Durante un tiempo permanecí alejada de mis hijos, que estaban en la costa con mi hermana y mi madre. Yo estaba en la ciudad, y mi madre estaba enfadada conmigo porque no me veía y escribía sólo de vez en cuando. Yo aducía compromisos de trabajo en realidad inexistentes. Vivía en una pensión cuya portera apestaba: el olor de su cuerpo y su vestido se alzaba con gran violencia los días de calor. Todos los días iba a la oficina pero trabajaba poco, iba más que nada para fingir que era un hombre, estaba cansada de ser una mujer. A todo el mundo le divierte de vez en cuando hacer creer a los demás algo que no es, y yo jugaba a ser un hombre, me sentaba frente al gran escritorio resplandeciente de la oficina y comía en un restaurante, paseaba ociosa por las calles y los cafés con mis amigos y amigas y regresaba tarde a casa. Me asombraba pensar cómo había sido antes mi vida, cuando acunaba a mis hijos, cocinaba y limpiaba. Pensaba que siempre hay muchas formas de vivir y que cualquiera puede hacer de sí misma una criatura nueva, tal vez hasta completamente opuesta. Pero al final también aquel papel acabó por aburrirme y seguí llevando la misma vida sin sentir ningún placer. No quería ir a casa de mi madre en la costa, quería estar lejos de los niños, sola, me parecía que no podía mostrarme a los niños tal y como era en ese momento, con aquel asco en el corazón, me parecía que hasta ellos me habrían provocado asco si los hubiese visto. A menudo pensaba que era como los elefantes, que se esconden para morir. Se esconden para morir, buscan durante mucho tiempo en la jungla un lugar reparador y lleno de árboles para esconderse de la vergüenza que les produce su propio cuerpo moribundo, enorme y cansado. Era verano y el verano era caluroso, la gran ciudad estaba inflamada, y cuando recorría en bicicleta el bulevar asfaltado bajo los árboles, me encogía el corazón una sensación de repulsión y de amor por cada calle, por cada una de las casas de aquella ciudad, y nacían recuerdos de una naturaleza distinta, palpitantes como el sol. Yo huía tocando el timbre. Giovanna me esperaba en un café por la tarde, cuando salía de la oficina, y yo me sentaba a su lado en la mesa y le enseñaba las cartas de mi madre. Ella sabía que yo me quería morir y por esa razón no teníamos gran cosa que decirnos, pero estábamos allí sentadas la una frente a la otra fumando y echando el humo con los labios cerrados. Yo quería morir a causa de un hombre, aunque también por muchas otras cosas, porque le debía dinero a mi madre y porque la portera de la pensión apestaba y porque hacía calor aquel verano, un calor sofocante en aquella ciudad repleta de recuerdos y de calles, y porque pensaba que tal y como yo era no podía hacerle bien a nadie.
Del mismo modo que mis hijos habían perdido a su padre, perderían también a su madre, pero no tenía gran importancia porque el asco y la vergüenza a veces nos asaltan en ciertos momentos de la vida y cuando eso ocurre nadie nos puede ayudar. Sucedió una tarde de domingo, yo había comprado somníferos en una farmacia. Había caminado durante todo el día por la ciudad desierta pensando en mí y en mis hijos. Poco a poco fui perdiendo conciencia de su edad temprana, el timbre de sus voces pueriles se apagó en mi interior, les hablé de todo, de los somníferos y de los elefantes, de la portera de la pensión y de lo que tenían que hacer cuando fueran adultos, cómo tenían que defenderse de las adversidades. Luego de pronto los volví a ver tal y como los había visto la última vez, sentados en el suelo jugando a los bolos, y el eco de los pensamientos y de las palabras resonó en el silencio; me asombró ver lo sola que estaba, sola y libre en medio de aquella ciudad desierta, con el poder de hacerme a mí misma todo el daño que me diese la gana. Al regresar cogí los somníferos y eché todas las pastillas del frasco en un vaso de agua. No sabía bien si quería dormir mucho tiempo o morir. Por la mañana vino la portera de la pensión, vio que dormía y al poco rato fue a avisar a un médico. Estuve en cama una semana, y Giovanna venía todos los días y me traía naranjas y hielo. Yo le decía que las personas a las que les ha brotado el asco en el corazón no deben vivir y ella fumaba en silencio y me miraba, echando el humo con los labios cerrados. Vinieron también otros amigos y todos ellos me fueron diciendo lo que pensaban, todos querían mostrarme lo que debía hacer a continuación, pero yo les decía que las personas a las que les ha brotado el asco en el corazón no deben vivir. Giovanna me aconsejó que me marchara de aquella pensión y me instalara en su casa. Vivía sola con una muchacha danesa que iba descalza por las habitaciones. Ya no tenía ganas de morir, pero tampoco las tenía de vivir, y holgazaneaba por la oficina o en la calle, con mis amigos y amigas, personas que querían mostrarme cómo me podía salvar. Por las mañanas Giovanna se ponía un albornoz morado, se apartaba el pelo de la frente y me tiraba un saludo desdeñoso. Por las mañanas la chica danesa se metía descalza en la habitación y se ponía a escribir a máquina los sueños que había tenido. Una noche soñó que agarraba un hacha y mataba a su padre y a su madre, y sin embargo les quería mucho, a su padre y a su madre. La esperaban en Copenhague, pero ella no quería volver porque decía que debemos vivir lejos de nuestros orígenes. Nos leía en voz alta las cartas de su madre. La madre de Giovanna estaba muerta y ella no había llegado a tiempo para verla morir, pero cuando vivía habían intentado entenderse inútilmente. Yo decía que las madres sólo les sirven a los niños cuando son pequeños, para darles el pecho y acunarlos, pero que después de eso no sirven para nada y no tiene sentido intentar entenderse. Si ni siquiera puede uno decirles las cosas más sencillas, ¿cómo van a ayudar? En realidad es un peso, ese silencio que se impone cuando se intenta hablar con ellas. Yo decía que a mis hijos mi vida ya no les servía de nada porque ya no tenían ninguna necesidad de que los acunara ni los amamantara, eran muchachitos de rodillas sucias y pantalones remendados, ni siquiera eran lo bastante mayores como para intentar charlar con ellos. No obstante, Giovanna afirmaba que sólo hay una forma hermosa de vivir y es subirse a un tren y marcharse a cualquier país lejano, tal vez de noche. En casa tenía todo lo necesario para irse de viaje, tenía todo tipo de termos y maletas de todas las clases y hasta una bolsita para vomitar en el avión. La muchacha danesa me decía que tenía que escribir mis sueños porque los sueños nos dicen lo que debemos hacer, y también que tenía que volver a pensar en mi infancia y hablar de ella porque nuestra infancia esconde el secreto de lo que somos. Pero mi infancia me parecía muy remota y lejana, como me parecía remoto el rostro de mi madre, y ya estaba cansada de pensar tanto en mí misma, tenía ganas de mirar a los demás y entender cómo era yo. Así fue como empecé a observar de nuevo a la gente mientras holgazaneaba en el café y por las calles, hombres y mujeres con sus hijos, tal vez alguno de ellos había albergado en alguna ocasión el mismo asco en el corazón, pero luego había pasado el tiempo y se había olvidado del asunto. Tal vez alguno de ellos había esperado inútilmente en la esquina de alguna calle o había caminado en silencio durante un día entero por la ciudad polvorienta o había mirado el rostro de un muerto y le había pedido perdón. Un día recibí una carta de mi madre en la que me decía que los niños tenían escarlatina. Entonces la vieja angustia materna me paralizó el corazón. Tomé el tren y fui para allá. Giovanna me acompañó a la estación, y husmeaba anhelante el olor de los trenes, apartándose el pelo de la frente con una sonrisa desdeñosa.
Con la frente apoyada en el cristal, contemplé cómo se alejaba la ciudad, ya privada de todo poder maléfico, fría e inocua como unas brasas apagadas. La vieja nota de la angustia materna bullía dentro de mí con el estruendo del tren, barriendo como una turbina a la muchacha danesa, a Giovanna, a la portera de la pensión, el somnífero y los elefantes mientras me preguntaba maravillada cómo había podido interesarme en cosas tan fútiles durante todo un verano.
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