lunes, 26 de octubre de 2015

LA FAMILIA KOROLENKO/ Primer Poema: Fragmento de "El Mal Lector"







I.            I. Öschla Korolenko


Abducida, no, alucinada evoco los tiempos de guerra
en mi cocina de Santa María. Bebo café frío, como solíamos hacerlo.
Dmtri duerme en su cunita. Aleksandr viaja de Montevideo.
Un pobre dorado volatiza los rincones, la mesa: mi barca náufraga,
quieta la noche. La orilla inmóvil, aburrida.[1]                        
Pienso en los bailes que no bailé, en los pianos que no escuché,
en los muchachos que no besé.                  La cocinilla, ¡ay!
y tanta hambre que pasamos ¡y tan poca juventud!
La nostalgia aquí quizás regocije; pero así y todo
no se despega jamás de los muslos estremecidos del vértigo.
El vértigo de la guerra me refiero. De la guerra y del hambre.
Diré, claro, quién soy: nací en Kiev, en 1929.
Mi nombre es Öschla Pávlovna Korolenko.
Mis padres me abandonaron en la capital cuando yo era una nena.
Crecí en Odessa, una ciudad al sur de Ucrania,
que bordea y decora el Mar Negro con su arquitectura marmolea.
Pasé toda mi huérfana infancia entre barcos pesqueros y comerciantes,
subiendo y bajando las ―para mí― tristes escaleras de Potemkin.
¡Parecía en esos años que todo el mundo se acercara a ellas
en un intento morboso de empatizar con nuestra desgracia!
Insulsos turistas europeos, o fariseos moscovitas,
que prácticamente nos daban de comer a cambio de chucherías
y fotografías instantáneas, inscrita en ellas: Потёмкин, 1935.
Esas condenadas escaleras. Me parece que aún corre por ellas
sangre y sudor, creo aún olerla, confundirla no sé,
con pescado húmedo y lágrimas de mujeres.
Aleksandr es mi marido. Nos casamos acá. Lo conocí en un viaje.
No de placer, sea dicho.
Una diáspora. Un exterminio, sin eufemismos.
Fuimos lanzados fuera de Ucrania, como a otros los lanzaron a la muerte.



[1]De un poema de Pushkin dedicado al mar de Odessa, escrito previo a su destierro a Pskov (N. de la T.)

domingo, 25 de octubre de 2015

LA FORMA Y EL FONDO/ Fragmento de una Conferencia Ficticia







            La novela, quiero decir, la novela post-burguesa, que para el caso también podría denominarse post-realista, se aleja del conflicto entre el héroe y el mundo que planteaba György Lukács en su Theory of the Novel, para cobijarse en un conflicto no menos real, pero sí casi estrictamente literario entre la forma y el contenido. A partir de Joyce el arco se tensa irrevocablemente; además del interés de cómo contar, también se avecina la idea de una novela pluridimensional, que permite todo y que no queda ajena a nada. Los poemas que incrusta Pasternak en el Doctor Zhivago, los desvaríos ensayísticos en la prosa de Musil, la predominancia del estilo en la novelística de Faulkner, son los antecedentes claros de una mutación de la novela como forma literaria, lo que lleva inevitablemente de la mano la transformación de sus contenidos. Se ha dado el mal entendido de confundir esta etapa post-burguesa de la novela con un estadio postmoderno de la misma, sustentada por la teoría de la muerte de los relatos de Lyotard, que a mi modo de ver no tiene ni pies ni cabeza. La mutación de los contenidos no constituye la muerte de los mismos, ni modo; sí, tal vez, una disminución del ámbito, o de la extensión, de lo que tradicionalmente se entendía por narración; a saberse: la introducción, el desarrollo y el desenlace; la presentación, el conflicto,  el desarrollo y la conclusión. Ahora se ha instaurado el impulso narrativo en los acontecimientos nimios y domésticos del ser vivo de clase media, que, dicho sea de paso, es el nuevo estatuto del escritor promedio; ya no existen las clases burguesas ni los proletarios escribiendo sobre sus medios ambientes y sus preocupaciones (la supervivencia en el caso proletario, o las dudas metafísicas de las clases acomodadas.) Ahora, más bien, se escribe desde la ociosidad misma —si se quiere— o se deja en evidencia la despreocupación ciudadana sobre temas estructuralmente contingentes relatando hechos tan diminutos como la forma en que el personaje se lava los dientes, o los procesos que sigue un individuo para quedar en estado de ebriedad, o la descripción minuciosa de los actos sexuales. No quiero generalizar ninguneando la posición ética del escritor en cuanto al contexto histórico que lo cobija. No obstante, no me parece que enunciar una posición política sea la manera más efectiva —en literatura— de persuadir a los lectores, es más, me parece ingenuo y efectista; la literatura no es un medio de panfletaduría, ni el espacio preciso para hacer práctica política, de ser así se trataría de un descontexto brutal. Sin ir más lejos, por poner un caso paradigmático, Maxim Gorki; en las novelas de Gorki el tema de la lucha de clases figura y a ratos configura el hilo de la narración, pero no estrictamente por ello se siguen hoy en día leyendo, sino más bien, de nuevo, por el modo en que están contadas. Volvemos a lo que mencionaba en un comienzo: el actual conflicto entre el contenido y la forma. Para este caso Gorki triunfa en la forma, y no en el fondo; se sabe que como político Gorki dejó mucho que desear, y que incluso siendo miembro del régimen estalinista siguió sin reparos las políticas más infames de la Unión Soviética. Me gustaría complementar esto que digo con una máxima de un colega argentino, Juan José Saer, que en un lindísimo volumen de ensayos sobre la ficción menciona lo siguiente: La obra de un escritor no debe definirse por sus intenciones sino por sus resultados. Y más abajo, agrega: El trabajo de un escritor no puede definirse de antemano. Aun en el caso de que el escritor parezca perfectamente identificado su obra será modificada, en primer lugar en la escritura y después en las lecturas sucesivas. Me parece que aquí está el núcleo de lo que intento señalar, las formas en que se presenta el material constituyen parte predominante de la obra, pero no por ello el contenido pasa a ser secundario. No es posible desligarlos, están imbricados. Al constituir esta dialéctica como un conflicto, lo hago en su sentido positivo, productivo; debe ser parte activa del oficio de escritor, y en la medida en que ésta relación es manejada de manera consciente, indefectiblemente se vislumbrará en las expresiones placenteras de sus respectivos lectores.




sábado, 24 de octubre de 2015

YO MATE A GOMBROWICZ/ 8 POEMAS CARRASQUIANOS











PHILIP K. DICK REACCIONA en el metro LUEGO DE UN BROTE PSICÓTICO



Sobre la Estación de Metro —X Dios!
se erige la Gruta de Lourdes.
—Un vendaval con ínfulas marcianas,
una Virgen vestida de plomo.—
Un androide hembra, será,
que infiltra en sesos débiles
la Palabra del Señor.

El Señor en el año 2040,
el Amigable Kreutzberger,
Nuestro Señor.

El metro, si se serenan, ya
no es nuestro esporádico
paisaje y tránsito, sino
nuestro hábitat cultural
y uterino. Volvimos al Útero
como lo hiciera un animal asustado.

Los genios han emigraron a Venus,
se dijeron: «a la mierda, estos
hueones no entienden»
Y menos aquí, amigable
Señor Kreutzberger; pues la culpa
ya no la sentimos, le pertenecemos.



 *


[eso que hablaba Bolaño…]



Eso que hablaba Bolaño del sentido
                                           común,
de que toda Literatura
       se hace desde el sentido
                                  común,
no lo comparto. Y declaro, no
lo contrario, sino lo obtuso:
la Literatura además de experiencia
es denuncia, y lo único que
se le podría atribuir son las
facultades de un fotógrafo que
muestra, de modo eficaz,
el sinsentido (nonsense) común. Digo, además,
o agrego, que la Literatura nunca
ha tenido puertas, y si es
que las tuviera, siempre serán
de utilería.

La Literatura no nace del sentido
común, lo discrepa. Y, en
consecuencia, no va a ninguna
parte. Y si me permiten algo más,
divago y supongo que Bolaño
no quería decir eso, no quería decir:
                                                 sentido
                                                 común
                                                 , sino
corazón; que en su caso
habría sido una
cursilería imperdonable; pero
que yo se la perdono aunque
no sea mi padre.



 *

[Te vai a volver loco…]



Te vai a volver loco
leyendo tanta hueá,
me dijo mi suegra.

Pobrecita ella, que no
leyó en su vida más
que los Salmos cuando
alguien se moría.

Si supiera ella que
la lectura me da cuerda,
que sin ella, esquizofrenia
me daría; abrazaría los
libros, pero  es de esperar no los leería.

Sí suegra mía, la respeto
como a una estatua, y
a su hija la leo, sí que
la leo, hasta como un
ciego: el braille de la
pasión; mientras usted
se la pasa de iglesia
en iglesia,
esperando revelación. Ni
se imagina cuántas he
experimentado yo, sentado
cómodamente en mi sillón,
libro tras libro, con la feliz
certeza de que no
existe tal revelación.




*


[Entro en el mundo…]



Entro en el mundo de
la obnubilación como
un espartano cobarde
volviendo a Troya,
pero anunciando:
«Yo fui a la Guerra,
y arranqué, pero
yo fui a la Guerra».

Un niño, antes de saltar
al agua, me grita:
¡Maricón!




*


[El párpado amarrado…]



El párpado amarrado
al cordelito del
ventrílocuo, que yo
llamo por el nombre
de “tengo-sueño”; se deshilacha
lentamente, con
pavor, un pavor
de nieve que
proyecta la película de
mis párpados
            cerrados:
        automóviles de
             algodón blanco
   que viajan desafortunadamente en dirección
       al Sur Profundo de
   los elementos;
a L.A. obscenos, a la Mujer
                                  Vacía.



 *


[Si en un futuro apócrifo…]



Si en un futuro apócrifo
estallara la bomba,
Yo Ya habría escrito,
sin duda, ese poema, sin duda.
Un poemita corto, con
tres o cuatro palabras
que resumirían aquella familiar sensación
que resistía manifestarse.

como el cogote del
     ángel atascado en
         el túnel podrido
de lo Real,
       muestro mis dientes
             ensangrentados
a la pléyade.




*


[Me han comentado que Satán…]



Me han comentado que Satán ha dejado de ser ángel;
yo no lo creo, incluso deduzco en esta declaración
esa extraña y recurrente afición de los
feligreses por engolosinarse de lo obsceno. Todo
quien tienda, o cuyo fin sea
el Bien, encontrará inevitablemente al Mal
más desgarrador.
¡Por el amor de Dios, perdí mi vida!






*


[Yo maté a Gombrowicz…]



Yo maté a Gombrowicz
el otro día que le vi
en la Antártica, y no
le di bola, porque elegí
al eterno y manoseado Bolaño,
el de siempre,
aunque me tenga harto.




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 NOTA: Estos poemas fueron encontrados en los intersticios de un poemario de Germán Carrasco (Ruda, editorial Cuarto Propio, 2010); de allí su título genérico ("poemas carrasquianos"). Fueron escritos, por algunos datos de la página cordial, en el año 2013.  El autor agradece a Germán Carrasco su no-autoría.





viernes, 23 de octubre de 2015

EL AUTOR SE ESCRIBE/HAZZARD Y FISSILE de Raymond Queneau (cuatro primeros capítulos)




          Ya en el Quijote de Cervantes la novela funcionaba simultáneamente como una máquina de narrar y una máquina de pensar la narración. Es de recordar especialmente al Quijote recogiendo papeles desperdigados por la calle, y mostrándonos a nosotros los lectores su contenido. Estos fragmentos constituían en sí mismos pequeñas obras independientes dentro de otra obra mayor, textos anexos que tenían la función de provocar en el lector la sensación de estar leyendo a otro lector. 
            Este fenómeno se ha hecho evidente en buena parte de la literatura del siglo pasado hasta la de nuestros días, presentándose desacertadamente, hoy, como novedad, o vanguardia. Se verá que el mecanismo es ya viejo, pero que no deja de tener la frescura y el asombro de los descubrimientos.
               Anteriormente ya había pegado un texto de Boris Pilniak, narrador ruso, que reflexionaba con un cuento el mecanismo de los mismos. Ahora les traigo los cuatro primeros capítulos de un texto excepcional de Raymond Queneau, encontrado en la red tras una ardua búsqueda, en el que el propio autor se entromete de tal forma en la ficción que nos da la sensación de estar escribiendo desde dentro de ésta, como un personaje más. Un fantasmagórico acontecimiento literario.  






*


Capítulo I

Hazard llevaba un buen rato sentado delante de un vaso de limonada cuando  un personaje, casi tan viejo como él y  con la nariz tintada de violáceo, vino a  posar la decrepitud de su cuerpo  retorcido sobre la silla de al lado y  pidió un chartruese tibio.
—¡Pero bien tibio, eh! —insistió  dirigiéndose al camarero, y luego,  volviéndose hacia Hazard, añadió—:  Siempre exijo absolutamente que esté  bien tibio.
—Chartreuse tibio. ¡Hay que oír  cada cosa!
—¡Vaya, hombre! Al final  acabaremos llorando. Yo que trataba de  hacerle reír. Figúrese, soy un payaso,  pa-i-aso, sí, señor, con el destino  siniestro de bromear a todas horas,  incluso cuando el corazón está triste.
—¿Es que tiene algún problema?
—Me llamo Calvaire Mitaine.
Se hace el silencio.
El viejo sabio, es decir Hazard,  echó un vistazo a sus chanclas y, al  reparar en que un insecto se paseaba a  lo largo de su tobillo arrugado, lo cogió  y lo depositó en una caja de cerillas.
—Es un elephas antiquus —dijo—.  Una pieza rara. Un insecto de extrañas  costumbres, de instintos sorprendentes,  capaz de confundir a sus enemigos  arrancándose las patas traseras con el  fin de que no se le reconozca. Pero,  perdóneme, tal vez esto le aburra.  Aunque, ¡qué quiere que le diga!, en  cuanto un sabio hace su aparición en la  novela, éste tiene que ser botánico o  geólogo o zoólogo, en resumidas  cuentas, tiene que interesarse  especialmente por la historia natural. Es  lo más sencillo. Un novelista no concibe  nunca a un matemático. Por eso yo, que  soy geómetra, por el hecho de aparecer  en esta aventura, estoy obligado, y  enfatizo obligado, a convertirme, cuando  menos en apariencia y, como suele  decirse, por razones de necesidad, en  entomólogo. ¿Comprende?
—¿De qué aventura me habla? —  dijo el payaso, respondiendo a una  pregunta con otra pregunta.
—De la aventura de los quince[1]  pulpos de Guinea.
—La desconozco.
Una vez más, el viejo sabio se calló.  Luego, después de pagar su limonada,  saludó a Mitaine y se fue a comer.
Pasaron unos chavales.
—¡Menudo caraculo cursi! —se  refirieron al payaso.
Una lágrima perló sus ojos.
—O sea que ese hijoputa de autor ha  hecho de mí una especie de Bufón  ridículo. Detesta los payasos, el muy  imbécil. Pero me las pagará y le haré  fracasar en los capítulos más  palpitantes. ¡El Eleazard ése, que cree  que no lo he reconocido! ¡Y que se cree  que ignoro la historia de los pulpos! ¡El  muy idiota! ¡Ah! ¡¡Ah!! ¡¡¡Ah!!!  ¡¡¡Arreglaremos cuentas, Funeste  Agrippa!
Pero mientras tanto, Funeste Agrippa  echaba un vistazo distraído a la  cotización de la Bolsa. Cuando hubo  acabado, telefoneó al hotel Parizo donde  se hospedaba Minoff.
—Aló, aló. Quiero informarle de  que el viejo Mitaine acaba de llegar.  Ándese con ojo.
Después colgó de inmediato.
El banquero, que se disponía a  estudiar el Dogma y ritual de la alta  magia de Eliphas Lévi, interrumpió su  lectura para reflexionar acerca de  aquella misteriosa llamada telefónica,  sobre todo porque no conocía a nadie  que respondiera al nombre de Funeste  Agrippa.




*


            Capítulo II 


—En fin, Adrien, amigo mío, es algo  inaudito. ¿Qué significa eso? ¿Qué  quiere decir? ¿Puede usted  explicármelo?
—No, sir.
—Por muy vivalavirgen que sea, lo  cierto es que mi revólver sigue sin  aparecer. ¡El tercero en quince días! Voy  a acabar por sospechar.
Adrien no podía aducir ninguna  excusa y Pierre Réussi tenía tal vez algo  de razón al estar inquieto, lodos los  revólveres que compraba desaparecían al cabo de dos o tres días y esas inexplicables desapariciones  comenzaban a trastornarlo.
—¡Por el amor de Dios, las tres y  Jacqueline esperándome! ¿No hay  correo para mí?
—No, sir.
—Por muy vivalavirgen que sea,  amigo mío… A propósito, ¿no hay un  detective contratado por el hotel?
—Yes, sir.
—Voy a avisarlo.  Le escribió rápidamente unas líneas  que le hizo llegar por el botones, cuyo  padre era carpintero; luego se reunió  con Jacqueline, quien lo esperaba para  dar un paseo por el borde del  acantilado.
—Tiene usted un aspecto sombrío,  querido. ¿Qué le sucede?
—Es una locura, Jacqueline. Mi  revólver acaba de desaparecer.
—¿Se han llevado algo más?
—No, nada más, y eso es lo que me  inquieta. Y no hay nadie de quien pueda  sospechar.
—Eso es porque carece de  imaginación.
(Ruego al lector que sepa apreciar  las réplicas de Jacqueline, espirituales y  llenas de gracia. Es toda una corajuda  francesita. Pero sigamos.)
—Pese a todo, no quiero sospechar  de Adrien, mi leal sirviente, que me es  tan fiel como un trasto viejo.
—En mi opinión, no lo conoce bien.  Adrien no es el hombre que usted cree.
—¿Cómo que no? ¿Acaso pretende  usted conocerlo mejor que yo, que lo  tengo a mi servicio desde hace casi dos  años?
—En efecto, sí —dijo ella  apasionadamente—, porque él es mi  amante.
Al oír esta confesión, Pierre Réussi  se sentó sobre una roca con la cabeza  entre las manos, en actitud contrariada,  poniendo un poco de comedia por su  parte al hacerlo, ya que en el fondo solía  burlarse bastante de esta Jacqueline, la  cual tenía la pretensión de ser actriz de  cine. Permaneció así un buen rato, con  las palmas de las manos sobre los ojos,  lo que le impedía echarse a llorar. Trató  entonces de pensar en la muerte de Luis  XVI con indignación, al ser miembro de  Action Française[2].
En ese instante apareció un hombre,  elegantemente vestido de negro, que  lanzó a Jacqueline y a Pierre una mirada  insolente.
—¿Desea usted algo, señor? —dijo  la joven estrella cinematográfica, ya que  era obvio decir alguna cosa.
—¿Han visto ustedes a mi pulpo, a  mi pulpo amaestrado?
A Jacqueline le entraron ganas de  responderle: «Tu púlpito soy yo», pues  aquel hombre le gustó mucho nada más  verlo, pero creyó inoportuno hacerlo, ya  que, en tales circunstancias, una broma  de ese estilo no sería bien recibida.  Además, en ese preciso momento  Réussi, alzando la cabeza, exclamó:
—¿Qué quiere este tipo?
—Les pregunto si han visto a mi  pulpo amaestrado —volvió a decir el  hombre con un aire intrigante.
—No, nunca vi nada parecido a eso  que dice —respondió Réussi con un  súbito e inesperado interés, ya que solía  frecuentar los circos y las ferias.
—Muy bien, pues lo van a ver.
El hombre prorrumpió a reír a  carcajadas y entonces, del FONDO del  MAR, surgió un tentáculo que atrapó a  Réussi y, después de agitarlo unos  instantes por encima de las rocas, lo  arrastró de un golpe hasta el interior de  las OLAS. Una burbuja de aire ascendió  del ABISMO y produjo un discreto pedo  en la SUPERFICIE de la INMENSIDAD.
«Cuac», hizo la burbuja.
Por su parte, Jacqueline,  aterrorizada, corría por entre las rocas  torciéndose los pies, desgarrándose el  vestido y no pensando bajo ningún  concepto en ser el púlpito de nadie, al  menos por ahora.
En cuanto al hombre vestido de  negro, no dejaba de sonreír y repetía en  voz alta:
—Soy Funeste Agrippa, Funeste,  Funeste, Funeste…




                                                 *


Capítulo III


Alrededor de una hora más tarde de que  hubiera salido Pierre Réussi, llamaron a  la puerta de la suite que él ocupaba en el  hotel Parizo. Adrien fue a abrir. Entró un  hombre con una gorra en la cabeza, una  pipa en la boca y una enorme lupa, de  ésas de aumento considerable, sobresaliendo del bolsillo derecho de su  chaqueta. Recorrió el salón, el  dormitorio y el cuarto de baño; echaba  una rápida ojeada a algunas cosas pero,  en cambio, en otras se demoraba  haciendo un examen minucioso; se  detuvo especialmente en un palillero, en  una pastilla de jabón, en un cepillo de  dientes y en una caja de cerillas.
Adrien lo miraba impasible:
—Entonces, sir, ¿sirve usted en la  policía?
—¡Pues claro que no, hombre! No  soy detective. Me llamo Sulpice Fissile  y ayer olvidé, en este hotel, un sello de  correos. Lo estoy buscando por todas las  habitaciones y no consigo encontrarlo.  Voy a mirar en otra parte.
Y se fue de allí no sin dejar antes un  billete de cincuenta francos sobre la  mesa: «por las molestias», le había  dicho a Adrien.
Volvieron a llamar. Esta vez era el  célebre detective francés Florentin  Rentin, con quevedos, mostachos hacia  arriba, ligera cargazón de hombros y un  poco renqueante.
Obviamente, con uñas sucias,  zapatones negros y botón de oficial de  Instrucción Pública.
—Vaya, vaya, al parecer los  revólveres desaparecen por aquí muy  rápidamente, ¿eh? Bueno, pues fíjese  bien, joven, porque yo empleo en  criminología métodos franceses. Al  grano: los revólveres desaparecen,  ¡ffuitt!, así de simple. Ése es el  problema, ¿no? Pues, ante todo, la razón.  La claridad. No voy a entretenerme  examinando uno a uno todos los muebles  con la lupa. ¡Ah no! ¡Eso sí que no!  Fíjese, un revólver desaparece. Bien,  razonemos con claridad, a la francesa,  sin complicaciones. Problema  elemental. ¿Quién está interesado en  robar ese revólver? ¿Quién? ¿Quién?  ¿Cuestión de faldas? Pues no, esta vez  no. ¡Ésta es la chispa, la inspiración, el  golpe de genio! ¿QUIÉN ESTÁ  INTERESADO EN ROBAR ESE REVÓLVER?  ESE REVÓLVER. ¡Ajá, así que eres tú!  (grita). Pues te detengo y te chuparás  diez años de reclusión y veinte más de  suspensión de residencia. ¡Eso, veinte  años!
Sacó las esposas pero Adrien se  lanzó sobre él y lo tiró al suelo;  manteniéndolo bien inmovilizado en esa  postura, se propuso meterle por la oreja  derecha la pata de un sillón de ruedas.  Lógicamente, como no podía ser de otro  modo, el otro aullaba.
—¡Auh, auh, auh! —decía.
—¡Ah, ah, ah! —respondió la voz de  una mujer jadeante.
Era Jacqueline, quien se desmayaba  sobre el diván con su vestido hecho  jirones y los brazos y piernas llenos de  arañazos. Adrien abandonó  momentáneamente a Florentin Rentin y  arrojó una jarra de agua a la cara de la  desmayada. Eso la despertó.
—¡Es horrible! ¡Horrible!
—¿Qué ha sucedido?
—Pierre…
—… ¿Réussi?
—Sí… Réussi, raptado por un  pulpo…
Y se volvió a desmayar.



 *

Capítulo IV


Mientras que Réussi se hacía raptar por  un pulpo, y de ese modo moría  simultáneamente por inmersión y por  succión de sangre, Minoff continuaba  inquietándose por la presencia de  Mitaine. ¿Había descubierto ya a su  hija? ¿Seguiría deseando vengarse? Sea  como fuere, Mitaine debía desaparecer y  el banquero estaba resuelto a mandar  que lo mataran.
En el momento en que iba a salir del  hotel, se dio cuenta de que había unos  gendarmes custodiando la puerta de  entrada. El gerente, que era de cerebro  blando, le explicó con proliferación de  detalles que el célebre detective francés  Florentin Rentin acababa de arrestar a  un tal Adrien, acusado de haber  asesinado a su señor, Pierre Réussi, por  medio de un pulpo escondido a tal  efecto detrás de una roca.
Para corroborar las palabras del  gerente, Adrien hizo su aparición con las  manos esposadas, rodeado de  gendarmes y precedido por el detective  cojitranco. Había logrado un triunfo,  aunque era sangre lo que salía por su  oreja.
Al verlos, Minoff se puso muy  pálido. Reconoció a quien bajaba por la  escalera detrás de ellos: Jacqueline.
«¡La hija de Mitaine! —masculló  entre dientes—. ¡La hija de Mitaine está  aquí! ¡Ah! ¡Calvaire Mitaine, tus viejos  huesos pronto serán un entrenamiento  para Jim Jim!».
Y salió, más decidido que nunca, a  ejecutar al viejo payaso. Dos horas  después, estaba en un bar de Marsella en  compañía de Jim Jim, el boxeador  negro. Se podrían escribir páginas y  páginas sobre la vida de Jim Jim. ¿No  había estado en Hollywood? ¿No había  pertenecido a una secta vudú? ¿No había  sido pastor en Luisiana, soldado durante  la Gran Greña, marinero entre Adén y  Singapur y, en fin, campeón del mundo  de boxeo? ¿No le había cortado el  gaznate a su padre con una navaja  barbera cuya hoja se la había pasado  antes por la lengua? ¿No había matado a  su madre a martillazos? ¿Estrangulado a  su tía con una soga? ¿Reventado a  golpes a su mujer con un hornillo de  gas? ¿Violado a su hija con su propio  miembro viril?
Pues a este tipejo es a quien se  dirigía Minoff para llevar a cabo su  siniestra empresa.
—Esto es de lo que se trata —le  explicaba—. Quiero hacer desaparecer  a un viejo quasi chocho que a su vez me  odia a mí. No importa el medio que  utilices y evita que te detengan.  Arréglatelas.
—Cho puedo hacherlo bien, pero el  prechio cherá alto —dijo Jim con un  notorio acento alsaciano.
—Aquí tienes —dijo Minoff y le dio  unos cuantos billetes—. Además, te  llevo ahora mismo en mi coche, porque  quiero que sea esta noche cuando mis  planes se ejecuten, ¿comprendes?

Los dos salieron del bar y al poco  rato el automóvil enfiló por la carretera  de X… Pero poco antes de llegar a esa  ciudad, el coche tuvo una avería, lo que  hizo que Jim llegara esa noche ya  demasiado tarde.






Raymond Queneau (1903-1976, Francia) fue uno de los más inclasificables y originales escritores del siglo recién pasado. Poeta, matemático, dramaturgo, novelista, fue uno de los fundadores del taller de escritura experimental OuLiPo (maestro de Georges Perec) y miembro insigne del colegio de Patafísica. Entre sus más destacadas obras se encuentran Mi amigo Pierrot (1942), Ejercicios de Estilo (1947), Zazie en el metro (1959) y Flores Azules (1965).