lunes, 16 de octubre de 2017

ME ACUERDO, YO/ 1 ensayo biográfico







         Me acuerdo que la población que quedaba al lado de la mía tenía un número, se llamaba los 600. Después supe que no tenía 600 casas, ni mucho menos. Eran extrañas estas casas, o al menos el contraste con las nuestras, que eran de dos pisos, pareadas, con forma de caja de fósforo. Las vecinas, en cambio, eran tipo le corbusier, de blanco enteras, de un piso y muy amplias. Era cosa de cruzar la calle y cambiar de estilo. 

           Nunca me aventuré mucho en esa población. Un amigo mío vivía en ella, pero en una casa cercana a la mía. Jugábamos Nintendo 64.

         600, 64, mi apellido es 10. Hay algo raro en mi relación con los números. Pero bueno, eso es otra cosa.

         Me acuerdo que con mis primas íbamos por ahí andando en bici, cantando canciones obscenas y que no pasábamos de una cuadra, lo que venía después era un completo misterio. 

            Fue un día, ya mayor, viviendo en Santiago, que soñé con esa población, esa villa digámosle mejor, la mía era una pobla, entre comillas, pues las casas en Chuquicamata –con la excepción, quizás, de la población Los hundidos (qué nombre)― eran medianamente de buena hechura, patrimonio dejado allí por los gringos que fundaron ese pueblo.
         
           En el sueño me adentraba con unos amigos más allá de los límites conocidos y allí encontraba un desierto pero no de arena, sino de restos industriales, cáscaras de camiones, motores a la intemperie, cables como serpientes, restos limpios de máquinas, y más allá aún encontraba una micro abandonada, era verde con cortinas azules, acondicionada para vivir. 
         
          ¿Quién vivía allí? no había nadie. Supuse que su morador había salido y que volvería dentro de poco, pero eso en el sueño era lo de menos. Algo me provocaba terror, quizás el puro hecho de ir más allá de lo conocido.
       
           Conocido en mi infancia, precisaría. Con el norte (el norte es el desierto, para quienes viven en Chile) tengo una relación rarísima, basada ante todo en la imagen del padre.
         
            Creo haber compuesto un poema, hace algunos meses, que resumiría un poco mi evocación de aquellos años.

per saécula saeculorum
por los siglos de los siglos

mi padre me dijo
eso dura siglos y siglos

eso qué, le pregunté

por encima nuestro
volaban pelícanos

un techo de malla
azul a rayas blancas

una alfombra de arena
y una lamparilla
que es el sol





lunes, 9 de octubre de 2017

POETA MEDIOCRE/ 1 poe







dice de sí: soy un poeta mediocre,
ve una cara en la canasta de la ropa sucia
―la arquitectura está salpicada,
se puede ver de todo―
figuras tribales en la rejilla del lavaplatos,
lunas menguantes diseminadas

son uñas de futbolistas nenes
universitarios come arroz cuyo
precioso viático han consumido
de pronto, la primera semana
del mes, por las noches
a diez vasos por hora

el poeta mediocre es el objeto
que se quiebra al caer de su repisa
como si la imagen sacra
lo hiciera desde su altar
―un plano en caída libre―
jesucristos de porcelana
virgenmarías de yeso pobre

luego un fuego artificial
o una mota de talco
estampada como una hiedra
en un flexit de figuras islámicas





jueves, 28 de septiembre de 2017

MAINLANDER MUERE/ 1 relato






Es 31 de marzo de 1876. El filósofo alemán Philipp Batz contempla no sin admiración la portada del primer ejemplar de su primera obra. Acaricia el lomo plomizo de género, escucha cantar a un canario. Apenas tiene 34 años. Camina con la displicencia que lo caracteriza por el empedrado que lo conduce a su casa. De una mano le cuelga un abultado maletín con varios ejemplares de su libro. Toma asiento en el comedor, enciende su pipa con el mismo tabaco renegrecido de la pasada noche. Expulsa unas volutas amplias y grises como sus libros. Acerca algunas hojas dispersas sobre la mesa y revisa sus apuntes. Odia su caligrafía que ha ido tomando, con el tiempo, los contornos y ondulaciones de la caligrafía árabe. Entra a su estudio en penumbras y escudriña a tientas en un cajón. Da con un cuaderno de su adolescencia, la letra es timbrada, negra y locuaz. Siente una ridícula nostalgia. En un gesto, que aparenta revisar de reojo, pasa velozmente las páginas y se detiene en una al azar.
         Lee lo siguiente:

febrero de 1860. Entré en una librería y le eché un vistazo a los libros frescos llegados de Leipzig. Ahí encontré El Mundo como Voluntad y Representación de un tal Schopenhauer, pero ¿Quién era Schopenhauer? El nombre nunca lo había oído hasta entonces. Hojeo la obra, leo sobre la negación de la voluntad de vivir y me encuentro con numerosas citas conocidas en un texto que me hace preso de sueños.[1] 

Luego de una panorámica absorta a su casa, cierra el cuaderno. A eso de las 7 toma un baño, se prepara comida y se la lleva a su habitación, junto con un libro de Kierkegaard.
         Lee a la luz de una bujía.
         Cerca de la media noche se levanta, va a la cocina a buscar su maletín.
         Apila los libros como una torre irregular a un costado de su camarote. Coge un lazo que cuelga del techo y se lo ata al cuello. De la cama se encarama a la pila de libros y, sin preámbulos, los deja derrumbarse



[1] Von Verwesen der Welt und anderen Restposten, Leipzig: Edition Sonderwege bei Manuscriptum.






martes, 26 de septiembre de 2017

VÉRTEBRA/ 1 poe








cómo se difumina
la idea
de pronto

de la jeta
al dorso

baja por el cuello
del coxal
directo
a la vértebra

llega al coxis

explota




martes, 19 de septiembre de 2017

PSICOANÁLISIS DIFERIDO DEL POETA ARANGO





         Muchos años pasaron hasta que supe que Arango se había matado tan solo tres años después desde aquella primera lectura, en el 76´. El motivo, aunque esto no esté del todo comprobado, fue que su madre se había casado por tercera vez, pero ahora con un miembro de la generación del 38´, o sea, escritor igual que él. Este hecho lo sumió en una depresión desproporcionada que lo dejó tan incongruente y radical que decidió meter la cabeza en el horno, como la Plath. No estoy seguro de que él haya manejado esta información, la Plath se había suicidado en el 63´, pero no fue una poeta leída ni estudiada sino hasta el 84’. 
      Por lo que tengo entendido, releyendo al psicoanalista francés André Green, las muertes voluntarias de estas características (otra es la de morir ahogado en el agua, de la que es conocida, por ejemplo, la de Virginia Woolf que se sumergió en el río hasta que el agua le llegara hasta la coronilla) manifiestan un signo peculiar que ordinariamente se analiza a partir del hecho de la asfixia, pero que más bien contienen como factor común, lo que se dice en el psicoanálisis, el impulso inconsciente del retorno a la matriz. Ahora, aprovechando los dos ejemplos citados (Plath, Woolf) se podría dar una explicación comparada más acabada sobre la simbología de ambos suicidios. En el caso de Arango, el horno, dadas sus características tanto físicas (cavidad) como utilitarias (dar calor), se entienden metafóricamente como propias del útero materno. En el caso de V. Woolf, el signo es genérico: el mar o el río como arquetipo esencial de la Madre, y en concreto, de hecho, de la matriz misma.

         Sea dicho que ignoro las circunstancias emocionales concretas que llevaron a Sylvia Plath al suicidio, con morbo me contenté con conocer la forma en que se había suicidado, es decir, el relato de su muerte. Para el caso de Arango, en cambio, después de haber estudiado su perfil psicológico, el hecho es más que evidente: un nudo edípico con trastorno psicótico consecuencia de la pérdida afectiva y sexual de la madre (el padre está muerto), quien realiza ―en la primera etapa adulta del poeta― una sustitución erótico-filial del hijo por otro hombre. Se vuelve a casar, esta vez con un escritor de derecha, lo que genera en Arango, un convencido revolucionario, un desencanto que se transfigura en el impulso incontenible de volver a la madre y, para más exageración, poseerla introduciéndose en ella emulando una violación. Simbólicamente la cabeza representa el pene, como también el contenedor del intelecto, ese espacio donde se libra la competencia salvaje con ese otro hombre, ajeno, pero como él mismo: hombre de letras. Este otro hombre, el objeto de su impotencia, no contento con plantearse superior como escritor, lo hace también con sus logros sexuales, pues es él quien se fornica a su madre, el objeto de deseo. Por lo tanto, el impulso erótico básico y persistente del complejo de Edipo decanta en tanático, y el éxtasis ―y por fin, el objetivo: ilusión perversa e infantil― en la Muerte.



miércoles, 30 de agosto de 2017

HOY DOS POETAS VIENEN A LA LIBRE/ 1 poema endecasilaboso









dos poetas pisan hoy la libre
uno en negro, el otro en blanco irradian
garúa, mármol, rayos equis, polen
aquel me presta dos libritos raros
poemas reunidos de j saenz
un ensayo lírico de la ollé
el otro, además de un ojo entintado
(practica boxeo) me pasa su kindle
para cargarle material demente
1 me abraza y se muestra nervioso
2 me da la mano como un tentáculo
o una navaja suiza de tendones
y gesticula un español patiperro
1 lleva una alfombra por bigote
el segundo se afeita por completo
a) es color marrón y fuego campestre
b) de un azuloso con fondo plata
a) escribe con la guata, el dos con piel
alfa me trae un libro eléctrico, omega
dos libros húmedos, de olor fuertísimo
baco usa lentes gruesos, atigrados
apolo unas gafas tipo thelonius
y se le va un ojo             clara me parla
sobre los artefactos duchampianos
la yema tantea vender su libro
a un lector fiel de garcía márquez
el azul me pide un favor, al rojo
se lo ofrezco, y me dice no, que tranqui,
que la noche es joven y que los libros
ya no se compran en las librerías,
sino que en los portales de internet
dos de los poetas fundamentales
de su generación están hoy aquí
rojo habla de los libros que saldrán
a la calle con su nombre, azulino
palpa los libros del mesón, murmura
oh williams qué exquisito qué exquisito
uno me lleva fuera de mi metro
cuadrado, bien lejos de mi trabajo,
dos persiste en su sitio, respirando
me visitan poetas, el tinto y el blanco
cebada alba, ama el fermento de trigo,
el tinto cree adulto el beber vino
el bizco decreta la primacía
de la imagen; el miope de la víscera
y el readymade; don bizco es concreto,
de textura, corpóreo, de piel
miopía arma condominios verbales,
el flaco tiende a enflaquecerse más
que el robusto holgazán y sedentario
ying lleva bufanda, yang un pañuelo,
ambos cubren su cuello, son delicados
con lírico me emborracho y doy jugo
con prosodia me río a carcajadas
zampándonos una merluza al horno
ninguno tira lihneas ni larea
ni párrico o nerúdico, mistraliano,
huidobriano, quizás; aunque sí creo
que uno es variniano y el otro olsoniano,
o theniano, si sigo con muchachas
samurai parece surcar el aire
niño baila a solas en una disco
el tornillo rueda y me enseña, en tanto
tuerca, quieta, aparente, me desaprende
el sensei ama a su mujer y a su niño
el alguacil a su madre, papá no hay
yo labura de poeta, ello boxea
estiman a zurita, aunque a su modo
groucho me pide un vaso; harpo, nombres.
los dos extremos me visitan hoy,
son el yin y el yang a pata y con bolsos
iluminan la libre con destellos
de sapos, koyaks y cinematógrafos
sólido me exhibe su ojo morado
gaseoso me abraza algo nervioso
dos poetas de esa generación
el norte y el sur, un polo y el otro polo,
el blanco y el negro, el azulino y el rojo,
cilindro y pirámide, el ojo y tripa,
velludo y desvelado, homo y el hetero,
bototo y zapatilla, clara y yema,
el clavo y la madera, lo uno y lo otro
vienen a la librería y no se hallan










martes, 22 de agosto de 2017

LUNES/ 1 poema






un lunes por la mañana
la calma no es vituperio
del gentío    al contrario,
pareciera todo refractarse
como las llamas recién encendidas
de un fogón con gas oil

parte el día así: gente prístina,
limpia, con la cobertura de su piel
ausente total de cebo, por acción
de ese otro cebo, el jabón de ducha
líquido o en barras, adormilados a pesar
de las gotas que humectaron sus sensores
faciales, el cableado que va de la epidermis
a los núcleos nerviosos del cerebro,

un café de mano, portátil, caution is hot,
agua en pocas ocasiones, soft gas,
multitud de orejas taponeadas
con audífonos de colores vistosos,
la ropa señera, recién planchada,
restriega hombros, codos, costillas,
borde curvo del ombligo, pezón,
bocas de chicle, en general sabor fresa,
bracean la multitud en las estaciones,
a la espera, genuflectos,
al borde de la línea amarilla

del metro tren sonámbulo



sábado, 19 de agosto de 2017

NOCHES DE ADRENALINA/ 1 poema de Carmen Ollé








Tener 30 años no cambia nada salvo aproximarse al ataque
cardíaco o al vaciado uterino. Dolencias al margen
nuestros intestinos fluyen y cambian del ser a la nada.

He vuelto a despertar en Lima a ser una mujer que va
midiendo su talle en las vitrinas como muchas preocupada
por el vaivén de su culo transparente.
Lima es una ciudad como yo una utopía de mujer.
Son millas las que me separan de Lima reducidas a sólo
24 horas de avión como una vida se reduce a una sola
crema o a una sola visión del paraíso.
¿Por qué describo este placer agrio al amanecer?
Tengo 30 años (la edad del stress).
Mi vagina se llena de hongos como consecuencia del
primer parto.
Este verano se repleta de espaldas tostadas en el
Mediterráneo.
El color del mar es tan verde como mi lírica
verde de bella subdesarrollada.

¿Por qué el psicoanálisis olvida el problema de ser o no ser
gorda / pequeña / imberbe / velluda / transparente
raquítica / potona / ojerosa...

Del botín que es la cultura me pregunto por el destino
¿Por qué Genet y no Sarrazine?
o Cohn Bendit / Dutschke / Ulrike
y no las pequeñas militantes que iluminaban mis aburridas
clases en la U
ELSA MARGARITA SIRA

Marx aromaba en sus carteras como retamas frescas
qué bellas están ahora calladas y marchitas.

No conozco la teoría del reflejo. Fui masoquista
a solas gozadora del llanto en el espejo del WC
antes que La muerte de la Familia nos diera el alcance.







TODA LA MUERTE A LADY DI/ 1 artículo de Maria Moreno





Antaño una princesa nacía bendecida por hadas que le deseaban todos los bienes de este mundo. Pero siempre había una que predecía la maldición y la muerte. Por suerte solía quedar otra, rezagada, que podía revertir la maldición. Esos valores legendarios han envuelto el caso Diana, princesa de Gales. Sin embargo, ahora el cuento termina mal, porque el hada maldiciente fue sustituida por los paparazzi. El chofer borracho no fue más que un incordio, a la altura de un error sintáctico en una ficción que sobresaltó al mundo. ¿Hay algo que agregar a un reality show sobre el que parece haberse dicho todo? La prensa blanca canibaliza sin discriminar y, mientras juzga a los paparazzi y a la prensa amarilla, no vacila en desplegar escena expropiando los productos de aquellos: mostró le auto destrozado, el rostro triste y atónito de los huérfanos, expuso el último reportaje, interrogó a ex amantes de la princesa, supervisó la existencia de diarios íntimos. Es más, en apretadas columnas de tamaño restringido, publicó los furores críticos de los analistas de medios que, de este modo, funcionaron como comodines en un despliegue donde la prensa que se sospecha a sí misma honesta hace uso de su mala fe: para criticar lo que denuncia, se ve obligada a describirlo. Y, al igual que la prensa amarilla, ¡todos a gozar!
La defesa de los reporteros gráficos y de algunos directores de medios sensacionalistas británicos, se basó en una dialéctica del partenaire, entre una figura como Lady Di y los paparazzi existiría la complementación y el consentimiento de la víctima para con sus verdugos. La misma lógica que supone que una mujer con minifalda que camina sola a las tres de la mañana consiente en ser violada, que un masoquista que goza con el bondage y el fist fucking está buscando la muerte, o que entre genocidas y guerrilleros funcionó una cupla perfecta sintetizada en el “por algo habrá sido”. De acuerdo con esta lógica, la responsabilidad de los paparazzi en la muerte de Lady Di podría resumirse en la palabra excesos —tan familiar a la política argentina. Y hablando de política, el actor Gerardo Romano respondió a una pregunta que apelaba a su opinión sobre los paparazzi: “Se me ocurre una frase fascista, ¿estaba Cabezas acosando a Yabrán?”. No era una frase fascista —por supuesto, una ironía—, sino una asociación pertinente para, como solía decir Miguel Briante, dejar de “mezclar la hacienda”, ¿Rodolfo Walsh estaba acosando a Vandor cuando intentaba averiguar quién mató a Rosendo García? ¿O a todo un sector del poder de la “revolución libertadora” cuando investigaba los fusilamientos de José León Suárez? La respuesta es obvia. Los paparazzi se escudan en el derecho de la gente de la información, y hasta en los riesgos de su oficio. Pero, ¿qué parentesco puede existir, cobijado bajo el eufemismo información, entre investigar enfrentando la versión oficial del crimen político y vender senos o besos de princesa?
Al parecer los paparazzi no intervinieron para ayudar a Lady Di. Pero hay no intervenciones y no intervenciones. Cuando un fotógrafo de Life fotografió el fusilamiento de un guerrillero vietnamita, estaba registrando un valioso y escalofriante momento histórico. Intentar desarmar al agresor hubiera sido un gesto ingenuo, estúpidamente riesgoso, inútil y, aunque no lo parezca, narcisista. Mientras Truman Capote estaba escribiendo A sangre fría, se le acusó de estar esperando con fruición que ahoracaran a los protagonistas Perry Smith y Dick Hickock, inculpados en el asesinato de la familiar Clutter, de Kansas. Los condenados estaban persuadidos de que la intervención de una figura pública como la de Capote podría evitar la condena. Él podría haber jugado de alma bella fingiendo una intervención en los acontecimientos. Pero era absurdo. Ningún intelectual —además controvertido y sexualmente incorrecto— tiene el poder de cambiar una ley de un Estado. A cambio, escribió un magnífico alegato contra la pena de muerte.
La dialéctica del partenaire sugiere que la prensa amarilla no hace más que satisfacerlas pulsiones voyeristas del público. Todos somos cerdos y a los cerdos no nos gustan las margaritas, pero sí alguna que otra Diana. La prensa de mercado se propone escéptica y conservadora cuando puede disolver su responsabilidad en la certeza de un chiquero colectivo, donde ella no hace más que recoger el tocino. Y, sin embargo, como señalaron los analistas de medios, se podría ofrecer una ética y una legislación alternativas (quizás los cerdos coman margaritas). Por otra parte, este llanto multitudinario de niños y ositos, demuestra que las princesas siguen siendo las figuras de las narrativas fundantes de la infancia.

Pero Diana —el Dios que no existen la tenga en su gloria— no era Rosa Luxemburgo ni una defensora de los derechos humanos. Era una flor acorde con el imperio neoconservador: una adicta al amor por el que derramó ríos de lágrimas, la mujer que soportó, sin quemar Buckingham, la noticia de que su marido quería ser el tampax de su amante Camila; no alguien con objetivos plíticos propios, sino una filántropa siempre agachada —para atenuar su rango— al borde del lecho de enfermos preferentemente de corta edad, y cuyo modesto sueño era no cuestionar la monarquía sino “acercarla a la gente”. Como siempre colonizados, los argentinos podríamos responder camorreramente a la ópera Evita con una Santa Diana, sainete criollo de Iván González en el papel de millonario egipcio, y para el cual urdir una supuesta amistad equívoca de Diana con el doctor Milstein y su encuentro fortuito con Zulemita Yoma en los salones de Versace. ¿Quién podría hacer de Santa Diana? ¿Mariana Nannis?





1997


En: Teoría de la Noche, ed. UDP 2011, selección de Julieta Marchant




jueves, 17 de agosto de 2017

LAS OPERARIAS DEL METRO/ 1 mapoe









Las operarias del metro entran y salen
de una piececita escondida en la estación,
allí toman el té, quizás almuerzan.
Veo a una salir y detenerse en el dintel,
olvidó preguntarle la hora a otra chica sentada
reconcentrada en la pantalla de su teléfono.
Es temprano.
Veo el mecanismo de esa intimidad,
hay melancolía,
parecen sepultureras estas mujeres,
antes de ayer otro muchacho se tiró a las líneas.




sábado, 12 de agosto de 2017

ENSAYO GENERAL o el saber esotérico de Roberto Arlt/ 1 ensayo de Beatriz Sarlo










         Escrito en 1920, “Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires” figura entre los primeros textos de Roberto Arlt. En todos los sentidos podría leerse como un ensayo general. El título descriptivo no deja adivinar el carácter de protonovela ideológica de estas páginas donde se cuenta un tramo de biografía intelectual. Como en El juguete rabioso, Arlt habla también aquí sobre la iniciación de un adolescente.
         Mezcla de ficción y de panfleto, “Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires” oscila entre la exposición de saberes clandestinos, secretos, despreciados desde la perspectiva del discurso “razonable”, y la historia casi fantástica de un muchacho poseído por las maniobras de sectas orientalistas y parapsicológicas. Arlt cita, parafrasea, comenta y critica una bibliografía underground (una especie de filosofía y psicología para pobres, para muchachos sensibles y para mujeres, que también fascinó a algunos intelectuales). Mucho de lo que dicen los personajes de Los siete locos, Arlt lo aprendió en los libros que leyó cuando escribía este texto.
         “Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires” relata un viaje intelectual que tiene mucho de iniciático. La locura acecha al adolescente que, intoxicado por Baudelaire y De Quincey, cae fascinado ante un joven pálido al que, con adjetivación modernista, Arlt describe como “un hiperestético extenuado”, es decir, un sensitivo, que posee las capacidades del médium: “Cuando desenvolvía esas tesis extrañas y oscuras, descubría, en el fulgor de sus negras pupilas, no sé qué misteriosos arcanos seductores”. En la biblioteca de ese joven pálido, el narrador de “Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires” descubre libros de alquimia, de magia, de teosofía.
         Por lo que se ve, el narrador ha caído en una red de saberes iniciáticos. El vocabulario exótico (faquires y yoguis, selvas de Bramaputra, Tibet, Magos Negros, Sutras, Hatha y Raja Yoga), que aprende velozmente, ofrece, como toda palabra iniciática, un camino de ascenso hacia los poderes psíquicos: “Por medio de esos poderes se era clarividente al igual que Swedenborg, se escuchaban las misteriosas voces de los pianos, de los caos más distantes, como Hermes Trimegistus, o Isaías, se descorría el velo de Isis, se desenmascaraba la Esfinge y se penetraba en la Suprema Razón, en el espacio de las N dimensiones”. Este léxico extravagante, muy difundido en Buenos Aires a través de libritos de kiosko y de la prensa, constituye una enciclopedia.
Trastornado por los libros, el narrador se convierte en médium y delira en soledades pobladas de “pigmeos espantosos y simios blanduzcos, obscenos y corcovados”. Las notas al pie de página reduplican las alucinaciones y las visiones extrasensoriales señalando sus fuentes eruditas. Se dibuja así un sistema de relaciones marginales con la cultura. Arlt busca lugares por donde no pasarán otros escritores, encuentra materiales de segunda mano, ediciones baratas, traducciones. Con eso, construye una literatura original. Recorre esa biblioteca de saberes teosóficos y tiene ante ella una posición doble de atracción y denuncia. Pero, sobre todo, encuentra elementos de su narrativa futura. En “Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires” está esbozado Los siete locos.
         Pero hay mucho más que un conjunto de saberes iniciáticos. La conspiración, la secta, el complot y el secreto son el otro tema de “Las ciencias ocultas”. Ya lo dijo Walter Benjamin: la sociedad secreta es la forma organizativa de la conspiración y el espacio de acción del conspirador. Arlt denuncia esa red de logias, pero también toma como modelo para inventar la organización delirante de sociedades secretas tal como aparecerá en sus novelas futuras.
         La sociedad iniciática es la presencia de lo secreto en el mundo público de la ciudad moderna. El conspirador es un audaz que sintetiza todas las revoluciones posibles, de izquierda y derecha; es autoritario y anárquico al mismo tiempo; propone una nueva moral de hombres fuertes como alternativa al fracaso de los pobres diablos y la mediocridad de la pequeña burguesía. La sociedad iniciática de Los siete locos remite a los anarquistas pero también a los teósofos. Es la respuesta del pobre frente a las sociedades a las que pertenece por linaje.
         Foucault afirmaba que el poder se caracteriza por “rituales meticulosos”. El Astrólogo lo sabe; y el Rufián Melancólico también conoce el orden que los prostíbulos necesitan tanto como las sociedades. Ese contrapoder de los pobres y los marginales que se organiza en las sectas arltianas, es obsesivo en su método de acción, en sus deliberaciones, en su respeto por las jerarquías piramidales de los jefes, en su desprecio por quienes están demasiado hundidos en la necesidad de liberarse por la imaginación. La trama conspirativa es una respuesta a la “vida puerca”
         Las sociedades iniciáticas se definen por un saber que se traduce en poder. De allí la fascinación de Arlt, que es un desposeído de saber y poder. En Los siete locos la sociedad es un instrumento y un fin. Un instrumento que destruye y restaura identidades, donde cada cual tiene la oportunidad de cambiar, de un solo golpe, una vida que resulta intolerable. Pero esa posibilidad es también un espejismo, que conduce a cada uno de los iniciados al fracaso. Y es un fin porque la sociedad aparece como el único escenario posible de una fantasía de poder a la medida de marginales y derrotados.
         La sociedad iniciática tiene como presupuesto la constitución de un mundo diferente y los personajes de Arlt, esa especie de desajustados incolmables, sólo podrán vivir en el imaginario de una revolución que lo cambiará todo, tan deseada como imposible.




1998







EL PARQUE/ 1 poema





1

el agua se empoza
en charcos disímiles
entre los juegos de niño

         es un parque
que visto desde una avioneta
―en este mismo instante
una surca el cielo―
muestra manchas de tigre o leopardo
         ―la lluvia
entre bloques de colores chillones
         ―los juegos
y las cabezas de los árboles
que el invierno seca a fuerza de frío
como el último polvillo de café
o los bronquios de un pulmón


2

hay un huevo duro, papi, debajo de la silla
era un trozo de clara con un poco de yema
―un pato en la nieve― en medio del barro
bajo la banqueta que usamos esta tarde en el parque