura de mis calzoncillos, y lentamente introdujo los dedos hasta arremolinarse en el incipiente vello adolescente que se crispaba en mi bajo vientre, llegando al palo, que masajeé con movimientos que nunca nadie me había enseñado.
El esperma respingó por los mangos del sofá. La ilustración de San Sebastián y las palabras italianas que se concentraban en la página blanca se empaparon. Constelaciones perladas que con la estrecha luz del sol parecían esplender. Gemas grisáceas, lechosas, que se escurrían por mi mano; y por el papel cuché que se había arrugado por la humedad de mis fluidos. Sentí incluso miedo, un miedo inconcebible frente a ese placer inconmensurable y prístino; un placer vigoroso y misterioso, “virgen”, que hoy busco a tientas como un hambriento, sobre todo por las noches en que me devuelvo borracho de vino a mi camastro, olvidado del honor, vapuleado por el instinto, quedando quieto en mi cama e intentando recordar aquel primer acceso de placer carnal que me fue regalado en la intimidad de aquella vieja sala de Rosario, en penumbras y con la familia deambulando por esta y otras ciudades del mundo.[1]
Por aquellos años de mi primera eyaculación los muchachos de la Scuola ya miraban a las profesoras de otra manera, y éstas se daban cuenta pues les devolvían sonrisas… las muy sucias. El cuerpo femenino parecía para ellos un sitio prohibido al que querían entrar a palos de ciego y volviéndose locos. Por mi parte no me causaba extrañeza que mi pulsión sexual no siguiera por esas lindes; apreciaba el cuerpo femenino estéticamente, no lo niego, siempre lo he encontrado bello; pero el cuerpo de un hombre, en cambio, me aflojaba el corazón, y esto lo tengo clarísimo desde que tengo uso de razón. Así, viviendo en el tabú mismo, no hice otra cosa que comentar naturalmente con mis amigos, como lo hiciera un crítico de arte, las curvas de mis compañeras y de mis profesoras, el tamaño de sus traseros y de sus pechos, la dureza de sus vientres y sus muslos, y también las pajas que me corría en su honor. Siendo todo, por supuesto, una grandiosa mentira. Eran mis compañeros los que me quitaban el sueño. Pero fue así que pasé desapercibido, con alguno que otro mínimo mal entendido, todo el periodo de la escuela. Cuando emigraba de Rosario, allá por el año 81’, mis amigos y conocidos de allí juraban de rodillas mi heterosexualidad. Ya en Santa María hice unos dos o tres amigos evidentemente homosexuales, y no lo digo por sus manierismos: se detectan de inmediato, como una moneda bajo la cristalina agua de la pileta del templo. Con ellos me sumergí en los guetos nocturnos de maricones y tortilleras[2], aquellos rincones de un paganismo exquisito, alejados de la mano de Dios. Los bares corrientes eran una pena; el Nueva Italia, sin ir más lejos, olía a callejón meado. Al menos los de maricones tenían su elegancia atenuante. Además, ni se imaginan cuantos connotados diplomáticos y feligreses me encontré en esos lugares, a sus anchas, y después los muy cochinos dando discursos sobre la sagrada familia y la decencia. De los tres o cuatro más populares bares de huecos, el más concurrido era el Chamamé, que Junta Larsen —un bisexual desatado— convertiría unos años después en un prostíbulo, luego de una infame campaña para erradicar a los invertidos de Santa María.
Craso error del alcalde: los maricones proliferaron. Este tipo de discusiones cosméticas de la política pública sanmariana, me recuerda que no he visto lugar en lo que es Latinoamérica con más criaturas no sólo invertidas, sino pervertidas. Como cualquier sanmariano, yo también he guardado mi pequeño y obsceno secreto largos años. Ahora no tengo problemas en descubrirlo, pues a mi modo de ver, ya lo he perdido todo. Bueno, en fin, desde hace ya casi quince años, como en un pequeño ritual, hago un juego conmigo mismo: cojo ropa de mi difunta abuela y me la coloco. Sí. En un sector secreto de mi guardarropa, abajo, cerca de mis zapatos negros, tengo un pequeño baúl donde guardo la poca ropa que pude rescatar de la casona de Rosario, antes que la remataran. Tengo en mi dormitorio un espejo alto, que también le perteneció a ella, donde me miro desnudarme y después ponerme, una a una, sus prendas. No me disfrazo solamente de un mujer, sino que soy además una mujer anciana ¿Lo entienden? Tengo obscenas inclinaciones por lo senil. ¿Que por qué lo hago? No tengo la menor idea. Son de esas acciones tan íntimas que no requieren verbalización, siquiera mental, de lo que pretenden; son acciones sin más, no sin significados, sino que ocultos, adosados a mis órganos. No puedo dejar de hacerlo, me provoca un extraño placer que nada ni nadie me proveería de otra forma. Cuando el hijoputa que encuentre este cuaderno lo lea, tendré recién la intención de buscarle alguna respuesta coherente, y como ya supondrán, ya estaré muerto. Conmigo se irán todas mis mujeres a la tumba; el travesti espiritual que soy.






[1] Se puede percibir en el presente párrafo la parodia, sino indiscretamente el plagio de una escena aparecida en Confesiones de una máscara, primera novela del escritor japonés Yukio Mishima (Tokio, 1925 – 1970), en la que el protagonista también se masturba con una reproducción de la pintura de Reni, el pintor italiano postrenacentista.
[2] Se refiere a las lesbianas (N. de la E.)




BRIGANTI, UN CUENTO/ 3.La escena del autorretrato de infancia.







         Para hablar un poco más de mí: me llamo Giussepe Briganti. Básicamente siempre he vivido solo, mis padres se separaron cuando yo era un bambino indefenso, apegado a la familia —pollerudo se dice aquí— y con unas ansias carnívoras de quedarme mamando eternamente de la teta de mi madre; cosa que no sucedió. Ella partió cuando yo tenía seis años —nunca supe si muerta o viva—, mi padre se quedó, pero era como si no estuviera, y el único consuelo que me quedó fue mi abuela paterna —vieja adusta e idiota— y lo poco que me podía dar: lecturas casi místicas de la Divina Commedia. Recuerdo un libro de tapas rojas y letras doradas que con el paso de mis años y mis recuerdos fue borrándose, hasta quedar un libro gordo y maltratado. Nunca diferencié este libro rojo y solemne de la Biblia, que no había en casa, pero que señalaban los profesores de la Scuola Italiana de Rosario —allí nací y crecí— como Il libro. Sin embargo, la Biblia y el poema de Dante los traté indistintamente hasta hace muy poco. No diferencié nunca muy bien aquellas lecturas solemnes y litúrgicas de mi abuela en la sobremesa, cuando ella y mi padre ya se habían bebido casi todo el vino de la jarra y se les dormía la lengua y las palabras; con esas parrafadas del cura Brausen, en el templo de la Plaza Chica, como en una caverna de madera. A pesar de ello —que me perdone el sacristán— personalmente pienso que no dejan de ser lo mismo: un par de libros gordos llenos de ruido y de furia, de misterio y falacias.
Llegué a Santa María hace quince años, inmediatamente después de salir del liceo. Me puse a estudiar Mecánica en el politécnico de Villa Ortúzar, y me encontré una habitación pequeñita pero bastante confortable en la hostal de una señora ucraniana llamada Öschla, muy cerca de la Plaza Vieja. Tiempo —por el sólo hecho de hacer ese tramo infinito de Villa Ortúzar hasta el centro de Santa María en los buses arcaicos de este pueblo— no tenía. Se imaginarán cómo es la habitación de un soltero perpetuo. Ya tengo 35 años.
         Recuerdo que aquella mañana me duché con agua fría, Öschla había olvidado prender los calderos; no protesté. Cogí unos pantalones verde petróleo que yacían tirados en un rincón y que olían a humareda; con ellos había estado frente a un auto incendiado un par de noches atrás y el olor a bencina y neumático se impregnaron al tejido. Me puse mis zapatos brillantes negros, los de tapilla, y mi adorado abrigo verde caqui: una montañera larga hasta las rodillas, recubierta en su interior de lana cruda de cabrito, un regalo de mi padre[1]. Es una chaqueta diseñada exclusivamente por el Duce para sus tropas. Mi padre había sido parte del convoy de Sicilia, y antes de morir me lo legó entre otros menesteres de guerra. Öschla siempre miró con suspicacia mi abrigo, y sé por qué; pero una cosa son los nazis y otra muy distinta los fascistas italianos. Además, sea como sea la Historia[2] el abrigo es de mi padre y lo uso con el más alto orgullo. Creo haber heredado de él algo de la honorabilidad y el temple que caracterizan a los verdaderos soldados italianos. Nunca echo un pie atrás —bueno, no en el sentido sexual, pues si fuera por eso se me quedaría toda la pierna atrás— y siempre cumplo con mi palabra. Y para aquella vez, para aquella fresca mañana de verano en Santa María, no había excepción.







[1] El padre de Giuseppe Briganti, el comandante Salvatore Briganti, participó asiduamente de las veladas en casa de Mónica Lane (prima en segundo grado de Jorge Malabia), junto con un grupo de refugiados italianos neofascistas, comandados por Stefano Delle Chiaie —involucrado en la conocida Operación Cóndor—, que pasaron una temporada en ella mientras se coordinaban los asesinatos a Carlos Altamirano y Bernardo Leighton. En esa misma casa se llevaron a cabo secretas reuniones con Augusto Pinochet y altos mandos de la DINA.

[2]  Dos fragmentos de la declaración que prestara Briganti por la detención de Sebastian Diecz y Sei Shikibu (alias La Japonesita) por presunto narcotráfico (transcripción del audio):

«…no era necesario cerrar con llave la habitación, nunca lo he hecho. A pesar de algunas abominables diferencias, Oschla me parece una persona correcta. Le arriendo la pieza lo que ya pronto serán 5 años. La conseguí en ese tiempo a precio irrisorio, y a pesar de todos los infortunios de nuestra economía, nunca me ha subido ni un solo peso. No soy de hablar mucho con los demás moradores de la casa de Oschla, me parecen la mayoría un desastre; borrachos y drogadictos, ociosos, fracasados. Este tal Sebastian es ejemplar. Y con Oschla he tenido que mantener las distancias prudentes, pues políticamente no somos muy afines. Aunque ella también repudie, como yo, toda la política genocida estalinista —ella por supuesto piensa que Holodomor fue un genocidio propiamente tal, ¿lo conocen?…le parece una barbaridad, tal como a mí, es insólito que aún se defiendan esos ineptos comunistas con argumentos tan débiles… »

«¿del uso de armas?…Öschla sí, tenía un fusil en su armario. Había aprendido en la guerra a dejar armado un fusil en menos de un minuto. Su habitación da justo debajo mi piso. La escucho cantar (pues es lo que hace cada noche) canciones ucranianas a sus hijos, que ya tienen más de 15 años, para que se queden dormidos. Mire comisario, la guerra le enseña a la gente a estar más tranquila que la que no ha estado en la guerra. Eso lo aprendí de mi padre. La guerra hasta cierto punto es incluso sana…»




domingo, 8 de noviembre de 2015

BRIGANTI, UN CUENTO/ 2.La escena de la extirpación de la muela.









En fin, todo ocurrió más o menos así: los de la célula decidieron que el hombre debía ser asesinado, y me encomendaron la misión a mí. Las órdenes son órdenes, asi que me concentré en organizar pulcramente mi misión, pues claro, estaba en juego también mi pellejo. (Omertá[1], se sabrá; el que cae no abre la boca ni por descuido, hasta la tumba.) Asi que después de un arduo mes de investigaciones y planificaciones llegó el día. Era una agradable mañana de diciembre, e hizo fresco. Todo iba a la perfección, a pesar de haberme despertado con un dolor terrible en el estómago. Me hizo dudar, lo relacioné con el nerviosismo obvio de alguien que está a punto de cometer una estupidez mortal, pero me calmé, tomé aire. Haciendo memoria llegué a la causa más lógica: debía haber sido la cantidad de pastillas que me había tomado la noche anterior intentando combatir un dolor de muelas que se acentuó en mala hora. La muela del juicio se me pudría paulatinamente, y lo más probable es que mis encías también. ¿Que por qué me acuerdo de mis muelas? Es como una coincidencia absurda: en el momento en que lo asesinaba, en que lo veía perecer, yéndosele el alma por los ojos, el único pensamiento que copaba mi mente era la forma más rápida de sacarme esa muela de mierda, que me tenía harto.
No se crea que soy un criminal simplón y pagado. Si he matado ha sido por convicción, y no he recibido ni un solo peso por ello. Las tribulaciones de mi vida y de mi abolengo —reaccionarios legendarios— me han destinado a ejercer estos oficios, que a primeras provocan estupor, o asco, pero que en realidad son una forma de la expiación; como si cobrara una antigua venganza que sólo conocen mis antepasados, pero no yo; quizás mi piel.
Asi que llevé a cabo mi misión, y luego, me desangré. No tenía muy claro que venía después del crimen, pero en ningún caso me vi desangrándome, además por causas tan prosaicas. Al verme tirado en la alfombrilla, me levanté dificultosamente. Luego de percatarme de lo lamentable de mi estado en el espejo, sumado al hambre animal que tenía, incluso llegué a suponer que había estado días en la cabañita, o aún más, que estaba muerto, que era un fantasma hambriento penando en esa casa deshabitada a orillas de la playa. Una voz, en todo caso, siempre retumbaba al fondo de mi cráneo; una voz que me susurraba: exageras, exageras…Asi que cogí mis ropas arremolinadas y salí a la húmeda noche del Puerto Astillero.
No sé qué impulso idiota me llevó hasta la caseta que la policía sanmariana mantiene en guardia cerca de la salmonera, a un lado de la desembocadura. Para llegar allí  había que caminar por un trecho de un par de kilómetros, cruzado por mordaces roqueríos que amenazaban con hacerme sangrar también los pies. Tan fácil habría sido desandar mis pasos, y volver a la hostal de Öschla. Pero desconfiaba tanto de ella que ya me la imaginaba con toda la policía registrando mi pieza, los polis requisando mi ropa de mujer, mi maquillaje, ay. Así que cogí el camino diametralmente opuesto. La caseta era como las que usan los conserjes de recintos domiciliarios, aquellos hombres tristísimos que se saben de memoria el orden y las canciones de las chirriantes estaciones radiales sanmarianas; estos hombres disecados acumulando rumas de periódicos, cuyos crucigramas borroneados, tormentosamente rayados de tinta azul, se asemejan mucho más a las notas de socorro de los náufragos que a la rutina de los vigilantes nocturnos. En cualquier caso, el único atormentado era yo; y con toda esa sangre brotándome, era una verdadera pena. Tal vez a fuerza de desangrarme, la mente se olvidaba del crimen, y de la culpa.
Lo extraño fue que en la capilla me encontré con una policía. Una mujer. Robusta, de labios malamente delineados con un rouge rojo eléctrico, gruesas cejas, y pálidas mejillas. Iba sin la gorra, y la blusa azul, la placa, los botones, todo el resto, a punto de reventársele por aguantar unos pechos enormes; unos pechos tan italianos, tan cortesanos; por lo que la anemia y la leve agonía me hicieron confundirla con mi abuela, y la llamé por su nombre: «¡mama Sofía, mama Sofía, dónde te habías metido!» La mujer arqueó una ceja y buscó en su mínimo escritorio una linterna. Me enfocó a la cara. «¿Qué te pasó en la boca, mi chico?» Era cubana. Lo supe por su tono de voz. «Una muela podrida», le contesté resignado. Cogió su radio y llamó a la estación. Me sentó en su sillín, que estaba caliente. Me ofreció una pinta de whisky; tenía un botellín de Colina del Cielo escondida bajo la mesa. Me enjuagué la boca, y me puse a esperar no sé qué. Pasó un furgón a buscarme. (Todo daba la impresión de tratarse de una redada en contra de un narcotraficante que intentó con mala chance suicidarse de un balazo, un balazo que le dio en la mejilla…al muy idiota.) La policía me metió dentro, intercambió unas palabras en susurros por la ventanilla con el conductor, cuyo rostro nunca pude definir. Nos dirigimos hasta el área de emergencia del Hospital Brausen. Un doctor cubano y con una protuberancia negra y peluda en la frente, me extirpó la muela —sin anestesia el muy hijoputa— y me coció la encía. Luego me alcanzó una caja de pastillas, y me dijo que me debía tomar una cada ocho horas y me recomendó que mantuviera la boca cerrada; cosa que me pareció hasta insolente, pues ni siquiera le había dicho hola. Después, ya de vuelta en la furgoneta, el policía que manejaba, tan silencioso y solemne, al fin me dirigió unas palabras. Estaba yo tan nervioso que la tenía erecta. ¿Sería normal? «¿Dónde vives, chico?» ¡También era cubano! No me lo creía. ¿Es que todo el sector oriente de Santa María estaba habitado por cubanos? ¿O es que, por algún naufragio fantástico, había ido a parar yo a las costas cubanas? ¡Qué posibilidad más horrorosa! ¡Yo cohabitando con hambrientos comunistas en ese asilo de isla apartada de la civilización! «Disculpa, pero por qué todos son cubanos aquí», lo interrogué. «¿Perdón?», me contestó. Me arrepentí de seguir con las preguntas. Y no quedé tranquilo hasta que me di cuenta, de entre esa neblina de dolor y de anemia que recubre el juicio, que el poli era muy guapo. Un poli de metro ochenta, moreno cacao de unos ojos verdes preciosos y unos brazos trazados vigorosamente por venas y músculo. Mis convicciones políticas se esfumaban por la aparición repentina de este bello muchacho. Y he allí la explicación a la erección. La pulsión seguía su curso.









[1] Código de honor propio de la mafia siciliana, que consta básicamente en no delatar a implicados ni dar información comprometedora que afecte a miembros de la familia.

sábado, 7 de noviembre de 2015

BRIGANTI, UN CUENTO/ 1.La escena de la muela podrida.







«Estoy solo en casa —me había dicho días atrás al asesinato— y puedes quedarte el viernes por la noche si quieres». Barthes no tenía idea de lo que yo había hecho. Es más, no tenía siquiera idea de que yo formara parte de aquella secta reaccionaria tan exagerada. Me lo hubiese recriminado de tal manera que no lo hubiese vuelto a ver jamás. Lo que de verdad me habría dolido.
Su padrastro era un importante médico de la ciudad, y verse involucrado en la ilegalidad no le traía buenos presagios. Asi que mantuve silencio. Además, no fue por exponerlo, pero a nadie se le hubiese ocurrido ir en busca de un asesino a la casa del doctor Díaz Grey.
Asi que me quedé todo el tiempo que estuvo ausente su padrastro. Dormimos juntos cada día, e hicimos el amor hasta quedarnos dormidos. No salimos más allá del enrejado; nuestro mundo fue la casa, fue como nuestra ciudad para enamorados. No le conté a Barthes tampoco que mi muela me dolía a más no poder. Pero no quería que preocupara a otros por encontrar a un dentista pronto; lo menos que quería hacer era agitar el polvo.
Una tarde golpearon la puerta. Era la policía. Por un impulso idiota me metí al baño. Abrió Barthes. Le informaron que su padrastro había tenido un accidente. Yo no supe si aliviarme o preocuparme. Volvió a la habitación para decirme que debía viajar en ese preciso momento, que el doctor Díaz Grey estaba hospitalizado en Montevideo. Corrían sus lágrimas y no se las secaba.
 «¿Vas a tomar un avión?», le pregunté. «Sí, supongo…no sé qué hacer.» «Yo voy contigo», dije con rigidez nerviosa. «Pero cómo, no hay plata…no tengo para mantenernos allá a los dos, a menos que a ti te alcance con lo que te pagan los italianos.» «Cada vez es menos. No lo creo. Bueno, entonces…¿me puedo quedar aquí?» «¿Pero por qué; qué pasó, cariño?» «Nada…quiero quedarme aquí.» Barthes levantó una ceja. Me interrogó al respecto y cedí casi al instante: le terminé contando casi todo, menos la parte de los reaccionarios. Conservó la tristeza en los ojos, pero me dio serias instrucciones que me ruborizaron. Me persuadió de que era peligroso que me quedara allí. Podía sospechar la policía de un robo. Me dijo que era más seguro que me escondiera, mientras tanto, en una cabañita que mantenía su padrastro a un lado de la molinera de pescado; una cabañita de madera, encumbrada en una base de bambúes; podría pasar allí lo que él estuviera allá.
«A ver», me preguntó repentinamente confundido, «¿a pito de qué te andan persiguiendo si se supone que nadie te vio?» «Tengo miedo, precioso; asesiné a alguien, ¿te das cuenta?», me sinceré.
«¿Y te vas a esconder toda tu vida? ¿En qué momento crees seguro volver a salir a la calle?¿Lo tienes claro?»
«No, Barthé», terminé replicando infantilmente.
Entonces me entregó las llaves de la cabañita —muy, pero muy rústica— cercana al Puerto Astillero. Y me instalé allí hasta que Barthes volviera de Montevideo. Estuve en buenas condiciones una decena de días; había suficiente comida y me regalaban pescado en la molinera y mariscos mal enlatados en la fábrica de conservas Enduro. Solía pasar también un viejo en bicicleta vendiendo vino a muy buen precio, un vino dulzón, y con un bajo amargo que supongo era la concentración de alcohol que te llegaba directo al hígado. Asi, me la pasé once días emborrachándome y comiendo pescado asado o frito, o surtido de marisco con limón, hasta que el dolor de la muela se desató y me dejó sordo de un oído.
La miré en el espejo. La muela era como un coágulo a punto de reventar, de tono violáceo, en donde no se podía dilucidar claramente la muela de la encía. Asi que bien llegado el día me desmayé. No sé muy bien por qué, quizás solo del miedo. Yací en la alfombrilla verde pálido de la entrada, llenándome de pulgas y catarros, unas 5 ó 6 horas, el sol estaba a medias posado sobre el horizonte marino, las paredes tornándose almibaradas dando comienzo a la noche, cuando desperté. Tenía el cuerpo entumecido. Sentía la marejada desarrollándose en la misma escalinata que te lleva a la playa. Mi boca estaba desbordada de sangre, tanto que al girar la cabeza de costado, ésta se me escurrió como lo haría el café de una taza echada a rodar.
«No, Barthé», pensaba.




SINOPSIS/ LA NOVELA PUESTA AL DESNUDO POR SUS SOLTEROS por Sebastian Diecz








         El Camarero, el joven protagonista de esta historia, es un muchacho de 26 años y aspirante a escritor. Vive en una pequeña pieza en los bordes del Central Park, en la 602 de la 44th Street. No se le conoce familia ni pareja, ni pasado ni biografía, por lo que podríamos hablar de un Soltero por antonomasia. Tras largas y hostigosas temporadas de trabajos de la más baja alcurnia al fin comienza a ganar dinero con su labor de escritor. Todo comienza con la escandalosa publicación en The New Yorker de su primer relato, de desmesurado contenido demencial y abyecto, inspirado en el primer contacto que hiciera con la VALIS Philip K. Dick, el escritor de culto de la ciencia-ficción. Ya excluido por ello de los circuitos oficiales de la literatura neoyorquina se dedica a publicar relatos y artículos en diversas revistas baratas o en fanzines, las que les convidan su precario sustento, y que le permiten seguir escribiendo.
         A medida que van ocurriendo sus peripecias se va topando con diversos personajes, cual más soltero y excéntrico, que lo acompañan en sus desvaríos existenciales, y sobre todo, en sus exploraciones e investigaciones acerca de la naturaleza de la Novela. Entre ellos encontramos a James Treepine, crítico literario de cuarta categoría e íntimo amigo del Camarero; Sergei Pitoniev, trasunto del escritor mexicano Sergio Pitol, políglota, diplomático y aficionado a la literatura soviética; Dave Oliphant, traductor al inglés de la moderna poesía chilena, en particular Enrique Lihn, el mejor poeta de América del siglo XX según el Camarero; Alex Samsa, un novelista en ciernes con debilidad por lo rufianesco; y Móscar Jaar, el gran sinvergüenza y núcleo oculto de toda esta historia.
         Estamos frente a una novela en la que la trama, sin dejar de ser ella misma, se rinde ante los juegos y ejercicios iconoclastas, y la reflexión sobre el género mismo se muestra como protagonista. Es pues, a su modo, un libro-máquina que se piensa a sí mismo y que, además, mira a través de él, impregnando todo lo que ve con esa aura propia de los textos ensayísticos y, cómo no, de los poéticos y líricos. Deudor de los íconos más fulgurantemente excéntricos de siglos pasados (Boris Pilniak, Raymond Queneau y Lawrence Sterne, sobre todo) lo que aquí se busca es la confabulación o conjuración de todos los géneros en pos de una nueva forma de narrar.
         Ambientado en una Nueva York alegórica, todos sus fantásticos personajes —y no por ello irreales— van y vienen, se esconden y resurgen, siempre con alguna anécdota o máxima que entregarnos respecto al arte de leer, o al oficio de escribir. Finalmente el Camarero experimentará en carne propia los devenires de la maquinaria editorial y de la imaginería cultural que no siempre contentan a la verdadera literatura con sus favores, y como es resabido, a las circunstancias que llevan a grandes escritores a morir sin ser siquiera leídos.










LAS PEQUEÑAS VIRTUDES/ MI OFICIO de Natalia Ginzburg





Dejando de lado un poco el experimentalismo con la forma: el estilo de Natalia Ginzburg ¿cómo explicarlo? Sucede que es como si no tuviera padres ni abuelos literarios, es una escritura tan propia, demasiado auténtica, que aparenta fraguarse en un mundo aparte, en la triste fantasía de la infancia. Ginzburg escribe como lo hacen las niñas en sus diarios íntimos, con palabras sencillas, pero no por ello menos certeras. Podría decirse: un fenómeno curioso, aquí la honestidad es el estilo. Aunque, más bien, no, honestidad no es la palabra. ¿Prístino? no lo creo. Diría: pureza. Sí. La pureza, esta es la palabra. No obstante tampoco una pureza limpia, inmaculada, virginal, en absoluto: una pureza doméstica, prosaica, que se suele llenar de polvo y que se limpia con el paño, que se saca a pasear al parque; una pureza que se sube al balancín y se le da cuerda. 
Pues bien, el estilo se lee. Aquí un fragmento de su texto "Mi Oficio".







Escribir poesías era fácil. Mis poesías me gustaban mucho, me parecían casi perfectas. No comprendía qué diferencia había entre ellas y las poesías verdaderas, ya publicadas, de los verdaderos poetas. No comprendía por qué cuando se las daba a leer a mis hermanos, soltaban la carcajada y me decían que sería mejor que me pusiera a estudiar griego. Pensaba que quizá mis hermanos no entendían nada de poesía. Y, mientras, tenía que ir a la escuela, y estudiar griego, latín, matemáticas, historia, y sufría mucho y me sentía en exilio. Me pasaba los días escribiendo mis poesías y copiándolas en los cuadernos, y no estudiaba las lecciones, y entonces ponía el despertador a las cinco de la mañana. El despertador sonaba, pero yo no me despertaba. Me despertaba a las siete, cuando ya no tenía tiempo para estudiar y tenía que vestirme para ir a la escuela. No estaba contenta, tenía siempre un miedo tremendo y una sensación de desorden y de culpa. Estudiaba en la escuela: la historia, en la hora del latín; el griego, en la hora de historia, y así siempre, de modo que no aprendía nada. Durante bastante tiempo pensé que valía la pena, porque mis poesías eran muy bonitas, pero un buen día me entró la duda de que no fueran tan bonitas, y empecé a aburrirme al escribirlas, a buscar los temas con esfuerzo, y me parecía que había acabado ya todos los temas posibles, que había usado ya todas las palabras y las rimas: esperanza-lontananza, pensamiento-viento, misterio-cementerio, añoranza-esperanza. No encontraba ya nada que decir. Entonces comenzó un período muy malo para mí, y me pasaba las tardes manoseando palabras que no me daban ya ningún placer, con una sensación de culpa y de vergüenza respecto a la escuela; jamás me pasaba por la cabeza que me hubiera equivocado de oficio: escribir, quería escribir, sólo que no comprendía por qué de pronto los días se me habían hecho tan áridos y pobres de palabras.
La primera cosa seria que escribí fue un relato. Un relato breve, de cinco o seis páginas:      me salió como por milagro, en una noche, y cuando me fui a dormir estaba cansada, aturdida, estupefacta. Tenía la impresión de que era algo serio, lo primero que había hecho hasta entonces: las poesías y las novelas con muchachas y carrozas me parecían de repente muy lejanas, de una época desaparecida para siempre, criaturas ingenuas y ridículas de otra edad. En este nuevo relato había personajes. Isabel y el hombre con la barba rubia no eran personajes: yo no sabía nada de ellos salvo las frases y palabras de que yo me había servido respecto a ellos, y estaban confiados al azar y al capricho de mi voluntad. Las palabras y las frases de que me había servido, con ellos las había cogido casualmente: era como si hubiese tenido un saco y hubiera sacado de él, ahora una barba, luego una cocinera negra o cualquier otra cosa que se pudiera usar. Esta vez, por el contrario, no había sido un juego. Esta vez había inventado personas con nombres que no me habría sido posible cambiar: nada de ellos habría podido cambiar, y sabía una cantidad de detalles suyos, sabía cómo había sido su vida hasta el día de mi relato, aunque en mi relato no había hablado de ella porque no había sido necesario. Y lo sabía todo sobre la casa, sobre el puente, sobre la luna, sobre el río. Tenía diecisiete años entonces, y me habían suspendido en latín, en griego y en matemáticas. Había llorado mucho al saberlo. Pero ahora que había escrito el cuento, sentía un poco menos de vergüenza. Era verano, una noche de verano. La ventana estaba abierta al jardín y volaban mariposas oscuras en torno a la lámpara. Había escrito mi cuento en papel cuadriculado, y me había sentido más feliz que nunca en toda mi vida y rica de pensamientos y de palabras. El hombre se llamaba Maurizio; la mujer, Anna; y el niño se llamaba Villi, y también estaban el puente, la luna y el río. Estas cosas existían en mí. Y el hombre y la mujer no eran ni buenos ni malos, sino cómicos y un poco miserables, y me parecía entonces descubrir que así debía ser siempre la gente en los libros, cómica y miserable a la vez. Aquel cuento me parecía bello lo mirara por donde lo mirara: no había ningún error, todo sucedía a su tiempo, en el momento oportuno. Me parecía ya que podría escribir millones de cuentos.

Y, verdaderamente, he escrito un cierto número de cuentos, a intervalos de uno o dos meses, alguno bastante bello y otros no. Y he descubierto que uno se cansa cuando escribe algo en serio. Es mala señal si uno no se cansa. Uno no puede esperar escribir algo en serio así a la ligera, como con una mano solo, alegremente, sin molestarse apenas. No se puede salir del paso como si tal cosa. Uno, cuando escribe algo serio, se mete dentro de ello, se hunde en ello hasta los ojos; y si tiene sentimientos muy fuertes que inquietan su corazón, si es muy feliz o muy infeliz por alguna razón, digamos terrestre, que no tiene nada que ver con lo que está escribiendo, entonces, si lo que escribe vale y es digno de vivir, cualquier otro sentimiento se adormece en él. No puede esperar conservar intacta y fresca su cara felicidad, o su cara infelicidad; todo se aleja y se desvanece, y se queda sólo con su página, ninguna felicidad y ninguna infelicidad puede subsistir en él que no esté estrictamente ligada con esta página suya: no posee otra cosa y no pertenece a nada más, y si no le sucede así, entonces es señal de que su página no vale nada.


Extraído de Las pequeñas virtudes, Alianza editorial (1966)





Natalia Ginzburg (1916-1991, Italia) fue una escritora italiana cuya obra gira en torno tanto a temas como las relaciones familiares, como a las políticas posteriores al fascismo italiano y a la Segunda Guerra Mundial. Sus obras, así mismo, están cargadas de contenidos filosóficos. Escribió novelas, ensayos, reportajes periodísticos, poemas y relatos cortos. Fue galardonada en vida con el Strega Prize y el Bagutta Prize. Entre sus obras más destacadas de encontramos Las palabras de la noche (1961), Las pequeñas virtudes (1962), Léxico familiar (1963). Como también el reportaje Serena Cruz o la verdadera justicia (1990) y la flamante biografía Antón Chéjov publicada en 2006 en español por editorial Acantilado.





jueves, 5 de noviembre de 2015

LEER CAMINANDO/ ICARO de Jaroslaw Iwaszkiewicz



            Para seguir con los rescates pitolianos, he aquí un autor polaco y su no menos peculiar relato. Traducido por Sergio Pitol para la Antología del Cuento Polaco Contemporáneo, libro legendario, prácticamente desaparecido de la faz y de un contenido rico en hallazgos y literaturas procelosas. En este relato en especial de Jaroslaw Iwaszkiewicz, que elegí de entre la veintena que componen el libro, la analogía funciona como un anecdotario: la banal desaparición de Icaro. No me demoro en explicaciones, y les invito a leerlo.






         Hay un cuadro de Brueghel llamado Icaro. En él se ve a un campesino que ara la tierra en un alto acantilado sobre el mar; un pastor impasible apacienta su rebaño, y un pescador tiende las redes en la costa. A lo lejos, puede vislumbrarse una tranquila ciudad. En el mar navega, con las velas desplegadas, un barco en cuyo puente unos comerciantes discuten sus negocios. En fin, estamos ante los afanes y preocupaciones cotidianos, frente a una vida de simples menesteres y problemas humanos sencillos. ¿Dónde está Icaro? ¿Dónde está aquél que trató de alcanzar el sol? Sólo, si observamos minuciosamente el cuadro, podremos descubrir en un rincón del mar un par de piernas que se sumergen en el agua, y arriba, revoloteando en el aire, unas cuantas plumas que el brusco descenso desprendió de las alas ingeniosamente fabricadas. La caída ha ocurrido hace un instante apenas. Se trata del temerario que, según la leyenda griega, construyó unas alas para volar y se elevó a tal altura que llegó cerca del sol. Sus rayos fundieron la cera con que se había pegado el joven las plumas, y el desdichado se precipitó en el abismo. La tragedia ha ocurrido; helo allí que se hunde y se ahoga en el mar. Pero los hombres nada han advertido. Ni el campesino que ara la tierra, ni el comerciante que navega, ni el pasajero que contempla el cielo, ninguno se ha dado cuenta de la muerte de Icaro. Sólo el poeta o el pintor la han visto y la han transmitido a la posteridad.
        Ese cuadro me viene a la memoria cada vez que recuerdo un episodio que me tocó vivir. Era en junio de 1942 o 1943. Un bellísimo crepúsculo de verano descendía sobre Varsovia, un resplandor rosado creaba sombras que embellecían las casas destruidas, y en el hormigueo impetuoso de la multitud que subía a los tranvías para llegar a casa antes del toque de queda, el conjunto de los vestidos civiles ocultaba los uniformes, raros a esa hora. En aquel momento las calles de Varsovia, animadas y bellas en el esplendor de junio, podían dar la impresión de que la ciudad estuviese libre de los invasores. Sólo por un instante...
        Esperaba el tranvía en la parada de la esquina de la calle Trebacka con la Krakowskie Przedmiescie. Las rojas carrocerías tranviarias, campanilleaban sonoramente y se alineaban, una tras otra, a lo largo de Krakowskie Przedmiescie. La gente se aglomeraba para subir, saltaba a los estribos, se colgaba de las puertas, se apiñaba tanto dentro como fuera de los vehículos. De cuando en cuando, pasaba a toda prisa un "cero" rojo, reservado a los alemanes, y por ende casi vacío. Debí esperar bastante tiempo un tranvía en el que se pudiese entrar con menos dificultad. Pero, cuando al fin llegó uno, no tenía ya deseos de subir; de improviso le había tomado gusto a aquella multitud que me rodeaba indiferente del todo a mi presencia. Frente a mí, sobre su pedestal, se erguía la estatua de Mickiewicz; en torno al monumento humildes plantas floridas emanaban un grato perfume; los automóviles trazaban con un chirrido la curva frente a la iglesia de las Carmelitas; los muchachos pregonaban a gritos sus periódicos; frente a un resplandeciente escaparate hormigueaban los vendedores de cigarrillos y de pasteles; se cerraban con ruido las puertas metálicas y las rejas de las tiendas; en el jardincillo, los bancos estaban repletos de viejos y jóvenes; gorjeaban los gorriones, fijos ellos también en las ramas de los frágiles arbolillos... Todo esto se sumergía lentamente en el azul crepúsculo de la tarde estival. En ese instante sentía pulsar el corazón de Varsovia, e instintivamente me mezclé entre la multitud para permanecer un poco más de tiempo junto a ella y entre ella y disfrutar de aquel atardecer varsoviano.
        En un determinado momento observé a un muchacho que venía por la calle Bernardcka. Apareció detrás de un tranvía en marcha, y se detuvo en el pequeño camellón, de espaldas al ir y venir de la multitud, con la cara vuelta hacia la acera y sin apartar los ojos de un libro con el que había surgido en aquel crepúsculo cada vez más gris. Podía tener quince años, dieciséis a lo sumo. De tanto en tanto, mientras leía, sacudía la rubia cabellera, y, con la mano, apartaba después los cabellos que le caían sobre la frente. Del bolsillo, sobre su cadera, asomaba un segundo libro. El primero lo llevaba abierto frente a los ojos y evidentemente era incapaz de desprenderse de él. Con toda probabilidad, lo había conseguido hacía poco de un compañero o de una biblioteca clandestina, y sin esperar a la llegada a casa, se mostraba impaciente por conocer el contenido, aún en la calle. Me desagradaba no saber qué libro era; de lejos parecía un manual, pero me decía que ningún manual puede despertar tan vivo interés en un joven. ¿Serían versos? ¿Tal vez un libro de economía? No lo sé.
        El muchacho permaneció un poco en el camellón, inmerso en la lectura. No hacía caso de los empellones, ni de la multitud que se apiñaba alrededor de los vehículos. Detrás de él se asomó más de una cara enrojecida, pero él seguía sin apartar la mirada del libro. Y después, siempre con el libro bajo los ojos, tal vez molesto por los empujones y el estrépito, o tal vez asaltado de improviso por una necesidad inconsciente de llegar a su casa, lo vi descender a la calzada, frente a un automóvil que apareció en aquel instante.
        Se oyó el chirrido violento de los frenos y el silbido de los neumáticos sobre el asfalto. Con la intención de evitar el choque, el conductor viró bruscamente y detuvo en seco el vehículo en la esquina de la calle Trebacka. Advertí, lleno de espanto, que era un coche de la Gestapo. El muchacho del libro trató de esquivar el automóvil, pero inmediatamente se abrió la portezuela posterior y dos individuos, con el casco adornado por una calavera, saltaron a la calle. Se hallaban exactamente frente al muchacho. Uno de ellos gritó algo con voz gutural y el otro, trazando con el brazo un gesto circular, invitó con mofa al muchacho a subir.
        Aún ahora puedo ver a aquel joven, detenido frente a la portezuela, confuso, totalmente avergonzado... Veo cómo se disculpaba, cómo movía la cabeza en un ingenuo gesto de negación, semejante a un niño que promete: "No lo volveré a hacer"... Parecía estar diciendo: "No he hecho nada... sólo esto...", e indicaba el libro que había producido su descuido. Como si hubiese sido posible explicar alguna cosa. Se negaba a subir al auto, como en un último impulso de la vida que estaba perdiendo.
        El gendarme le pidió los documentos, le arrebató de las manos la carta de identidad que había extraído de un bolsillo, y con un gesto violento, lo empujó hacia el interior. El otro lo ayudó. Subió el muchacho y tras él los hombres de la Gestapo; la portezuela se cerró y el vehículo partió bruscamente, dirigiéndose a toda velocidad hacia la avenida Szucha...
        Lo perdí de vista. Desolado por lo ocurrido, miré en torno mío, buscando comprensión en alguien. El muchacho del libro había desaparecido para siempre. Con el más grande estupor, comprobé que nadie se había dado cuenta del suceso. De manera tan fulminante se había desarrollado lo que he descrito. Todos los peatones que formaban aquella multitud se hallaban tan ocupados en sus propios afanes, que el rapto del muchacho les había pasado inadvertido. Unas señoras que había a mi lado discutían si era conveniente tomar tal o cual tranvía, dos tipos encendían sus cigarrillos tras el poste de la parada, una vieja con una cesta en la mano junto a la pared, repetía sin tregua su "Limones, limones magníficos, limones...", como un conjuro budista, y otros jóvenes corrían por la calle tras el tranvía que se iba, arriesgándose a terminar bajo un automóvil... Mickiewicz estaba allí, tranquilo, y las flores exhalaban un suave perfume; un leve vientecillo agitaba las tiernas ramas en derredor del monumento. La desaparición de aquel joven no había significado nada para nadie. Sólo yo había visto ahogarse a Icaro. Permanecí allí aún mucho tiempo, aguardando que la multitud se disgregase. Pensaba que tal vez Michas, así lo llamé en la imaginación, volvería. Me imaginaba su casa, sus padres que esperaban su regreso, a la madre mientras preparaba la cena, y no podía resignarme a que ellos no pudiesen saber de qué manera había desaparecido su hijo. Conociendo las costumbres de nuestros ocupantes, preveía que no habría podido liberarse de sus tentáculos. ¡Y todo había ocurrido de un modo tan estúpido! La insensata crueldad de aquel secuestro me sobresalta y me turba todavía.
        Aquellos que han muerto en las batallas, que sabían por qué morían, encontraron tal vez consolación en la idea de que su muerte tenía sentido. Pero quienes como mi Icaro han sido sumergidos en el mar del olvido por una razón tan cruel como insensata...

        Llegó la noche. La ciudad se adormecía en un sueño febril, malsano... Me aparté por fin de la parada, pasé junto al monumento de Mickiewicz, y me dirigí a pie hacia mi casa... Mientras continuaba persiguiéndome la imagen de Michas, que movía la cabeza como si dijera: "No, no, la culpa es del libro... En adelante, tendré más cuidado..."'







Jarosław Iwaszkiewicz (Kalnik, Ucrania,1894 - Varsovia, 1980) es un polígrafo eminente. Su obra comprende todos los géneros. Es un buen novelista; algunos de sus relatos son excelentes. Su obra poética cuenta entre las más puras de la lírica polaca contemporánea, sus ensayos y notas de viaje demuestran su lucidez y su sensibilidad. Escribe obras de teatro. Es un magnífico conocedor de música y pintura. Heredero de las tradiciones literarias del pasado, deriva de la novelística rusa del siglo XIX y la polaca de principios de siglo. Es notable la cualidad plástica que se revela en su obra. Su bibliografía es amplia y entre ella destacan los siguientes títulos: Octosílabos, 1919, El verano, 1932, Escudos rojos, 1934, Las señoritas de Wilk, 1933, Un verano en Nohant, 1936, El molino a orillas del Utrata 1936, Pasiones de Bledomierz, 1938, Mascarada, 1938, Otra vida, 1938, Cuentos italianos, 1947, Las bodas del señor Balzac, 1959, Cálamo aromático, 1960, Nuevo amor y otros relatos, 1960, Los amantes de Marona, 1961, Cosecha de mañana, 1963, y la trilogía Fama y gloria, 1956-1964. (dixit: de la presentación de Sergio Pitol para la antología)