viernes, 9 de junio de 2017

PROSA DEL ESPECTADOR DE CONFERENCIAS #2






Esto acabo de aprender: fueron muchachos (jóvenes, se entiende) quienes se reunieron en la primera y única asamblea constituyente, no aquí en Santiago sino en Valparaíso, allá por el mil ochocientos veinte o treinta, para redactar la que sería la primera constitución política liberal del Estado chileno. Portales, desde Santiago (Valparaíso en aquellos años era lejos), respondió con una cacería sangrienta que mató a más de la mitad de esta muchachada maravillosa, transformando definitivamente a este Estado, liberal y republicano, recién parido, en una especie de roca inamovible que sigue hasta nuestros días produciendo nada, y mediándolo todo, y para colmo, en nombre de la patria. Debe tener uno en cuenta este episodio, dice el profesor Salazar, antes de reflexionar sobre aquella otra muchachada maravillosa asesinada en los setenta por Pinochet. Ni quiero pensar cuál será (o es) la tercera. 



PROSA DEL ESPECTADOR DE CONFERENCIAS #1










Escritura de conferencia. El expositor toca un tema, uno escribe totalmente otro. El sitio es enorme, y la voz reverbera. La presentadora ya se ha mandado dos o tres condoros. La primera expositora acaba de terminar de leer una jerigonza academicista que ha hecho caer en el sopor a tres cuartas partes del público. Ahora lee el otro. Se parece un kilo a Ernesto Cardenal, aunque pasado de peso. Su lectura es afectada, por momentos lírica. Tiene estilo. Se ha dignado, me parece, a leer en voz alta sus textos previamente a compartirlos, ejercitando así su empatía con nosotros, sus escuchas. Característica que la primera expositora, se entiende, carece por completo. Si el texto está destinado a comunicar, ¿qué impulso obsceno fomenta la escritura que expulsa de entrada a sus lectores, como exigiéndoles papeles de admisión, o como un aduanero furioso haría negándole en seco la entrada a los extranjeros? 



miércoles, 7 de junio de 2017

APUNTES A UN FILM RUSO/ Voice over a "Elegiya Dorogi" de Sokúrov








Bueno, otro de los tantos ejercicios memorables que hemos hecho en el taller de Germán ha sido suplantar el voice over de algunos cortometrajes de cinearte y escribir otros encima, inspirados en la pura imagen, o en lo que se nos diera la gana —facciones, música, gestos. En un primer momento, precisamente, me hallé confuso, no en el fondo sino en la manera de abordar el film. Lo intenté primero tomando notas sobre el mismo. Elegí, de entre por lo menos cinco, Elegía de un viaje del director ruso Aleksandr Sokúrov. Me sobrepasó el hecho de ver la imagen, escuchar esa voz trémula y profunda, y además leer los subtítulos que me traducían esa poesía en ruso tan fina; por lo que la dejé ir, me concentré en el placer del telespectador dejando el moleskin y el lapicero a un lado. Comentario aparte merece la peli, que es una bomba, una maravilla que te sobrecoge como si te susurraran un poema al oído. Al segundo intento quité los subtítulos, pero —de nuevo— el predominio de esa voz que —se entiende— sostiene (o quizás, provoca) toda la película, no dejó que me concentrara. Finalmente decidí dejar todo en mute y tomar notas a mi aire, como un etnógrafo en una pieza vacía, de esas escenas tan soñolientas como alucinantes. Ya al minuto 20 no daba más del sueño (no por aburrimiento, se entiende), el fraseo se tornó incoherente, incluso vulgar. Lo dejé todo hasta ahí y es lo que pego acá, una consecución de frases a momentos de un lirismo meloso, pero que al menos cumplieron con la consigna del ejercicio. El texto está tal cual, a excepción de cierto detalle al final: una suposición acerca de la condición sexual del muchacho que le quiere meter conversa al protagonista, y que a Germán le pareció sumamente blasfema, pues se tiene a este film, entre los entendidos, como una de las grandes obras maestras del autor. Pero bueno, esto no lo discuto, el film es una maravilla, así que de paso les dejo después del texto el  link para verlo on line. 









Violines pesadillescos. El árbol seco, florido de frutos, decayendo iluminado, zombie.

Hay marea sobre la imagen. Es de ahí donde naces tú, el personaje; como de un naranjo sin hojas, olvidado al borde de una carretera.

Así el árbol, recrudo, florecido.

El vapor aparece como si el espíritu emigrara, y el devaneo de gaviotas, la divinidad misma, y el mar allá abajo.

¿Qué habrá sido primero? ¿El árbol o el otoño?

¿El texto o la imagen?

Despiertas de un sueño, y aparece ella yéndose, dejando la habitación y a ti, a solas, en medio de una explosión, una bomba en el barro.

Un hombre ―otro― oye explotar, alguien se va, el soldado sonríe, el camino pasa, casas viejas en tropel.

Has llegado a sentir que tu estadía en la milicia no te creará demasiados traumas, es más, parece que te comienza a gustar. Entendiste que es el invierno.

Perplejo bajo el ocurrir de la nieve, esperas a que el aire le dé más vaho a tu resoplido. Alguien te mira por detrás de esas ramas nevadas.

El vapor pasa, un hombre se acerca, va de negro, lleva algo en su bolsillo. Es de día, cae la nieve.

Viejas casas en tropel.

Cae la capa negra.

El rabino oscuro, te pide que le sigas. Arrastra el velo.

Se persigna frente a la sacristanía. Un hombre afligido lee en un rincón blanco, es un cuaderno desgajado. Lo manosea con manía. Al otro extremo, mientras, otro cura de pelo largo y amarrado mira, quizás, a un Cristo, desatado, con toda su crueldad innecesaria, como si quisiera consumirle.

Se bautiza a un niño.

Hay manos en el alféizar, el monje a un lado y la ventana dando luminosidades.

El cura te pregunta, no contestas.

No es que sea una confesión, sino, tal vez, un silencio inculpatorio que no necesita de palabras para dejarse oír.

El monje es una mancha.

Debe tener cuarentaialgos, una barba añosa, y una carrera sacerdotal demasiado precipitada, de un hombre maltratado ya a su segunda edad.

Se aleja, lo ves por la ventana en el mismo instante en que al niño lo bautizan con agua de la fuente.

El cura de pelo largo, el padre, el niño-bautismo mojado, el padre ido, mirando quedamente un desastre que sólo él logra contemplar.

La persignación,
por el cura,
el padre,
y el niño mojado.

Amén, pronuncia el monje.

Adiós, se despide el maniaco cargando su cuaderno blasfemo.

Los curas viven sus rituales como retos divinos, esas caras afligidas son tremendas a la luz de las fauces de Dios.

*

En la aduana, el timbre espera la señal de tu partida.

El mismo cruce de la frontera es un simulacro de la mirada atenta del aduanero.
Otras miradas: la de los soldados en los límites, cazando espías.

La nieve arrasa con la ciudad nueva.

Una maqueta pareciera, azotada por el plumavit.

Esa misma nieve de utilería que sigue sucediendo a lo largo de las escenas.

Un barco en la tormenta. Tus pies asomándose al borde, la nieve perpetrando la borda. El agua te recuerda que también la geografía respira.

El melancólico está en el barco. Pasa frío. El niño bautizado aún estila.

La ciudad a solas. En ella un foco se mece sobre la nuca de un hombre, otro, solo, en medio de la nieve.

Llueve de tantas maneras por la noche, como si se diluyera el agua en el caos.

La avenida a solas, donde la única señal presente es una luz roja.

La ciudad funciona a pesar de todo, hay algunas escaleras que llevan a los coches al cielo estrellado.

Los coches surcando esta nada de noche nevosa; el desastre.

Una flecha señala el más allá, hacia donde la neblina se desliza, serpenteando.

Molinos perdidos en la niebla. Industrias que van, coches que vienen transitando la misma nada.

Una mano recibe un vuelto. Negros espían a los paseantes. Paneras vacías. Cafés recién servidos, una mano que fuma.

Es cuando aparece el muchacho; espera a alguien, quién sabe.

Mira por el ventanal, tal vez a los mismos sapos negros, o tan sólo a sus recuerdos. Camiones detenidos a las afueras también.

Quizás, una gasolinera.

Mira bastante hacia ti, o hacia la cámara, quién sabe.

Quiere acercarse, coge su vaso de agua, fuma a la vez. Sorbe de su cigarrillo con una obscenidad que le perturba.


(20:16)







martes, 6 de junio de 2017

ENERGUMENIANDO/ n°10 de "Punctum" de Martín Gambarotta










10



No hay, no va a haber, no hubo
no hubo, no, no hay, no va a haber
ni hubiese habido si; no hubo,
no hay, no va a haber, no,
hubo, nunca, ni hay, ni puede
haber, no hay, ni debe haber
habido, no hay, no hubo,
ni va a haber errores de línea
en el cráneo, la curva perfecta
de los huesos frontales,
no hubo, no hay, mejor serie que Kojak,
ni máscara más concreta
que estas antiparras de soldador
para pasar la poda de la noche
neutra, no hubo, noche
neutra ni clara, no hay martillo
neutro ni pesado, no, que martille
agarrando el mango del martillo
para martillar con el martillo
la madera de los hechos, no hubo,
no hay: Kojak vendió su coche en llanta
a los chacales, entregó el escudo y arma
al Capitán Griego, los negros amagan
con quemar un kiosko y no lo queman;
no va a haber, Cadáver, mañanas
reales de color tierra
para usar el gatillo, un gatillo difícil,
tenso, que se resiste a ser gatillado
contra algún objetivo enemigo,
ni hay, no hubo, ni hubo de haber,
tiza para delinear con tiza
el contorno de la víctima tirada
boca abajo en el suelo duro;
no va a haber, líneas
de carbonilla en el cielo,
líneas de grano tieso y reventado,
líneas negras que cruzan otras líneas, en ángulo oblicuo
formando enredaderas con líneas
que se despuntan en líneas
que se pierden hacia un fondo
rayado por otras líneas curvas, ni hubo,
ni hay, no hubo no, no va a haber, no hubo,
ni hubo de haber habido, no hay, no.
Escopetas recortadas en cartón, bidones
de nafta, plantas alicaídas,
descompuestas, antes de lograr
una forma madura bajo el toldo,
vidrio molido en la carne picada,
una vieja con el tobillo sangrándole
bajo la media de nylon, el personal
de limpieza en la planta baja de ibm,
una cuadrilla de negros
que se deja caer del camión
para romper una calle.





viernes, 2 de junio de 2017

EL ÁNGEL ACÉFALO/ 1 poema en prosa




















Vamos a la deriva Cristo-Artaud. Veo cómo se mueve el mar al fondo, noto el cielo oscuro, idiota. Creo que mi corazón está estallando. Si nos llegásemos a ver en alguna orilla te ruego, Cristo-Artaud, que traigas contigo el regalo: el valor de los dementes.












miércoles, 24 de mayo de 2017

HISTORIA PORTÁTIL DE LOS MUSEOS/ 1 ensayito sobre Lihn y Sebald











En las primeras páginas de Austerlitz, la novela-bitácora de W.G. Sebald, nos encontramos con una nota al pie que recrea la sensación que hubo provocado en el autor el incendio de la cúpula del Lucerna Station en los Alpes Suizos. Años antes de aquel siniestro, en otro paisaje bien parecido, la Centraal Station de Amberes —Bélgica—, el mismísimo Austerlitz le contaba, con la típica pasividad del turista ocioso, la portentosa historia arquitectónica de ese monumento, de vez en cuando matizando su relato, naturalmente, con las vetas románticas e histriónicas que le eran inevitables al narrar las historias más intrincadas y complejas. El espectáculo de Austerlitz dando cátedra a Sebald parecía fascinar al autor alemán, sobre todo porque el tal Austerlitz en realidad era él mismo, su alter-ego, un alter-ego que se permitía esas digresiones y caprichos producto de un carácter en nada parecido al suyo.
Un personaje de ficción y un plano de su espíritu.
Un fantasma con sus huesos.
En dicho pie de página, además, como entretejidos encontramos unas fotografías. Vemos como un contrapunto la imagen de aquella cúpula de Amberes desmenuzada teóricamente por Austerlitz, ocupando casi la totalidad de la página, y otra fotografía, más pequeña y como en un borde, de la cúpula del Lucerna incendiándose, posiblemente extraída de un periódico de aquellas fechas (1971.)
La sensación descrita por el autor allí, y aquellas fotografías —que funcionan más como textos inexpresables que como recursos gráficos— evocan en la lectura un impacto como el del sueño vívido, o el de una alucinación narcótica, pero que ya al final del texto lo dejan a uno con una sensación más que ambigua. ¿Por qué al autor, a W.G. Sebald, le sobreviene una suerte de complejo de culpa exagerado,hasta llegar a creer ciegamente que el incendio de la cúpula lo habría provocado él? ¿De qué modo, en qué circunstancias? No lo especifica.
«He visto a veces en sueños —se limita a escribir, pensativo, como un japonés del siglo XVII escribiendo su haikú— cómo las llamas brotaban de la cúpula e iluminaban todo el panorama de los Alpes nevados». Fragmento que da cuenta del desasosiego que aún le provoca un hecho, para nosotros, aparentemente aislado.

En este punto, podríamos efectuar una unión artesanal de los aspectos presentados en esta minúscula escena de la novela: por un lado, la apreciación intelectual o la contemplación estética del monumento hecho por el hombre, el plañidero goce de estos gestos arquitectónicos; y por otra parte, la culpa —que, en fin, viene a significar querer ser culpable— por el siniestro, como una forma de la autodestrucción[1].
¿A qué se quiere llegar con todo esto? Al eros y al thánatos, eventualmente. Pero lo que quería introducir aquí es un gesto más que una reflexión, que otro gran escritor moderno presentó sin palabras en uno de sus libros más emblemáticos.







  
Enrique Lihn en la primera edición de La Musiquilla de las Pobres Esferas usó una fotografía de otra "cúpula" incendiada. En la solapa frontal, al reverso, una pequeña nota reza: Cúpula de la Escuela de Bellas Artes, incendiada en 1969. ¿Cómo presentar la destrucción de forma decorativa, y a la vez, ocultamente conspicua, digamos elegante? Nadie ve en esos trazos en sepia, y como pintados encima, los restos de un museo en llamas. Nadie, al menos, de los lectores salteados, o con poca paciencia. No sé, tampoco, si esto es toparse con ese doble juego de la inteligencia de la obscenidad, o de lo obsceno como forma pensante, y también como sentimiento.
La atracción por los monumentos devastados, este deseo ambivalente, de horror y éxtasis a un mismo tiempo: la contemplación estética, digo, y a la vez, como se acusara Sebald, la culpa; pero que en Lihn no deja de ser preciosa, el bello horror de la mendicidad, aquellas techumbres con las que se tapan del cielo estrellado los vagabundos; nuestra casa rota, diría. Ese paraíso que disfrutamos a solas y con nuestra vergüenza de testigo. Esa atracción morbosa del esteta por todo lo pútrido y lo arruinado…
Un sentimiento que la verdad no comparto, sino solo fuera por el afán adolescente de ver arder lo sagrado.







[1]Pongamos el ejemplo de Sobre la Historia Natural de la Destrucción —otro de los experimentos de Sebald.La Naturaleza allí no existe, no es ni sustancia ni propiedad de nada; todo es destrucción provocada por el humano —¿o será que todo aspecto cultural no deja de ser a la vez natural? (Véase nota N°4)

lunes, 22 de mayo de 2017

PRIMERA DISTANCIA/ 1 poema de Susana Thénon









1

la rueda se ha detenido         se ha deteni-
dos tres dos tres dos    la rueda
se ha detenido    roto por dentro
sólo madera        entran ojos
sólo memoria      cónico
sólo memoria      al cielo de cara no es posible
que arda ya más que arda más todavía    que
arda sola eterna como si el viento                    (algo)
no arrojara sus migas sus ropas     deshecho
ansiado cuerpo luz de la noche     pájaros
homicidas bajo el puente      se alejan fríos
(algo) cadenciosos       mar
y silbó y dijo       criatura baño
y dijo y rió                    trompa de vena
y rió apuntó        carne temblada
y disparó    bulto
zapatos
carne
aéreo          (algo)
y sol           (una mujer)
hachas de sol      (ante la puerta con llave)
arañan la puerta           (busca su llave) aclara
el pecho (dice en alta voz) el ojo (ábreme yo) la mano
(llama llama) el borde (no) del río (no) de sangre
(no) de sangre que huye hilo salvaje negro de pavor
entre el suelo y la puerta al encuentro de sus pasos
la rueda se ha detenido         se ha deteni-
dos tres dos tres dos             la rueda

se ha detenido