lunes, 30 de noviembre de 2015

INSTRUCCIONES PARA GALOPAR EN LA NIEBLA










Osos mareados cayendo de las montañas
         Gotas de rocío/ Hadas loadas
Y abajo la ciudadela milagrosa
cayendo a su vez en manos del Mago.
         La lógica y sus arbustos
ya no nos reconocen en la oscuridad.
Príncipes en castillos proletarios,
en manicomios, ciudadanos
medicados corriendo el adoquín tallado.

Narcisos devueltos del desierto,
         sin esqueleto ni espanto.
Una ovación de ancianos
de largas barbas grises,
gimoteando que la Guerra
ha terminado aquí pero en otro lado.






sábado, 28 de noviembre de 2015

THE WAITING ROOM/ LA MÚSICA de Emily Haines





   Emily Haines llegó a mi vida por medio de su banda, Metric. Aún recuerdo aquella temporada de embeleso por la música electrónica en que la escuchaba y reescuchaba: su voz de barbie y a la vez espesa, como rebotando por todo su cráneo para salir de esa boca en sutil melodía de sirena. Me parece que escuchaba un compilado de música House, o Chil Out, y sonaba Collect Call. Era un tema de su último disco (¡del 2009!) y quizás el más alejado de su estilo. Así y todo, motivado por su onda, me fui de lleno a descargar el disco completo, y de paso todo el resto de su discografía, que recuerdo eran 3 álbumes más. Así conocí temas como Poster of a Girl, Dead Disco, Love is a place o Empty. Ya, todo bien hasta ahí: Metric es una banda canadiense formada en 1998, hasta la fecha llevan 6 discos editados, Emily Haines es su vocalista. 
   Pues bien, de tanto investigar me topé con la discografía solista de esta señorita (muy guapa por lo demás), cuyo padre era músico de jazz y letrista (o sea, hay oficio en su familia), que me dejó ya no deslumbrado sino estupefacto. La calidad de sus composiciones está sin lugar a dudas al nivel de los grandes pianoman como Billy Joel o Elthon John. Todo a base de piano y fraseos vocales bellísimos, logra darnos canciones frescas y certeras. Hay dos en especial que no me canso de escuchar: Telethon y Bottom of the World. Las que les invito a escuchar ahora mismo: sus dos únicos discos los cuelgo aquí.













EL NADADOR SIN FAMILIA/ THE SWIMMER de John Cheever







Puedo decir dos cosas sobre Cheever: fue el último escritor en publicar su obra en periódicos y por entregas; y,que es un cuentista único en su especie.
 Para lo primero: me parece que hubo un tiempo en que la literatura se daba a conocer casi exclusivamente a través de periódicos o revistas especializadas: los cuentos y las novelas por entregas; y para cuando Cheever estaba activo en The New Yorker, publicando cantidad ingente de relatos semanales, dicha tradición ya venía decayendo, decreciendo paulatinamente en el tiempo y en el espacio, pues ya tarde, mal y nunca en estos medios se daba cabida a la literatura contemporánea, a la literatura que se escribía en sus días, como lo hicieran Sterne en el siglo XVIII, y Dickens en el XIX. Y asi pues, como ya se sabe, en nuestros días los medios periodísticos se limitan, si es que por si acaso, a la publicación de crítica literaria; pero no una crítica inteligente que provoque la relectura u otros matices, sino una crítica vacua, reconcentrada en el lector pasivo y ocioso, sobre todo en el lector inmerso en el mercantilismo idiota de las grandes editoriales. Es más, ¿quién puede aseverar que estos monigotes (los críticos de grandes periódicos) no estén coludidos (¡y cómo no!) por las mismas editoriales para hacerles propaganda a sus correspondientes catálogos, una propaganda pseudo-intelectual, que ni siquiera se da el trabajo de no caer en los juegos de manos y de pies propios del comercio más avaro y silvestre?
En fin, son hechos concretos que despiertan feos candores; pero siguiendo con el segundo punto, ya, podría mencionar que los cuentos de John Cheever son como una tercera vía, a eso me refería como único en su especie. ¿Pero qué tercera vía? ¿Cuáles son las otras dos? Suele pensarse la literatura norteamericana del siglo pasado en forma polarizada: la literatura tipo Hemingway, y la tipo Faulkner. La primera concentrada en el despojo, en la economía verbal, en la denominada “punta del ice-berg”; y la segunda como el desparpajo, la verbosidad, y la importancia esencial del estilo. En otros parámetro también: una es la acción, y la otra la prosa hipnótica. No se apresuren, Cheever no es la mezcla, en absoluto. O al menos no una mezcla básica, simplista. En el prólogo que hace George W. Hunt a El hombre que amó y otros cuentos dispersos, publicado alguna vez por El Áncora editores, nos aclara la cuestión:

En síntesis, el modelo Hemingway estaba inhibiendo sus energías creativas. Poco a poco, el «engrandecer» se convierte en la clave de su estilo posterior. Su sentimiento de compañerismo con el lector se expande, su voz narrativa se torna más cómoda y relajada y su tono menos distante. Este proceso de engrandecimiento florecerá finalmente en aquel mundo fantástico, poblado de mitos, que habría de convertirse en la característica distintiva de su literatura posterior. (pp. 25)

         Pues bien, Cheever maneja no la trama, sino la acción: nombra cada uno de los movimientos de sus personajes como si le estuviera dictando a un ciego sus visiones. ¡Qué forma más bella! ¿no? Presentar su prosa como la guía de ruta a sus ciegos lectores, como instrucciones para imaginar escenas. Y, para más hilaridad, tiene también ese manejo de la simbología que mueve, ahora sí, la trama de sus relatos por sí misma, como un núcleo gravitante. Por ejemplo, hay un relato titulado La cómoda, en el que la cómoda constituye el objeto-tótem que concentra una disputa entre hermanos, un objeto como dice el protagonista “simple pedazo de madera” se vuelve el protagonista de toda la cuestión. Finalmente frustrado y un poco harto de la situación, al verse sin la cómoda, y en consuelo con una cajita llena de chucherías de su difunta madre, rompe y bota todo, como un acto chamánico y liberador. 
           Lo que viene a continuación es su relato más conocido, El Nadador, que concentra a su modo todas las variantes: el espacio alegórico de un barrio de clase media norteamericano, y sus amplios patios con piscina, por donde el nadador va entrometiéndose, así fuera un circuito demencial, con sus aguas turbias, como en un mar intermitente, sin parar de beber (el alcoholismo es otro tema recurrente en Cheever, y no pregunten por qué) y sosteniendo esas charlas efímeras con las dueñas de casa. El mito (¡qué más falso!) del sueño americano. 






***


Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan “Anoche bebí demasiado”. Quizá uno oyó la frase murmurada por los feligreses que salen de la iglesia, o la escuchó de labios del propio sacerdote, que se debate con su casulla en el vestiarium, o en las pistas de golf y de tenis, o en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufre el terrible malestar del día siguiente.
–Bebí demasiado –dijo Donald Westerhazy.
–Todos bebimos demasiado –dijo Lucinda Merrill.
–Seguramente fue el vino –dijo Helen Westerhazy–. Bebí demasiado clarete.
Esto sucedía al borde de la piscina de los Westerhazy. La piscina, alimentada por un pozo artesiano que tenía elevado contenido de hierro, mostraba un matiz verde claro. El tiempo era excelente. Hacia el oeste se dibujaba un macizo de cúmulos, desde lejos tan parecido a una ciudad –vistos desde la proa de un barco que se acercaba– que incluso hubiera podido asignársele nombre. Lisboa. Hackensack. El sol calentaba fuerte. Neddy Merrill estaba sentado al borde del agua verdosa, una mano sumergida, la otra sosteniendo un vaso de ginebra. Era un hombre esbelto –parecía tener la especial esbeltez de la juventud– y, si bien no era joven ni mucho menos, esa mañana se había deslizado por su baranda y había descargado una palmada sobre el trasero de bronce de Afrodita, que estaba sobre la mesa del vestíbulo, mientras se enfilaba hacia el olor del café en su comedor. Podía habérsele comparado con un día estival, y si bien no tenía raqueta de tenis ni bolso de marinero, suscitaba una definida impresión de juventud, deporte y buen tiempo. Había estado nadando, y ahora respiraba estertorosa, profundamente, como si pudiese absorber con sus pulmones los componentes de ese momento, el calor del sol, la intensidad de su propio placer. Parecía que todo confluía hacia el interior de su pecho. Su propia casa se levantaba en Bullet Park, unos trece kilómetros hacia el sur, donde sus cuatro hermosas hijas seguramente ya habían almorzado y quizá ahora jugaban a tenis. Entonces, se le ocurrió que dirigiéndose hacia el suroeste podía llegar a su casa por el agua.
Su vida no lo limitaba, y el placer que extraía de esta observación no podía explicarse por su sugerencia de evasión. Le parecía ver, con el ojo de un cartógrafo, esa hilera de piscinas, esa corriente casi subterránea que recorría el condado. Había realizado un descubrimiento, un aporte a la geografía moderna; en homenaje a su esposa, llamaría Lucinda a este curso de agua. No le agradaban las bromas pesadas y no era tonto, pero sin duda era original y tenía una indefinida y modesta idea de sí mismo como una figura legendaria. Era un día hermoso y se le ocurrió que nadar largo rato podía ensanchar y exaltar su belleza.
Se quitó el suéter que colgaba de sus hombros y se zambulló. Sentía un inexplicable desprecio hacia los hombres que no se arrojaban a la piscina. Usó una brazada corta, respirando con cada movimiento del brazo o cada cuatro brazadas y contando en un rincón muy lejano de la mente el uno-dos, uno-dos de la patada nerviosa. No era una brazada útil para las distancias largas, pero la domesticación de la natación había impuesto ciertas costumbres a este deporte, y en el rincón del mundo al que él pertenecía, el estilo crol era usual. Parecía que verse abrazado y sostenido por el agua verde claro era no tanto un placer como la recuperación de una condición natural, y él habría deseado nadar sin pantaloncitos, pero en vista de su propio proyecto eso no era posible. Se alzó sobre el reborde del extremo opuesto –nunca usaba la escalerilla– y comenzó a atravesar el jardín. Cuando Lucinda preguntó adónde iba, él dijo que volvía nadando a casa.
Los únicos mapas y planos eran los que podía recordar o sencillamente imaginar, pero eran bastante claros. Primero estaban los Graham, los Hammer, los Lear, los Howland y los Crosscup. Después, cruzaba la calle Ditmar y llegaba a la propiedad de los Bunker, y después de recorrer un breve trayecto llegaba a los Levy, los Welcher y la piscina pública de Lancaster. Después estaban los Halloran, los Sachs, los Biswanger, Shirley Adams, los Gilmartin y los Clyde. El día era hermoso, y que él viviera en un mundo tan generosamente abastecido de agua parecía un acto de clemencia, una suerte de beneficencia. Sentía exultante el corazón y atravesó corriendo el pasto. Volver a casa siguiendo un camino diferente le infundía la sensación de que era un peregrino, un explorador, un hombre que tenía un destino; y además sabía que a lo largo del camino hallaría amigos: los amigos guarnecerían las orillas del río Lucinda.
Atravesó un seto que separaba la propiedad de los Westerhazy de la que ocupaban los Graham, caminó bajo unos manzanos floridos, dejó tras el cobertizo que albergaba la bomba y el filtro, y salió a la piscina de los Graham.
–Caramba, Neddy –dijo la señora Graham–, qué sorpresa maravillosa. Toda la mañana he tratado de hablar con usted por teléfono. Venga, sírvase una copa– comprendió entonces, como les ocurre a todos los exploradores, que tendría que manejar con cautela las costumbres y las tradiciones hospitalarias de los nativos si quería llegar a buen destino. No quería mentir ni mostrarse grosero con los Graham, y tampoco disponía de tiempo para demorarse allí. Nadó la piscina de un extremo al otro, se reunió con ellos al sol y pocos minutos después lo salvó la llegada de dos automóviles colmados de amigos que venían de Connecticut. Mientras todos formaban grupos bulliciosos él pudo alejarse discretamente. Descendió por la fachada de la casa de los Graham, pasó un seto espinoso y cruzó una parcela vacía para llegar a la propiedad de los Hammer. La señora Hammer apartó los ojos de sus rosas, lo vio nadar, pero no pudo identificarlo bien. Los Lear lo oyeron chapotear frente a las ventanas abiertas de su sala. Los Howland y los Crosscup no estaban en casa. Después de salir del jardín de los Howland, cruzó la calle Ditmar y comenzó a acercarse a la casa de los Bunker; aun a esa distancia podía oírse el bullicio de una fiesta.
El agua refractaba el sonido de las voces y las risas y parecía suspenderlo en el aire. La piscina de los Bunker estaba sobre una elevación, y él ascendió unos peldaños y salió a una terraza, donde bebían veinticinco o treinta hombres y mujeres. La única persona que estaba en el agua era Rusty Towers, que flotaba sobre un colchón de goma. ¡Oh, qué bonitas y lujuriosas eran las orillas del río Lucinda! Hombres y mujeres prósperos se reunían alrededor de las aguas color zafiro, mientras los camareros de chaqueta blanca distribuían ginebra fría. En el cielo, un avión de Haviland, un aparato rojo de entrenamiento, describía sin cesar círculos en el cielo mostrando parte del regocijo de un niño que se mece. Ned sintió un afecto transitorio por la escena, una ternura dirigida hacia los que estaban allí reunidos, como si se tratara de algo que él pudiera tocar. Oyó a distancia el retumbo del trueno. Apenas Enid Bunker lo vio comenzó a gritar:
–¡Oh, vean quién ha venido! ¡Qué sorpresa tan maravillosa! Cuando Lucinda me dijo que usted no podía venir, sentí que me moría– se abrió paso entre la gente para llegar a él, y cuando terminaron de besarse lo llevó al bar, pero avanzaron con paso lento, porque ella se detuvo para besar a ocho o diez mujeres y estrechar las manos del mismo número de hombres. Un barman sonriente a quien Neddy había visto en cien reuniones parecidas le entregó una ginebra con agua tónica, y Neddy permaneció de pie un momento frente al bar, evitando mezclarse en conversaciones que podían retrasar su viaje. Cuando temió verse envuelto, se zambulló y nadó cerca del borde, para evitar un choque con el flotador de Rusty. En el extremo opuesto de la piscina dejó atrás a los Tomlinson, a quienes dirigió una amplia sonrisa, y se alejó trotando por el sendero del jardín. La grava le lastimaba los pies, pero ése era el único motivo de desagrado. La fiesta se mantenía confinada a los terrenos contiguos a la piscina, y cuando ya estaba acercándose a la casa oyó atenuarse el sonido brillante y acuoso de las voces, oyó el ruido de un receptor de radio que provenía de la cocina de los Bunker, donde alguien estaba escuchando la retransmisión de un partido de béisbol. Una tarde de domingo. Se deslizó entre los automóviles estacionados y descendió por los límites cubiertos de pasto del sendero, en dirección a la calle Alewives. No deseaba que nadie lo viera en el camino, con sus pantaloncitos de baño pero no había tránsito, y Neddy recorrió la reducida distancia que lo separaba del sendero de los Levy, donde había un letrero indicando: PROPIEDAD PRIVADA, y un recipiente para The New York Times. Todas las puertas y ventanas de la espaciosa casa estaban abiertas, pero no había signos de vida, ni siquiera el ladrido de un perro. Dio la vuelta a la casa, buscando la piscina, y se dio cuenta de que los Levy habían salido poco antes. Habían dejado vasos, botellas y platitos de maníes sobre una mesa instalada hacia el fondo, donde había un vestuario o mirador adornado con farolitos japoneses. Después de atravesar a nado la piscina, consiguió un vaso y se sirvió una copa. Era la cuarta o la quinta copa, y ya había nadado casi la mitad de la longitud del río Lucinda. Se sentía cansado y limpio, y en ese momento lo complacía estar solo; en realidad, todo lo complacía.
Habría tormenta. El grupo de cúmulos –esa ciudad– se había elevado y ensombrecido, y mientras estaba allí, sentado, oyó de nuevo la percusión del trueno. El avión de entrenamiento de Haviland continuaba describiendo círculos en el cielo. Ned creyó que casi podía oír la risa del piloto, complacido con la tarde, pero cuando se descargó otra cascada de truenos, reanudó la marcha hacia su hogar. Sonó el silbato de un tren, y se preguntó qué hora sería. ¿Las cuatro? ¿Las cinco? Pensó en la estación provinciana a esa hora, el lugar donde un camarero, con el traje de etiqueta disimulado por un impermeable, un enano con flores envueltas en papel de diario y una mujer que había estado llorando esperaban el tren local. De pronto comenzó a oscurecer; era el momento en que las aves de cabeza de alfiler parecen organizar su canto anunciando con un sonido agudo y reconocible la llegada de la tormenta. A su espalda se oyó el ruido leve del agua que caía de la copa de un roble, como si allí hubiesen abierto un grifo. Después, el ruido de fuentes se repitió en las coronas de todos los árboles altos. ¿Por qué le agradaban las tormentas? ¿Qué sentido tenía su excitación cuando la puerta se abría bruscamente y el viento de lluvia se abalanzaba impetuoso escaleras arriba? ¿Por qué la sencilla tarea de cerrar las ventanas de una vieja casa parecía apropiada y urgente? ¿Por qué las primeras notas cristalinas de un viento de tormenta tenían para él el sonido inequívoco de las buenas nuevas, una sugerencia de alegría y buen ánimo? Después, hubo una explosión, olor de cordita, y la lluvia flageló los farolitos japoneses que la señora Levy había comprado en Kioto el año anterior, ¿o quizá era incluso un año antes?
Permaneció en el jardín de los Levy hasta que pasó la tormenta. La lluvia había refrescado el aire, y él temblaba. La fuerza del viento había despejado de sus hojas rojas y amarillas a un arce y las había dispersado sobre el pasto y el agua. Como era mediados del verano seguramente el árbol se agostaría, y sin embargo Ned sintió una extraña tristeza ante ese signo otoñal. Flexionó los hombros, vació el vaso y caminó hacia la piscina de los Welcher. Para llegar necesitaba cruzar la pista de equitación de los Lindley, y lo sorprendió descubrir que el pasto estaba alto y todas las vallas aparecían desarmadas. Se preguntó si los Lindley habían vendido sus caballos o se habían ausentado todo el verano y habían dejado en una pensión los animales. Le pareció recordar haber oído algo acerca de los Lindley y sus caballos, pero el recuerdo no era claro. Continuó caminando, descalzo sobre el pasto húmedo, hacia la casa de los Welcher, donde descubrió que la piscina estaba seca.
La ausencia de este eslabón en su cadena acuática lo decepcionó de un modo absurdo, y se sintió como un explorador que busca una fuente torrencial y encuentra un arroyo seco. Se sintió desilusionado y desconcertado. Era costumbre salir durante el verano, pero nadie vaciaba nunca sus piscinas. Era evidente que los Welcher se habían marchado. Los muebles de la piscina estaban plegados, apilados y cubiertos con fundas. El vestuario estaba cerrado con llave. Todas las ventanas de la casa estaban cerradas, y cuando dio la vuelta a la vivienda en busca del sendero que conducía a la salida vio un cartel que indicaba EN VENTA clavado a un árbol. ¿Cuándo había oído hablar por última vez de los Welcher…?; es decir, ¿cuándo había sido la última vez que él y Lucinda habían rechazado una invitación a cenar con ellos? Le parecía que hacía apenas una semana, poco más o menos. ¿La memoria le estaba fallando, o la había disciplinado tanto en la representación de los hechos ingratos que había deteriorado su propio sentido de la verdad? Ahora, oyó a lo lejos el ruido de un encuentro de tenis. El hecho lo reanimó, disipó sus aprensiones y pudo mirar con indiferencia el cielo nublado y el aire frío. Era el día que Neddy Merrill atravesaba nadando el condado. ¡El mismo día! Atacó ahora el trecho más difícil.
Si ese día uno hubiera salido a pasear para gozar de la tarde dominical quizá lo hubiera visto, casi desnudo, de pie al borde la Ruta 424, esperando la oportunidad de cruzar. Quizá uno se preguntaría si era la víctima de una broma pesada, si su automóvil había sufrido su desperfecto o si se trataba sencillamente de un loco. De pie, descalzo, sobre los montículos al costado de la autopista –latas de cerveza, trapos viejos y cámaras reventadas– expuesto a todas las burlas, ofrecía un espectáculo lamentable. Al comenzar, sabía que ese trecho era parte de su trayecto –había estado en sus mapas–, pero al enfrentarse a las hileras del tránsito que serpeaban a través de la luz estival, descubrió que no estaba preparado. Provocó risas y burlas, le arrojaron un envase de cerveza, y no podía afrontar la situación con dignidad ni humor. Hubiera podido regresar, volver a casa de los Westerhazy, donde Lucinda sin duda continuaba sentada al sol. No había firmado nada, jurado ni prometido nada, ni siquiera a sí mismo. ¿Por qué, creyendo, como era el caso, que todas las formas de obstinación humana eran asequibles al sentido común, no podía regresar? ¿Por qué estaba decidido a terminar su viaje aunque eso amenazara su propia vida? ¿En qué momento esa travesura, esa broma, esa suerte de pirueta había cobrado gravedad? No podía volver, ni siquiera podía recordar claramente el agua verdosa de los Westerhazy, la sensación de inhalar los componentes del día, las voces amistosas y descansadas que afirmaban que ellos habían bebido demasiado. Después de más o menos una hora había recorrido una distancia que imposibilitaba el regreso.
Un anciano que venía por la autopista a veinticinco kilómetros por hora le permitió llegar al medio de la calzada, donde había un refugio cubierto de pasto. Allí se vio expuesto a las burlas del tránsito que iba hacia el norte, pero después de diez o quince minutos pudo cruzar. Desde allí, tenía un breve trecho hasta el Centro de Recreación, que estaba a la salida del pueblo de Lancaster, donde había unas canchas de balonmano y una piscina pública.
El efecto del agua en las voces, la ilusión de brillo y expectativa era la misma que en la piscina de los Bunker, pero aquí los sonidos eran más estridentes, más ásperos y más agudos, y apenas entró en el recinto atestado tropezó con la reglamentación “TODOS LOS BAÑISTAS DEBEN DARSE UNA DUCHA ANTES DE USAR LA PISCINA. TODOS LOS BAÑISTAS DEBEN USAR LA PLACA DE IDENTIFICACIÓN”. Se dio una ducha, se lavó los pies en una solución turbia y acre y se acercó al borde del agua. Hedía a cloro y le pareció un fregadero. Un par de salvavidas apostados en un par de torrecillas tocaban silbatos policiales, aparentemente con intervalos regulares, y agredían a los bañistas por un sistema de altavoces. Neddy recordó añorante el agua color zafiro de los Bunker, y pensó que podía contaminarse –perjudicar su propio bienestar y su encanto– nadando en ese lodazal, pero recordó que era un explorador, un peregrino, y que se trataba sencillamente de un recodo de aguas estancadas del río Lucinda. Se zambulló, arrugando el rostro con desagrado, en el agua clorada y tuvo que nadar con la cabeza sobre el agua para evitar choques, pero aun así lo empujaron, lo salpicaron y zarandearon. Cuando llegó al extremo menos profundo, ambos salvavidas estaban gritándole:
–¡Eh, usted, el que no tiene placa de identificación, salga del agua!
Así lo hizo, pero no podían perseguirlo, y atravesó el hedor de aceite bronceador y cloro, dejó atrás la empalizada y fue a las pistas de balonmano. Después de cruzar el camino entró en el sector arbolado de la propiedad de los Halloran. No se había desbrozado el bosque, y el suelo fue traicionero y difícil hasta que llegó al jardín y el seto de hayas recortadas que rodeaban la piscina.
Los Halloran eran amigos, y una pareja anciana muy adinerada que parecía regodearse con la sospecha de que podían ser comunistas. Eran entusiastas reformadores, pero no comunistas, y sin embargo cuando se los acusaba de subversión, como a veces ocurría, el incidente parecía complacerlos y excitarlos. El seto de hayas era amarillo, y nadie supuso que estaba agostado, como el arce de los Levy. Dijo “Hola, hola”, para avisar a los Halloran que se acercaba, para moderar su invasión de la intimidad del matrimonio. Por razones que el propio Neddy nunca había llegado a entender, los Halloran no usaban trajes de baño. A decir verdad, no eran necesarias las explicaciones. Su desnudez era un detalle de la inflexible adhesión a la reforma, y antes de pasar la abertura del seto Neddy se despojó cortésmente de sus pantaloncitos.
La señora Halloran, una mujer robusta de cabellos blancos y rostro sereno, estaba leyendo el Times. El señor Halloran estaba extrayendo del agua hojas de haya con una barredera. No parecieron sorprendidos ni desagradados de verlo. La piscina de los Halloran era quizá la más antigua de la región, un rectángulo de lajas alimentado por un arroyo. No tenía filtro ni bomba, y sus aguas mostraban el oro opaco del arroyo.
–Estoy nadando a través del condado –dijo Ned.
–Vaya, no sabía que era posible –exclamó la señora Halloran.
–Bien, vengo de la casa de los Westerhazy –afirmó Ned–. Unos seis kilómetros.
Dejó los pantaloncitos en el extremo más hondo, caminó hacia el extremo contrario y nadó el largo de la piscina. Cuando salía del agua oyó la voz de la señora Halloran que decía:
–Neddy, nos dolió muchísimo enterarnos de sus desgracias.
–¿Mis desgracias? –preguntó Ned–. No sé de qué habla.
–Bien, oímos decir que vendió la casa y que sus pobres niñas…
–No recuerdo haber vendido la casa –dijo Ned–, y las niñas están allí.
–Sí –suspiró la señora Halloran–. Sí… –su voz impregnó el aire de una desagradable melancolía y Ned habló con brusquedad:
–Gracias por permitirme nadar.
–Bien, que tenga un buen viaje –dijo la señora Halloran.
Después del seto, se puso los pantaloncitos y se los ajustó. Los sintió sueltos, y se preguntó si en el curso de una tarde podía haber adelgazado. Tenía frío y estaba cansado, y los Halloran desnudos y sus aguas oscuras lo habían deprimido. El esfuerzo era excesivo para su resistencia, pero ¿cómo podía haberlo previsto cuando se deslizaba por la baranda esa mañana y estaba sentado al sol, en casa de los Westerhazy? Tenía los brazos inertes. Sentía las piernas como de goma y le dolían las articulaciones. Lo peor era el frío en los huesos y la sensación de que quizá nunca volviera a sentir calor. Alrededor, caían las hojas y Ned olió en el viento el humo de leña. ¿Quién estaría quemando leña en esa época del año?
Necesitaba una copa. El whisky podía calentarlo, reanimarlo, permitirle salvar la última etapa de su trayecto, renovar su idea de que atravesar nadando el condado era un acto original y valiente. Los nadadores que atravesaban el canal bebían brandy. Necesitaba un estimulante. Cruzó el prado que se extendía frente a la casa de los Halloran y descendió por un estrecho sendero hasta el lugar en que habían levantado una casa para su única hija, Helen, y su marido, Eric Sachs. La piscina de los Sachs era pequeña, y allí encontró a Helen y su marido.
–Oh, Neddy –exclamó Helen–. ¿Almorzaste en casa de mamá?
–En realidad, no –dijo Ned–. Pero en efecto vi a tus padres –le pareció que la explicación bastaba–. Lamento muchísimo interrumpirlos, pero tengo frío y pienso que podrían ofrecerme un trago.
–Bien, me encantaría –dijo Helen–, pero después de la operación de Eric no tenemos bebidas en casa. Desde hace tres años.
¿Estaba perdiendo la memoria y quizá su talento para disimular los hechos dolorosos lo inducía a olvidar que había vendido la casa, que sus hijas estaban en dificultades y que su amigo había sufrido una enfermedad? Su vista descendió del rostro al abdomen de Eric, donde vio tres pálidas cicatrices de sutura, y dos tenían por lo menos treinta centímetros de largo. El ombligo había desaparecido, y Neddy se preguntó qué podía hacer a las tres de la madrugada la mano errabunda que ponía a prueba nuestras cualidades amatorias, con un vientre sin ombligo, desprovisto de nexo con el nacimiento. ¿Qué podía hacer con esa brecha en la sucesión?
–Estoy segura de que podrás beber algo en casa de los Biswanger –dijo Helen–. Celebran una reunión enorme. Puedes oírlos desde aquí. ¡Escucha!
Ella alzó la cabeza y desde el otro lado del camino, atravesando los prados, los jardines, los bosques, los campos, él volvió a oír el sonido luminoso de las voces reflejadas en el agua.
–Bien, me mojaré –dijo Ned, dominado siempre por la idea de que no tenía modo de elegir su medio de viaje. Se zambulló en el agua fría de la piscina de los Sachs y jadeante, casi ahogándose, recorrió la piscina de un extremo al otro–. Lucinda y yo deseamos muchísimo verlos –dijo por encima del hombro, la cara vuelta hacia la propiedad de los Biswanger–. Lamentamos que haya pasado tanto tiempo y los llamaremos muy pronto.
Cruzó algunos campos en dirección a los Biswanger y los sonidos de la fiesta. Se sentirían honrados de ofrecerle una copa, de buena gana le darían de beber. Los Biswanger invitaban a cenar a Ned y Lucinda cuatro veces al año, con seis semanas de anticipación. Siempre se veían desairados, y sin embargo continuaban enviando sus invitaciones, renuentes a aceptar las realidades rígidas y antidemocráticas de su propia sociedad. Eran la clase de gente que discutía el precio de las cosas en los cócteles, intercambiaba datos acerca de los precios durante la cena, y después de cenar contaba chistes verdes a un público de ambos sexos. No pertenecían al grupo de Neddy, ni siquiera estaban incluidos en la lista que Lucinda utilizaba para enviar tarjetas de Navidad. Se acercó a la piscina con sentimientos de indiferencia, compasión y cierta incomodidad, pues parecía que estaba oscureciendo y eran los días más largos del año. Cuando llegó, encontró una fiesta ruidosa y con mucha gente. Grace Biswanger era el tipo de anfitriona que invitaba al dueño de la óptica, al veterinario, al negociante de bienes raíces y al dentista. Nadie estaba nadando, y la luz del crepúsculo reflejada en el agua de la piscina tenía un destello invernal. Habían montado un bar, y Ned caminó en esa dirección. Cuando Grace Biswanger lo vio se acercó a él, no afectuosamente, como él tenía derecho a esperar, sino en actitud belicosa.
–Caramba, a esta fiesta viene todo el mundo –dijo en voz alta–, hasta los colados.
Ella no podía perjudicarlo socialmente…, eso era indudable, y él no se impresionó.
–En mi calidad de colado –preguntó cortésmente–, ¿puedo pedir una copa?
–Como guste –dijo ella–. No parece que preste mucha atención a las invitaciones.
Le volvió la espalda y se reunió con varios invitados, y Ned se acercó al bar y pidió un whisky. El barman le sirvió, pero lo hizo bruscamente. El suyo era un mundo en que los camareros representaban el termómetro social, y verse desairado por un barman que trabajaba por horas significaba que había sufrido cierta pérdida de dignidad social. O quizá el hombre era nuevo y no estaba informado. Entonces, oyó a sus espaldas la voz de Grace, que decía:
–Se arruinaron de la noche a la mañana. Tienen solamente lo que ganan… y él apareció borracho un domingo y nos pidió que le prestásemos cinco mil dólares… –esa mujer siempre hablaba de dinero. Era peor que comer guisantes con cuchillo. Se zambulló en la piscina, nadó de un extremo al otro y se alejó.
La piscina siguiente de su lista, la antepenúltima, pertenecía a su antigua amante, Shirley Adams. Si lo habían herido en la propiedad de los Biswanger, aquí podía curarse. El amor –en realidad, el combate sexual– era el supremo elixir, el gran anestésico, la píldora de vivo color que renovaría la primavera de su andar, la alegría de la vida en su corazón. Habían tenido un affaire la semana pasada, el mes pasado, el año pasado. No lo lograba recordar. Él había interrumpido la relación, pues era quien tenía la ventaja, y pasó el portón en la pared que rodeaba la piscina sin que su sentimiento fuese tan ponderado como la confianza en sí mismo. En cierto modo parecía que era su propia piscina, pues el amante, y sobre todo el amante ilícito, goza de las posesiones. La vio allí, los cabellos color de bronce, pero su figura, al borde del agua luminosa y cerúlea, no evocó en él recuerdos profundos. Pensó que había sido un asunto superficial, aunque ella había llorado cuando lo dio por terminado. Parecía confundida de verlo, y Ned se preguntó si aún estaba lastimada. ¿Quizá, Dios no lo permitiese, volvería a llorar?
–¿Qué deseas? –preguntó.
–Estoy nadando a través del condado.
–Santo Dios. ¿Jamás crecerás?
–¿Qué pasa?
–Si viniste a buscar dinero –dijo–, no te daré un centavo más.
–Podrías ofrecerme una bebida.
–Podría, pero no lo haré. No estoy sola.
–Bien, ya me voy.
Se zambulló y nadó a lo largo de la piscina, pero cuando trató de alzarse con los brazos sobre el reborde descubrió que ni los brazos ni los hombros le respondían, así que chapoteó hasta la escalerilla y trepó por ella. Mirando por encima del hombro vio, en el vestuario iluminado, la figura de un joven. Cuando salió al prado oscuro olió crisantemos y caléndulas –una tenaz fragancia otoñal– en el aire nocturno, un olor intenso como de gas. Alzó la vista y vio que habían salido las estrellas, pero ¿por qué le parecía estar viendo a Andrómeda, Cefeo y Casiopea? ¿Qué se había hecho de las constelaciones de mitad del verano? Se echó a llorar.
Probablemente era la primera vez que lloraba siendo adulto y en todo caso la primera vez en su vida que se sentía tan desdichado, con tanto frío, tan cansado y desconcertado. No podía entender la dureza del barman o la dureza de una amante que le había rogado de rodillas y había regado de lágrimas sus pantalones. Había nadado demasiado, había estado mucho tiempo en el agua, y ahora tenía irritadas la nariz y la garganta. Lo que necesitaba era una bebida, un poco de compañía y ropas limpias y secas, y aunque hubiera podido acortar camino directamente, a través de la calle, para llegar a su casa, siguió en dirección a la piscina de los Gilmartin. Aquí, por primera vez en su vida, no se zambulló y descendió los peldaños hasta el agua helada y nadó con una brazada irregular que quizá había aprendido cuando era niño. Se tamboleó de fatiga de camino hacia la propiedad de los Clyde, y chapoteó de un extremo al otro de la piscina, deteniéndose de tanto en tanto a descansar con la mano aferrada al borde. Había cumplido su propósito, había recorrido a nado el condado, pero estaba tan aturdido por el agotamiento que no veía claro su propio triunfo. Encorvado, aferrándose a los pilares del portón en busca de apoyo, subió por el sendero de su propia casa.         
      El lugar estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que todos se habían acostado? ¿Lucinda se había quedado a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Las niñas habían ido a buscarla, o estaban en otro lugar? ¿O habían convenido, como solían hacer el domingo, rechazar todas las invitaciones y quedarse en casa? Probó las puertas del garaje para ver qué automóviles había allí, pero las puertas estaban cerradas con llave y de los picaportes se desprendió óxido que le manchó las manos. Se acercó a la casa y vio que la fuerza de la tormenta había desprendido uno de los caños de desagüe. Colgaba sobre la puerta principal como la costilla de un paraguas; pero eso podía arreglarse por la mañana. La casa estaba cerrada con llave, y él pensó que la estúpida cocinera o la estúpida criada seguramente habían cerrado todo, hasta que recordó que hacía un tiempo que no empleaban criada ni cocinera. Gritó, golpeó la puerta, trató de forzarla con el hombro y después, mirando por las ventanas, vio que el lugar estaba vacío.




John Cheever (1912-1982, EE.UU.) es uno de los mejores cuentistas norteamericanos del siglo pasado. Conocidos son sus problemas con la bebida, y su oculto homosexualismo en vida familiar y con hijos. Entre sus cuentos más destacados encontramos "La radio monstruosa", "La geometría del amor", "El nadador" o "Oh, ciudad de sueños rotos". El volumen que reunió sus cuentos publicados en diversos medios, The Stories of John Cheever, le mereció el premio Pulitzer en 1978. También novelista, entre sus obras destacadas encontramos: la serie de novelas sobre la familia Wapshot (comenzada en 1957), Bullet Park (1969) y Falconer (1977). También recomendada es la lectura de sus diarios, Journals (1991).






jueves, 26 de noviembre de 2015

POR UN SALVAJE DE CORAZÓN UNIVERSAL/ UNA CANCIÓN de Cerro Perro





   Es de mi consideración y placer comenzar a hablar de música en este blog, donde ya el cine y la literatura abundan. Y qué mejor que comenzar por una banda porteña. Cerro Perro es una banda de Valparaíso, formada el año 2014. Cerro Perro es una banda en donde yo toco. Cerro Perro es una gran banda. Cerro Perro puede considerarse una banda tribal, pero, cómo no, también punketa; y ¡más aún! una banda de cumbia amazónica. Sí, no es una broma de mal gusto, el material que Cerro Perro ha ido despachando a los audioescuchas últimamente constituye una majamama de estilos y ritmos que jamás pierden su coherencia. O sea, nos podemos dar el gusto de tocar una cueca, luego un rockabilly y finalmente una cumbia sin perder jamás el hilo del trance musical. Esto lo digo tanto porque es nuestra banda, como también porque es verdaderamente así. Si os desean comprobarlo, pues asistan a las tocatas que se vienen en verano en Valpo. y quizás en regiones circundantes. 
   Ahora bien, por supuesto que esta entrada tendrá sus link correspondientes de música, pero lo que verdaderamente nos convoca es presentar parte de la lírica que nuestro vocalista Olivares Riffo escribe y canta con ese sonsonete y carraspeo tan especial y gustoso. Este tema lo tocamos con el decidor (y quizás parco) título de "POEMA"; algunos alegarán que todas las líricas son poemas, cosa que puede ser verdad, pero si la escuchan con dedicación se darán cuenta que es en efecto un "poema". Y un gran poema. Como un cruce de voces entre Santiago Papasquiaro y Pablo de Rokha (todos somos hijos de Pablo de Rokha dice Papasquiaro en uno de sus poemas, y por mi parte también lo creo así.) Como un indio mal herido a orillas de la carretera cantándole a la luna desproporcionada. Y no es de limitarnos a este poema, sino mostrar los tantos otros que ha escrito Olivares Riffo, quien ya lleva publicado, en la desaparecida editorial Fuga, un volumen de poesía que lleva por título Carta de Barro, en el que podrán encontrar un ritmo y paisaje similar, una poesía cosmogónica y de los elementos, como lo hicieran los viejos poetas, pero pasados por agua y por ladridos de perro. Poemas que, por supuesto, también podrán leer siguiendo este link
   En fin, no me extiendo más, y dejo el poema y los temas para el goce del lector musical.










Ni que fueras un niño descalzo
aun sintiendo que las manos arden
¡Ni que fueras! un símbolo en harapos
buscando castillos lunares...
en una noche vieja, anti-buena,
en una noche anti-crepuscular

En la fibrosa palma del desierto
tus pies descalzos son oasis
Tus palabras perdidas, vagabundas
picoteando grietas solares
Aullando por un niño hombre
¡Por un salvaje de corazón universal!

¿Cómo llegará descalzo a la luna
cómo llegará... a la orilla del mar?
Dime si vienes o si vas
¡Dime qué más da!
¡Dime si ya no estas!

¡Dime qué más da!



por Olivares Riffo




FLUYAN MIS LÁGRIMAS, DIJO EL POLICÍA/ NOSOTROS LOS EXPLORADORES de Philip K. Dick




Por cuestión de espacio seré breve y me saldré por la tangente: de Philip K. Dick hay que leerlo todo, absolutamente todo y, si es posible, en orden cronológico. Sus primeras novelas pueden tratarse de meros divertimentos de adolescente con acné, y sin embargo están contenidas en ellas ya las grandes teorías y los más extraordinarios y dementes juegos mentales dickianos. Luego la literatura surge a borbotones de donde se lea, su prosa y sus diálogos geniales serán del gusto inevitable del público. Ya en su última etapa viene lo que se ha denominado mesianismo, las novelas ya no de ciencia ficción específicamente, sino historias con tramas de alto contenido filosófico y esotérico, autobiografías en clave, y obras maestras, por supuesto, de la literatura norteamericana, y anglosajona, junto con J.G. Ballard. Este pequeñito cuento, que me parece está contenido en el volumen III de sus Cuentos Completos, publicados por Minotauro en español, condensa a su modo los grandes temas dickianos, y cómo no, su mejor prosa, rápida, efectiva, con diálogos como de películas baratas, y por lo mismo, divertidísimos.
Oremus.









NOSOTROS LOS EXPLORADORES
Philip K. Dick



—Caramba —dijo Parkhurst con voz entrecortada, sintiendo un hormigueo de excitación en su rostro enrojecido—. Acercaos, muchachos. ¡Mirad!
Se amontaron alrededor de la pantalla del visor.
—Allá está —dijo Barton. El corazón le latía de forma extraña—. Tiene un aspecto magnífico.
—Ya lo creo que tiene buen aspecto —corroboró Leon. Temblaba—. Digamos que…. puedo distinguir Nueva York.
—Y una mierda.
—¡Sí que puedo! La parte gris. Junto al agua.
—Eso ni siquiera son los Estados Unidos. Estamos mirándolo boca abajo. Eso es Siam.
La nave se desplazaba velozmente por el espacio, los escudos anti meteoros aullaban. Por debajo, el globo verde-azulado iba creciendo. Las nubes se movían a su alrededor, ocultando los continentes y los océanos.
—Nunca pensé que volvería a verla —dijo Merriweather—. Os juro que creí que estábamos atrapados aquí arriba —su cara se contrajo— Marte. Ese maldito desperdicio rojo. Sol, moscas y ruinas.
—Barton sabe reparar jets —dijo el Capitán Stone—. Puedes darle las gracias.
—¿Sabes qué es lo primero que voy a hacer cuando esté de vuelta? —chilló Parkhurst.
—¿Qué?
—Ir a Coney Island.
—¿Por qué?
—Por la gente. Quiero volver a ver gente. Montones. Idiotas, sudorosos, ruidosos. Helados y agua. El océano. Botellas de cerveza, cajas de leche, servilletas de papel.
—Y chicas —dijo Vecchi, con los ojos brillándole.
—Mucho tiempo, seis meses. Iré contigo. Nos sentaremos en la playa y miraremos a las chicas.
—Me pregunto qué clases de bañadores usan ahora —dijo Barton.
—¡Puede que no usen ninguno! —gritó Parkhurst.
—¡Hey! —gritó Merriweather— Voy a volver a ver a mi esposa —se quedó aturdido de repente. Su voz se redujo a un susurro—. Mi esposa.
—Yo también tengo esposa —dijo Stone, con una amplia sonrisa—. Pero me casé hace mucho —Después pensó en Pat y en Jean. Un dolor punzante le agarrotaba la traquea—. Apuesto a que han crecido mucho.
—¿Crecido?
—Mis hijos —murmuró Stone con voz ronca.
Se miraron unos a otros, seis hombres, andrajosos, con barba, con ojos brillantes y febriles.
—¿Cuánto tiempo? —dijo Vecchi en voz muy baja.
—Una hora —afirmó Stone—. Estaremos abajo en una hora.

La nave chocó contra el suelo con un golpe que les tiró de narices al suelo. La nave iba dando tumbos muy deprisa, con los retropropulsores de los frenos chirriando, atravesando las rocas y destrozando el suelo. Hasta que se detuvo, con el morro enterrado en una colina.
Silencio.
Parkhurst se levantó tambaleándose. Se agarró a la barra de seguridad. Le chorreaba sangre de un corte sobre uno de sus ojos.
—Estamos abajo —dijo.
Barton se agitaba en el suelo. Gruñó, se puso de rodillas hacienda un esfuerzo. Parkhurst le ayudó.
—Gracias. Estamos...
—Estamos abajo. Estamos de vuelta.
Los retropropulsores se habían apagado. El ruido había cesado... sólo se oía el suave goteo de los fluidos de la pared que rezumaban hasta el suelo.
La nave era un revoltijo de metal. El casco estaba partido en tres trozos. Se había doblado hacia adentro, combado y retorcido. Había papeles esparcidos e instrumentos destrozados por todos lados.
Vecchi y Stone se levantaron despacio.
—¿Esta todo bien? —Stone masculló, frotándose el brazo.
—Échame una mano —dijo Leon—. Me he retorcido el maldito tobillo o algo.
Se levantaron. Merriweather estaba inconsciente. Le reanimaron y le pusieron de pie.
—Estamos abajo —repitió Parkhurst, como si no pudiera creerlo—. Esto es la tierra. Estamos de vuelta ¡vivos!
—Espero que las muestras estén bien —dijo Leon.
—¡Al diablo con las muestras! —gritó Vecchi exaltado. Se puso a trabajar frenéticamente en los tornillos de la parte izquierda, destornillando la pesada cerradura de la escotilla—. Salgamos y demos un paseo por los alrededores.
—¿Dónde estamos? —preguntó Barton al Capitán Stone.
—Al sur de San Francisco. En la península.
—¡San Francisco! Hey ¡podemos coger los tranvías! —Parkhurst ayudó a Vecchi a destornillar la escotilla—. San Francisco. Una vez pasé por aquí. Tienen un parque grande. El Golden Gate Park. Podemos ir a la feria.
La escotilla se soltó, abriéndose completamente. La charla cesó repentinamente. Los hombres echaron un vistazo afuera, parpadeando debido a la blanca y cálida luz solar.
Abajo, un verde campo se extendía a lo lejos. Las colinas se erguían puntiagudas en la distancia, en el aire cristalino. Abajo, unos cuantos coches circulaban por una autopista, se veían como puntos diminutos, brillando al sol. Postes de teléfono.
—¿Qué sonido es ése? —dijo Stone, escuchando con atención.
—Un tren.
Venía de las vías lejanas, expulsando humo negro por la chimenea. Un suave viento recorría el campo, moviendo la hierba. Más allá, a la derecha, había una ciudad. Casas y árboles. La marquesina de un teatro. La típica gasolinera. Pequeñas tiendas junto a la carretera. Un motel.
—¿Crees que alguien nos ha visto? —preguntó Leon.
—Deben de habernos visto.
—Nos tuvieron que oír —dijo Parkhurst—. Hicimos un ruido de mil demonios cuando chocamos contra el suelo.
Vecchi dio un paso hacia el campo. Movió los brazos aparatosamente, completamente estirados.
—¡Me estoy cayendo!
Stone se rió.
—Te acostumbrarás. Hemos estado en el espacio demasiado tiempo. Venga —saltó hacia abajo—. Empecemos a caminar.
—Hacia la ciudad —Parkhurst se puso a su lado— Puede que nos den de comer gratis... Qué diablos ¡champán! —hinchó el pecho bajo el uniforme andrajoso—. Héroes que regresan. Las llaves de la ciudad. Un desfile. Una banda militar. Carrozas con damas.
—Damas —gruñó Leon.
—Estas obsesionado.
—Claro —Parkhurst avanzaba por el campo y los otros le seguían formando hilera— ¡deprisa!
—Mira —le dijo Stone a Leon—. Allí hay alguien. Observándonos.
—Muchachos —dijo Barton.
—Un grupo de muchachos —se rió con ganas—. Vamos a saludarles.
Se dirigieron hacia los muchachos, andando entre la alta hierba del fértil suelo.
—Debe de ser primavera —dijo Leon—. El aire huele como en primavera —Aspiró el aire profundamente—. Y la hierba.
Stone calculó.
—Es el nueve de abril.
Apresuraron el paso. Los chicos estaban parados, observándolos, silenciosos e inmóviles.
—¡Hey! —gritó Parkhurst—. ¡Estamos de vuelta!
—¿Qué ciudad es esta? —gritó Barton.
Los chicos se quedaron mirando, con los ojos muy abiertos.
—¿Hay algún problema? —murmuró Leon.
—Nuestras barbas. Tenemos un aspecto horrible —Stone colocó la manos a los lados de la boca para amplificar el sonido—. ¡No tengáis miedo! Hemos vuelto de Marte. El vuelo en cohete. Hace dos años ¿os acordáis? El pasado Octubre hizo un año.
Los chicos miraban fijamente, con caras blancas. De repente se dieron la vuelta y huyeron. Corrían frenéticamente hacia la ciudad..
Los seis hombre miraban como se marchaban.
—Qué diablos —murmuró Parkhurst, desconcertado—. ¿Qué ocurre?
—Nuestras barbas —Stone repitió preocupado.
—Algo va mal —dijo Barton, débilmente. Empezó a temblar—. Algo muy malo está pasando.
—¡Cállate! —dijo Leon bruscamente—. Son nuestras barbas. —Arrancó de un tirón un trozo de su camisa—. Estamos sucios. Vagabundos mugrientos. Vamos —comenzó a caminar en la misma dirección que los chicos, hacia la ciudad—. Vamos. Probablemente un coche especial ya esté de camino hacia aquí. Vayamos a su encuentro.
Stone y Barton se miraron. Seguían a Leon despacio. Los otros se quedaron rezagados.
En silencio, inquietos, los seis hombres con barba avanzaban por el campo hacia la ciudad.

Un joven sobre una bicicleta se marchó a toda velocidad al verlos acercarse. Unos trabajadores del ferrocarril, que reparaban las vías, tiraron sus palas, y se pusieron a gritar.
Sin reaccionar, los seis hombres vieron cómo se marchaban.
—¿Que es esto? —murmuró Parkhurst.
Cruzaron la vía. La ciudad se encontraba al otro lado. Entraron en una enorme arboleda de eucaliptos.
—Burlingame —dijo Leon, leyendo un cartel. Echaron un vistazo calle abajo. Hoteles y cafeterías. Coches aparcados. Gasolineras. Tiendecillas. Una pequeña ciudad periférica, gente de compras por las aceras. Coches que circulaban despacio.
Salieron de la arboleda. Al otro lado de la calle un encargado de gasolinera les vio.
Y se quedó helado.
Tras un momento, soltó la manguera que estaba sujetando y se fue corriendo bajando por la calle principal, soltando gritos de advertencia.
Los coches se pararon. Los conductores salieron de un salto y se marcharon corriendo. Hombres y mujeres salieron en tropel de los almacenes, y se dispersaron inmediatamente. Se alejaron en manada, con una huida frenética.
En un instante la calle se quedó desierta.
—Dios santo —Stone avanzaba desconcertado— ¿Qué...? —cruzó hasta la calle. No había nadie a la vista.
Los seis hombres caminaron calle abajo, confundidos y en silencio. Nada se movía. Todos habían huido. Una sirena aullaba, con su sonido oscilante. Por una callejuela un coche echó marcha a toda velocidad.
En una ventana de la parte superior Barton vio una cara pálida y asustada. Entonces la persiana fue bajada.
—No comprendo —murmuró Vecchi.
—¿Se han vuelto locos? —preguntó Merriweather.
Stone no dijo nada. Tenía la mente en blanco. Entumecida. Se sentía cansado. Se sentó en el bordillo a descansar, recuperando el aliento. Los otros se sentaron a su alrededor.
—Mi tobillo —dijo Leon. Se apoyó en una señal de stop, con labios contraídos por el dolor—. Tengo un dolor de mil demonios.
—Capitán —preguntó Barton— ¿Qué pasa?
—No lo sé —dijo Stone.
Buscó un pitillo en su bolsillo hecho jirones. Al otro lado de la calle había una cafetería desierta. La gente se había ido corriendo. Todavía había comida en la barra. Una hamburguesa se achicharraba en una sartén, el café hervía en una cafetera de cristal sobre un quemador.
En la acera había comestibles saliéndose de las bolsas que habían soltado los aterrorizados compradores. Se oía el motor de un coche abandonado.
—¿Y bien? —preguntó Leon— ¿Qué hacemos?
—No lo sé.
—No podemos simplemente…
—¡No sé! —Stone se puso de pie. Cruzó y entró en la cafetería. Le observaban mientras se sentaba en una silla de la barra.
—¿Qué hace? —preguntó Vecchi.
—No sé —Parkhurst siguió a Stone y entró en la cafetería—. ¿Qué estás haciendo?
—Estoy esperando a que me atiendan.
Parkhurst agarró torpemente a Stone por el hombro.
—Vamos, Capitán. Aquí no hay nadie. Todos se han ido.
Stone no dijo nada. Se sentó en una silla de la barra, con el rostro ausente. Esperando pasivamente a que le atendieran.
Parkhurst salió de nuevo.
—¿Qué diablos ha ocurrido? —le preguntó a Barton—. ¿Qué les pasa a todos?
Un perro con manchas apareció y empezó a olisquear. Paso de largo, tenso y alerta, olfateando con recelo. Se marchó deprisa por una bocacalle.
—Rostros —dijo Bart.
—¿Rostros?
—Nos están observando. Allí arriba —Barton señaló un edificio— Escondidos. ¿Por qué? ¿Por qué se esconden de nosotros?
De repente Merriweather se puso tenso.
—Algo se acerca —se giraron ansiosos.
Calle abajo dos sedanes negros daban la vuelta a la esquina, dirigiéndose hacia ellos.
—Gracias a Dios —murmuró Leon. Se apoyó en la pared de un edificio—. Aquí están.
Los dos sedanes se detuvieron junto al bordillo. Las puertas se abrieron. Unos cuantos hombres bajaron, rodeándolos en silencio. Bien vestidos. Con corbatas y sombreros, y largos abrigos grises.
—Soy Scanlan —dijo uno—. FBI.
Era un hombre mayor de pelo gris acero. Con tono cortante y frío. Estudió a los cinco atentamente.
—¿Dónde está el otro?
—¿El Capitán Stone? Allí adentro —Barton señaló la cafetería.
—Sacadle aquí afuera.
Barton entró en la cafetería.
—Capitán, están fuera. Vamos.
Stone le acompañó, de vuelta al bordillo.
—¿Quiénes son, Barton? —preguntó con voz entrecortada.

—Seis —dijo Scanlan, asintiendo. Hizo un gesto a sus hombres con el brazo— OK. Esto es todo —los hombres del FBI se acercaron, haciendo que se juntaran en la fachada de ladrillo de la cafetería.
—¡Esperad! —gritó Barton de forma estridente. La cabeza le daba vueltas—. ¿Qué… qué está pasando?
—¿Qué es esto? —exigió saber Parkhurst con un tono de reprobación. Le caían lágrimas por el rostro, manchándole las mejillas—. Díganoslo, por el amor de Dios.
Los hombres del FBI tenían armas. Las sacaron. Vecchi retrocedió, levantando las manos.
—¡Por favor! —gimió—. ¿Qué hemos hecho? ¿Qué está ocurriendo?
Una esperanza repentina nació en el pecho de Leon:
—No saben quienes somos. Creen que somos comunistas —se dirigió a Scanlan—. Somos la expedición Marte-Tierra. Me llamo Leon. ¿Lo recuerda? El último Octubre hizo un año. Estamos de vuelta. Hemos vuelto de Marte —su voz se iba apagando. Les pusieran las armas cerca. Mostrándoles las bocas de los cañones, habían traído hasta tanques.
—¡Estamos de vuelta! —Merriweather dijo con voz ronca—. ¡Somos la expedición Marte-Tierra, de regreso!
La cara de Scanlan era inexpresiva.
—Eso suena bien —dijo fríamente—. Sólo que la nave se estrelló y explotó cuando llegó a Marte. Ningún miembro de la tripulación sobrevivió. Lo sabemos porque enviamos un equipo de robots recuperadores y trajeron los cadáveres de regreso... seis en total.
Los hombres del FBI abrieron fuego. Echaron Napalm abrasador en la dirección de las seis figuras con barba. Se echaron hacia atrás, y después las llamas les alcanzaron. Los hombres del FBI vieron como las seis figures se incineraban, y luego apartaron la vista. No pudieron soportar la visión de la seis figuras retorciéndose, pero podían oírlas. No era que disfrutaran oyéndolo, pero permanecieron allí, esperando y observando.

Scanlan le dio una patada a los fragmentos achicharrados.
—No era fácil estar seguro —dijo—. Posiblemente aquí sólo hay cinco... pero no vi huir a ninguno de ellos. No tenían tiempo. —Al presionar con el pie, un pedazo de ceniza se desprendió; se fragmentó en partículas que todavía humeaban y hervían.
Su compañero Wilks tenía la mirada fija en el suelo. Era nuevo en esto, todavía no se podía creer lo que había visto hacer al napalm.
—Yo —dijo—. Creo que me vuelvo al coche —murmuró, apartándose de Scanlan.
—No es completamente seguro que esto se haya terminado —dijo Scanlan, y luego vio el rostro del joven—. Sí —dijo—, ve y siéntate.
La gente empezaba a aparecer en las aceras. Mirando a hurtadillas desde puertas y ventanas.
—¡Les han pillado! —gritó un chico con excitación—. ¡Han pillado a los espías del espacio!
Gente con cámaras sacaron fotos. Aparecieron curiosos por todos lados, caras pálidas, de ojos saltones. Boquiabiertos de asombro ante la indiscriminada masa de ceniza achicharrada.
Le temblaban las manos, Wilks se arrastró hasta el coche y cerró la puerta tras de sí. La radio zumbaba, y la apagó, sin querer oír ni decir nada al respecto. En la entrada de la cafetería, permanecían los hombres con abrigo gris del Departamento, hablando con Scanlan. En breve unos cuantos se marcharon a paso rápido, giraron por la esquina de la cafetería y subieron por el callejón. Wilks vio cómo se marchaban. ¡Qué pesadilla, pensó.
Al volver, Scanlan se agachó y metió la cabeza en el coche.
—¿Te sientes mejor?
—Algo mejor —al poco le preguntó— ¿Cuál es ésta, la vigésimo segunda vez?
—Vigésimo primera —respondió Scanlan—. Cada dos meses... los mismos nombres, los mismos hombres. No te digo que acabarás por acostumbrarte. Pero al menos no te sorprenderás.
—No veo ninguna diferencia entre ellos y nosotros —dijo Wilks, hablando abiertamente— fue como quemar a seis seres humanos.
—No —dijo Scanlan. Abrió la puerta del coche y se sentó en el asiento trasero, detrás de Wilks—. Solamente parecían seis seres humanos. Esa es la cuestión. Eso es lo que quieren. Eso es lo que intentan. Sabes que Barton, Stone, y Leon...
—Lo sé —interrumpió—. Alguien o algo que vive en algún sitio allí afuera vio su nave bajar, los vio morir, e investigó. Antes de que llegáramos allí. Y comprendieron lo bastante como para continuar, lo bastante para darles lo que necesitaban. Pero —hizo un gesto—. ¿no hay nada más que podamos hacer con ellos?
Scanlan continuó:
—No sabemos lo suficiente sobre ellos. Sólo esto, nos están enviando imitaciones, una y otra vez. Intentando colarse entre nosotros —su cara se puso rígida, reflejando desesperación.
—¿Están locos?
—Puede que sean tan distintos que el contacto no sea posible. ¿Creen que todos nos llamamos Leon y Merriweather y Parkhurst y Stone? Esa es la parte que me deprime... O quizás es nuestra oportunidad, el hecho de que no entiendan que somos seres individuales. Imagínate cuánto peor sería si en algún momento crearan un… lo que sea... una espora... una semilla. Algo distinto de esos seis pobres desgraciados que murieron en Marte... algo que no supiéramos que era una imitación...
—Tienen que tener un modelo —dijo Wilks.
Uno de los hombres del Departamento hizo una señal con el brazo, y Scanlan salió como pudo del coche. Enseguida estuvo junto a Wilks.
—Comentan que sólo hay cinco —informó—. Uno huyó; creen que lo vieron. Está mal herido y no puede moverse deprisa. El resto de nuestros hombres van tras él, quedaos aquí, mantened los ojos abiertos. —Caminó hasta el callejón donde estaban los demás hombres del Departamento.
Wilks encendió un pitillo y se sentó, apoyando la cabeza en el brazo. Mimetismo... todos se asustaron. Pero ¿Realmente había intentado alguien establecer contacto?
Dos policías aparecieron, apartando a la gente de ese lugar. Un tercer Dodge negro, repleto de hombres del Departamento se detuvo junto a la cuneta y los hombres bajaron.
Uno de los hombres del Departamento, al que no reconoció, se acercó al coche.
—¿No tienes la radio encendida?
—No —dijo Wilks. La volvió a encender con un movimiento brusco.
—Si ves a uno, ¿sabes cómo matarlo?
—Sí —aseguró.
El hombre del Departamento volvió con su grupo.
Si dependiera de mí, se preguntó Wilks, ¿qué haría yo? ¿Intentar averiguar lo que quieren? Cualquier cosa que se parezca tanto a un humano, se comporte de un modo tan humano, debe de sentirse humano... y si ellos —sean lo que sean— se sienten humanos, ¿no podrían llegar a ser humanos, con el tiempo?
Desde el borde de la multitud, una forma individual se separó de la gente y se dirigió hacia él... vacilante, la forma se detuvo, meneó la cabeza, se tambaleó y recuperó el equilibrio, y después adoptó una postura igual que la de la gente que encontraba en las inmediaciones. Wilks lo reconoció porque había sido entrenado para tal fin, durante varios meses. Había conseguido ropas distintas, unos pantalones de sport y una camisa, pero la había abrochado mal, y tenía un pie descalzo. Evidentemente no conocía ese tipo de calzado. O, pensó, puede que estuviera demasiado confuso y herido.
A medida que se acercaba a él, Wilks levantó su pistola y le apuntó al estómago. Le habían enseñado a disparar a esa parte del cuerpo; había disparado, en el campo de entrenamiento de tiro, a una silueta dibujada, una tras otra. Justo en el medio... partiéndola en dos, como a un bicho.
En su cara, la expresión de sufrimiento y de desconcierto se acentuó mientras veía a Wilks prepararse para dispararle. Se detuvo, colocándose justo enfrente, sin hacer ningún movimiento para escapar. Entonces Wilks pudo ver que tenía unas quemaduras horribles; de todos modos no iba a sobrevivir.
—Tengo que hacerlo —dijo.
Se quedó mirando a Wilks, y entonces abrió la boca y comenzó a decir algo.
Wilks disparó.
Antes de que pudiera hablar, había muerto. Wilks se apartó cuando el cuerpo cayó de bruces y se quedó tirado junto al coche.
No hice lo que debía, pensaba para sí mientras miraba el cuerpo tendido. Disparé porque tenía miedo. Pero tenía que hacerlo. Aunque estuviera mal. Había venido para infiltrarse entre nosotros, imitándonos para que no lo reconociéramos. Eso es lo que se nos dice, tenemos que creer que están conspirando contra nosotros, no son humanos, y nunca serán nada más que eso.
Gracias a Dios, pensó, todo se ha acabado.
Y entonces recordó que no era cierto que todo se hubiera acabado.

Era un día cálido de verano, a finales de Julio.
La nave aterrizó con un rugido, levantó la tierra en un campo arado, atravesó una valla destrozándola, al igual que una cabaña y finalmente se detuvo junto a un barranco.
Silencio.
Parkhurst se puso de pie tembloroso. Agarró la barra de seguridad. Le dolía el hombro. Meneó la cabeza, confuso.
—Estamos abajo —dijo. Su voz aumentó de tono sobrecogido por la excitación— ¡Estamos abajo!
—Ayúdame a levantarme —pidió el Capitán Stone con voz entrecortada. Barton le echó una mano.
Leon se sentó limpiándose un hilito de sangre del cuello. El interior de la nave era un auténtico desastre. La mayoría del equipo estaba destrozado y esparcido por todos lados.
Vecchi se dirigió a la escotilla con paso vacilante. Con dedos temblorosos, comenzó a desenroscar los pesados tornillos.
—Bien —dijo Barton— estamos de vuelta.
—Casi no puedo creerlo —murmuró Merriweather. La escotilla se aflojó y rápidamente la apartaron—. No parece posible. La vieja Tierra.
—Hey, escuchad —dijo Leon con voz entrecortada, mientras se encaramaba para salir dando un salto hasta el suelo—. Que alguien coja la cámara.
—Es ridículo —dijo Barton, riéndose.
—¡Cógela! —gritó Stone.
—Sí, cógela —dijo Merriweather—. Como habíamos planeado, si volvíamos. Un documento histórico, para los libros de texto de los colegios.
Vecchi se puso a hurgar entre los escombros.
—Creo que está rota —dijo. Sostenía la cámara abollada.
—Puede que aún funcione —dijo Parkhurst, jadeando por el esfuerzo de seguir a Leon afuera—. ¿Cómo vamos a salir los seis en la foto? Alguien tiene que apretar el botón.
—La programaré con el temporizador —dijo Stone, cogiendo la cámara y programando el mecanismo—. Todos en posición —Apretó el botón, y se unió a los otros.
Los seis hombres con barba y andrajosos estaban de pie junto a su nave destrozada, cuando la cámara disparó. Contemplaban los verdes campos a lo lejos, sobrecogidos y en silencio. Se miraban unos a otros, con ojos brillantes.
—Estamos de vuelta! —gritó Stone—. ¡Estamos de vuelta!






Philip K. Dick (1928-1982, EE.UU.) fue un escritor encasillado en la variante de la ciencia-ficción denominada cyber-punk, como también, por Harlan Ellison, en la ficción especulativa. La paranoia, la realidad virtual, la ucronía, la victoria decadente de la tecnología sobre la naturaleza, son parte de los temas tratados en su novelística. Siempre al borde de la locura, escribió sus tres últimas obras inspirado en lo que él denominó 3/2/74, su primer contacto con la VALIS, una suerte de inteligencia suprema que permitía ver tanto el futuro como el pasado (deliró ser un romano del siglo I). Entre sus obras más destacadas encontramos: El hombre en el castillo (1962), Los tres estigmas de Palmer Eldritch (1965), Ubik (1969), Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (1974) y la trilogía VALIS compuesta de VALIS, La invasión divina (ambas de 1981) y La transmigración de Timothy Archer (1982).