martes, 18 de agosto de 2026

EL MEGÁFONO DESCEREBRADO / George Saunders

 






1.

Me encuentro pensando en un tipo de pie en un campo en el año 1200, haciendo lo que sea que hacía la gente en 1200 cuando estaba de pie en los campos. Pienso en su mente, me pregunto qué hay dentro de ella. ¿De qué habla en ese bucle que tiene en la cabeza? ¿Con quién discute? ¿De quién se defiende, ante quién justifica sus acciones?

Me pregunto, en otras palabras, si su experiencia mental de la vida es esencialmente distinta de la mía.

Lo que sospecho que tengo en común con este tipo es que gran parte de nuestro diálogo mental es con personas que conocemos: nuestros padres, esposas, hijos, vecinos.

Donde sospecho que nuestros caminos se separan es en el número y la naturaleza de las conversaciones que tenemos con personas que nunca hemos conocido.

Probablemente él conversa un poco con sus dioses, sus antepasados, seres mitológicos, figuras históricas. Yo también. Pero hay una categoría de personas con las que converso mentalmente y con las que él no: personas de lugares lejanos, que han llegado a mi mente, con diversas agendas, a través de fuentes de alta tecnología.

Sospecho que tú también tienes a estas personas en la cabeza; de hecho, mientras lees esto (perdón, perdón), me estoy convirtiendo en una de ellas.

¿Es esta diferencia entre nosotros y el señor o la señora 1200 algo bueno o algo malo? No estoy seguro. Por ahora, limitémonos a reconocerla como una diferencia; un cambio en aquello que los seres humanos les están pidiendo a sus mentes que hagan cotidianamente.

2.

Imagina una fiesta. Los invitados, provenientes de todos los ámbitos de la vida, no son precisamente insignificantes. Han estado ahí: han vivido, sufrido, tienen negocios, poseen verdaderas áreas de especialización. Hablan de cosas que les interesan, se hacen correcciones sutiles unos a otros. Ciertas preocupaciones sumergidas salen a la superficie y —sorpresa, grata sorpresa— son confirmadas, secundadas y apaciguadas por otras personas que se han estado sintiendo de la misma manera.

Entonces entra un tipo con un megáfono. No es la persona más inteligente de la fiesta, ni la más experimentada, ni la más elocuente.

Pero tiene ese megáfono.

Supongamos que empieza a hablar de cuánto le gustan las mañanas tempranas de primavera. ¿Qué ocurre? Bueno, la gente se pone a escuchar. Sería difícil que no lo hiciera. Es simplemente una cuestión de educación. Y pronto, en sus pequeños grupos, los invitados quizá se encuentren hablando de las mañanas tempranas de primavera. O, más exactamente, de la validez de las ideas del Tipo del Megáfono sobre las mañanas tempranas de primavera. Algunos estarán de acuerdo con él, otros no; pero, como él habla tan fuerte, sus conversaciones empezarán a reaccionar a lo que él dice. A medida que él cambie de tema, ellos también. Si utiliza continuamente la expresión «al final del día», ellos empezarán a utilizarla también. Si entreteje en sus argumentos la suposición de que el lado oeste de la habitación es preferible al este, comenzará un lento desplazamiento hacia el oeste.

Estas respuestas no se basan en su inteligencia, su experiencia única del mundo, sus capacidades de contemplación ni su dominio del lenguaje, sino en el volumen y la omnipresencia de su voz narrativa.

Su principal característica es su dominación. Desplaza a las demás voces. Su retórica se convierte en la retórica central porque es inevitable.

Con el tiempo, el Tipo del Megáfono arruinará la fiesta. Los invitados dejarán de creer en su valor como invitados y pasarán a considerar que su función principal es reaccionar ante el Tipo. Dejarán de hacer lo que se supone que deben hacer los invitados: mantener la conversación de acuerdo con sus propios intereses y preocupaciones. Se volverán pasivos, dejarán de confiar en la validez de sus propias impresiones. Puede que ni siquiera adviertan que han comenzado a hablar con su dicción, que sus pensamientos están siendo limitados por los de él. Lo que para él sea importante llegará a parecerles importante a ellos.

Hemos dicho que el Tipo del Megáfono no es la persona más inteligente, ni la más elocuente, ni la más experimentada de la fiesta, pero ¿qué pasaría si la situación fuera todavía peor que esto?

Digamos que no ha considerado cuidadosamente las cosas que está diciendo. Simplemente las suelta. E incluso con el megáfono tiene que gritar un poco para que lo escuchen, lo que limita la complejidad de lo que puede decir. Como siente que tiene que entretener, salta de un tema a otro, favoreciendo lo conceptual-general («Estamos comiendo más cubitos de queso, ¡y nos encanta!»), lo que provoca ansiedad o controversia («¿Se está acabando el vino debido a una conspiración en las sombras?»), lo chismoso («¡Se rumorea un revolcón en el baño del sur!») y lo trivial («¿Qué cuadrante de la sala de fiestas prefieres TÚ?»).

Consideramos que el habla es el resultado del pensamiento (tenemos un pensamiento y luego seleccionamos una frase con la que expresarlo), pero el pensamiento también es resultado del habla (mientras tanteamos, mediante las palabras, en dirección al significado, descubrimos lo que pensamos). Este tipo parlanchín, al introducir por la fuerza su lenguaje restringido en las cabezas de los invitados, ha afectado la calidad y la coloración de los pensamientos que ocurren allí.

En efecto, ha impuesto un techo intelectual a la fiesta.

3.

Un hombre está sentado en una habitación. Alguien comienza a gritar a través de su ventana, informándole de las condiciones de la casa de al lado. La mente de nuestro hombre se inflexiona; es decir, comienza a imaginar esa casa. ¿Cuáles son los factores que podrían afectar la calidad de su imaginación? Es decir, ¿qué factores afectan su capacidad para imaginar la casa de al lado tal como realmente es?

(1) La claridad del lenguaje utilizado por el Informante (cuanto menos confuso, inarticulado o cargado de jerga, mejor);

(2) La agenda del Informante (ninguna agenda es preferible a una agenda);

(3) El tiempo y el cuidado que el Informante ha dedicado a construir su relato (es decir, hasta qué punto su relato fue revisado y mejorado antes de ser transmitido, siendo preferible más tiempo y cuidado que menos);

(4) El tiempo permitido para la comunicación (más tiempo es preferible a menos, bajo el supuesto de que más tiempo brinda al Informante una mejor oportunidad para explicar, explorar, aclarar, etc.).

Así que el mejor escenario posible para adquirir una imagen veraz de esa casa de al lado podría ser algo así: la información llega en forma de una prosa escrita y revisada durante un largo período de tiempo, con el interés de encontrar la verdad, por parte de una persona desinteresada con experiencia en el mundo real del área en cuestión. El informe puede ser tan largo, denso, matizado y complejo como sea necesario para representar la complejidad de la situación.

El peor escenario podría ser este: la información llega en forma de una prosa escrita por una persona con poca o ninguna experiencia directa en el área en cuestión, que no ha tenido mucho tiempo para revisar lo que ha escrito, trabajando bajo estrechas limitaciones de tiempo, al servicio de una agenda que puede estar distorsionando, de manera sutil o manifiesta, su capacidad para decir la verdad.

¿Podríamos hacer que este peor escenario fuera todavía peor? Claro. Hagamos que se entienda que el principal trabajo del Informante es entretener y que, si fracasa en eso, está acabado. Y el hombre que está siendo informado, ¿qué tal si lo hacemos demasiado ocupado, mal preparado y distraído para evaluar adecuadamente lo que el Informante le está gritando?

Entonces propongamos invadir la casa de al lado.

Bienvenidos a Estados Unidos, circa 2003.

4.

A mi manera de ver las cosas, algo latente en nuestros medios de comunicación se volvió manifiesto y catastrófico alrededor de la época del juicio de O. J. Simpson. Como la premisa de la importancia nacional del crimen era obviamente falsa, había que reforzarla. Había que inventar un nuevo estilo de presentación. Para cablear miles de horas de cobertura de algo que podría haberse resumido en un par de minutos cada pocas semanas, se desarrolló —o, seamos generosos, evolucionó— una nueva estrategia retórica.

Si alguien tiene que dar una charla de diez horas al día sobre un trozo de excremento de perro en un recipiente, habrá que hacer ajustes. Para decir las cosas ridículas que habrá que decir para sostener la ilusión de que la historia del excremento de perro es una noticia seria («¡El experto en excremento de perro Jesse Toville ofrece su evaluación sobre el tamaño probable del perro y su estado psicológico en el momento de la defecación!»), serán necesarias distorsiones de la voz, el rostro y el formato.

Esta erosión continuó durante el escándalo de Monica Lewinsky («¡Más información a las cinco sobre la mancha! ¿Alguna vez has causado una mancha? ¿Qué color crees que ocultaría mejor una mancha? ¡Mira lo que nuestros expertos predijeron que dirías!»), y durante docenas de casos y escándalos menores (?) más, todos morbosos, sensacionalistas y desproporcionados, a menudo relacionados con celebridades menores; y entonces llegó el 11 de septiembre.

Para entonces nuestro discurso nacional se había degradado tanto —nuestro lenguaje nacional se había vuelto tan simplificado— que estábamos como patos sentados. En aquella hora de miedo y necesidad, al tener en nuestras manos el conjunto de herramientas crudas e hiperbólicas que habíamos utilizado para hablar de O. J., etc., comenzamos a utilizarlas para decidir si debíamos invadir otro país, y pronto estábamos en Bagdad, conducidos por el Tipo del Megáfono, mediante «¡Cuenta regresiva para la paliza en el desierto!» y «¡Crepúsculo para el Maligno: ¡América está llamando!». El Tipo del Megáfono, parecía, se había vuelto un poco descerebrado. O parte de él lo había hecho. Lo que había muerto era la parte curiosa que debería haber estado ayudándonos a decidir sobre la moralidad y la inteligencia de una invasión, que debería haber sabido que la guerra que se estaba discutiendo era una guerra real, que podía ocurrir realmente, a personas reales, vivas en ese momento. ¿Dónde estaba nuestra sensación de duda angustiada, de auténtica incertidumbre?

Según recuerdo, tuvimos mucha discusión sobre tácticas (qué ruta, qué vehículos) y estrategia (cómo «funcionaría en la calle árabe»), pero no mucha sobre la moralidad esencial de la invasión. (No escuchamos, por ejemplo: «Bueno, Ted, como dijo Gandhi alguna vez: “¿Qué diferencia hay para los muertos, los huérfanos y los desamparados que la destrucción enloquecida se lleve a cabo en nombre del totalitarismo o en el sagrado nombre de la libertad o la democracia?”»).

¿Estoy simplificando demasiado las cosas aquí? Sí. ¿Son estúpidos todos nuestros medios? Ni de lejos. ¿Se escribieron cosas inteligentes y valiosas sobre la precipitación hacia la guerra (y sobre O. J. y Monica, y luego Laci Peterson y Michael Jackson, etc.)? Por supuesto.

Pero ¿son muy estúpidos algunos de nuestros medios? Vaya que sí. ¿Una presencia mediática estúpida y casi omnipresente nos hace más tolerantes con la estupidez en general? Sería sorprendente que no lo hiciera.

¿Es propio de la naturaleza humana que, bajo ciertas condiciones, la estupidez pueda llegar a dominar, infectando los cuadrantes más brillantes y arrastrando a todos consigo?

5.

Anoche, en las noticias locales, vi a un joven reportero de pie frente a nuestro centro comercial, evidentemente congelándose el culo de frío. La esencia de su reportaje era: ¡LOS CENTROS COMERCIALES TIENDEN A ESTAR MÁS CONCURRIDOS EN NAVIDAD!. Luego informó sobre las implicaciones locales de su investigación: (1) Esto también ocurre en nuestro centro comercial. (2) Cuando nuestro centro comercial está más concurrido, hay más autos presentes en el estacionamiento. (3) Cuantos más autos hay, más tiempo les toma a los compradores estacionar. Y, sorprendentemente: (4) ¡La gente sigue comprando porque es Navidad!

Sonaba, básicamente, como información. Se despidió con toda seriedad, nadie en NewsCenter8 o dondequiera que fuera se rio de él. Y por toda nuestra hermosa ciudad la gente se quedó allí y lo recibió, y creo que, en general, tampoco se estaba riendo de él. Al igual que nosotros en nuestra casa, estaban acostumbrados a ello y aceptaban la idea de que acababa de producirse alguna forma de Información. Aunque lo que nos habían dicho ya lo sabíamos, aunque se nos había dicho en un lenguaje banal, elevado por ese extraño énfasis de las noticias televisivas («el frío TIEMPO provoca que ALGUNOS AUTOMOVILISTAS conduzcan menos, CARO, ¿verdad?»), lo aceptamos y, diría yo, aquello hizo algo con nosotros: nos volvió más tontos y más tolerantes con la chapucería.

Además, sospecho que degradó sutilmente nuestra capacidad para formular frases audaces y significativas, o para reírnos de las frases estúpidas y mal pensadas. La próxima vez que sintiéramos la tentación de decir algo como: «Vaya, en Navidad los centros comerciales se vuelven mucho más concurridos porque en Navidad más gente va a los centros comerciales a comprar cosas, dado que la Navidad es una festividad en la que algunas personas les dan regalos a otras», quizá realmente lo dijéramos, porque ese sentimiento había sido elevado por el hecho de haberlo visto todo arregladito en televisión, vestido con sus elegantes ropas seudoinformativas.

Y la próxima vez que escuchemos a alguien decir algo como: «Estamos siguiendo esta estrategia porque, después de considerar otras estrategias, llegamos a la conclusión de que, en términos de eficacia general, no eran estrategias sólidas, razón por la cual hemos puesto en marcha la que estamos emprendiendo ahora, una estrategia que nuestros enemigos quisieran ver fracasar, debido a que odian la libertad», esperaremos a ver si el presentador se ríe o responde con un sollozo de disgusto; y si no lo hace, nos sentiremos un poco locos y, por lo tanto, menos seguros y más pasivos.

Hay, en otras palabras, un costo asociado a la comunicación estúpida, incluso si esa comunicación estúpida se produce con inocencia.

Y el costo de la comunicación estúpida es directamente proporcional a la omnipresencia del mensaje.

6.

Al principio hay una mente en blanco. Luego esa mente tiene una idea, y ahí comienzan los problemas, porque la mente confunde la idea con el mundo. Al confundir la idea con el mundo, la mente formula una teoría y, una vez formulada la teoría, se siente inclinada a actuar.

Como la idea siempre es solamente una aproximación del mundo, que esa acción sea catastrófica o beneficiosa depende de la distancia entre la idea y el mundo.

El trabajo de los medios de comunicación es proporcionar esta simulación del mundo, sobre la cual construimos nuestras ideas. Hay otro nombre para esta construcción de simulacros: contar historias.

El Tipo del Megáfono es un narrador, pero sus historias no son demasiado buenas. O, más bien, sus historias son limitadas. Sus historias no han tenido tiempo de gestarse: salen demasiado rápido y ante una audiencia demasiado amplia. Contar historias es una empresa rica en lenguaje, pero el Tipo del Megáfono no tiene tiempo para generar un lenguaje poderoso. Las mejores historias proceden de un misterioso impulso de búsqueda de la verdad que la narrativa posee cuando es revisada extensamente; son complejas, desconcertantes y ambiguas; tienden a hacernos más lentos a la hora de actuar, en lugar de más rápidos. Nos vuelven más humildes, hacen que empaticemos con personas que no conocemos, porque nos ayudan a imaginarlas y, cuando las imaginamos —si la narración es suficientemente buena—, las imaginamos como seres esencialmente iguales a nosotros. Si la historia es mala, o tiene una agenda, si surge de una pobreza de imaginación o es apresurada, imaginamos a esas otras personas como esencialmente diferentes de nosotros: incognoscibles, inescrutables, irreconciliables.

Nuestra aventura en Irak fue un fracaso literario, con lo que quiero decir que fue un fracaso de la imaginación. Una cultura más capaz de imaginar de manera rica, tridimensionalmente, habría tenido un mayor respeto por la guerra que el que nosotros tuvimos, mayor conciencia de la ley de las consecuencias no intencionadas, mayor familiaridad con la tendencia del mundo a devolver la energía agresiva contra el agresor de maneras que este no esperaba. Una cultura capaz de imaginar complejamente es una cultura humilde. Actúa, cuando tiene que hacerlo, lo más tarde posible y con tanta cautela como sea posible, porque conoce sus propios límites y las estrechas fronteras de la tienda de porcelana en la que está a punto de irrumpir. Y sabe que, por muy bien preparados que estén —por mucho que hayan sometido sus proyecciones a un escrutinio inteligente—, el lugar al que se dirigen será muy diferente del lugar que imaginaron. La distancia entre lo imaginado y lo real, multiplicada por la violencia de la propia intención, equivale al mal que uno hará.

7.

Entonces, ¿cómo llegamos hasta aquí? Creo que ocurrió algo más o menos así: elementos de la derecha (Fox News, Rush Limbaugh, etc.) resucitaron una vieja veta estadounidense de retórica simplista, patriótica, basada en el miedo, que, en aquel clima de temor posterior al 11 de septiembre, infectó, en mayor o menor medida, al resto de los medios. ¿Recuerdan a Bill O’Reilly interrumpiendo, reprendiendo y tergiversando a Jeremy Glick, cuyo padre había muerto el 11 de septiembre, hasta finalmente decirle a Glick que se callara, cortándole el micrófono? ¿Y unos meses después, la extraña entrevista-interrogatorio de Diane Sawyer a las Dixie Chicks, en la que actuaba como una confesora?

Ah, aquellos eran los tiempos.

Pero también son los tiempos, y son los tiempos que están por venir. La enfermedad básica de nuestros medios no está curada; simplemente nuestro miedo ha disminuido un poco. Cuando llegue el próximo ataque, el posterior giro estalinista será todavía más extremo, porque tendrá añadido el bochorno del arrepentimiento retrospectivo por lo que entonces será percibido como un período (es decir, ahora) de recaída en la suavidad y en el discurso abierto que fomenta el terror.

¿Hemos ido completamente al infierno? No: los medios, como la vida, son complejos y estratificados, llenos de héroes que mantienen la línea. (¡Todos saluden a Bill Moyers; todos saluden a Soledad O’Brien, después de Katrina, perdiendo la paciencia con el director de FEMA, Michael Brown!). Pero si definimos al Megáfono como el compuesto de los cientos de voces que escuchamos cada día, provenientes de personas que no conocemos, a través de fuentes de alta tecnología, queda claro que un componente significativo y ascendente de esa voz se ha vuelto de alcantarilla, estridente, chillón, vociferante y guiado por una agenda. Se esfuerza por antagonizarnos, hacernos sentir ansiosos, ineficaces y solos; convencernos de que el mundo está lleno de enemigos y de personas más estúpidas y menos agradables que nosotros; está dedicado a la idea de que, fuera de la esfera de nuestra experiencia inmediata, el mundo funciona de una manera diferente, más hostil y menos cognoscible. Esta tendencia descerebrada es viral y se manifiesta de manera intermitente; aunque está en la sangre de algunas de nuestras figuras mediáticas, aparece y desaparece en otras. Con frecuencia se desprende de su piel política para dar un paseo por el Parque de las Celebridades, donde ríe entre dientes, hace muecas y celebra cuando alguien cae en desgracia por, digamos, no llevar ropa interior o haber tenido una noche de borrachera.

Pero ¿por qué habría de ser esta tendencia la dominante? El miedo, sí, es parte de la respuesta. En un momento de peligro, la persona que emite una alarma paranoica y constante terminará teniendo razón. Una voz que argumenta que nosotros tenemos toda la razón y nuestros enemigos están completamente equivocados, una voz que amplía constantemente la definición de «enemigo», nos libera de la carga de vivir con la ambigüedad. La sensatez que produce una frase como «daño colateral desafortunado pero necesario» puede, en el calor del momento, parecer una especie de pragmatismo oscuro y necesario.

Pero más que con el miedo, creo que nuestro nuevo descerebramiento tiene que ver con el comercio: con el desplazamiento que ha tenido lugar dentro de nuestras principales organizaciones informativas hacia el modelo corporativo y lejos del modelo de interés público. La necesidad de obtener ganancias se da ahora por sentada en nuestras actividades mediáticas. Esta premisa ha sido despojada de toda carga moral: es simplemente algo que las personas sofisticadas aceptan, para que puedan comenzar otras discusiones más vitales sobre el «contenido».

Ahora bien, por qué un discurso agresivo, provocador de ansiedad, melodramático y polarizador debería resultar más rentable que su contrario es un misterio. Tal vez se trate simplemente de una cuestión de drama: las arengas, las insinuaciones, revolcarse en lo sórdido, la exasperación de quienes ya están convencidos pueden, en algún nivel rudimentario, ser simplemente más interesantes que algún ser humano inteligente y escéptico tratando de enfrentarse a la complejidad, especialmente dada la manera en que utilizamos nuestros medios: como algo con lo que matar el tiempo en un aeropuerto, como sedante o estimulante al final de un largo día.

En cualquier caso, las personas que antes preguntaban «¿Es noticia?» ahora parecen preguntar «¿Esto estimulará?». Y el cambio se siente, de arriba abajo, en toda la cultura.

Imagina un pueblo. Un pueblo cercano, que ha cultivado un excedente de cierta verdura que, al ser consumida, vuelve roja la piel, llega a un acuerdo comercial con nuestro pueblo. En unos pocos meses, el color promedio de las personas de nuestro pueblo se habrá desplazado hacia el extremo rojo del espectro. Dentro de esa tendencia general habrá todo tipo de variaciones y excepciones: este tipo come tanta verdura como le gusta, pero simplemente se vuelve un poco rosado; esta mujer no soporta el sabor y nunca la come, por lo que mantiene el mismo color de siempre. Pero, en general, debido a la omnipresencia de esa verdura, el pueblo se volverá más rojo, y en el extremo de la curva de Gauss la gente comenzará a parecer endemoniada.

¿Qué es, en este modelo, la «verdura»? ¿Qué es «rojo»?

La verdura que ha llegado a dominar nuestro pueblo es el afán de lucro.

«Rojo» es la tosquedad resultante de nuestra retórica pública.

Ahora bien, las ganancias están bien; la viabilidad económica es maravillosa. Pero si estas cosas se imponen por encima de cualquier otra consideración, nos convertiremos en eternos niños, después de habernos negado el uso de nuestras facultades superiores. Con cada discusión grave sobre el destino del feto dentro del cuerpo de su madre asesinada, con cada entrevista a alguien que conocía al abogado de un supuesto amigo íntimo de una nueva Anna Nicole Smith, nos volvemos más payasescos y más hinchados y, por lo tanto, más vulnerables.

Al entregar nuestra función narrativa colectiva a entidades cuya primera prioridad es obtener ganancias, hacemos una concesión peligrosa: «Cuéntennos», decimos en efecto, «tanta verdad como puedan, siempre que sigan ganando dinero». Esto no es lo mismo que preguntar: «Cuéntennos la verdad».

La capacidad de una cultura para comprender el mundo y comprenderse a sí misma es fundamental para su supervivencia. Pero hoy somos conducidos a la arena del debate público por adivinos cuyo principal talento es su capacidad para obligar a la gente a seguir mirándolos.

8.

El escritor que generaliza es como el borracho apasionado que entra tambaleándose en tu casa y murmura: Sé que no estoy siendo claro, exactamente, pero ¿no sientes más o menos lo que yo siento? Si pasas generosamente por alto mis generalizaciones, si tu estómago coincide con el mío en la sensación de que las noticias nocturnas pronto estarán compuestas enteramente por arengas de hombres tan furiosos e inarticulados que lo único que hacen es balbucear mientras se dan puñetazos en la cara, puntuadas por videos de perros que explotan después de comer petardos, y expertos en explosiones de perros que califican la gracia de los videos —si aceptas mi premisa básica de que los medios se están volviendo más crueles y más estúpidos—, podríamos preguntarnos juntos: ¿Quién dirige este desastre? ¿Quién hace los gráficos de Sean Hannity? ¿Quién reserva los vuelos de esa interminable cadena de reporteros que se paran en la playa de las Bahamas para especular gravemente sobre el contenido del estómago de una mujer muerta?

Bueno, nosotros. ¿Quién dirige los medios? ¿Quiénes son los medios? Los mejores y más brillantes de entre nosotros: los más letrados, ambiciosos y talentosos, que salen de sus casas y van a las mejores universidades, y de allí a las mejores prácticas profesionales, y de allí a oficinas repartidas por todo el país, para informarnos. Aceptan los trabajos que aceptan, sospecho, sin considerar demasiado la política de su empleador. Lo que importa es el nivel del Cielo que ocupa ese empleador. El medio nacional está más cerca de Dios que el local; el gran mercado mira desde arriba al pequeño; el flotador recientemente bendecido por los índices de audiencia asciende lentamente, impresionando a los ángeles cuyo movimiento ascendente se ha agotado, porque trabajan para perdedores.

No creo que haya una conspiración en marcha, ni mala voluntad, ni Hombres Malvados detrás de la Cortina: simplemente un montón de personas provenientes de buenas universidades, viviendo el sueño, haciendo un pequeño gesto de disgusto ante la historia del excremento de perro mientras se aseguran de que salga a tiempo, con excelentes valores de producción.

¿Cómo puede un producto tan dañino emanar de personas tan talentosas?

Imagino que tiene que ver con la voluntad de sobrevivir: cada pequeña pieza de la máquina haciendo lo que debe hacer para evitar volver a Toledo, arrastrándose de rodillas, dentro de las restricciones existentes de tiempo y rentabilidad, cada una postergando su «verdadero» trabajo hasta acumular suficiente dinero para poder largarse, o consiguiendo un empleo que les permita honrar sus corazones. (Un joven amigo que escribe contenido para la página de noticias de un gigante de los medios en línea me escribió por correo electrónico: «Acabo de escribir este titular para mi trabajo: “El diario perdido de Anna Nicole: Odio el sexo”. Si alguien se pregunta por qué los estadounidenses no están informados con noticias reales, es por vendidos corporativos como yo, que haríamos cualquier cosa con tal de no volver a entregar una pizza»).

Una asistente de un famoso gurú conservador de la opinión pública me describió una vez a su jefe, con un poco de falta de aire y en ese tipo de tono neutral en cuanto a valores que uno escucha en este ambiente, como una de las personas más divertidas, inteligentes y llenas de energía que había conocido. Le creí. Para hacer lo que él hace se necesita un conjunto de habilidades especial y aterrador. ¿Estaba de acuerdo con su política? Vaciló: sí y no. Era una cuestión casi ajena al punto. El tipo estaba rompiéndola. Inmediatamente me sentí un poco incómodo por haberle preguntado por su política, como un tipo que, en el palacio, pregunta cuánto gana el lacayo.

El primer requisito de la grandeza es permanecer en el juego. Para permanecer en el juego hay que demostrar viabilidad; para demostrar viabilidad hay que ser observado; para ser observado hay que ser observable y, en el negocio de las noticias, ha evolucionado una convención de observabilidad —un tono, un ritmo, un conjunto tácito de temas aceptables y relaciones aceptables con esos temas— que, en el mejor de los casos, guarda una relación periférica con la verdad. Lo que puede decirse en televisión queda circunscrito, sutilmente, por la actuación previa, la edición y las señales sociales y, no tan sutilmente, por el hecho de que uno sea invitado nuevamente.

Esta entidad que estoy tratando de unificar bajo la rúbrica de El Megáfono es, por supuesto, en realidad una comunidad de decenas de miles de personas y, como todas las comunidades, es diversa, se resiste a las generalizaciones fáciles y sus mecanismos son misteriosos.

Pero esta comunidad constituye una especie de clase gobernante de facto, porque lo que dice no podemos evitar escucharlo, y lo que escuchamos cambia nuestra manera de pensar. Se ha convertido en una especie de rama de nuestro gobierno: cuando el gobierno quiere engañar, recurre a los medios; cuando los medios se entusiasman con una determinada historia (es decir, perciben un punto de máxima audiencia), influyen sobre el gobierno. Esto siempre ha sido así, pero cada vez más esta relación se está convirtiendo en un circuito cerrado que deja al ciudadano fuera. Como cualquier clase gobernante, esta mira desde arriba a aquellos a quienes gobierna. El nuevo giro consiste en que esta clase gobernante gobierna a través de nuestros ojos y nuestros oídos. Llena el aire y, por lo tanto, nuestras cabezas, con sus prioridades y pensamientos, y con su nueva dicción atrofiada.

9.

En este momento escucho una voz desde el fondo de la habitación, y es la mía:

—Vamos, George, ¿acaso nuestros medios de comunicación no han sido siempre sensacionalistas, estúpidos y ávidos de ganancias?

Por supuesto que sí. Si quieres un tutorial sobre la estupidez tonal, mira un viejo noticiero («Estos andrajosos yanquis del sur avanzan alegremente hacia unos krauts que pronto estarán silbando Dixie desde el otro lado de las Trincheras de Das»). Éramos perfectamente capaces de llevarnos a nosotros mismos a frenesíes asesinos incluso cuando el Megáfono era un bebé, compuesto por un puñado de periódicos (¡Hola, señor Hearst!), y supongo que, si retrocediéramos lo suficiente, encontraríamos a seis o siete trogloditas proyectando furiosamente sus ideas sobre una aldea de trogloditas rivales y luego bajando corriendo hasta allí, lanzando consignas ingeniosas para eliminarlos basándose en el poder falaz de su capacidad colectiva para avivar las llamas.

Pero creo que estamos en una época de peligro especial, aunque solo sea porque nuestra tecnología se ha vuelto tan ruidosa, elegante y seductora, y sus capacidades de autocrítica tan insuficientes y glaciales. La era del jackpot ha terminado: las fuerzas que vienen por nuestra decencia, nuestro humor y nuestra libertad estarán exaltando, con hermosas voces suaves, la virtud de la decencia, el humor y la libertad.

Imagina que el Megáfono tiene dos diales: uno controla la Inteligencia de su retórica y el otro su Volumen. Idealmente, la Inteligencia estaría en Alto y el Volumen en Bajo, haciendo posible que múltiples voces contradictorias fueran transmitidas y escuchadas. Pero en la medida en que la Inteligencia esté puesta en Estúpido y el Volumen en Acallar a Todos los Demás, esto roza la propaganda y tenemos un problema, uno que atenta directamente contra la salud de nuestra democracia.

¿Existe un antídoto?

Bueno, sí lo hay, pero es parcial, puede que no funcione y no es demasiado emocionante. ¿Podemos legislar contra la Estupidez? No creo que quisiéramos hacerlo. La libertad significa que tenemos que ser libres de ser Estúpidos, Banales y Perversos, libres de generar tanto Absalom, Absalom! como Swapping Pets: The Alligator Edition. La libertad significa que si un antiguo DJ de radio puede abrirse camino hasta la cima del montón y provocar convulsiones políticas soltando sus opiniones insulsas y acosando a sus invitados, también tiene derecho a que haya un cereal de desayuno bautizado con su nombre. La energía creativa estadounidense siempre ha estado al borde de la insania. «Rhapsody in Blue» y «The Night Chicago Died» tienen, por desgracia, un ADN común, el ADN de la «confianza alegremente temeraria».

Lo que propongo como antídoto es sencillamente: conciencia de la tendencia megafónica y discusión de ella. Toda refutación bien pensada de un dogma, toda exposición de una lógica inteligente, toda reducción al absurdo de alguna postura intimidatoria es el antídoto. Toda petición de aclaración de lo vago, toda burla de la banalidad engreída, toda frase escrita en un documento en proceso de revisión es el antídoto.

Esta batalla, como toda gran batalla moral, se ganará, si se gana, no mediante alguna sencilla ola correctiva de Rectitud Total, sino mediante pequeñas gotas de especificidad, aplomo y lógica correcta, administradas titulación tras titulación, por muchos de nosotros al mismo tiempo.

Hemos encontrado al enemigo y el enemigo somos nosotros, sí, sí, pero el hecho de que nos hayamos reconocido como el enemigo indica que todavía tenemos la capacidad de levantarnos y patearnos nuestro propio trasero, por decirlo así: seguir recordándonos que las representaciones del mundo nunca son el mundo mismo. Bajemos el volumen de ese Megáfono e insistamos en que lo que se diga a través de él sea lo más preciso, inteligente y humano posible.





Tradu: s10

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