sábado, 22 de abril de 2017

TEORÍA DE LA PROSA IV// por Viktor Shlovski








Tales indirectas ―advertencias de una posible resolución o inversión con mayor verosimilitud cuando tenga lugar― son bastante comunes en las novelas de misterio. En el relato de Conan Doyle, “El hombre del labio torcido”, un hombre se pone el traje de un mendigo con el fin de recoger limosnas. Una serie de coincidencias no demasiado complicadas conduce a la detención de St. Clair en su disfraz profesional. El mendigo es acusado de su propio asesinato.
        Sherlock Holmes investiga el caso pero presenta una falsa resolución. El punto es que St. Clair ha sido declarado desaparecido, mientras que en el canal no muy lejos del lugar del supuesto asesinato, se encuentra un abrigo, cuyos bolsillos están llenos de monedas.
        Sherlock Holmes construye una nueva hipótesis:

«No, señor, los datos pueden ser muy engañosos. Suponga que este tipo, Boone, ha tirado a Neville St. Clair por la ventana, sin que le haya visto nadie. ¿Qué hace a continuación? Por supuesto, pensará inmediatamente en librarse de las ropas delatoras. Coge la chaqueta, y está a punto de tirarla cuando se le ocurre que flotará en vez de hundirse. Tiene poco tiempo, porque ha oído el alboroto al pie de la escalera, cuando la esposa intenta subir, y puede que su compinche el marinero le haya avisado ya de que la policía viene corriendo calle arriba. No hay un instante que perder. Corre hacia algún escondrijo secreto, donde ha ido acumulando los frutos de su mendicidad, y mete en los bolsillos de la chaqueta todas las monedas que puede, para asegurarse de que se hunda. La tira, y habría hecho lo mismo con las demás prendas de no haber oído pasos apresurados en la planta baja, de manera que sólo le queda tiempo para cerrar la ventana antes de que la policía aparezca.»

        Esta es una resolución falsa.
        Mientras tanto, se hace alusión a la identidad de St. Clair y Boone de la siguiente manera: durante la búsqueda del apartamento de Boone, la policía descubre restos de sangre en el alféizar de la ventana, así como en el suelo de madera. Al ver la sangre, la señora St. Clair se desmaya, y la policía la envía a su casa en un taxi, ya que su presencia no ayuda en la investigación. El inspector Barton busca más pistas y no encuentra nada. Ha cometido un error al no arrestar a Boone en el acto, dándole la oportunidad de hablar sobre el asunto con el Malayo. Remendando su error a tiempo, la policía detiene a Boone y lo examina. Sin embargo, no se encuentra evidencia incriminatoria contra su persona. Si bien encuentran manchas de sangre en la manga derecha de su camisa, pero las explica mostrándoles un dedo con un prominente corte. Con toda probabilidad, explica, esas manchas de sangre en el alféizar de la ventana provienen de este corte. Después de todo, caminaba hacia la ventana cuando su dedo empezó a sangrar.
        Vemos que el corte en el dedo de Boone se muestra indirectamente. El foco principal está en el alféizar de la ventana con sus manchas de sangre.
        Por otro lado, la señora St. Clair, refiriéndose a los profundos sentimientos que tiene con su esposo, dice:

«Existe entre nosotros una comunicación tan intensa que si le hubiera pasado algo malo, yo lo sabría. El mismo día en que le vi por última vez, se cortó en el dormitorio, y yo, que estaba en el comedor, subí corriendo al instante, con la plena seguridad de que algo había ocurrido.»

        El autor hace hincapié en que la señora St. Clair se refiera al hecho de que su marido se ha herido a sí mismo, en vez de referirse a la lesión misma. Mientras tanto, se establece un motivo para identificar a St. Clair con Boone, ya que ambos tienen cortes en sus dedos.
        Estos elementos coincidentes, sin embargo, se muestran de forma incongruente. Aquí el propósito del autor no es tanto proporcionar un "reconocimiento" sino brindarle verosimilitud al relato cuando ya ha sucedido en éste el acontecimiento clave: Chejov dice que si en una historia nos describen un arma colgada en la pared, con el correr de la historia esta arma inevitablemente tendrá que disparar.
        Este motivo, presentado con fuerza, cambia a lo que se denomina "inevitabilidad" (Ibsen). Este principio, en su forma habitual, corresponde en realidad al principio general del arte. En una novela de misterio, sin embargo, el arma que cuelga en la pared no dispara. Otra pistola dispara en su lugar.
        Es interesante observar cómo al artista prepara gradualmente su material para que se produzca tal desenlace. Tomemos un ejemplo lejano: en Crimen y castigo, Svidrigailov escucha la confesión de Raskolnikov pero no la comunica en absoluto. Svidrigailov representa una amenaza de una naturaleza distinta.
        Sin embargo, es bastante incómodo para mí hablar de Dostoievski como una nota a pie de página de un capítulo sobre Conan Doyle.
        Previo a estas divagaciones, había observado que la palabra "banda" (en virtud de su doble significado) así como la referencia a los gitanos nos preparan para un falso desenlace. Sherlock Holmes dice:

«Si combinamos los silbidos en la noche, la presencia de una banda de gitanos que cuentan con la amistad del viejo doctor, el hecho de que tenemos razones de sobra para creer que el doctor está muy interesado en impedir la boda de su hijastra, la alusión a una banda por parte de la moribunda, el hecho de que la señorita Helen Stoner oyera un golpe metálico, que pudo haber sido producido por una de esas barras de metal que cierran los postigos al caer de nuevo en su sitio, me parece que hay una buena base para pensar que podemos aclarar el misterio siguiendo esas líneas.»

        Obviamente, la persona responsable de esta "falsa resolución" es el propio Sherlock Holmes. Esto se explica por el hecho de que el detective oficial que generalmente construye la falsa resolución está ausente en "La banda de lunares" (precisamente es de esta manera que Watson, invariablemente, interpreta erróneamente la evidencia). Dado que esto es así, corresponde al propio Sherlock Holmes cometer el error.
        Lo mismo ocurre con "El hombre del labio retorcido".
        Un crítico ha explicado el paulatino fracaso del investigador estatal ante la victoria eterna del detective privado de Conan Doyle como la confrontación existente entre el capital privado y el estado público.
        No sé si Conan Doyle tenía alguna base para enfrentar al Estado inglés contra la burguesía inglesa. Sin embargo, creo que si estas historias fueran escritas por un escritor que viviese en un estado proletario, entonces, aunque él mismo fuera un escritor proletario, todavía así haría uso de la otra parte, del detective fracasado. Lo más probable es que en este caso sea el detective del Estado el victorioso, mientras que el detective privado se mantenga, invariablemente, vacilando en vano. En una historia tan hipotética Sherlock Holmes sin duda estaría trabajando para el Estado, mientras que Lestrade se dedicaría a la práctica privada, pero la estructura de la historia (el tema de fondo) no cambiaría. Volvamos ahora a ella.
        Sherlock Holmes y su amigo Watson, habiendo viajado a la escena del supuesto crimen, inspeccionan la casa.
        Inspeccionan la habitación de la difunta, donde su hermana, asustada por su vida, ahora reside.

         «¿Con qué comunica esta campanilla?», preguntó por fin, señalando un grueso cordón de campanilla que colgaba junto a la cama, y cuya borla llegaba a apoyarse en la almohada.
         «Con la habitación de la sirvienta.»
         «Parece más nueva que el resto de las cosas.»
         «Sí, la instalaron hace sólo dos años.»
         «Supongo que a petición de su hermana.»
         «No; que yo sepa, nunca la utilizó. Si necesitábamos algo, íbamos a buscarlo nosotras mismas.»
         «La verdad, me parece innecesario instalar aquí un llamador tan bonito. Excúseme unos minutos, mientras examino el suelo.»
         Se tumbó boca abajo en el suelo, con la lupa en la mano, y se arrastró velozmente de un lado a otro, inspeccionando atentamente las rendijas del entarimado. A continuación hizo lo mismo con las tablas de madera que cubrían las paredes. Por último, se acercó a la cama y permaneció algún tiempo mirándola fijamente y examinando la pared de arriba a abajo. Para terminar, agarró el cordón de la campanilla y dio un fuerte tirón.
         «¡Caramba, es simulado!», exclamó.
         «¿Cómo? ¿No suena?»
         «No, ni siquiera está conectado a un cable. Esto es muy interesante. Fíjese en que está conectado a un gancho justo por encima del orificio de ventilación.»
         «¡Qué absurdo! ¡Jamás me había fijado!»
         «Es muy extraño», murmuró Holmes, tirando del cordón. «Esta habitación tiene uno o dos detalles muy curiosos. Por ejemplo, el constructor tenía que ser un estúpido para abrir un orificio de ventilación que da a otra habitación, cuando, con el mismo esfuerzo, podría haberlo hecho comunicar con el aire libre.»
         «Eso también es bastante moderno», dijo la señorita.
         «Más o menos, de la misma época que el llamador», aventuró Holmes.
         «Sí, por entonces se hicieron varias pequeñas reformas.»
         «Y todas parecen de lo más interesante… cordones de campanilla sin campanilla y orificios de ventilación que no ventilan.»


        Tenemos tres objetos delante de nosotros: (1) la campana, (2) el piso, (3) el ventilador. Me gustaría precisar que Sherlock Holmes está especulando sólo a una de estas tres opciones, y que la tercera se muestra en forma de pista. Véase la primera historia relativa al crimen, es decir, la cláusula subordinada del primer punto.
        Sigue un examen de la habitación contigua perteneciente al médico.
        Sherlock Holmes examina la habitación y pregunta, señalando la caja fuerte que ha sobrevivido al fuego:

         «¿Y no podría haber, por ejemplo, un gato?»
         «No. ¡Qué idea tan extraña!»
         «Pues fíjese en esto», y mostró un platillo de leche que había encima de la caja.
         «No, gato no tenemos, pero sí que hay un guepardo y un babuino.»
         «¡Ah, sí, claro! Al fin y al cabo, un guepardo no es más que un gato grandote, pero me atrevería a decir que con un platito de leche no bastaría, ni mucho menos, para satisfacer sus necesidades. Hay una cosa que quiero comprobar.»
         Se agachó ante la silla de madera y examinó el asiento con la mayor atención.
         «Gracias. Esto queda claro», dijo levantándose y metiéndose la lupa en el bolsillo.

        Como se puede ver, las conclusiones de Holmes no se dan a conocer. Luego examina la cama.
        Los resultados de este examen tampoco se revelan de inmediato, mientras que nuestra atención se dirige por primera vez a un zócalo: "El objeto que había llamado su atención era un pequeño látigo de perro colgado en una esquina de la cama".
        Sigue la conversación de Sherlock Holmes con Watson.
        Sherlock Holmes saca los detalles aún no enfatizados acerca del ventilador y dice lo que no ha dicho antes, es decir, que la cama está atornillada.

         «Yo no vi nada destacable (dice Watson), a excepción del cordón de la campanilla, cuya finalidad confieso que se me escapa por completo.»
         «¿Vio usted el orificio de ventilación?»
         «Sí, pero no me parece que sea tan insólito que exista una pequeña abertura entre dos habitaciones. Era tan pequeña que no podría pasar por ella ni una rata.»
         «Yo sabía que encontraríamos un orificio así antes de venir a Stoke Moran.»
         «¡Pero Holmes, por favor!»
         «Le digo que lo sabía. Recuerde usted que la chica dijo que su hermana podía oler el cigarro del doctor Roylott. Eso quería decir, sin lugar a dudas, que tenía que existir una comunicación entre las dos habitaciones. Y tenía que ser pequeña, o alguien se habría fijado en ella durante la investigación judicial. Deduje, pues, que se trataba de un orificio de ventilación.»
         «Pero, ¿qué tiene eso de malo?»
         «Bueno, por lo menos existe una curiosa coincidencia de fecha. Se abre un orificio, se instala un cordón y muere una señorita que dormía en la cama. ¿No le resulta llamativo?»
         «Hasta ahora no veo ninguna relación.»
         «¿No observó un detalle muy curioso en la cama?»
         «No.»
         «Estaba clavada al suelo. ¿Ha visto usted antes alguna cama sujeta de ese modo?»
         «No puedo decir que sí.»
         «La señorita no podía mover su cama. Tenía que estar siempre en la misma posición con respecto a la abertura y al cordón… podemos llamarlo así, porque, evidentemente, jamás se pensó en dotarlo de campanilla.»

        De esta manera, el nuevo detalle se expresa y luego se conecta a los demás detalles de la historia.
        Ventilador, campana, cama. Lo que permanece desconocido es lo que vio Holmes en la mesa y cuál sería el significado del látigo.
        Watson, como de costumbre lento en la comprensión, todavía no entiende. Holmes no le aclara nada y, en consecuencia, nos dice a nosotros, por tratarse Watson mismo del narrador, tampoco nada.
        Sherlock Holmes en general no se molesta en explicar nada. Simplemente finiquita el asunto con un frase iluminadora. Pero esta frase siempre viene precedida por un anticipo.
        El detective y su compañero están sentados en una habitación donde se prevé un crimen. Han estado esperando durante mucho tiempo.

        ¿Cómo podría olvidar aquella angustiosa vigilia? No se oía ni un sonido, ni siquiera el de una respiración, pero yo sabía que a pocos pasos de mí se encontraba mi compañero, sentado con los ojos abiertos y en el mismo estado de excitación que yo. Los postigos no dejaban pasar ni un rayito de luz, y esperábamos en la oscuridad más absoluta. De vez en cuando nos llegaba del exterior el grito de algún ave nocturna, y en una ocasión oímos, al lado mismo de nuestra ventana, un prolongado gemido gatuno, que indicaba que, efectivamente, el guepardo andaba suelto. Cada cuarto de hora oíamos a lo lejos las graves campanadas del reloj de la iglesia. ¡Qué largos parecían aquellos cuartos de hora! Dieron las doce, la una, las dos, las tres, y nosotros seguíamos sentados en silencio, aguardando lo que pudiera suceder.
         De pronto se produjo un momentáneo resplandor en lo alto, en la dirección del orificio de ventilación…

        No quiero criticar a Conan Doyle. Sin embargo, debo señalar su costumbre de repetir no sólo esquemas de trama, sino también elementos de su ejecución.
        Permítanme presentar un paralelo de "La liga de los pelirrojos":

         ¡Qué larguísimo resultó aquello! Comparando notas más tarde, resulta que la espera fue de una hora y cuarto, pero yo tuve la sensación de que había transcurrido la noche y que debía de estar alboreando por encima de nuestras cabezas. Tenía los miembros entumecidos y cansados, porque no me atrevía a cambiar de postura, pero mis nervios habían alcanzado el más alto punto de tensión, y mi oído se había agudizado hasta el punto de que no sólo escuchaba la suave respiración de mis compañeros, sino que distinguía por su mayor volumen la inspiración del voluminoso Jones, de la nota suspirante del director del Banco. Desde donde yo estaba, podía mirar por encima del cajón hacia el piso de la bodega. Mis ojos percibieron de pronto el brillo de una luz.

        En ambos casos la espera (un caso obvio del uso del dispositivo de retraso de la acción) termina con la ejecución del crimen.
        El criminal suelta una serpiente. La serpiente se arrastra a lo largo de la cuerda del ventilador. Holmes golpea a la serpiente, y poco después se escucha un grito. Holmes y sus asistentes corren a la habitación contigua:

        Una escena extraordinaria se ofrecía a nuestros ojos. Sobre la mesa había una linterna sorda con la pantalla a medio abrir, arrojando un brillante rayo de luz sobre la caja fuerte, cuya puerta estaba entreabierta. Junto a esta mesa, en la silla de madera, estaba sentado el doctor Grimesby Roylott, vestido con una larga bata gris, bajo la cual asomaban sus tobillos desnudos, con los pies enfundados en unas babuchas rojas. Sobre su regazo descansaba el corto mango del largo látigo que habíamos visto el día anterior, el curioso látigo con el lazo en la punta. Tenía la barbilla apuntando hacia arriba y los ojos fijos, con una mirada terriblemente rígida, en una esquina del techo. Alrededor de la frente llevaba una curiosa banda amarilla con lunares pardos que parecía atada con fuerza a la cabeza. Al entrar nosotros, no se movió ni hizo sonido alguno.
         «¡La banda! ¡La banda de lunares!», susurró Holmes.

        Las piezas comienzan a encajar: la banda en la cara y finalmente el látigo improvisado del bucle que se había utilizado. Aquí está el análisis de Holmes:

         «Yo había llegado a una conclusión absolutamente equivocada,» dijo, «lo cual demuestra, querido Watson, que siempre es peligroso sacar deducciones a partir de datos insuficientes. La presencia de los gitanos y el empleo de la palabra “banda”, que la pobre muchacha utilizó sin duda para describir el aspecto de lo que había entrevisto fugazmente a la luz de la cerilla, bastaron para lanzarme tras una pista completamente falsa. El único mérito que puedo atribuirme es el de haber reconsiderado inmediatamente mi postura cuando, pese a todo, se hizo evidente que el peligro que amenazaba al ocupante de la habitación, fuera el que fuera, no podía venir por la ventana ni por la puerta. Como ya le he comentado, en seguida me llamaron la atención el orificio de ventilación y el cordón que colgaba sobre la cama. Al descubrir que no tenía campanilla, y que la cama estaba clavada al suelo, empecé a sospechar que el cordón pudiera servir de puente para que algo entrara por el agujero y llegara a la cama. Al instante se me ocurrió la idea de una serpiente y, sabiendo que el doctor disponía de un buen surtido de animales de la India, sentí que probablemente me encontraba sobre una buena pista. La idea de utilizar una clase de veneno que los análisis químicos no pudieran descubrir parecía digna de un hombre inteligente y despiadado, con experiencia en Oriente. Muy sagaz tendría que ser el juez de guardia capaz de descubrir los dos pinchacitos que indicaban el lugar donde habían actuado los colmillos venenosos. A continuación pensé en el silbido. Por supuesto, tenía que hacer volver a la serpiente antes de que la víctima pudiera verla a la luz del día. Probablemente, la tenía adiestrada, por medio de la leche que vimos, para que acudiera cuando él la llamaba. La hacía pasar por el orificio cuando le parecía más conveniente, seguro de que bajaría por la cuerda y llegaría a la cama. Podía morder a la durmiente o no; es posible que ésta se librase todas las noches durante una semana, pero tarde o temprano tenía que caer.
         »Había llegado ya a estas conclusiones antes de entrar en la habitación del doctor. Al examinar su silla comprobé que tenía la costumbre de ponerse en pie sobre ella: evidentemente, tenía que hacerlo para llegar al respiradero. La visión de la caja fuerte, el plato de leche y el látigo con lazo, bastó para disipar las pocas dudas que pudieran quedarme. El golpe metálico que oyó la señorita Stoner lo produjo sin duda el padrastro al cerrar apresuradamente la puerta de la caja fuerte, tras meter dentro a su terrible ocupante.


        Por supuesto, todos estos recursos están enmascarados en un grado u otro. Toda novela nos asegura su realidad. Es una práctica común para cada escritor comparar su historia con la "literatura".

viernes, 21 de abril de 2017

GABRIEL FUMA FILOSÓFICAMENTE EN VILLA GRIMALDI







Hoy le di la comida
a mi compañero en la boca.
Yo me reía, la tunda
que me habían dado
había sido gloriosa.
Sí, entre el llanterío general,
                                    yo me reía.
Por la noche, en mi Olivetti
un párrafo de historia política.
Por la madrugada, una pesadilla;
la pesadilla de la Historia.




miércoles, 19 de abril de 2017

TEORÍA DE LA PROSA III por Víktor Shklovski











         El recurso del misterio se instala a veces en el cuerpo mismo de una novela en el modo en que los personajes principales se expresan y en los comentarios del autor sobre ellos. Trataré de demostrar esto en Dickens.
    El Sherlock Holmes de Conan Doyle se expresa misteriosamente en ocasiones. Este misterio se alcanza a veces por oblicuidad (es decir, por referencias indirectas).
        El inspector pregunta a Holmes si planea visitar la escena del crimen:

«Ha sido muy atento de su parte», contestó Holmes. «Se trata sólo de la presión barométrica.»
«No entiendo qué quiere decir con ello», dijo Lestrade, perplejo.
 (“El misterio del Valle de Boscombe”)

           Esta referencia indirecta significa: "Si no llueve".
        Conan Doyle pensó que este pasaje era lo suficientemente importante como para ser incluido en la historia, aunque no tenga importancia en la trama que se desarrolla. Sin embargo, con el fin de hacer uso de este recurso, el autor deja a Sherlock Holmes en el hotel. Holmes, por lo tanto, tiene aún más razones que antes para sentirse enojado:

«¡Oh! ¡Cuánto más sencillo habría sido todo si yo hubiera llegado antes de que pasara esa manada de búfalos que ha pisoteado todo cuanto hay!» (Ibid.).

        Aparte del deseo de Doyle de mostrar el ingenio de Sherlock Holmes y de manifestar su prudencia, el retraso torpe en el hotel también permite al autor introducir ciertas conversaciones analíticas en su historia.
        En "La banda de lunares" la historia se cuenta en dos partes. La primera parte cuenta la causa del crimen. Este es, por así decirlo, un resumen. En la segunda parte se nos cuenta el delito mismo, y en gran detalle.
        Ahora voy a contar el comienzo de esta historia en extractos. Esta es la historia de la muerte de una mujer contada por su hermana. Puesto que yo mismo no pretendo escribir una historia de misterio en estas páginas, proporcionaré un prefacio a la descripción.
        En los siguientes extractos encontrarán algunas pistas, cuyo propósito en cada caso es necesariamente crear una resolución falsa. Las demás pistas no se dan directamente sino de pasada (es decir, a través de cláusulas subordinadas, en las cuales el narrador no participa, pero que son sin embargo de gran importancia). Y también encontrarán una advertencia.
            Extracto 1: Material para una resolución falsa.
        Extracto 2: Un vago indicio del método utilizado por el culpable para cometer el delito.
        Extracto 3: El comienzo de este pasaje incluye una pista importante sobre las circunstancias del crimen. Esta pista se coloca intencionalmente en la forma oblicua de una cláusula subordinada.
           Extracto 4: Detalles del asesinato.
           Extracto 5: Lo mismo.
          Extracto 6: Las palabras del fallecido se dan de tal manera que apoyan una resolución falsa (como si la mujer hubiera sido asesinada por gitanos).
        En la apertura de la historia descubrimos ciertas piezas de información que apuntan, al parecer, al padrastro como el culpable. Esta parte está totalmente motivada.

(1) «No tiene ningún amigo, a excepción de los gitanos errantes, y a estos vagabundos les da permiso para acampar en las pocas hectáreas de tierra cubierta de zarzas que componen la finca familiar, aceptando a cambio la hospitalidad de sus tiendas y marchándose a veces con ellos durante semanas enteras.»

(2) «También le apasionan los animales indios, que le envía un contacto en las colonias, y en la actualidad tiene un guepardo y un babuino que se pasean en libertad por sus tierras, y que los aldeanos temen casi tanto como a su dueño.»

(3-4) «Las ventanas de los tres cuartos dan al jardín. La noche fatídica, el doctor Roylott se había retirado pronto, aunque sabíamos que no se había acostado porque a mi hermana le molestaba el fuerte olor de los cigarros indios que solía fumar. Por eso dejó su habitación y vino a la mía, donde se quedó bastante rato, hablando sobre su inminente boda. A las once se levantó para marcharse, pero en la puerta se detuvo y se volvió a mirarme.
         »―Dime, Helen ―dijo―. ¿Has oído a alguien silbar en medio de la noche?
         »―Nunca ―respondí.
         »―¿No podrías ser tú, que silbas mientras duermes?
         »―Desde luego que no. ¿Por qué?
         »―Porque las últimas noches he oído claramente un silbido bajo, a eso de las tres de la madrugada. Tengo el sueño muy ligero, y siempre me despierta. No podría decir de dónde procede, quizás del cuarto de al lado, tal vez del jardín. Se me ocurrió preguntarte por si tú también lo habías oído.
         »―No, no lo he oído. Deben ser esos horribles gitanos que hay en la huerta.

(5) «Al abrir la puerta, me pareció oír un silbido, como el que había descrito mi hermana, y pocos segundos después un golpe metálico, como si se hubiese caído un objeto de metal.»

(6) «Al principio creí que no me había reconocido, pero cuando me incliné sobre ella gritó de pronto, con una voz que no olvidaré jamás: ―¡Dios mío, Helen! ¡Ha sido la banda! ¡La banda de lunares!» [...] «Así pues, no cabe duda de que mi hermana se encontraba sola cuando le llegó la muerte. Además, no presentaba señales de violencia.»

        El punto es que en inglés la palabra "banda" es un homónimo (es decir, tiene dos significados: una "cinta" y una "pandilla"). La existencia de dos posibles interpretaciones de esta palabra son evidentes a partir del diálogo subsiguiente.

        «Ya. ¿Y qué le sugirió a usted su alusión a una banda… una banda de lunares?»
         «A veces he pensado que se trataba de un delirio sin sentido; otras veces, que debía referirse a una banda de gente, tal vez a los mismos gitanos de la finca. No sé si los pañuelos de lunares que muchos de ellos llevan en la cabeza le podrían haber inspirado aquel extraño término.»
         Holmes meneó la cabeza como quien no se da por satisfecho.

        Este uso de un homónimo es común en Conan Doyle. El siguiente pasaje de “El misterio del valle de Boscombe” se basa en el mismo principio:

        OFICIAL INSPECTOR: ¿Le hizo su padre alguna declaración antes de morir?
         TESTIGO: Musitó unas palabras pero sólo pude entender algo parecido a rat.

        Holmes sugiere un significado muy diferente para esta palabra:

        «¿Y qué hay de esa palabra rat, entonces?»
         Sherlock Holmes sacó de su bolsillo, un papel plegado y lo desdobló sobre la mesa, diciendo:
         «Este es el mapa de la colonia de Victoria. Telegrafié anoche a Bristol y pedí que me envíen uno.»
         Puso una mano en una parte del mapa y me preguntó:
         «¿Qué lee?»
         «RAT», contesté.
         Y luego, levantando la mano:
         «Y ahora, ¿qué lee?»
         «BALLARAT.»
         «Perfectamente. Esa fue la palabra que pronunció el hombre, sólo que el hijo oyó la última sílaba. Intentaba decir el nombre de su asesino: Fulano de Tal, de Ballarat.»

        Sería fácil citar varios ejemplos solamente de Conan Doyle. El recurso es bastante recurrente. Jules Verne hace uso de las diferencias semánticas entre lenguas en Los hijos del Capitán Grant. Un misterioso documento, escondido en una botella y parcialmente borrado por el agua, es interpretado de varias maneras diferentes, dependiendo del significado que le asignaría a las palabras anotadas el viajero en su lengua materna. La resolución correcta de este rompecabezas se complica por el hecho de que este viajero se refiere a un naufragio a través de un sinónimo geográfico (la isla de Tabor).
        Cualquiera podría encontrar fácilmente paralelos en otros lugares.
        Como se ve, todo se reduce a esto: ¿Es posible bajar dos perpendiculares de un punto a la misma línea?
        El escritor busca un caso en el que dos cosas incongruentes se superponen, al menos en un aspecto. Por supuesto, incluso en las historias de detectives esta coincidencia a menudo toma la forma de algo completamente distinto de una palabra. En La Inocencia del Padre Brown, Chesterton emplea como recurso la coincidencia de la capa de un caballero con el uniforme de un ayudante.

        Pero no estoy de acuerdo.





jueves, 16 de marzo de 2017

TEORIA DE LA PROSA II/ Sherlock Holmes y el relato de misterio de Viktor Shklovski










Los títulos con la palabra "misterio" son muy comunes en la literatura, como por ejemplo: El Misterio de la Corte de Madrid, La Isla Misteriosa, El misterio de Edwin Drood, etc.
        Los misterios suelen ser introducidos en las novelas de aventuras con el fin de aumentar el interés del lector por la acción, de hecho provocando una interpretación ambigua de la acción.
        Las novelas de detectives, una subespecie de la "novela del crimen", han eclipsado considerablemente la "novela de los policías y ladrones". Esto es debido, probablemente, a la comodidad misma que ofrece la motivación suscitada por el misterio. Desde un comienzo, el delito se presenta como un acertijo. Para que luego aparezca un detective en la escena como un profesional de la resolución de enigmas.
        En Crimen y Castigo, Dostoievski también hace un interesante uso de este recurso, en especial en los preparativos de Raskolnikov (el lazo del hacha, el cambio de sombrero y así sucesivamente hasta que nos es revelado su propósito). Los motivos del crimen en esta novela se revelan después del delito, lo que explica su efecto.
        En las novelas del tipo Arsene Lupin el héroe principal no es un detective sino un “criminal caballeresco”. Sin embargo, hay un detective, un "diseminador" del misterio, cuya presentación está reducida sólo a un lapso de tiempo. Aún así Arsene Lupin a menudo trabaja como detective.
        Para ilustrar esta historia construida en base a un misterio veamos de cerca uno de las historias que Conan Doyle dedicara a las aventuras de Sherlock Holmes. Para mi análisis he seleccionado la historia titulada "La banda de lunares”. Señalaré paralelismos de vez en cuando, tomados, la mayor parte, de las Obras Completas de Conan Doyle (San Petersburgo: Sojkin, 1909―11), el cuarto volumen. Mi propósito con esto es facilitar al lector, si así lo decide, seguir mi análisis con dicho volumen en sus manos.
        Las historias de Conan Doyle comienzan con un tono bastante monótono. Una historia de Sherlock Holmes, por ejemplo, comenzará a menudo con una enumeración por parte de Watson de las tantas aventuras y hazañas del detective. Sólo después de esto, Watson selecciona una de estas historias para contárnosla, constituyéndose este testimonio como el cuento en sí.
        Mientras nos relata, ofrece atisbos sobre ciertos asuntos desconocidos, por medio de algunos detalles descubiertos poco a poco.
        Más comúnmente, una historia comenzará con la aparición de un "cliente". La situación que justifica la aparición de ella o él suele ser bastante prosaica. Por ejemplo:

         Se había levantado de su asiento y estaba de pie entre las cortinas separadas, observando la gris y monótona calle londinense. Mirando por encima de su hombro, vi en la acera de enfrente a una mujer grandota, con una gruesa boa de piel alrededor del cuello, y una gran pluma roja ondulada en un sombrero de ala ancha que llevaba inclinado sobre la oreja, a la manera coquetona de la duquesa de Devonshire. Bajo esta especie de palio, la mujer miraba hacia nuestra ventana, con aire de nerviosismo y de duda, mientras su cuerpo oscilaba de delante a atrás y sus dedos jugueteaban con los botones de sus guantes. De pronto, con un arranque parecido al del nadador que se tira al agua, cruzó presurosa la calle y oímos el fuerte repicar de la campanilla.
         «Conozco bien esos síntomas», dijo Holmes, tirando su cigarrillo a la chimenea. «La oscilación en la acera significa siempre un affaire du coeur. Necesita consejo, pero no está segura de que el asunto no sea demasiado delicado como para confiárselo a otro. No obstante, hasta en esto podemos hacer distinciones. Cuando una mujer ha sido gravemente perjudicada por un hombre, ya no oscila, y el síntoma habitual es un cordón de campanilla roto. En este caso, podemos dar por supuesto que se trata de un asunto de amor, pero la doncella no está verdaderamente indignada, sino más bien perpleja o dolida. Pero aquí llega en persona para sacarnos de dudas.» ("Un caso de identidad ")

        Aquí hay otro ejemplo:

        «Holmes», dije una mañana, mientras contemplaba la calle desde nuestro mirador, «por ahí viene un loco. ¡Qué vergüenza que su familia le deje salir solo!»
         Mi amigo se levantó perezosamente de su sillón y miró sobre mi hombro, con las manos metidas en los bolsillos de su bata. Era una mañana fresca y luminosa de febrero, y la nieve del día anterior aún permanecía acumulada sobre el suelo, en una espesa capa que brillaba bajo el sol invernal. En el centro de la calzada de Baker Street, el tráfico la había surcado formando una franja terrosa y parda, pero a ambos lados de la calzada y en los bordes de las aceras aún seguía tan blanca como cuando cayó. El pavimento gris estaba limpio y barrido, pero aún resultaba peligrosamente resbaladizo, por lo que se veían menos peatones que de costumbre. En realidad, por la parte que llevaba a la estación del Metro no venía nadie, a excepción del solitario caballero cuya excéntrica conducta me había llamado la atención.
         Se trataba de un hombre de unos cincuenta años, alto, corpulento y de aspecto imponente, con un rostro enorme, de rasgos muy marcados, y una figura impresionante. Iba vestido con estilo serio, pero lujoso: levita negra, sombrero reluciente, polainas impecables de color pardo y pantalones gris perla de muy buen corte. Sin embargo, su manera de actuar ofrecía un absurdo contraste con la dignidad de su atuendo y su porte, porque venía a todo correr, dando saltitos de vez en cuando, como los que da un hombre cansado y poco acostumbrado a someter a un esfuerzo a sus piernas. Y mientras corría, alzaba y bajaba las manos, movía de un lado a otro la cabeza y deformaba su cara con las más extraordinarias contorsiones. ("La corona de berilos")

        Como se puede observar, hay muy poca variedad en estos extractos. Y no olvidemos que ambos pasajes provienen del mismo volumen.
        Antes de reprochar a Conan Doyle, sin embargo, dediquemos un poco de tiempo a la siguiente pregunta: ¿para qué necesita Doyle al Dr. Watson?
        El Dr. Watson desempeña un doble papel.
        Primero, como narrador, Watson nos habla de Sherlock Holmes y nos transmite su expectativa sobre las soluciones o decisiones de este último, mientras que él mismo no puede estar al tanto del proceso mental del detective. Sólo de vez en cuando Sherlock Holmes comparte algunas de sus suposiciones con su amigo.
        De esta manera, Watson sirve para retrasar la acción mientras que al mismo tiempo dirige el flujo de eventos vía canales separados. Podría haber sido sustituido, en este caso, por un ordenamiento especial de la historia en forma de capítulos.
        En segundo lugar, Watson es necesario tal como el "eterno tonto" (este término es, por supuesto, bastante crudo, y no insisto en que sea parte permanente de la teoría de la prosa). En este sentido, comparte la suerte del inspector Lestrade, de quien hablaré más tarde.
        Watson interpreta erróneamente el significado de la evidencia que le presenta Sherlock Holmes, permitiendo a éste corregirlo. Watson también sirve como un correlato para una falsa resolución. Además, Watson mantiene un diálogo con Holmes, responde a las preguntas de este último, etc, es decir, que juega el papel de un niño sirviente que repite después de su maestro.
        Cuando un cliente hace una visita a Sherlock Holmes, él o ella generalmente le relata, con gran detalle, las circunstancias del caso. Sin embargo, cuando el narrador está ausente, es decir, cuando, por ejemplo, Holmes está al teléfono recabando la información necesaria, es entonces el propio Holmes quien relata los detalles del caso a Watson.
        A Holmes le encanta perturbar a sus visitantes (y a Watson también) con su omnisciencia.
        Los dispositivos de análisis de Holmes casi nunca varían: en tres de las doce historias aquí consideradas, Sherlock Holmes escoge la manga:

«No hay misterio alguno, querida señora», explicó Holmes sonriendo. «La manga izquierda de su chaqueta tiene salpicaduras de barro nada menos que en siete sitios. Las manchas aún están frescas. Sólo en un coche descubierto podría haberse salpicado así, y eso sólo si venía sentada a la izquierda del cochero.» (“La banda de lunares”)

        En otro lugar, Holmes añade:

        «Lo primero que miro en una mujer son siempre las mangas. En un hombre, probablemente, es mejor fijarse antes en las rodilleras de los pantalones. Como bien ha dicho usted, esta mujer tenía terciopelo en las mangas, un material sumamente útil para descubrir rastros. La doble línea justo por encima de las muñecas, donde la mecanógrafa se apoya en la mesa, estaba perfectamente definida. Una máquina de coser del tipo manual deja una marca semejante, pero sólo en la manga izquierda y en el lado más alejado del pulgar, en vez de cruzar la manga de parte a parte, como en este caso. Luego le miré la cara y, advirtiendo las marcas de unas gafas a ambos lados de su nariz, aventuré aquel comentario acerca de escribir a máquina siendo corta de vista, que tanto pareció sorprenderla.» (“Un caso de identidad”)

        En otra historia, “La liga de los pelirrojos”, Holmes sorprende a su cliente al señalar que él, el cliente, había estado escribiendo mucho últimamente:

         «¡Ah! Se me había pasado eso por alto. Pero ¿y lo de la escritura?»
         «Y ¿qué otra cosa puede significar el que el puño derecho de su manga esté tan lustroso en una anchura de cinco pulgadas, mientras que el izquierdo muestra una superficie lisa cerca del codo, indicando el punto en que lo apoya sobre el escritorio?»


        Esta técnica monótona se explica, muy probablemente, por el hecho de que estas historias aparecieron impresas sucesivamente. Al parecer, el autor no podía recordar claramente que ya había usado este recurso antes. Sin embargo, debemos establecer como una generalización que la auto-repetición es mucho más común en la literatura de lo que comúnmente se supone.





Traducción del inglés: Sebastian Diecz




lunes, 13 de marzo de 2017

SHERLOCK HOLMES Y EL RELATO DE MISTERIO/ Traducción de "Teoría de la Prosa" de Víktor Shklovski, I.







        1) Una historia puede ser contada de tal manera que el lector vea el despliegue de eventos, cómo un evento sigue a otro. En tal caso, la narración comúnmente se adhiere a una secuencia temporal sin omisiones significativas. Podemos tomar como ejemplo de este tipo de narración Guerra y Paz de Tolstoi.
        2) Una historia puede también contarse de tal manera que lo que en ésta suceda sea incomprensible para el lector. Los "misterios" que tienen lugar en la historia sólo se resuelven con el correr de la lectura.
        Como ejemplo de este último tipo de narración, permítanme mencionar knock! knock! knock! de Turgueniev, las novelas de Dickens y las historias de detectives, en las cuales profundizaré.
        La característica de este segundo tipo de narración es la transposición temporal. De hecho, una sola transposición temporal, como la omisión de un incidente en particular y su revelación sólo después de las consecuencias del mismo incidente, es a menudo suficiente para crear una situación de misterio. La extraña aparición, por ejemplo, de Svidrigailov a la cabecera del lecho de enfermo de Raskolnikov en Crimen y Castigo no es tan extraña pues, ciertamente, ya ha sido preparada por Dostoievski, quien señala de pasada que cierto hombre ha estado espiando en el mismo domicilio. No obstante, el misterio es renovado en el sueño de Raskolnikov. Por la simple omisión del hecho de que Svidrigailov ha sido quien ha descubierto la dirección, el autor logra que el misterio persista en la segunda reunión.
        En una novela de aventuras construida sobre varias líneas paralelas de narración, los efectos de sorpresa se consiguen por el hecho de que mientras una línea de la trama sucede naturalmente, la otra ocurre al mismo ritmo o incluso más rápido, resultando que en cierto momento se cruce la segunda línea narrativa, conservando todo el tiempo de la primera línea; en otras palabras, el lector se ve envuelto en las consecuencias de una situación cuyas causas le son enteramente desconocidas.
        Don Quijote se encuentra con Sancho en el desfiladero de una montaña.
        Este procedimiento que parece perfectamente natural, es completamente desconocido para la epopeya griega: se trata de un logro adquirido. Zelinsky ha demostrado que la simultaneidad de acción no es reconocible en la Odisea. Aunque existan líneas narrativas paralelas en la historia (Odiseo y Telémaco), los eventos se desarrollan alternándose en cada línea. La transposición del tiempo narrativo, como vemos, sirven de base para la constitución del "misterio". Sin embargo, no debemos pensar que el misterio se produce por la transposición misma. Por ejemplo, la infancia de Chichikov, relatada luego de haber sido presentado ya por el autor, normalmente se encontraría en la parte inicial de una novela clásica de aventuras, pero aun así, en su forma transpuesta, no logra hacer que nuestro héroe sea misterioso.
        En sus últimos trabajos, León Tolstoi los construye normalmente sin recurrir a este tipo de recursos. De otra forma, este recurso sería utilizado por Tolstoi de tal manera que el centro de gravedad se desplace de la transposición temporal al desenlace mismo.
        En La Sonata de Kreutzer encontramos, a propósito, lo siguiente:

         —¡Sí, sobrevienen episodios críticos como ésos en la vida marital!… —dijo el abogado, tratando de poner fin a la conversación, que se tornaba demasiado calurosa.
         —Si no me equivoco, creo que ha adivinado usted quién soy —dijo el señor canoso, muy suavemente.
         —No, no he tenido ese gusto.
         —El gusto no es muy grande. Yo soy Pozdnichev, el mismo al que le ha sucedido el episodio crítico aludido por usted, el episodio de haber matado a su mujer —dijo echándonos una mirada a cada uno de nosotros.

        En Hadji-Murad un cosaco muestra a Butler la cabeza cortada de Hadji Murad, unos oficiales borrachos miran al cadáver directamente a los ojos y lo besan. Luego de esto, nos encontramos en la escena de la última batalla de Hadji-Murad. Independiente a esto, el destino de Hadji-Murad, toda su historia, se condensa en la imagen de una bardana rota y machacada, que sin embargo anhela obstinadamente por vivir.
        La Muerte de Ivan Ilych comienza de la siguiente manera:

         Durante la suspensión de las audiencias del asunto de los Melvinsky, en el gran edificio del Palacio de Justicia, los jueces y el procurador se reunieron en el gabinete de Iván Yegórovich Shebek, y la conversación recayó sobre el célebre asunto Krasovsky. Fedor Vasilievich, se acaloraba demostrando la incompetencia de un tribunal, que Iván Yegórovich negaba; Piotr Ivánovich, sin haber tomado parte en la discusión, repasaba los documentos que acababan de llevar.

        En los ejemplos citados anteriormente de La Sonata de Kreutzer, Hadji-Murad y La muerte de Ivan Ilych nos percatamos de que la tensión se suscita en la línea narrativa propiamente tal más que en una complicación de la misma.
        Aparentemente, Tolstoi consideró necesario eliminar el interés por la trama de su novelas En su lugar, puso gran énfasis en el análisis, en los "detalles", como él solía decir.
        Sabemos la fecha de la muerte de Iván Ilych y el destino de la esposa de Pozdnishev, incluso el resultado de su juicio. Sabemos el destino de Hadji-Murad e incluso cómo la gente lo juzgará.
        Se elimina así la importancia de la curiosidad sobre este aspecto en una obra literaria.
        Lo que Tolstoi necesitó fue una nueva comprensión de lo que era un trabajo literario, un cambio en las categorías habituales de pensamiento. Y para ello renunció a la trama, asignándole un papel meramente superficial.

        He intentado en esta digresión mostrar la diferencia entre las transposiciones temporales que, en algunos casos, pueden utilizarse como base para la construcción de "misterios", y el misterio mismo como un dispositivo de trama definida. Creo que incluso el más descuidado lector de novelas de aventuras puede enumerar los misterios que figuran en él.