sábado, 19 de agosto de 2017

NOCHES DE ADRENALINA/ 1 poema de Carmen Ollé








Tener 30 años no cambia nada salvo aproximarse al ataque
cardíaco o al vaciado uterino. Dolencias al margen
nuestros intestinos fluyen y cambian del ser a la nada.

He vuelto a despertar en Lima a ser una mujer que va
midiendo su talle en las vitrinas como muchas preocupada
por el vaivén de su culo transparente.
Lima es una ciudad como yo una utopía de mujer.
Son millas las que me separan de Lima reducidas a sólo
24 horas de avión como una vida se reduce a una sola
crema o a una sola visión del paraíso.
¿Por qué describo este placer agrio al amanecer?
Tengo 30 años (la edad del stress).
Mi vagina se llena de hongos como consecuencia del
primer parto.
Este verano se repleta de espaldas tostadas en el
Mediterráneo.
El color del mar es tan verde como mi lírica
verde de bella subdesarrollada.

¿Por qué el psicoanálisis olvida el problema de ser o no ser
gorda / pequeña / imberbe / velluda / transparente
raquítica / potona / ojerosa...

Del botín que es la cultura me pregunto por el destino
¿Por qué Genet y no Sarrazine?
o Cohn Bendit / Dutschke / Ulrike
y no las pequeñas militantes que iluminaban mis aburridas
clases en la U
ELSA MARGARITA SIRA

Marx aromaba en sus carteras como retamas frescas
qué bellas están ahora calladas y marchitas.

No conozco la teoría del reflejo. Fui masoquista
a solas gozadora del llanto en el espejo del WC
antes que La muerte de la Familia nos diera el alcance.







TODA LA MUERTE A LADY DI/ 1 artículo de Maria Moreno





Antaño una princesa nacía bendecida por hadas que le deseaban todos los bienes de este mundo. Pero siempre había una que predecía la maldición y la muerte. Por suerte solía quedar otra, rezagada, que podía revertir la maldición. Esos valores legendarios han envuelto el caso Diana, princesa de Gales. Sin embargo, ahora el cuento termina mal, porque el hada maldiciente fue sustituida por los paparazzi. El chofer borracho no fue más que un incordio, a la altura de un error sintáctico en una ficción que sobresaltó al mundo. ¿Hay algo que agregar a un reality show sobre el que parece haberse dicho todo? La prensa blanca canibaliza sin discriminar y, mientras juzga a los paparazzi y a la prensa amarilla, no vacila en desplegar escena expropiando los productos de aquellos: mostró le auto destrozado, el rostro triste y atónito de los huérfanos, expuso el último reportaje, interrogó a ex amantes de la princesa, supervisó la existencia de diarios íntimos. Es más, en apretadas columnas de tamaño restringido, publicó los furores críticos de los analistas de medios que, de este modo, funcionaron como comodines en un despliegue donde la prensa que se sospecha a sí misma honesta hace uso de su mala fe: para criticar lo que denuncia, se ve obligada a describirlo. Y, al igual que la prensa amarilla, ¡todos a gozar!
La defesa de los reporteros gráficos y de algunos directores de medios sensacionalistas británicos, se basó en una dialéctica del partenaire, entre una figura como Lady Di y los paparazzi existiría la complementación y el consentimiento de la víctima para con sus verdugos. La misma lógica que supone que una mujer con minifalda que camina sola a las tres de la mañana consiente en ser violada, que un masoquista que goza con el bondage y el fist fucking está buscando la muerte, o que entre genocidas y guerrilleros funcionó una cupla perfecta sintetizada en el “por algo habrá sido”. De acuerdo con esta lógica, la responsabilidad de los paparazzi en la muerte de Lady Di podría resumirse en la palabra excesos —tan familiar a la política argentina. Y hablando de política, el actor Gerardo Romano respondió a una pregunta que apelaba a su opinión sobre los paparazzi: “Se me ocurre una frase fascista, ¿estaba Cabezas acosando a Yabrán?”. No era una frase fascista —por supuesto, una ironía—, sino una asociación pertinente para, como solía decir Miguel Briante, dejar de “mezclar la hacienda”, ¿Rodolfo Walsh estaba acosando a Vandor cuando intentaba averiguar quién mató a Rosendo García? ¿O a todo un sector del poder de la “revolución libertadora” cuando investigaba los fusilamientos de José León Suárez? La respuesta es obvia. Los paparazzi se escudan en el derecho de la gente de la información, y hasta en los riesgos de su oficio. Pero, ¿qué parentesco puede existir, cobijado bajo el eufemismo información, entre investigar enfrentando la versión oficial del crimen político y vender senos o besos de princesa?
Al parecer los paparazzi no intervinieron para ayudar a Lady Di. Pero hay no intervenciones y no intervenciones. Cuando un fotógrafo de Life fotografió el fusilamiento de un guerrillero vietnamita, estaba registrando un valioso y escalofriante momento histórico. Intentar desarmar al agresor hubiera sido un gesto ingenuo, estúpidamente riesgoso, inútil y, aunque no lo parezca, narcisista. Mientras Truman Capote estaba escribiendo A sangre fría, se le acusó de estar esperando con fruición que ahoracaran a los protagonistas Perry Smith y Dick Hickock, inculpados en el asesinato de la familiar Clutter, de Kansas. Los condenados estaban persuadidos de que la intervención de una figura pública como la de Capote podría evitar la condena. Él podría haber jugado de alma bella fingiendo una intervención en los acontecimientos. Pero era absurdo. Ningún intelectual —además controvertido y sexualmente incorrecto— tiene el poder de cambiar una ley de un Estado. A cambio, escribió un magnífico alegato contra la pena de muerte.
La dialéctica del partenaire sugiere que la prensa amarilla no hace más que satisfacerlas pulsiones voyeristas del público. Todos somos cerdos y a los cerdos no nos gustan las margaritas, pero sí alguna que otra Diana. La prensa de mercado se propone escéptica y conservadora cuando puede disolver su responsabilidad en la certeza de un chiquero colectivo, donde ella no hace más que recoger el tocino. Y, sin embargo, como señalaron los analistas de medios, se podría ofrecer una ética y una legislación alternativas (quizás los cerdos coman margaritas). Por otra parte, este llanto multitudinario de niños y ositos, demuestra que las princesas siguen siendo las figuras de las narrativas fundantes de la infancia.

Pero Diana —el Dios que no existen la tenga en su gloria— no era Rosa Luxemburgo ni una defensora de los derechos humanos. Era una flor acorde con el imperio neoconservador: una adicta al amor por el que derramó ríos de lágrimas, la mujer que soportó, sin quemar Buckingham, la noticia de que su marido quería ser el tampax de su amante Camila; no alguien con objetivos plíticos propios, sino una filántropa siempre agachada —para atenuar su rango— al borde del lecho de enfermos preferentemente de corta edad, y cuyo modesto sueño era no cuestionar la monarquía sino “acercarla a la gente”. Como siempre colonizados, los argentinos podríamos responder camorreramente a la ópera Evita con una Santa Diana, sainete criollo de Iván González en el papel de millonario egipcio, y para el cual urdir una supuesta amistad equívoca de Diana con el doctor Milstein y su encuentro fortuito con Zulemita Yoma en los salones de Versace. ¿Quién podría hacer de Santa Diana? ¿Mariana Nannis?





1997


En: Teoría de la Noche, ed. UDP 2011, selección de Julieta Marchant




jueves, 17 de agosto de 2017

LAS OPERARIAS DEL METRO/ 1 mapoe









Las operarias del metro entran y salen
de una piececita escondida en la estación,
allí toman el té, quizás almuerzan.
Veo a una salir y detenerse en el dintel,
olvidó preguntarle la hora a otra chica sentada
reconcentrada en la pantalla de su teléfono.
Es temprano.
Veo el mecanismo de esa intimidad,
hay melancolía,
parecen sepultureras estas mujeres,
antes de ayer otro muchacho se tiró a las líneas.




sábado, 12 de agosto de 2017

ENSAYO GENERAL o el saber esotérico de Roberto Arlt/ 1 ensayo de Beatriz Sarlo










         Escrito en 1920, “Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires” figura entre los primeros textos de Roberto Arlt. En todos los sentidos podría leerse como un ensayo general. El título descriptivo no deja adivinar el carácter de protonovela ideológica de estas páginas donde se cuenta un tramo de biografía intelectual. Como en El juguete rabioso, Arlt habla también aquí sobre la iniciación de un adolescente.
         Mezcla de ficción y de panfleto, “Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires” oscila entre la exposición de saberes clandestinos, secretos, despreciados desde la perspectiva del discurso “razonable”, y la historia casi fantástica de un muchacho poseído por las maniobras de sectas orientalistas y parapsicológicas. Arlt cita, parafrasea, comenta y critica una bibliografía underground (una especie de filosofía y psicología para pobres, para muchachos sensibles y para mujeres, que también fascinó a algunos intelectuales). Mucho de lo que dicen los personajes de Los siete locos, Arlt lo aprendió en los libros que leyó cuando escribía este texto.
         “Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires” relata un viaje intelectual que tiene mucho de iniciático. La locura acecha al adolescente que, intoxicado por Baudelaire y De Quincey, cae fascinado ante un joven pálido al que, con adjetivación modernista, Arlt describe como “un hiperestético extenuado”, es decir, un sensitivo, que posee las capacidades del médium: “Cuando desenvolvía esas tesis extrañas y oscuras, descubría, en el fulgor de sus negras pupilas, no sé qué misteriosos arcanos seductores”. En la biblioteca de ese joven pálido, el narrador de “Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires” descubre libros de alquimia, de magia, de teosofía.
         Por lo que se ve, el narrador ha caído en una red de saberes iniciáticos. El vocabulario exótico (faquires y yoguis, selvas de Bramaputra, Tibet, Magos Negros, Sutras, Hatha y Raja Yoga), que aprende velozmente, ofrece, como toda palabra iniciática, un camino de ascenso hacia los poderes psíquicos: “Por medio de esos poderes se era clarividente al igual que Swedenborg, se escuchaban las misteriosas voces de los pianos, de los caos más distantes, como Hermes Trimegistus, o Isaías, se descorría el velo de Isis, se desenmascaraba la Esfinge y se penetraba en la Suprema Razón, en el espacio de las N dimensiones”. Este léxico extravagante, muy difundido en Buenos Aires a través de libritos de kiosko y de la prensa, constituye una enciclopedia.
Trastornado por los libros, el narrador se convierte en médium y delira en soledades pobladas de “pigmeos espantosos y simios blanduzcos, obscenos y corcovados”. Las notas al pie de página reduplican las alucinaciones y las visiones extrasensoriales señalando sus fuentes eruditas. Se dibuja así un sistema de relaciones marginales con la cultura. Arlt busca lugares por donde no pasarán otros escritores, encuentra materiales de segunda mano, ediciones baratas, traducciones. Con eso, construye una literatura original. Recorre esa biblioteca de saberes teosóficos y tiene ante ella una posición doble de atracción y denuncia. Pero, sobre todo, encuentra elementos de su narrativa futura. En “Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires” está esbozado Los siete locos.
         Pero hay mucho más que un conjunto de saberes iniciáticos. La conspiración, la secta, el complot y el secreto son el otro tema de “Las ciencias ocultas”. Ya lo dijo Walter Benjamin: la sociedad secreta es la forma organizativa de la conspiración y el espacio de acción del conspirador. Arlt denuncia esa red de logias, pero también toma como modelo para inventar la organización delirante de sociedades secretas tal como aparecerá en sus novelas futuras.
         La sociedad iniciática es la presencia de lo secreto en el mundo público de la ciudad moderna. El conspirador es un audaz que sintetiza todas las revoluciones posibles, de izquierda y derecha; es autoritario y anárquico al mismo tiempo; propone una nueva moral de hombres fuertes como alternativa al fracaso de los pobres diablos y la mediocridad de la pequeña burguesía. La sociedad iniciática de Los siete locos remite a los anarquistas pero también a los teósofos. Es la respuesta del pobre frente a las sociedades a las que pertenece por linaje.
         Foucault afirmaba que el poder se caracteriza por “rituales meticulosos”. El Astrólogo lo sabe; y el Rufián Melancólico también conoce el orden que los prostíbulos necesitan tanto como las sociedades. Ese contrapoder de los pobres y los marginales que se organiza en las sectas arltianas, es obsesivo en su método de acción, en sus deliberaciones, en su respeto por las jerarquías piramidales de los jefes, en su desprecio por quienes están demasiado hundidos en la necesidad de liberarse por la imaginación. La trama conspirativa es una respuesta a la “vida puerca”
         Las sociedades iniciáticas se definen por un saber que se traduce en poder. De allí la fascinación de Arlt, que es un desposeído de saber y poder. En Los siete locos la sociedad es un instrumento y un fin. Un instrumento que destruye y restaura identidades, donde cada cual tiene la oportunidad de cambiar, de un solo golpe, una vida que resulta intolerable. Pero esa posibilidad es también un espejismo, que conduce a cada uno de los iniciados al fracaso. Y es un fin porque la sociedad aparece como el único escenario posible de una fantasía de poder a la medida de marginales y derrotados.
         La sociedad iniciática tiene como presupuesto la constitución de un mundo diferente y los personajes de Arlt, esa especie de desajustados incolmables, sólo podrán vivir en el imaginario de una revolución que lo cambiará todo, tan deseada como imposible.




1998







EL PARQUE/ 1 poema





1

el agua se empoza
en charcos disímiles
entre los juegos de niño

         es un parque
que visto desde una avioneta
―en este mismo instante
una surca el cielo―
muestra manchas de tigre o leopardo
         ―la lluvia
entre bloques de colores chillones
         ―los juegos
y las cabezas de los árboles
que el invierno seca a fuerza de frío
como el último polvillo de café
o los bronquios de un pulmón


2

hay un huevo duro, papi, debajo de la silla
era un trozo de clara con un poco de yema
―un pato en la nieve― en medio del barro
bajo la banqueta que usamos esta tarde en el parque




martes, 8 de agosto de 2017

N.Y. LE FOU/ 1 escena en prosa









         *

¿Qué? Frases inoperantes. El pan se quema —se va a negro— en el tostador de la cocina central; no es de noche aunque eso parezca. La poesía me parece una actividad dubitativa, hostigosa. El pan se quema. Yo lo que quiero es comer.



*

Escucha e imagina a la vez la escena que la muchacha describe: la muchacha —otra— se desploma. Corte. De nuevo. Un anciano declarado hace un par de semanas muerto toca su puerta. Ella abre. El anciano dice hola, cariño. Ella se desploma. Una cámara filma la escena desde una de las capas de la estratósfera. Capta el momento exacto. Evacúa la imaginación: bienvenido al acto Nueva York.




*

¿Viste Old Boy? Mi capacidad de reflexión ahora llena de pelos y liendres. Le taladraban un diente.



*

El queso sabe mal. El piso de la cocina está mojado. Te pregunta seriamente si quieres ver una película. Te levantas de tu asiento como de una alfombra, te pican los ojos. Alguien ha despertado en el mesón contiguo.


  
*

UN FILM, ESTA VEZ GODARDIANO APÓCRIFO. Deposita una toalla blanca roída y mojada sobre su rostro. Reposa al estilo de una hamaca en una sórdida bañera oxidada. Nubes subacuáticas le recuerdan a una tragedia leve.



*

Desayuno en Nueva York. Una muchacha pelirroja, hermosísima, intenta formular una pregunta. Me regala conversación, charla. Los grumos apelotonados de café en el pocillo del azúcar. Olvido inmediato.



*

Incapacidad para mantener conversaciones prolongadas. Sus labios son como los de un pez acongojado, pronto a ser devorado por un tiburón blanco. Torres enormes hacen cosquillas a los cielos. El agua del East River tiene una contextura de naranjas doradas. Tibetanas. El amanecer de fuego. La muchacha permanece, ahora, en silencio.


        

                   *

Alguien relata el suicidio de alguien en alguna de las mesas de la cafetería. No recuerdo ni sus ojos, ni su cara, sólo su tono de voz, como de Madame Butterfly. Ahora el mismo sol, como una naranja dorada tibetana, pareciera atraernos así fuera una barca abandonada, hacia su centro: el mar muerto.



*

El amanecer de NY tiene el aspecto de un diente blanco inspeccionado bajo la fiebre del oro. El café sabe a hojas. Hojas secas. Nueva York está ausente. La muchacha no está. ¿En el baño? ¿Un taxi? Dudas de ti, no de su existencia. El vaporcillo aún emerge de su taza.


  
*

La muchacha dice un improperio. Lanza un alarido que nadie comprende. El camarero duda si acercarse o mantenerse distante. Es trabajo de psiquiatras. El pendenciero: intento de formular una oración. Ella la conoce. Entonces una línea trazada con tiza por el FBI nos separa a ambos del resto inerme de la cafetería. Tres viejos barbones, dos chinas, un agujero negro…





*

FILMS FRANCESES, FILMS SUECOS, FILMS ESCANDINAVOS, FILMS UCRANIANOS. La nieve abunda como la espuma en una bañera de niño. Los personajes reflexionan sobre el vivir como si el tiempo les fuera propio, como si la comida apareciera por arte de una magia negra en la alacena todos los meses. El cigarrillo de Beckett parece cocinado al vapor. Te confundes. La película la has visto trece veces, como las trece posturas de la Luna. Buster Keaton cuelga el teléfono y dice por primera vez una oración, una sola: fatiga de material.


         *

Primer plano de queso fundido al microondas. Las tazas vacías. Un servicio disléxico. Ella pronuncia vocales, tú quieres escribir en paz; ella no termina de no comprender: sus temas de conversación varían desde las estaciones hasta Joan Báez, ambos extremos del espectro son en vano. Leer no es un mero acto contemplativo, ni mucho menos escribir. Que ella no lo note no es problema mío. Nueva York parece un sarcófago egipcio recién abierto a la intemperie.



*

Las preguntas suceden como punzadas agridulces. Ella no está por quinta vez. La contextura de su espalda aún no desaparece de la hendidura momentánea del asiento de cuerina. Recuerdos que reaccionan ante la neurosis. Un currículum de iluminaciones. Su cara la desconocen los vaqueros esotéricos. El café ha hecho lo suyo, el lápiz corre como un caballo de carrera por un hipódromo siempre blanco.

         *

Las preguntas del Tao las contesta Ingmar Bergman cuando encierra a un par de niños (niña & niño) en una mansión carente de muebles, henchida de asesoras del hogar, dominada por un monje fascista que se acompleja frente a la violencia, y frente al amor.


*

La cámara cae al barro. No sé qué relación existe entre Nueva York y este fracaso. Aventuro una respuesta: tal como Cecil Taylor, Nueva York es otro fracaso que sigue ocurriendo.


*

¿Duerme en el baño? ¿Ha partido, ha cogido un avión de emergencia? El puente de Brooklyn se asemeja a una anguila de titanio bañada en caramelo. Hey! eso es real. La aurora de fuego, los cines, etc. Bellísimo. Quizás instala una bomba de tiempo en el baño de la cafetería.



                  *

Miles de camareros nos rodean. El sexo y la autoridad se conjugan en una fórmula terrible. Ella no lo sabe y lo sabe. Hablen de los labios de Freud, o descífrenle el amor a Lacan. Labios que se besan a sí mismos. El café entra y sale de las vaginas. La escritura ya no tiene sentido. Shakespeare va a desaparecer, pero eso ya cuando no importe. Otelo se pierde en una librería de viejo de los bajos suburbios. Los camareros esta vez son los jefes.



*

Woody Allen no estudió artes escénicas en NY, ni en ninguna parte. Tampoco dirigió una película en clave francesa llamada: Fatiga de Material. Fatigue des Matériaux. Tampoco escribió el libro de ensayos titulado: Las cenizas blancas espolvorean los labios de la contracultura. The White ash dusted the lips of the counter culture. Ni siquiera la nueva novela: Valles Centrípetos. Centripetal Valleys.



*

Que hable o no hable no es la cuestión. La postura para escribir es autodestructiva. Sin conciencia del acto. Si me interrumpen me enfurezco. No estoy fuckiando, damita. El presidente es una alpargata comparado con esta gesticulación desconsolada, esta jerigonza de sagrada escritura. El presidente será recordado, sin duda, por efectos del imperativo categórico. A mí, en cambio, me olvidarán con artística dedicación.



*

Nueva York, o New York (como reza la placa), es una ciudad en el sentido estricto del término. Y esto: un desayuno, a base de grasas animales y un café de otro planeta. La aurora ya es un poco más azulina. Asistimos al final ―sin una conclusión clara― de este poema. La muchacha siempre estuvo aquí. Yo no alcé la vista. ¿Has visto Reservoir Dogs? Apaguemos esto y vámonos de cines, apostillo.






miércoles, 2 de agosto de 2017

JOHN CAZALE REVISA A LA LUZ DE UNA LUPA LOS ÚLTIMOS FOTOGRAMAS DE SU VIDA/ 1 reseña






John Cazale interpreta a Antonin Artaud en una película rodada en secreto. Me parece que no son más que él y el director—haciendo a la vez de camarógrafo— los únicos en el set. Éste es un castillo oscuro y una habitación de piedra caliza iluminada sólo con velas, lugar donde supuestamente el verdadero Antonin escribía cartas y las quemaba parcialmente, evitando de ese modo que la magia negra de su aura maldita alcanzara a sus remitentes. No se explica en ningún momento si esa habitación es parte de un manicomio (el de Rodez, por supuesto), o sencillamente una alegoría sobre el infierno. John lleva hasta las últimas consecuencias sus recursos interpretativos: adelgaza 20 kilos, se notan los relieves de su cráneo a través de su piel magra y pálida, no se maquilla, no hay guion, casi no habla, sino que masculla un francés lánguido o gesticulado por un insecto. Corre el año 1978, Artaud lleva más de 20 años muerto, Cazale muere unos días después. Acababa de rodar a duras penas, bajo la dirección de Michael Cimino, un film sobre la guerra de Vietnam. Hacía poco le habían diagnosticado cáncer pulmonar y el esfuerzo agónico de un enfermo, para un espectador perspicaz, no se nota en ninguna secuencia de la mencionada película. En el film secreto sobre Artaud, en cambio, el dolor real del actor se expresa en cada segundo, en cada gesto, incluso en sus ausencias del plano. Una niebla negra confunde al espectador, haciéndolo creer que es un efecto atmosférico, usado deliberadamente por alguien (¿director?), pero del que no consta que haya existido. Quizás, una deformación de la cinta en su proceso de postproducción, comentan algunos críticos. Un ambiente fantasmal.
El director no emitió ninguna opinión, al menos en público, respecto al film, ni siquiera en su primera y única proyección, que fue llevada a cabo en un pequeño y desvencijado cine de Las Vegas. Pocos años después se retiró del mundo del cine, y desapareció, como el cónsul de Lowry, adentrándose sin rumbo por los desiertos de Sonora.
En L'Anarchiste couronné Cazale hace de su muerte, como lo hiciera Lihn en su diario, materia de su arte. Una perla brillante que se consume a sí misma y que encandece insoportablemente la pantalla a medida que desaparece.
Así, al final de la película hay sólo blanco.
O quizás una transparencia.

Asómense si desean y verán más allá de la pantalla del cinematógrafo un abismo que ronronea








jueves, 27 de julio de 2017

BOTÁNICO/ 1 poema de Juvencio Valle









Parezco todo un sabio
—de larguísima barba—
cuando
alguna tarde suelo
—por ver y por saber o por capricho—
examinar a fondo el heliotropo,
y cojo la flor y la levanto
como a una mariposa
entre el pulgar y el índice.

A contraluz, atento, la contemplo,
desde abajo la miro,
y ya un pequeño vaivén, un soplo de aire,
me echa sobre la cara
algún pétalo suelto
o el polvillo dorado
de su escondida luna.

La llevo hasta mi mesa
y sobre un libro abierto
la deposito;
allí, mi mínima víctima,
se me queda dispuesta y silenciosa:
cabellera cortada,
puñado de perfume.

Fruncido el entrecejo,
amurallado entre gruesos tratados,
vidrios de aumentos, lupas,
estudio a mi prisionera;
pero ella, como única defensa
—oh, poder de la gracia—,
perfumándome los ojos
me invalida.




miércoles, 26 de julio de 2017

ODA A GERMÁN/ 1 poema de Washington Cucurto






¡Qué deprimente es ser el Poeta más grande de Chile!
Suena a broma.
Es duro y harto deprimente ser el master
de todas las categorías despóticas de la poesía chilena.
-Shshshyilena.
Zurita
Maquieira
Teillier
Gonzalo Rojas
¡Hui-dobro!
Lhin, el inútil, Hernández Montesinos, cada día
mas emputecido. Es el precio que la poesía debe pagar.
-el triciclo descuajeringado del niño Olson
comprado en las veredas del Paseo Ahumada-.
La poesía de Chile es como el Paseo Ahumada,
a ciertas horas, intransitable.
No acepta piratas de best sellers, ni dinosaurios
de fainá, ni televisivos de la derecha.
Para transitar por el paseo célebre de la Poesía Chilena
hay que estar capacitado, saber y parecer.
Todo esta justamente consagrado por las manos
de la Gabriela Mistral estatal.
De todo este mundo irrespirable, asoma su cabeza
el niño freak Germán Carrasco. ¿Tan freak como Rodrigo Lira?
Poeta gemuflexo y geminiano,
depresivo y pésimo padre.
Su bello hijito Félix lo salva y le pone
las íes en su lugar.
De todo este mundo de miserias de la poesía chilena
aparece incólume y vitoresco
con su tatuaje de Alicia en el antebrazo
¡Qué placer hay con el lenguaje! ¡Qué metejón
de Almagro y boedismo!
No les voy a decir que vuela vestido de durazno,
ni que ríe con risa de arroz huracanado, nada de eso.
No soy Pablo Neruda ni Germán Carrasco.
Mi amigo es miope como un mupple.
El mayor poeta de Chile sufre de estrabismo,
es decir, es bizco, como el Presidente de los argentinos.
¿Serán la política y la poesía ciencias manejadas por los bizcos?
Adolescente sedentario, el mayor poeta vivo de Chile
es un luzzer irremplazable.
Aunque pienso que este muchacho
es material altamente radiactivo,
no diré que del fascismo porque sería
darle un título grandilocuente,
sólo diré que la culpa es de... Parra.
El mayor poeta vivo de Chile, Premio Pablo Neruda,
es mi amigo y lo quiero, si nos habremos perdido
por la Avenida Rivadavia hablando de poesía.







ENSAYO SOBRE LA RECIPROCIDAD DE LAS OPOSICIONES CONTINUAS/ 1 poema de Enrique Verástegui






I

Todo se revuelve: días, noches,el tiempo vuela
y el amor es fuego.
¿A qué se podrá comparar la belleza, la soledad,
el olvido?
La soledad y el mar soy yo mismo reventando contra la nada
y una flor de recuerdo son estos ojos: infancia,
adolescencia, todo este mundo que arrojo en una Revista
cualquiera: esoterismo,
o Letras donde poesía y belleza no se intercambian.
¿Será comparable la poesía, el silencio,
el sonido de hojas de un bosque a estos muchachos que buscan,
entre las flores que vuelan,
un lugar para estrecharse a su propia soledad?
Hablo tal vez de un apior silencioso una noche
en un parque perdido, un verano arrojando estos versos
como pétalos de geranio en el mar de la tarde donde todo es
tristeza,
y la tristeza algo parecido a la realidad de haber volteado
el rostro
contra el pasado.
No son lo mismo deseo y noches de tristeza que no se destrocen
contra bondad
y dulzura.
El deseo produce realidad en ti
y no soledad en los labios porque producir más
nunca ha sido saludable para el cuerpo,
producir menos no le asegura ganancias al gobierno:
las arcas se repletan cuando la belleza se corrompe y cuando
el cuerpo
ha producido más, y no salud,
su ganancia no es otra que morir.
Cuida entonces la riqueza de tu cuerpo, tu energía
como el trazo de un artesano es el tranquilo leopardo de mi
vida abrevando dulcemente
en este sueño de realidad.
No estoy solo y en el follaje dulcemente azulado salta
hasta mí una mujer que yo contemplo como al mar de mi vida y
su salto de una figura graciosa
que utiliza un adjetivo de seda
muestra
(¿y qué muestra?) el deseo como flecha insatisfecha
en su carne. El amor rueda herido en la yerba de tus labios y
el cielo
es un Vals de las flores de Tchaikovski,
eternidad de un tiempo que vuela como un Jet donde poesía y
belleza no se intercambian
pero lo que florece en nosotros es lo que no se escabulle
en la nada.