miércoles, 30 de septiembre de 2015

LAMBORGHINI O DE LA ABYECCIÓN/ EL FIORD (CUENTO COMPLETO)






He aquí un relato para retorcer las tripas; y la moral también. De mi vida de lector, nunca he leído tanta porquería junta en un solo relato; ni siquiera en esos tour de force sadianos. De una obscenidad ejemplar, este cuentito de Osvaldo Lamborghini (1940-1985), escritor argentino (aunque el título de escritor lo variaría levemente a excretor linguístico, toda su obra se parece a una eyaculación sostenida; lo que, dicho sea de paso, no garantiza el placer del lector) que luego de publicado El Fiord por ediciones Chinatown en 1973, se exilió en Barcelona dadas sus irrefutables inclinaciones al peronismo. Les dejo acá el texto íntegro para vuestro deleite.





*

El Fiord



¿Y por qué, si a fin de cuentas la criatura resultó tan miserable -en lo que hace al tamaño, entendámonos- ella profería semejantes alaridos, arrancándose los pelos a manotazos y abalanzando ferozmente las nalgas contra el atigrado colchón? Arremetía, descansaba; abría las piernas y la raya vaginal se le dilataba en círculo permitiendo ver la afloración de un huevo bastante puntiagudo, que era la cabeza del chico. Después de cada pujo parecía que la cabeza iba a salir: amenazaba, pero no salía; volvíase en rápido retroceso de fusil, lo cual para la parturienta significaba la renovación centuplicada de todo su dolor. Entonces, El Loco Rodríguez, desnudo, con el látigo que daba pavor arrollado a la cintura -El Loco Rodríguez, padre del engendro remolón, aclaremos-, plantaba sus codos en el vientre de la mujer y hacía fuerza y más fuerza. Sin embargo, Carla Greta Terón no paría. Y era evidente que cada vez que el engendro practicaba su ágil retroceso, laceraba -en fin- la dulce entraña maternal, la dulce tripa que lo contenía, que no lo podía vomitar.
Se producía una nueva laceración en su baúl ventral e instantáneamente Carla Greta Terón dejaba escapar un grito horrible que hacía rechinar los flejes de la cama. El Loco Rodríguez aprovechaba la oportunidad para machacarle la boca con un puño de hierro. Así, reventábale los labios, quebrábale los dientes; éstos, perlados de sangre, yacían en gran número alrededor de la cabecera del lecho. Preso de la ira, al Loco se le combaban los bíceps, y sus ya de por sí enormes testículos agigantábanse aun más. Las venas del cuello, también, se le hinchaban y retorcían: parecían raíces de añosos árboles; un sudor espeso le bañaba las espaldas; las uñas de los pies le sangraban de tanto querer hincarse en las baldosas del piso. Todo su cuerpo magnífico brillaba, empapado. Un brillo de fraude y neón.

Hizo restallar el látigo, El Loco en varias ocasiones; empero, los gritos de Carla Greta Terón no cesaban; peor aún: tornábanse desafiantes, cobraban un no sé qué provocador. La pastosa sangre continuábale manándole de la boca y de la raya vaginal; defecaba, además, sin cesar todo el tiempo. Tratábase -confesémoslo- de una caca demasiado aguachenta, que llegaba, incluso, a amarronarle los cabellos. El Loco, en virtud de ser él quien la había preñado, cumplía la labor humanitaria de desagotar la catrera: manejaba la pala como hábil fogonero y a la mierda la tiraba al fuego.
Vino otro pujo. El Loco le bordó el cuerpo a trallazos (y dale dale dale). Le pegó también latigazos en los ojos como se estila con los caballos malleros. El huevo bastante puntiagudo, entonces, afloró un poco más, estuvo a punto de pasar a la emergencia definitiva y total. Pero no. Retrocedió, ágil, lacerante, antihigiénico. Desesperadamente El Loco se le subió encima a la Carla Greta Terón. Vimos cómo él se sobaba el pito sin disimulo, asumiendo su acto ante los otros. El pito se fue irguiendo con lentitud; su parte inferior se puso tensa, dura, maciza, hasta cobrar la exacta forma del asta de un buey. Y arrasando entró en la sangrante vagina. Carla Greta Terón relinchó una vez más: quizás pretendía desgarrarnos. Empero, ya no tenía escapatoria, ni la más mínima posibilidad de escapatoria: El Loco ya la cojía a su manera, corcoveando encima de ella, clavándole las espuelas y sin perderse la ocasión de estrellarle el cráneo contra el acerado respaldar.
"Pronto, ya, ¡quiero!", musitó Alcira Fafó, a mi lado. Yo me cubrí con las sábanas hasta la cabeza y me fui retirando, reptando, hacia los pies de nuestro camastro. Una vez allí aspiré hondamente el olor de nuestros cuerpos, que nunca lavamos. "Las fuerzas de la naturaleza se han desencadenado", dije, y me zambulií de cabeza en la concheta cascajienta de Alcira Fafó. Sebastián -digámoslo-, mi aliado y compañero, el entrañable Sebas, apareció en escena: "¡Viva el Plan de Lucha!", cacareó, desde su rincón. Yo iba a contestarle, estimulándolo, mas no pude: El Loco Rodríguez, que ya había concluido su faena con la Carla Greta Terón, comenzó a hacerme objeto -y no ojete, como dice Sebasó de una aguda penetración anal, de un rotundo vejamen sexual. Con todo, peor suerte tuvo mi pobre amigo, cuyos ojos agónicos brillaban, intermitentes, en el solitario rincón que le habíamos asignado, rincón donde yacía -todo el tiempo- entre trapos viejos y combativos periódicos que en su oportunidad abogaron por el Terror. (Como nunca le dábamos de comer parecía, el entrañable Sebas, un enfermo de anemia perniciosa, una geografía del hambre, un judío de campo de concentración-si es que alguna vez existieron los campos de concentración-, un miserable y ventrudo infante tucumano, famélico pero barrigón).
Y así, cuando advirtió que la fiestonga se iniciaba, la fiestonga de garchar, se entiende, empezó a arrastrarse con la jeta contraída hacia el camastro donde Alcira y yo nos refocilábamos, con el agregado, a mis espaldas, del abusivo Loco, nuestro Patrón: nunca le dábamos de cojer al entrañable Sebas, casto a la fuerza, recontracalentón, que ahora débilmente se arrastraba hacia el camastro, barriendo con la cara casi las baldosas, deteniéndose numerosas veces para recuperar el aliento vital, y murmurando a cada paso "CGT, CGT, CGT...", como para despistar, o, en una de esas, a modo de oración. Él se apoyaba en sus brazos -menos gruesos que palos de escoba- y con los pies se impulsaba hacia adelante, no sin cierto fervor. O mejor dicho todo fervor. Para siempre lo tengo retratado en mi memoria al extraordinario Sebastián. Juntos militamos en la Guardia Restauradora, años, años atrás.
Y yo lo miraba acercarse a pesar de que los rempujones del Loco no me dejaban mucho tiempo ni muchas ganas para la ecuánime, objetiva observación ¡Dogmático Sebastián! Su mirada era poesía, la revolución. Cada uno de sus movimientos trasuntaba un agradecimiento infinito hacia nosotros, que le íbamos a permitir -él creía- sacudirse la soledad de su carne y de su espíritu así como un perro se sacude el agua de la mar. Y si se lo permitíamos -en esa dirección su privilegiado cerebro empezó a funcionar-¡qué importaba que nunca le diéramos de comer ni de cojer! ¡Qué importaba que su estómago siempre vacío segregara esa baba verde cuya fetidez tornaba irrespirable el aire de nuestro agusanado cuarto! ¡Qué importaba que viviera entre vómitos de sangre, molestando incluso nuestro sueño porque cada una de sus arcadas era una especie de alarido sin fe! ¡Qué importaba qué!
Adelante camarada Sebastián, entrañable amigo, perro inmundo. Casi llegó a tocarnos con sus transparentes manos. Yo estaba preso en la cárcel formada por los brazos del Loco y con la cabeza sumergida en el bajo vientre de mi cajetoidea Alcira. Mi gran amor se desbordaba. Sentí en el centro en el cero de mi ser las vibraciones eyaculatorias del pijón del Loco, mientras el clítoris de Alcira Fafó, enhiesto y rugoso, me hacía sonar la campanilla, a rebato; pero vi, vi sin embargo de reojo cómo el temible, purulento Sebastián, intentaba acariciar las bien plantadas nalgas que sobre las mías galopaban, el culo de nuestro abusivo Dueño y Señor. Entonces, malévolo y dulce a la vez, con el talón le pegué al Loco desesperadas pataditas avisativas en sus fuertes pantorrillas, pataditas objetivamente alcahueteantes, caro Sebastián. Tal como yo lo esperaba (¿y era acaso para menos?) el Patrón reaccionó de inmediato. Después de echarme su guascón en mis adánicos adentros, se irguió y le aplicó un fabuloso patadón en la garganta a mi pobre amigo: de boca abajo que estaba lo puso boca arriba. Todo un espectáculo, el musculoso pie, magníficamente posado en el suelo después del golpe, recortándose nítido contra el cuello del derrotado: yo lo vi con mis propios ojos, y qué lejos aquellos tiempos, Sebastián, cuando un suboficial dado de baja por la libertadora pacientemente nos enseñaba el marxismo.
Y un hilito de baba se le escapó al entrañable Sebas por la comisura -izquierda- de los labios. Sus intermitentes ojos rodaron varias veces en una y otra dirección. Intentó limpiarse la boca con la mano, pero su extrema debilidad hizo que el gesto abortara: a la mitad de camino la mano no resistió más y sobre la panza enorme se le derrumbó. Los cuervos planearon sobre su figura, y yo, adolorido por la reciente penetración, lié con el elástico de las bombachas de Alcira Fafó una bolsa de hielo al área de mi desfloración.
Y también intercedí en un arranque de pietismo para que El Loco espantara a los pajarracos rapiñosos, aunque uno de ellos igual tuvo tiempo para arrancarle el dedo índice derecho al pobre Sebas, de un picotazo y tirón. Y eso era el dolor, todo el dolor, y no todo el dolor. Tenaces gotas de sangre brotaron de la frente de Sebastián. Yo me largué a llorar con desesperación. Como en la infancia: arrodillado en un rincón de la pieza, escondiendo la cara bajo el sobaco y aspirando el chivo olor. Las cucarachas me subían por la parte posterior de los muslos y, salvando el breve obstáculo de la bolsa de hielo, sometían mis lomos a una exhaustiva exploración. Entretanto, El Loco Rodríguez -Hijo de Puta Amo y Señor- espantaba, en efecto, a los cuervos, mas tratándolos como si fueran viejos amigos que se han puesto un poco pesados con el alcohol y los recuerdos del tiempo que se fue (y que fue mejor) cuando no era necesaria la insurrección. Y razón -como a nadie- en parte al Loco no le faltó: la atmósfera repentinamente se sobrecargó: "¡A usted lo conocí en una reunión del COR!".
Valiéndose de una enorme regla T, El Loco abrió el grisáceo ventanal del techo para que los cuervos evacuaran la deformada y deformante habitación. De uno en uno salieron, chorreando lágrimas, invocando los sagrados nombres de los caídos en la lucha, en el fragor. Y hasta con un dedo menos firmó en manifiesto el monolítico Sebas. Y El Loco del Látigo, preñador de Carla Greta Terón, desnudo como estaba salvo el orión, medio tórax afuera sacó para despedir a los oscuramente pájaros, sin rencor. En su envión: "Adiós".
Tuvo un ataque de histeria en medio de un pujo la Carla Greta Terón. Todos a una miramos hacia su lecho de parto porque ella yacente empezó a gritar: "Que se viene. Que ya está. Que se que se. Que ya estuvo. ¡Hip, Ra! ¡Hip, Ra! ¡Hip, Ra!". Explicaba en su media lengua que era inminente -y no inmierdente, como dice Sebas-, que ya paría. Y a pesar de nuestras escépticas conjeturas su cuerpo de golondrina empezó a hincharse. Mientras dilataba ella se estrujaba con las manos, de las sienes hacia abajo, para que la criatura bajara. "¡No vaya a ser que se me atranque entre los parietales!", jodió, y El Loco, ni lerdo. Ni perezoso. Le ató a las piernas una bolsa de arpillera con la boca bien abierta para que el chico de mierda cayera en su interior. Había puesto un poco de aserrín en el fondo, además, por si la cabeza se separaba del tronco. Alcira le midió la dilatación de la concha con un centímetro de modista, y luego se repajeó con una enorme vela, ella. Yo, yo me le fui al humo en seguida, al humo regodeante de Alcira, y eyaculé frotando con unción la cabeza del porongo contra la parte áspera-rajada de su talón. Y todos nos perecíamos por minetear o garchar o franelear o rompernos los culos los unos a los otros: con los porongos. Hasta el exangüe Sebastián intentó un esbozo de sonrisa lúbrica, que era una verdadera elegía a los terremotos carnales, al ejercicio o no de la procreación. Entonces apareció. Tras hacer trizas la carne rosada de la cajeta de su madre Carla Greta Terón. La cabeza raquítica. Con una boquita no mayor que el punto de un lápiz. Pero con los ojos inmensos. Inmensos de espléndidos, de tristes, de grandes: Atilio Tancredo Vacán, su cabeza emergió.
"¡Loado sea!", regurgitó El Loco cayendo de rodillas sobre un montón de turro maíz. Alcira, con los brazos abiertos, recibió un baño de luz ventanal en su cuerpo desnudo, y su vagina sonrió. Sebastián besaba mis pies enfundados en unas sucias medias negras, largas hasta las ingles, -sucias medias negras de sucio seminarista- que, junto con el escapulario, constituían toda mi vestimenta. Y previendo lo que iba a ocurrir me erguí, sin restarle un solo centímetro a mi estatura. Era un deber hacerlo, aunque la humildad taimada que me caracteriza procurara estrangularme con mis propias manos. La baba pegajosa que fluía de mi boca me mojaba el cuerpo. Rasgué, sin embargo, todos los tapices a mi alcance. A traición, claro que a traición. Mutilé las bordadas escenas del bien y del mal, deformé su sentido, mordí algunas con mis dientes mellados. A traición. Salía un juguito dulzón, asqueroso y de rechupete y con sabor dulzón. A traición. Y todos estábamos modificados por la presencia del inmodificante Atilio Tancredo Vacán. Salté en todas las direcciones: ¡una nueva relación! Y ¡en! relación. Hombre con hombre hombre con hombres hombres hombres. Atravesé incluso aros de madera llameantes, y porque El Loco quiso fornicarme al vuelo, se me resbaló -y no relajó, como dice el intraducible Sebas- la bolsa de hielo: y no, a mí no me importó: ¡no eran momentos de andar cuidando el carajo del estilo! Me puse un frac de sirviente y un collar de perro: me los saqué rapidito, ¿no es cierto? ¡Guasca en el ojo! Con los restos de los tapices por mí rasgados me llegué hasta Carla Greta Terón, que ya tenía medio monstruo afuera, y se los di. Di. Y le dije: "¡Tomá, va, Larrecontraputamadrequeterrecontraparió Hijaderremilputas!" ¡Ya! ¡Y no! Me florié luego (y no) en unos pasos canyengues, pero no pude coronar mi baile: entre prematuros estertores, Atilio Taneredo Vaeán, ya definitivamente nacido parido escupido, cayó atroden de la sabol con los brazos y las piernas aplastados contra el cuerpo, al estilo de las momias aztecas. ¡Y no estaba muerto! "Huija", grité, "hurra, hermanos, respira y mueve la cola". Sebastián batió palmas y se arrastró hasta el lavatorio, dejando como siempre limaduras de saliva en el piso; y se prendió a la goteante canilla, lamiéndola, para engañar el estómago. El Loco, que no cabía de gozo en su rayada piel, le hizo un chiste de festejación: corrió tras él, lo tomó de las casi invisibles piernas, y lo metió de cabeza en el inodoro. Y tiró la cadena varias veces como broche de oro. Me reí a más no poder, retorciéndome, a la vez me arrastraba -yo también- hacia nuestro descojonado baño. "¡Uy uy uy, qué bueno!", dije, "hacéselo otra vez; yo te ayudo, Loco". El Patrón me miró con el asco en los ojos, y provisto de súbita jeringa me aplicó una inyección de brillantina sólida: endovenosa. A los tumbos, desesperado, a punto de desmayarme vomitar o cagar hasta las tripas, fui a remodelarme a un rincón, esperando que Sebastián se permitiera algún comentario para arrancarle la piel a dentelladas, convertirlo en una pura llaga. Alcira dijo: "Yo quiero acunarlo a Atilio Taneredo Vacán; a ese chico ya se le para". "Mierda: tomá tomá y tomá: ¡es pa mí nomás!", se opuso la Carla Greta Terón. Alcira Fafó se le abalanzó para degollarla con una navaja, y como se lo impedimos le gritó, a la otra que ya se revolcaba garchando con su hijo: "ojalá que un gato rabioso se te meta en la concha y te arañe arañe arañe, la puta que te parió!"
Estallaron todos los vidrios de la casa, se hicieron añicos. La primer bola de fuego incendió la cabellera de Alcira. Esta vez, en serio, fue necesario recurrir al chiste que se le hiciera a Sebastián, que semiahogado hipaba sobre unos titulares revolucionarios. La segunda bola de fuego calcinó la mano izquierda de Carla Greta Terón. Entonces apareció mi mujer. Con nuestra hija entre los brazos, recubierta por ese aire tan suyo de engañosa juventud, emergía, lumínica y casi pura, contra el fondo del fiord.
Los buques navegaban lentamente, mugiendo, desde el río hacia el mar. La niebla esfumaba las siluetas de los estibadores; pero hasta nosotros llegaba, desde el pequeño puerto, el bordoneo de innumerables guitarras, el fino cantar de las rubias lavanderas. Una galería de retratos de poetas ingleses de fines del siglo XVIII brilló, intensamente, durante un segundo, en la oscuridad. Pero no se acabó lo que se daba. Continuó bajo otras formas, encadenándose eslabón por eslabón. No perdonando ningún vacío, convirtiendo cada eventual vacío en el punto nodal de todas las fuerzas contrarias en tensión. Por algo los vidrios se habían roto y eran bolas de fuego los ojos del lúcido, del crítico Sebastián. Tampoco era casual que mis manos rompieran el invisible aire de su contorno y, algo lastimadas, se extendieran hacia la figura de mi mujer, aunque luego se detuvieran a mitad de camino, crispadas, convertidas en dos puños increpantes, incapaces incluso de la salutación. Ella me mostró sus tobillos: dos muñones sangrantes. Ella transportaba en la mano derecha sus pies aserrados. Y me los ofrendaba a mí, a mí, que sólo me atrevía a mirarlos de reojo. Que no podía aceptarlos ni escupir sobre ellos. Que ahora miraba nuevamente hacia el fiord y veía, allá, sobre las tranquilas aguas, tranquilas y oscuras, estallar pequeños soles crepusculares entre nubes de gases, unos tras otros. Y hoces, además, desligadas eterna o momentáneamente de sus respectivos martillos, y fragmentos de burdas svásticas de alquitrán: Dios Patria Hogar; y una sonora muchedumbre -en ella yo podía distinguir con absoluto rigor el rostro de cada uno de nosotros- penetrando con banderas en la ortopédica sonrisa del Viejo Perón. No sabemos bien qué ocurrió después de Huerta Grande. Ocurrió. Vacío y punto nodal de todas las fuerzas contrarias en tensión. Ocurrió. La acción -romper- debe continuar. Y sólo engendrará acción. Mi mujer me ofrece sus pies, que manan sangre, y yo los miro. Me pregunto si yo figuro en el gran libro de los verdugos y ella en el de las víctimas. O si es al revés. O si los dos estamos inscriptos en ambos libros. Verdugos y verdugueados. No importa en definitiva: éstos son problemas para el lúcido, para el crítico Sebastián: él sabrá prenderse con su hocico de comadreja a cualquier agujero que destile humanidad. No le damos ni le daremos de comer. Ni de cojer. Jamás. Atilio Tancredo Vacán ya gatea. Chupa de la teta de su madre una telaraña que no lo nutre, seca ideología. El Loco me mira mirándome degradándome a víctima suya: entonces, ya lo estoy jodiendo. Paso a ser su verdugo. Pero no se acabó ni se acabará lo que se daba.
El Loco Rodríguez forzó con el cabo del látigo la puerta del comedor Chippendale. Tomó a Atilio Tancredo Vacán en sus brazos y se sentó a la cabecera de la mesa, acunándolo. Yo engrillé al entrañable Sebas para conducirlo al comedor; allí lo encadené a una argolla de hierro fijada en la pared especialmente para él. Quiso rehuir la cena pretextando su cáncer Alcira Fafó; a mí con esas; le hinqué, sin más, mi estilográfica en un seno, que allí quedó colgando, apenas prendida de la piel, y la obligué -y no ogarché, como dice Sebas- a sentarse a la siniestra del Loco. Quedaba por ubicar Carla Greta Terón, menester incluido en mi pliego de obligaciones porque yo era el maître. Me cuadré, sin embargo, frente al Trompa Capanga, Amo y Señor, esperando órdenes, que no tardaron en llegar. "Traigalá, nomás, rodando en su cama; la rociaremos con unas salsas para evitar que la carne la afecte", dijo, y repitió "ecte", con despectivo gesto, tras lo cual me aplicó (desprecio tras desprecio) un papirotazo en la cabeza de la garcha. Pero no hay amargura que a mí me derrote: hasta el dormitorio fui al trote, golpeándome la boca con la mano, dando alaridos, como hacen los indios. Pegué un resbalón de órdago con el apuro y la payasada, apuro plenamente justificado porque llegué justo a tiempo: Carla Greta Terón ya había llenado de agua su enorme vaso azul de material plástico, y se disponía a abrir la caja de útiles donde guardaba mortales dosis de barbitúricos. "Oh no, no", le dije, "con barbitúricos no, batracia", y la conduje hasta el ventanal del techo y le mostré el fiord grávido de luna. La tomé dulcemente de la mano y le miré el culo con fijeza obsesiva. Tragué saliva. "¿Ves?", le dije, mientras apartaba el humo con la mano para mostrarle una estremecedora asamblea de mecánicos de pie con la soga al cuello. "¿Ves?", insistí, al mismo tiempo que dejaba caer mi sinuoso perfil sobre sus redondas tetas. Un asambleísta caminaba sobre las acolchadas cabezas de los otros, profetizando: "Jamás seremos vandoristas, jamás seremos vandoristas". En seguida quedó inmóvil y empezó a cuartearse. Carla Greta Terón se desperezó como un gato y arrojó las letales pastillas al orinal. Aferré con mis dós manos la caja de útiles (era en forma de barca) y la estrujé contra mi pecho desnudo. "Si yo pudiera poseer esta caja de útiles no me importaría perder el resto", mentí. Y ella, la dulce, la incomparable Carla Greta Terón, asintió con el ondular de su hermosa cabellera. Yo me postré a sus pies y le besé las mantecosas rodillas. Empuñé mi miembro y le aparté con los dedos los pelos vaginales. Copulamos. Fue un polvacho rápido y frenético. Antes de echarnos el segundo ella me convenció de que me sacara las medias y el escapulario, mi única vestimenta. Y medias y escapulario también fueron a morir al orinal. Murieron, y ella y yo nos echamos el segundo. Perfecto. Qué lindos pechos los de Carla Greta Terón. Se los remamé hasta de leche materna empacharme. Cojer fue una gran alegría para ambos, cojer y acabar juntos, moción aprobada por unanimidad. Y cuando entré al comedor empujando la cama, yo, yo era otro.
Simultáneamente Sebastián y yo intercambiamos imperceptibles guiños con nuestros respectivos ojos (izquierdos) de la cara. Vi con alegría sonreír al entrañable Sebas, por primera vez desde que nos expulsaron de MARU: flotaba en el aire que estábamos en vísperas de grandes cambios. Tomé asiento frente al Loco y me anudé al cuello una servilleta a cuadros para no mancharme las tetillas de grasa. El Loco oprimió el botón; se escucho el previsible chasquido y del baúl tabla surgió una fuente de dos metros de diámetro. Veíase en el centro de la misma un gigantesco pavo real asado al spiedo, pero sin recurrir al vulgar expediente de quitarle sus hermosas plumas. También aparecieron docenas de botellas del tintillo de la costa que a mí me hace mover las orejas de alegría. Pero no sé por qué -o lo sé de sobra- se me cerró el estómago. Peor aún. Mis intestinos empezaron a planificar una inminente colitis. Al primer retortijón me doblé en dos y el Trompa Amo y Señor ya me miró con mala cara. "Date", me dijo, "date", repitió, "date tiempo para llegar hasta la chata: una sola vez te lo prevengo". Oh, sí: en la guerra revolucionaria uno tiene que ser ladino: "Si no es nada, si ya se me va a pasar, paisano", contesté, poniendo mi mejor cara de boludo. E ipso facto me cagué con alma y vida. Estruendosamente, para colmo. Una mueca de incontenible ira ensombreció el rostro del Loco, quien con esa habilidad que sólo puede dar la costumbre, sacó de su canana una puntera de acero y la añadió al extremo del Látigo. Pero el asombro lo detuvo, porque yo, mirándolo a los ojos y con una sonrisa de oreja a oreja, me recontracagué nuevamente. Alcira Fafó se mordió una mano para contener el grito, mientras Carla Greta Terón liberaba su angustia macheteándose con un mayúsculo consolador. Fue tremenda mi tercera deposición: salpiqué hasta el cielo raso, el cual quedó como hollado por patas de fieras, aunque era sólo mierda. Y entonces El Loco se resignó; vino hasta mí, me arrastró de los pelos por mi propia porquería, y levantó, dispuesto al castigo, el temible-hermoso LATIGO. El deseo de asegurarse una victoria aplastante, sin embargo, conspiró contra él: antes de empezar a pacificarme giró la vista para vigilar a Sebastián: lo sorprendió en cuatro patas, mostrándole airado sus verdinegros colmillos. Entonces El Loco cifró todas sus posibilidades en su rapidez de tigre. De una patada de taquito lo descuajeringó al estratégico Sebas, y luego se dedicó exclusivamente a mí. El primer LATIGAZO me arrepolló la oreja izquierda. Perdí toda mi tibieza centrista y grité, grité como un poseso: "¡Arriba los Pobres del Mundo!", y "¡Atrás, Atrás, Chancho Burgués!". El segundo me incrustó el esternón en la pared del estómago, toda cubierta de musgo. El tercero me arrancó un testículo y vi mi sangre. Con ella regando las baldosas del piso, inicié un desaforado recule en dirección al guerriloto Sebas, quien cuando estuve a su alcance me recibió con una tocadita de upite a modo de aliento y de saludo. El Señor Amo Capanga Loco levantó su látigo para estrechar vínculos conmigo por cuarta vez, y como de costumbre yo estuve en un tris de salir cagando aceite. Se me ocurrió llamar a la Sociedad Protectora del Prototraidor, pero un trallazo se me introdujo en la boca cuando la abrí para gritar: "Auxilio, socorro al cagón", a través del teléfono.
Sebastián gesticuló, muequeó, supuró, parió. Rápidamente yo tenía que definir la situación. La cantidad se transforma en calidad. O los fabulosos latigazos del Loco terminarían gustándome, era de cajón. Uno más y a la mierda la rebelión. Entonces, el lúcido, insurrecto Sebastián, volvería a pasarlas muy mal acusado de ideólogo: nuevamente para él, ayunos, lecturas censuradas, pizcas de picana, castidad, prohibidas incluso la homosexualidad a solas y la solidaria masturbación. Y tuvimos suerte, sin embargo: El Loco volvió a desviar su atención hacia Sebas, que pretendía refregarle por el rostro un panfleto recién redactado. El Patrón Rodríguez lo pateó un poco al livianito Bástian, hizo jueguito con él para obligarlo a planear por el aire; cuando Sebastián planeó, ensartóle El Loco el mango del látigo en el raquítico culo; Sebas describió su parábola profiriendo un "ah" melodioso, y postróse en un rincón luego del inevitable estrellamiento de su cráneo contra el muro: evidentemente, nuestra anterior militancia en el MRP no nos estaba sirviendo de mucho.
Patria o Muerte: reaccioné con todo. Me le prendí con los dientes del carnudo hombro al restallante Loco. Parando los ojos como un santito vi el agrandamiento de los poros de su cara, el extrañamiento de cada fibra de su piel. Como dándole un vuelco al mundo, contemplé toda su gama de fisuras. Descubrí que tenía dientes postizos, nariz de cartón, una oreja ortopédica (de sarga). Sebastián comprendió lo que estaba ocurriendo y carcajeó por mí, allá en su rincón. Atilio Tancredo Vacán fue amorosamente depositado sobre el intacto pavo y las mujeres iniciaron un baile esgrimiendo cuchillos y tenedores: ellas estaban desnudas.
La sangre del Mordido en olas se me colaba entre los dientes y me inundaba la boca. La Carla Greta Terón convertida ya en una S, en una Z, en una K o en una M rabiosa señalaba desesperada los huevos de nuestro ex amo y señor. Les pegué un rodillazo y se hicieron añicos: construidos estaban de frágil cristal. El Sebas se las ingenió como pudo para traerme la morsa. Apreté con ella la pierna derecha del Capado y comprobé con placer que la misma se encogía y enflaquecía tremendamente, hasta parecer la piernezuela despreciable de un bebé de pocos meses, algo que daba asco. El abrileño Bastián sometió su cuerpo quebrantado por el exilio a otro esfuerzo encomiable: arrastró hasta mí el descomunal revólver del Lejano Oeste que el Apretado guardaba celosamente en un cajón de ciruelas. Al entregármelo él reía como un bendito, y de puro gaucho corajudo y montonero nomás se encaprichó en montar el gatillo. Desde diez centímetros de distancia. apunté: la mira del revólver enfocaba la rodilla izquierda de Rodríguez. Oprimí el gatillo. ¡Qué infantil alegría cuando sonó el disparo! La bala se incrustó entre los quebradizos huesos sin orificio de salida. Hubo un derrame interno y -advertí- la pierna se puso negra. Repetí la operación ahora con el oído derecho del Baleado. Apreté el gatillo. Sonó el disparo. La cara, el cráneo entero del Iguez se puso negro. Ennegreciósele hasta el blanco de los ojos. Sólo la dentadura apretada-encastrada hasta crujirle de dolor permaneció blanca y luciente. "Ae ae", lo remedaron Alcira Fafó y Carla Greta Terón; y "no lo despenes pronto", me rogaron. "Y dale dale dale" mumuró haciéndose el chiquito el burguecida Bastiansebas, quien ya despojado de innecesarias reglas de seguridad, me preguntó: "¿Cómo te llamas?". "Rondibaras, Asangüi, Mihirlys", repuse, y él me tranquilizó con un rotundo "ta bien" mientras se apretaba el ombligo para que el pus saliera. Atilio Tancredo Vacán guardaba un terco silencio, pero se hacía la paja.
Y no todo era mentira, cosa prefabricada, representación dolosa en la estructura de Rodríguez, jaspeada por hermosas vetas de carne humana. Apunté a una de ellas; hice fuego con cierta tristeza; la sangre avanzó hacia mí como pidiéndome amparo. ¿Y si se lo daba? El rojo chorro en espiral se me anudó al cuello igual que una bufanda. La dogmática, lúcida Alcira, me increpó: "Rajáte ya mismo de ese repugnante-pugñoso oropel ! ". Desgarrándome, cabalgando sobre ciertas inquietudes del pasado -que al fin y al cabo existió- me rajé del oropel. Cerré los ojos e intenté continuar mi obra, en el último minuto. ¿Y si al Agonizante le propusiera un Frente, un Pacto Programático sobre la base de. Por qué no? Temblé. Ahora las riendas de la situación estaban en las manos de la implacable Alcira Fafó, Amena Forbes, Aba Fihur. Que me apartó de un empujón y clavó en la nuca del Sangrante un esterilizado punzón de cincuenta centímetros de largo. Rez murió en el acto. El revólver colgaba flojamente de mi brazo. Basti me miró a mí y yo a él: habíamos vivido para ese momento.
La habilidad de Arafó nos marginaba. Ella se movía como un pez en el agua. Con impecable y despersonalizada técnica organizó el descuartizamiento del hombre que acababa de morir; luego, hizo un rápido movimiento, imperceptible casi, para agarrar el látigo, pero, astuta se contuvo. Primero seccionó el pito, que fue a parar, dando vueltas por el aire, a las manos de Cali Griselda Tirembón; de ellas, a una sartén con aceite hirviendo. Lo que quedó de la hermosa veta de carne humana encontró su destino final en nuestro pútrido inodoro: Aicyrfó tuvo el especial cuidado de dividir la veta en pequeños trozos con su ALFILER De Marras, para luego hacerlos desaparecer sin pérdida de tiempo. Cortó también la pierna achicada y se la dio a despellejar a Alejo Varilio Basán, fanático de la masturbación. Ella se comió los ojos. Cagreta la cabeza entera. Yo, una mano crispada. El Basti lamió en su rincón trozos irreconocibles, y unas hormigas invasoras liquidaron el resto.
Sonó el gong. Era La Loca del Alfiler haciéndolo sonar. Sonó el gong. Era ella, levantando la tapa de la sartén y aspirando el aroma con fruición. Probaba con una bolita de miga de pan el ahora vitaminizado aceite y nos miraba a todos con ojos chispeantes. Golpeó otra vez el gong y luego batió palmas con el Alfiler entre los dientes. Todos nos sentamos a la mesa sin chistar. Nos sirvió a cada uno un pedazo de porongo frito, que cada uno devoró a su manera, murmurando apenas aquello de "con tu pan te lo comas". Recuerdo que me soné los mocos con los dedos y me los colgué de las pestañas, como si fueran lágrimas. Tenía perfecta conciencia.
El desesperado rumor venía de la sala. Mi mujer sometía la cerradura del ventanal del techo al trabajo de sus dientes. Sin pies, era difícil que pudiera afirmarse, abrir, luego de romper la cerradura con los dientes. Cedió la cerradura con un clanc de lo más austero. El barco partió, zarpó una vez más, luego de dejar a su única pasajera. Ella apareció en la puerta del comedor con la boca destrozada pero sin nuestra hija, que ahora seguramente aguardaba en algún lugar del puerto, otro barco, que tampoco tardaría en zarpar. Mi mujer apretó los labios. Sus ojos azules a todos nos abarcaron, en silencio. Vino hasta mí y me enseñó sus muñecas: dos muñones sangrantes. Apretaba entre las encías sus manos aserradas. Sin rabia, las escupió sobre la mesa. Hice un esfuerzo y me aproximé para verlas, verlas con los ojos bien abiertos. La izquierda se posó sobre la derecha; luego, la derecha sobre la izquierda. Tomaron una flor artificial del centro de mesa y la estrujaron. Los pétalos me golpearon en plena cara. Ella se fue, caminando de rodillas.
Las inscripciones luminosas arrojaban esporádica luz sobre nuestros rostros. "No Seremos Nunca Carne Bolchevique Dios Patria Hogar". "Dos, Tres Vietnam". "Perón Es Revolución". "Solidaridad Activa Con Las Guerrillas". "Por Un Amplio frente Propaz". Alcira Fafó fumaba el clásico cigarrillo de sobremesa y disfrutaba. Hacía coincidir sus bocanadas de humo con los huecos de las letras, que eran de mil colores. Me lo agarró al entrañable Sebas de una oreja y lo derrumbó bajo el peso de la bandera. Yo la ayudé a incrustarle el mástil en el escuálido hombro: para él era un honor, después de todo. Así, salimos en manifestación.

Octubre 1966 - Marzo 1967.



LOS ASCENSORES DE JACOB





Recuerdo que llegué a hacer una mueca por lo que dijo, nunca creí que esa muchacha, con esa contextura de ninfa, las cinturas estrechas, el culo pomposo, fuera casada (luego supe que tenía dos hijos, además, lo que me desconcertó aún más.) Talless no dijo nada. Con un gesto le instó a que se levantara y leyera. Así lo hizo, se aclaró la garganta con unas 4 o 5 páginas en su mano izquierda. Bloques de prosa: era un relato. Así que cada uno se acomodó como pudo en aquellas duras y heladas sillas y se dispuso a escuchar a la muchacha extraña. Lo que leyó, saltándose el título y con un tono dramático muy bien logrado, fue lo siguiente:

Por favor, tome asiento; sí, ahí, ahí. Póngase cómodo. ¿Desea usted beber algo? ¿Puedo ofrecerle algo? ¿Agua, café, whisky? No hay problema. No se preocupe. Mire usted, la señorita Louise debe de estar cerca. Me llamó cuando venía en la 27th Wall Street. Usted dijo a las 8. Sí, sí. No hay problema. No, no. Solamente decir que las muchachas son bien puntuales, y que no se presentan antes de hora sólo porque tienen mucho trabajo, sobre todo en estas fechas. Usted sabe. ¿Sí? No, no, por favor; dígame. ¡Oh! Sí, señor; es usted muy perspicaz. Hemos mantenido nuestro nivel a lo largo de los años. Imagínese que este edificio, muy elegante como usted verá, fue construido hace ya 70 años. Por supuesto que cuando llegué aquí, además de carecer de medios —por distintas casualidades de la vida—, era propiedad de un gran Señor, que, si no me falla la memoria, era pariente directo del señor Thomas Alba Edison. Claro, exactamente. No digamos inventor, si no, mejor dicho, propagador; que, dicho sea de paso, suena más elegante y glacial. ¿Cómo? Ah, sí. Ya. Esas casualidades…sí. Quién no las tiene ¿no? Bueno, llegué a Nueva York, ¿cómo diría?; pobre, sin hogar, a la deriva. Figúrese que esto sucedía en el año 1943 o 44, si mal no recuerdo. Me fue difícil instalarme de una vez, y ejercer algún oficio con generosas retribuciones, en aquel tiempo el mundo entero parecía más una bola de cenizas que un sitio donde habitar y yo…(suena el teléfono) perdóneme un momento, por favor (se aleja hacia el pasillo, contesta, cruza un par de palabras y vuelve) Mire, la señorita Louise ha tenido un exabrupto en el metro, al parecer de nuevo las goteras están inundando los pasillos por donde corren los rieles. Cuento viejo como usted conoce. No sé qué le parece…ah, claro, sí bien, no creo que la señorita Louise, en cualquier caso, tome más de 15 minutos en estar acá, está en el Time Square…ah, muchas gracias señor, es usted muy atento. Como ya estamos cerca de la hora, no le importa ¿cierto? Bueno, en fin, le contaré esta historia. Me la contó un amigo mío, que en aquel año en que yo arribaba a Nueva York, esa flamante entrada con la estatua de la libertad y todo eso, él por otra parte llegaba a un lejano país, inhóspito no tanto por su anonimato, sino por lo que ocurría allí, que parecía ser más una de esas novelitas de vaqueros que leían los muchachos en nuestros tiempos. Sí, el país siempre me fue impronunciable. Pero del nombre de la ciudad no me puedo olvidar, pues es tan hermoso —esto, claro, son gustos personales, no se lo tome como un dictamen—,así ,sí…se llamaba Santa María. Sí, Santa María. Mi amigo llegaba a Santa María, que aprovecho de contarle, se llamaba Roman. Un nombre bastante poco común, y por el que sufrió bastantes desvaríos. Pero él era un hombre ejemplar, fuera de cualquier sospecha, honorable, muy noble, y muy generoso; generosísimo diría yo. Pero la guerra, todo eso…Ah, me deja sin palabras. Cómo dice, ¿de los desvaríos? Ah, no, me sería difícil relatárselos señor, me llevaría ya toda la tarde y la mañana siguiente. Además usted está aquí para algo, ¿no? Pues así, a ver…mire, esto siempre le cuento a los muchachos que andan por las calles dándose tiros como unos desatados, de seguro que será de su gusto…bueno, déjeme contarle esta historia que me contó Roman, por allá por el año 53´, lo recuerdo bien, pues fue el año en que nació mi única hija. Roman llegaba de Santa María muy decepcionado, y misteriosamente alterado, apesadumbrado, como cargando con historias que nadie quisiera escucharle. Y aquella tarde, lluviosa como ésta, nos sentamos en la cocina, y bebimos vino, y me contó esto.
Había llegado a Santa María como en una suerte de torbellino furioso, de entre aquellos barcos que zarpaban como balas disparadas al azar desde esa Europa en ruinas y horrorosa, él se embarcó, casi sin pensarlo en uno que ni se imaginaba dónde lo iría a tirar. La tripulación, está demás decirlo, era de lo más variada y anacrónica; mezcla de judíos huyendo del Holocausto que aún se fraguaba en algunas zonas, y de alemanes —ex-nazis como se hacían llamar— huyendo a su vez de la derrota y de la persecución que ahora se cernía sobre ellos. ¿Que cómo son los ex-nazis? Pues ni yo me lo podía imaginar. En fin, el viaje fue horroroso, me contaba Roman, rayano en el canibalismo; ni siquiera se tenía certeza de quién era el capitán; varios saltaron por la borda sobrepasados por la incertidumbre o la locura, y en alguna que otra revuelta murieron otros más, y sus propios asesinos se encargaron de darles sepultura en ultramar. Así pasaron meses. Hasta que un soleado día se divisó en el horizonte tierra y todos saltaron de alegría, y se abrazaron los enemigos, solo hasta que atracaron y notaron que aquella ciudadela no se parecía en nada a Norteamérica. La gente que los fue a ver tenían la tez o muy morena o muy blanca, y hablaban un dialecto que no había escuchado jamás. Así fue pues como Roman arribó a Brasil. ¿Qué me contó? Sólo maravillas. Dijo que era un país extraordinario, y de un exotismo casi místico. Se adentró en la selva amazona, conoció a su gente, sus comidas, sus costumbres, y se hubiese quedado allí de no haber sido que los mismos brasileros estaban tan pobres y desprotegidos que él mismo, por lo que tuvo que encontrar la forma de llegar a algún lugar donde le pudieran ofrecer trabajo decente, y hogar. Roman había trabajado toda su vida, y la guerra le había quitado lo más preciado, que para él era la rutina. Puede parecerle un ser bastante monótono por ello, pero no se apresure; si lo hubiese conocido habría estado de acuerdo conmigo. Así que una de esas tardes en la playa, mendigando, se encontró con un compatriota que de inmediato le aconsejó que se fuera con él, que partirían a la mañana siguiente a un país que gozaba, en esos tiempos tan tristes, de buena vida y trabajo. Así que Roman sin pensárselo dos veces cogió las pocas pertenencias que tenía y se subió a la parte trasera de un camión que lo llevó a Santa María. A ver, Santa María no sé cómo describírselo. Roman era muy bueno contando historias, y te transportaba a esos lugares como si uno mismo hubiese estado allí. Recuerdo que…déjeme pensarlo bien, claro, me recuerda a Arizona, figúrese aquello, pero con un leve matiz de vegetación. Era lo que él decía: una pampa. ¿Había escuchado eso? Exactamente, ha dado en el clavo. Pues allí mismo Roman llegó y se quedó casi 10 años. ¡Ah! Claro, son los años…cómo no se me ocurrió decirle a su debido tiempo: Roman lleva ya más de 5 años muerto. Se enfermó del estómago. Cáncer, usted sabe. Horrible. Recuerdo cómo, cada vez que lo iba a visitar, se iba quedando paulatinamente más calvo, más flaco y famélico. Una pena. En fin, los viejos se van, los jóvenes se quedan, y helo allí, así es el ciclo de la vida. Como la señorita Louise, es una muchachita nada más, preciosa, y ya sabe, por este oficio conocen el mundo precozmente. Mmm…no se está molestando por su retraso ¿cierto? Perdone usted, ah…es usted muy comprensivo, muchas gracias. Bueno, quedamos en Santa María. Roman consiguió trabajo en una sastrería, era muy hábil con las manos así que problemas en aprender no tuvo. Se fue a vivir a una pensión, en una habitación muy cómoda e ideal, como le gustaba decir a él. Esa pensión estaba a cargo de una ucraniana. Ni se crea que yo no me acuerdo, la ucraniana se llamaba Oschla. Nunca lo he olvidado. Y tenía dos hijos. Roman siempre me habló maravillas de esa señora. Siempre le tuvo mucha simpatía y cariño, pues había vivido casi las mismas circunstancias que él. Había escapado de la guerra unos cuantos años antes. Hitler se había instalado en Ucrania muy pronto, y el éxodo por lo menos allí partió casi al comienzo de la guerra. Oschla también por los caprichos del azar había caído en Santa María. Era viuda. Su marido había muerto hacía poco. Lo poco que habló con Oschla fue muy importante para él. Se forjó una amistad y una complicidad que la mantuvo hasta dejar de verla. Le mandó una carta, me acuerdo, pocos días antes de morir. Puso en el sobre la dirección de aquellos años. No sabía si Oschla aún vivía allí, o, más aún, si seguía viva. Pero, usted creo que también entenderá: no es necesario que lo escuchen, sino decir lo que tiene uno guardado, ¿no? Así que así pasaron los años en casa de la ucra…

En este punto Talless la interrumpió.
—¿Cuánto le falta señorita Lane? Parece como si nos fuera a leer Guerra y Paz.
—Lo que tenga que durar. Y le repito, es señora —le contestó raspando la voz y echándole una mirada furiosa.
—Sólo lo digo, pues, por si no lo sabía, este taller tiene sus tiempos y…
—No soy idiota señor Tall —lo interrumpió— Sé perfectamente que su taller tiene “tiempos”. Por otra parte, me parece de una imprudencia anormal que me interrumpa, considerando que precisamente fue usted mismo quien me pidió que leyera un texto, del que nunca especificó su extensión. Esto es lo que he hecho, ¿puedo continuar? —terminó, casi pegando su rostro al de Talless, con un vozarrón intimidante.
Todos quedaron helados. Ni siquiera Talless, creo, se lo esperaba. Era primera vez que se lo veía echo un ovillo en público, como si su madre catalana lo amenazara entre gritos con darle una tunda con un palo de escoba. Talless se calló, y ni siquiera le dio el nervio para hacerle un gesto en señal de que siguiera. Así que, nuevamente, entre un silencio incómodo, o ensombrecido, Mónica Lane continuó con su lectura:


Un día, a la hora del almuerzo, llegaron a la pensión un par de alemanes en busca de habitaciones. Aparentemente asustadizos hicieron las reverencias correspondientes frente a Öschla en la entrada. Ésta, después de escrutarlos con suspicacia, los hizo pasar al comedor. Allí, además de él, habían dos muchachos que Norman siempre los tuvo por un par de holgazanes, pero que eran simpáticos. Comían. Öschla los presentó, y les preguntó sus nombres. Se sentaron a la mesa con ellos. A Norman le llamó la atención sus expresiones, no se sabía si tenían asco, o si estaban a punto de echarse a llorar. Como era común escuchar de los alemanes después de la guerra, se autodenominaban ex-nazis, o con el eufemismo de “víctimas del nazismo”. Arrepentidos nunca, claro señor, pues los alemanes son de lo más orgullosos y, según ellos, nunca se equivocan, pero sí que pueden ser engañados; no sé si usted opina lo mismo señor. Entonces, mientras los alemanes trataban de explicar algo que nadie entendía muy bien, la tensión se empezó a aflojar y comenzaron a salir los chistes y las risas. Los alemanes no hablaban muy bien el español, ¡se imaginará usted cómo hablaría ese par!, así que los holgazanes dirigieron sus bromas a su modo de hablar, les preguntaban estupideces y ellos contestaban con una solemnidad ridícula. Öschla les mostró sus habitaciones, y se instalaron. Esa misma noche se armó una fiesta en el patio trasero de la pensión. Norman no era muy asiduo a esos encuentros, pero esa vez le pareció prudente ir a conocer a los nuevos moradores. Estaban bebiendo cerveza. Una cerveza extraña, me contaba Norman, parecía una jalea, pero no estaba nada de mal. A los alemanes, al parecer, les había fascinado y bebían desmesuradamente. En un momento de la velada Öschla sacó a colación el tema de la diáspora. Contó parte de su vida. Los alemanes, borrachos como cubas, escuchaban con rara atención. Fue cuando dijo “pero jüdin como soy” o “yo, la jüdin” o una expresión similar. ¿Cómo me dice? ¿Mi opinión? Bueno, yo pienso que…¿ah? Sí, en cualquier caso creo que es lo adecuado. ¿Pero le parece divertido, o quiere hablar de otra cosa? ¡Ah! Pues entonces continúo. Entonces, y aquí empieza lo feo, uno de los alemanes se le acercó tambaleante y le pidió en tono fuerte que repitiera lo que había dicho. Öschla se mostró ofendida. «Qué se ha creído este mocoso», me imagino que le dijo. El alemán le repitió. Öschla le contestó con un reto. El alemán la empujó. Y en el preciso momento en que los holgazanes saltaban de sus sitios a correr al alemán insolente, y Norman intentaba hacerlos entrar en razón, el otro alemán sacó una navaja. La navaja le hizo empuñarle el corazón. Aquí viene la infamia. Con la navaja hizo el gesto al cielo, y gritó ¡Heil Hitler! Se abalanzó ciegamente hacia Öschla y le enterró el puñal en el estómago. El grito de Öschla, me contaba Norman, fue de lo más sobrecogedor que ha escuchado en la vida, incluso más que una ópera de Brahms o los versos más sublimes de Goethe, y nunca lo olvidó; un alarido de dolor y de rabia que resonó largo tiempo en ese caserón. Norman me lo contaba con tanta vehemencia que llegaba a escucharlo. Si no hubiese sido por él, oh, buen hombre, a Öschla la hubiesen matado a puñaladas. El alemán parecía un poseído y metía y sacaba el cuchillo de su estómago. En ese punto, uno de los holgazanes le dio una patada en la intimidad al alemán. Éste se cayó al suelo y se quedó retorciéndose, pero el otro le saltó encima y cuando estaba pronto a enterrarle su propio cuchillo, el otro holgazán pegó un tiro al cielo con su revólver. Allí, me contaba Norman, todo se volvió un caos o, mejor dicho, todo se detuvo. El holgazán apuntó a uno de los alemanes, justo cuando el otro alemán cogía al otro holgazán y le ponía el cuchillo en el cuello. Entonces ambos, el de la pistola y el del cuchillo se pusieron a decirse disparates, uno en alemán, el otro en español, naturalmente. Roman me dijo que el alemán del cuchillo le hacía unos gestos al que se retorcía en el piso, como diciéndole que la pistola del holgazán era de mentira, que era a fogueo. Entonces el alemán se paró, confiado, y comenzó a acercarse al holgazán de la pistola. Éste sin pensarlo dos veces le disparó en el pecho, y el alemán cayó al piso dejando un charco de sangre. Había muerto. El otro alemán se volvió loco y gritaba como nena. Lo terminaron amarrando. Esta parte no me la puedo creer. Según Norman, lo llevaron al zaguán ubicado detrás del patio, que lo rociaron con gasolina y le prendieron fuego. Fueron en busca  del otro cadáver y lo tiraron también a las llamas, como a un vacuno. El par de holgazanes se quedaron mirando los cuerpos incendiarse, hasta que se consumió el último vestigio de alemán. Quedaba asqueada cuando Norman me contaba todo ese hecho con lujo de detalles, pero había en ello una suerte de dulce venganza. El nazi ardiendo. Un diminuto halo de justicia por mi pueblo. La violencia da sus satisfacciones, ¿no lo cree? A Öschla la salvó su gruesa humanidad y los rápidos instintos de Norman, que la llevó apenas se incineraron los cuerpos, al Hospital; no pasó más de una semana en él, esperando a que se le cayeran los puntos; que no es menor, me parece que fueron casi treinta. Menos mal. Las mujeres que huimos del horror pareciéramos ya no morir nunca más, pues es como si ya nos hubiésemos muerto…Ni se imagina lo que un nazi hizo conmigo, allá en Polonia. Norman —creo que no se lo he dicho— fue mi esposo durante casi veinte años, luego murió de cáncer al estómago, como le digo; sin él no sé qué hubiera hecho sola en Nueva York, traumada y perseguida, qué peor; la sinagoga acá en su momento estuvo llena de espías nazis…(suena el timbre de la puerta. Con un cordel tira de la manilla y luego se siente a alguien cerrar la puerta. Unos pasos por el pasillo. Ella, con las manos inquietas y sentada en el bordillo del asiento, le hace una sonrisa al hombre que la escuchaba. La señorita Louise se ve en el marco de la puerta, lleva la falda a la mitad de sus muslos, los labios muy rojos, y el cabello cogido entero por detrás con un moño insulso. Antes de levantarse, el hombre abriendo mucho los ojos, llenos de sangre, le dice de repente —Judía loca hija de perra—, le tira un gargajo en los zapatos y luego se dispone a coger de la cintura a la señorita Louise ansiando llevársela pronto a alguna de las habitaciones del segundo piso.)


         Entonces, Mónica corrió su mirada del último papel. Hizo una especie de reverencia, inusualmente tímida, y se volvió a sentar. Se hizo un silencio insoportable.



martes, 29 de septiembre de 2015

BRIGANTI SE DIVIERTE MIENTRAS EL LECTOR ES ASESINADO Y YO AGONIZO








La mujer apretó el gatillo, mientras decía 
con siniestra suavidad: —Revienta, perro.

Silver Kane





1.La escena de la muela podrida.


«Estoy solo en casa —me había dicho días atrás al asesinato— y puedes quedarte el viernes por la noche si quieres». Barthes no tenía idea de lo que yo había hecho. Es más, no tenía siquiera idea de que yo formaba parte de aquella secta reaccionaria tan exagerada. Me lo hubiese recriminado de tal manera que no lo hubiese vuelto a ver jamás. Lo que de verdad me habría dolido. Su padrastro era un importante médico de la ciudad, y verse involucrado en la ilegalidad no le traía buenos presagios. Asi que mantuve silencio. Además, no fue por exponerlo, pero a nadie se le hubiese ocurrido ir en busca de un asesino a la casa del doctor Díaz Grey.
Asi que me quedé todo el tiempo que estuvo ausente su padrastro. Dormimos juntos cada día, e hicimos el amor hasta quedarnos dormidos. No salimos más allá del enrejado, nuestro mundo fue la casa; fue como nuestra ciudad para enamorados. No le conté a Barthes tampoco que mi muela me dolía a más no poder. Pero no quería que preocupara a otros para encontrar a un dentista pronto; lo menos que quería hacer era agitar el polvo.
Una tarde golpearon la puerta. Era la policía. Por un impulso idiota me metí al baño. Abrió Barthes. Le informaron que su padrastro había tenido un accidente. Yo no supe si aliviarme o preocuparme. Volvió a la habitación para decirme que debía viajar en ese preciso momento, que el doctor Díaz Grey estaba hospitalizado en Montevideo; corrían sus lágrimas y no se las secaba.
 «¿Vas a tomar un avión?», le pregunté. «Sí, supongo…no sé qué hacer.»
«Yo voy contigo», dije con rigidez nerviosa. «Pero cómo, no hay plata…no tengo para mantenernos allá a los dos, a menos que a ti te alcance con lo que te pagan los italianos.» «Cada vez es menos, no lo creo. Bueno, entonces…¿me puedo quedar aquí?» «¿Pero por qué?¿Qué pasó, cariño?» «Nada…pero quiero quedarme aquí.» Barthes levantó una ceja. Me interrogó al respecto y cedí casi al instante: le terminé contando casi todo, menos la parte de los reaccionarios. Conservó la tristeza en los ojos, pero me dio serias instrucciones que me ruborizaron. Me persuadió de que era peligroso que me quedara allí. Podía sospechar la policía de un robo. Me dijo que era más seguro que me escondiera, mientras tanto, en una cabañita que mantenía su padrastro a un lado de la molinera de pescado; una cabañita de madera, encumbrada en una base de bambúes; podría pasar allí lo que él estuviera allá. «Pero, a ver», me preguntó repentinamente confundido, «¿a pito de qué te andan persiguiendo si se supone que nadie te vio?» «Tengo miedo, amor. Asesiné a alguien, ¿te das cuenta?» «¿Y te vas a esconder toda tu vida? ¿En qué momento crees seguro volver a salir a la calle?¿Lo tienes claro?» «No, Barthé», terminé replicando infantilmente.
Entonces me entregó las llaves de la cabañita —muy, pero muy rústica— cerca del Puerto Astillero. Y me instalé allí hasta que Barthes volviera de Montevideo. Estuve en buenas condiciones una decena de días; había suficiente comida y me regalaban pescado en la molinera y mariscos mal enlatados en la fábrica de conservas Enduro. Solía pasar también un viejo en bicicleta vendiendo vino a muy buen precio, un vino dulzón, y con un bajo amargo que supongo era la concentración de alcohol que te llegaba directo al hígado. Asi, me la pasé once días emborrachándome y comiendo pescado asado o frito, o surtido de marisco con limón, hasta que el dolor de la muela se desató y me dejó sordo un oído. La miré en el espejo. Era como un coágulo a punto de reventar, de tono violáceo, en donde no se podía dilucidar claramente la muela de la encía. Asi que bien llegado el día me desmayé. No sé muy bien por qué, quizás solo del miedo. Yací ten la alfombrilla verde-desvaído de la entrada, llenándome de pulgas y catarros, unas 5 ó 6 horas; el sol estaba a medias posado sobre el horizonte marino; las paredes tornándose almibaradas dando comienzo a la noche, cuando desperté. Tenía el cuerpo entumecido. Sentía la marejada desarrollándose en la misma escalinata que te lleva a la playa. Mi boca estaba desbordada de sangre, tanto que al girar la cabeza de costado, ésta se me escurrió como lo haría el café de una taza echada a rodar.
«No, Barthé», pensaba.


2.La escena de la extirpación de la muela.


En fin, todo ocurrió más o menos así: los de la célula decidieron que el hombre debía ser asesinado, y me encomendaron la misión a mí. Las órdenes son órdenes, asi que me concentré en organizar pulcramente mi misión, pues claro, estaba en juego también mi pellejo: omertá[1], se sabrá; el que cae no abre la boca ni por descuido, hasta la tumba. Asi que después de un arduo mes de investigaciones y planificaciones llegó el día. Era una agradable mañana de diciembre, e hizo fresco. Todo iba a la perfección, a pesar de haberme despertado con un dolor terrible en el estómago. Me hizo dudar, lo relacioné con el nerviosismo obvio de alguien que está a punto de cometer una estupidez mortal, pero me calmé, tomé aire. Haciendo memoria llegué a la causa más lógica: debía haber sido la cantidad de pastillas que me había tomado la noche anterior intentando combatir un dolor de muelas que se acentuó en mala hora. La muela del juicio se me pudría paulatinamente, y lo más probable es que mis encías también. ¿Que por qué me acuerdo de mis muelas? Es como una coincidencia absurda: en el momento en que lo asesinaba, en que lo veía perecer, yéndosele el alma por los ojos, el único pensamiento que copaba mi mente era la forma más rápida de sacarme esa muela de mierda, que me tenía harto.
No se crea que soy un criminal simplón y pagado. Si he matado ha sido por convicción, y no he recibido ni un solo peso por ello. Las tribulaciones de mi vida y de mi abolengo —reaccionarios legendarios— me han destinado a ejercer estos oficios, que a primeras provocan estupor, o asco, pero que en realidad son una forma de la expiación; como si cobrara una antigua venganza que sólo conocen mis antepasados, pero no yo; quizás mi piel.
Asi que llevé a cabo mi misión, y luego, me desangré. No tenía muy claro que venía después del crimen, pero en ningún caso me vi desangrándome, además por causas tan prosaicas. Al verme tirado en la alfombrilla, me levanté dificultosamente. Luego de percatarme de lo lamentable de mi estado en el espejo, sumado al hambre animal que tenía, incluso llegué a suponer que había estado días en la cabañita; o aún más, que estaba muerto, que era un fantasma hambriento penando en esa casa deshabitada a orillas de la playa. Una voz, en todo caso, siempre retumbaba al fondo de mi cráneo; una voz que me susurraba: exageras, exageras…Asi que cogí mis ropas arremolinadas y salí a la húmeda noche del Puerto Astillero. No sé qué impulso idiota me llevó hasta la caseta que la policía sanmariana mantiene en guardia cerca de la salmonera, a un lado de la desembocadura; para llegar allí  había que caminar por un trecho de un par de kilómetros, cruzado por mordaces roqueríos que amenazaban con hacerme sangrar también los pies. Tan fácil habría sido desandar mis pasos, y volver a la hostal de Öschla. Pero desconfiaba tanto de ella que ya la veía con toda la policía registrando mi pieza, los polis requisando mi ropa de mujer, mi maquillaje, ay. Así que cogí el camino diametralmente opuesto. La caseta era como las que usan los conserjes de recintos domiciliarios, aquellos hombres tristísimos que se saben de memoria el orden y las canciones de las chirriantes estaciones radiales sanmarianas; estos hombres disecados acumulando rumas de periódicos, cuyos crucigramas borroneados, tormentosamente rayados de tinta azul, se asemejan mucho más a las notas de socorro de los náufragos que a la rutina de los vigilantes nocturnos. En cualquier caso, el único atormentado era yo; y con toda esa sangre brotándome, era una verdadera pena. Tal vez a fuerza de desangrarme, la mente se olvidaba del crimen, y de la culpa.
Lo extraño fue que en la capilla me encontré con una policía. Una mujer. Robusta, de labios malamente delineados con un rouge rojo eléctrico, gruesas cejas, y pálidas mejillas. Iba sin la gorra, y la blusa azul, la placa, los botones, todo el resto, a punto de reventársele por aguantar unos pechos enormes; unos pechos tan italianos, tan cortesanos; por lo que la anemia y la leve agonía me hicieron confundirla con mi abuela, y la llamé por su nombre: «¡mama Sofía, mama Sofía, dónde te habías metido!» La mujer arqueó una ceja y buscó en su mínimo escritorio una linterna. Me enfocó a la cara. «¿Qué te pasó en la boca, chico?» Era cubana. Lo supe por su tono de voz. «Una muela podrida», le contesté resignado.
Cogió su radio y llamó a la estación. Me sentó en su sillín, que estaba caliente. Me ofreció una pinta de whisky; tenía un botellín de Colina del Cielo escondida bajo la mesa. Me enjuagué la boca, y me puse a esperar no sé qué. Pasó un furgón a buscarme: todo daba la impresión de tratarse de una redada en contra de un narcotraficante que intentó con mala chance suicidarse de un balazo, que le dio en la mejilla…al muy idiota. La policía me metió dentro, intercambió unas palabras en susurros por la ventanilla con el conductor, cuyo rostro nunca pude definir. Nos dirigimos hasta el área de emergencia del Hospital Brausen. Un doctor cubano y con una protuberancia negra y peluda en la frente, me extirpó la muela —sin anestesia el muy hijoputa— y me coció la encía. Luego me alcanzó una caja de pastillas, y me dijo que me debía tomar una cada ocho horas y me recomendó que mantuviera la boca cerrada; cosa que me pareció hasta insolente, pues ni siquiera le había dicho hola. Después, ya de vuelta en la furgoneta, el policía que manejaba, tan silencioso y solemne, al fin me dirigió unas palabras. Estaba yo tan nervioso que la tenía erecta. ¿Será normal?
«¿Dónde vives, chico?» ¡También era cubano! No me lo creía. ¿Es que todo el sector oriente de Santa María está habitado por cubanos? ¿O es que, por un naufragio fantástico, había ido a parar a las costas cubanas? ¡Qué posibilidad más horrorosa! ¡Yo cohabitando con hambrientos comunistas en ese asilo de isla apartada de la civilización! «Disculpa, pero por qué todos son cubanos aquí», lo interrogué. «¿Perdón?», me contestó. Me arrepentí de seguir con las preguntas. Y no quedé tranquilo hasta que me di cuenta, de entre esa neblina de dolor y de anemia que recubre el juicio, que el poli era muy guapo. Un poli de metro ochenta, moreno cacao de unos ojos verdes preciosos y unos brazos trazados vigorosamente por venas y músculo. Mis convicciones políticas se esfumaban por la aparición repentina de este bello muchacho. He allí la explicación a la erección. La pulsión seguía su curso.



3.La escena del autorretrato de infancia.

         Para hablar un poco más de mí: me llamo Giussepe Briganti. Básicamente siempre he vivido solo, mis padres se separaron cuando yo era un bambino indefenso, apegado a la familia —pollerudo se dice aquí— con unas ansias carnívoras de quedarme mamando eternamente de la teta de mi madre; cosa que no sucedió. Ella partió cuando yo tenía seis años —nunca supe si muerta o viva—, mi padre se quedó, pero era como si no estuviera, y el único consuelo que me quedó fue mi abuela paterna —vieja adusta e idiota— y lo poco que me podía dar: lecturas casi místicas de la Divina Commedia. Recuerdo un libro de tapas rojas y letras doradas que con el paso de mis años y mis recuerdos, fue borrándose, hasta quedar un libro gordo y maltratado. Nunca diferencié este libro rojo y solemne de la Biblia, que no había en casa, pero que señalaban los profesores de la Scuola Italiana de Rosario —allí nací y crecí— como Il libro. Sin embargo, la Biblia y el poema de Dante los traté indistintamente hasta hace muy poco. No diferencié nunca muy bien aquellas lecturas solemnes y litúrgicas de mi abuela en la sobremesa, cuando ella y mi padre ya se habían bebido casi todo el vino de la jarra y se les dormía la lengua y las palabras; con esas parrafadas del cura Brausen, en el templo de la Plaza Chica, como en una caverna de madera. A pesar de ello —que me perdone el sacristán— personalmente, no dejan de ser lo mismo: un par de libros gordos llenos de ruido y de furia, de misterio y falacias.
Llegué a Santa María hace quince años, inmediatamente después de salir del liceo. Me puse a estudiar Mecánica en el politécnico de Villa Ortúzar, y me encontré una habitación pequeñita pero bastante confortable en la hostal de una señora ucraniana llamada Öschla, muy cerca de la Plaza Vieja. Tiempo —por el sólo hecho de hacer ese tramo infinito de Villa Ortúzar hasta el centro de Santa María en los buses arcaicos de este pueblo— no tenía. Se imaginarán cómo es la habitación de un soltero perpetuo, sin una mama que lo reciba con comida y el aseo hecho: un basural a medio hacer, o una habitación limpia a medias. En fin, ya no tengo tiempo para cuestionamientos adolescentes y existencialistas. Ya tengo 35 años.
         Recuerdo que aquella mañana me duché con agua fría, Öschla había olvidado prender los calderos; no protesté. Cogí unos pantalones verde petróleo que yacían tirados en un rincón y que olían a humareda; con ellos había estado frente a un auto incendiado un par de noches atrás y el olor a bencina y neumático se impregnaron al tejido. Me puse mis zapatos brillantes negros, los de tapilla, y mi adorado abrigo verde caqui: una montañera larga hasta las rodillas, recubierta en su interior de lana cruda de cabrito, un regalo de mi padre[2]. Es una chaqueta diseñada exclusivamente por el Duce para sus tropas. Mi padre había sido parte del convoy de Sicilia, y antes de morir me lo legó entre otros menesteres de guerra. Öschla siempre miró con suspicacia mi abrigo, y sé por qué; pero una cosa son los nazis, y otra muy distinta los fascistas italianos. Además, sea como sea la Historia[3] el abrigo es de mi padre, y lo uso con mucho orgullo. Creo haber heredado de él algo de la honorabilidad y el temple que caracterizan a los verdaderos soldados italianos. Nunca echo un pie atrás —bueno, no en el sentido sexual, pues si fuera por eso se me quedaría toda la pierna atrás— y siempre cumplo con mi palabra. Y para aquella vez, para aquella fresca mañana de verano en Santa María, no había excepción.



4.La escena del descubrimiento de la sexualidad.

1972. En aquel entonces tenía doce años, mi abuela había salido a comprar tomates que le habían faltado a la salsa (se levantaba a las cinco de la mañana para preparar la bolognesa, la que tenía lista recién al mediodía) y me quedé solo en casa, en la sala, echado en el viejo y apolillado sofá de mi padre —que en esa oportunidad estaba de misión en Marruecos— hojeando un libro grande y grueso con fotografías de las esculturas del Palazzo Rosso de Génova. Lo había traído mi padre consigo en el sesenta, luego de una gira incógnita de ex miembros de la guardia del Duce; era muy receloso con su cuidado pues le había costado caro, por lo que lo escondía detrás del mueble de las copas, y lo sacaba sólo cuando venía algún amigo y éste debía esperarle a que se vistiera. El sol mañanero dificultosamente atravesaba las gruesas cortinas cosidas a mano por mi abuela, y solamente un halo de luz entraba por un entresijo llegando directamente a mi pecho. Era verano e iba solamente en calzoncillos. Estaba acurrucado sobre el sofá con los pies en alto y el libraco sobre mis muslos. Partí desde el final. Al correr culposo de esas páginas me encontré con la fotografía de un cuadro que copaba casi toda la página, era un cuadro que mostraba a un hombre fornido con el torso desnudo, las manos altas anudadas a un tronco y sus costillas cercenadas por dos largas flechas. Leí en la descripción «San Sebastián de Guido Reni.»


                                                                                                        No puedo aún ser certero en la descripción del éxtasis que produjo en mí la contemplación de dicha pintura. La belleza de aquel joven, su vientre y lo que queda a la vista de su entrepierna, como de porcelana y lampiña; aquel paño anudando quizás su miembro, conformando la ilusión óptica de un pene erecto y lechoso; su rostro infantil e inocente; así también la serenidad entrevista en su expresión, a pesar de lo macabro del castigo al que fuera condenado. Todo ello se mezclaba en un palpitar, o un cosquilleo que comenzaba en la planta de mis pies y ascendía imperceptiblemente hasta colmarme: poniéndomelo enhiesto. Mi mano por su parte, cobrando vida propia, descendió hasta la costura de mis calzoncillos, y lentamente introdujo los dedos hasta arremolinarse en el incipiente vello adolescente que se crispaba en mi bajo vientre, llegando al palo, que masajeé con movimientos que nunca nadie me había enseñado.
El esperma respingó por los mangos del sofá. La ilustración de San Sebastián y las palabras italianas que se concentraban en la página blanca se mojaron. Constelaciones perladas que con la estrecha luz del sol parecían esplender. Gemas grisáceas, lechosas, que se escurrían por mi mano; y por el papel cuché que se había arrugado por la humedad de mis fluidos. Sentí incluso miedo, un miedo inconcebible frente a ese placer inconmensurable y prístino; un placer vigoroso y misterioso, “virgen”, que hoy busco a tientas como un hambriento, sobre todo por las noches en que me devuelvo borracho de vino a mi camastro, olvidado del honor, vapuleado por el instinto, quedando quieto en mi cama e intentando recordar aquel primer acceso de placer carnal que me fue regalado en la intimidad de aquella vieja sala de Rosario, en penumbras y con la familia deambulando por esta y otras ciudades del mundo.[4]
Por aquellos años de mi primera eyaculación los muchachos de la Scuola ya miraban a las profesoras de otra manera, y éstas se daban cuenta pues les devolvían sonrisas, las muy sucias. El cuerpo femenino parecía para ellos un sitio prohibido al que querían entrar a palos de ciego y volviéndose locos. Por mi parte no me causaba extrañeza que mi pulsión sexual no siguiera por esas lindes; apreciaba el cuerpo femenino estéticamente, no lo niego, siempre lo he encontrado bello; pero el cuerpo de un hombre, en cambio, me aflojaba el corazón, y esto lo tengo clarísimo desde que tengo uso de razón. Así, viviendo en el tabú mismo, no hice otra cosa que comentar naturalmente con mis amigos, como lo hiciera un crítico de arte, las curvas de mis compañeras y de mis profesoras, el tamaño de sus traseros y de sus pechos, la dureza de sus vientres y sus muslos, y también las pajas que me corría en su honor. Siendo todo, por supuesto, una grandiosa mentira. Eran mis compañeros los que me quitaban el sueño. Pero fue así que pasé desapercibido, con alguno que otro mínimo mal entendido, todo el periodo de la escuela. Cuando emigraba de Rosario, allá por el año 81’, mis amigos y conocidos de allí juraban de rodillas mi heterosexualidad. Ya en Santa María hice unos dos o tres amigos evidentemente homosexuales, y no lo digo por sus manierismos: se detectan de inmediato, como una moneda bajo la cristalina agua de la pileta del templo. Con ellos me sumergí en los guetos nocturnos de maricones y tortilleras[5], aquellos rincones de un paganismo exquisito, alejados de la mano de Dios. Los bares corrientes eran una pena; el Nueva Italia, sin ir más lejos, olía a callejón meado. Al menos los de maricones tenían su elegancia atenuante. Además, ni se imaginan cuantos connotados diplomáticos y feligreses me encontré en esos lugares, a sus anchas, y después los muy cochinos dando discursos sobre la sagrada familia y la decencia. De los tres o cuatro más populares bares de huecos, el más concurrido era el Chamamé, que Junta Larsen —un bisexual desatado— convertiría unos años después en un prostíbulo, luego de una infame campaña para erradicar a los invertidos de Santa María.
Craso error del alcalde: los maricones proliferaron. Este tipo de discusiones cosméticas de la política pública sanmariana, me recuerda que no he visto lugar en lo que es Latinoamérica con más criaturas no sólo invertidas, sino pervertidas. Como cualquier sanmariano, yo también he guardado mi pequeño y obsceno secreto largos años. Ahora no tengo problemas en descubrirlo, pues a mi modo de ver, ya lo he perdido todo. Bueno, en fin, desde hace ya casi quince años, como en un pequeño ritual, hago un juego conmigo mismo: cojo ropa de mi difunta abuela y me la coloco. Sí. En un sector secreto de mi guardarropa, abajo, cerca de mis zapatos negros, tengo un pequeño baúl donde guardo la poca ropa que pude rescatar de la casona de Rosario, antes que la remataran. Tengo en mi dormitorio un espejo alto, que también le perteneció a ella, donde me miro desnudarme y después ponerme, una a una, sus prendas. No me disfrazo solamente de un mujer, sino que soy además una mujer anciana ¿Lo entienden? Tengo obscenas inclinaciones por lo senil. ¿Que por qué lo hago? No tengo la menor idea. Son de esas acciones tan íntimas que no requieren verbalización, siquiera mental, de lo que pretenden; son acciones sin más, no sin significados, sino que ocultos, adosados a mis órganos. No puedo dejar de hacerlo, me provoca un extraño placer que nada ni nadie me proveería de otra forma. Cuando el hijoputa que encuentre este cuaderno lo lea, tendré recién la intención de buscarle alguna respuesta coherente, y como ya supondrán, ya estaré muerto. Conmigo se irán todas mis mujeres a la tumba; el travesti espiritual que soy.



5.La escena de la pelirroja y el Chamamé.

En el Chamamé conocí a Barthes. Iba acompañado de una muchacha de teñido pelo rojo y cortado en forma de un prominente hongo, a la que presentó como su amiga. Supe de inmediato que era de verdad su amiga, y no su novia con solo darle la mano: parecía un trapo de terciopelo. Aún no tengo claro si me enamoré de inmediato o si fue en el transcurso de la noche, después de verle fumar uno de su cigarrillo con ese delicado refinamiento francés que aún me saliva. Me dijo que era hijo de doctor, y que su madre había muerto en el Mediterráneo, en un naufragio. Que por el momento se dedicaba a la fotografía y que Nitza —la pelirroja— era su modelo. Le contesté que Nitza no era lo que se llamaría el prototipo de una “modelo”, y luego agregué —de lo cual aún me arrepiento—: «se parece a un canario.» Se rio de mi comentario y con suavidad buscó en el bolsillo de su chaqueta unas fotos. Eran de la sesión de aquel día. Me regaló una, que aún conservo. Aparece el rostro de Nitza en sepia dando vuelta su cabeza, con naturalidad, hacia el objetivo —me imagino a Barthes llamarla de repente de un grito, y ella girar su cabeza para ser capturada en su realidad. Así mismo, el talante de Nitza es de lo más peculiar; es como el de aquellas mujeres que provocan temor, ya sea por respeto, ya sea por horror. Me parece de una belleza desopilante.  

 
                                                                                                     [6]

Además del saludo que brotó de su boca, recuerdo que habló otras cosas: nos contó a mí y a Barthes, ya sentados a la mesa, descansando de bailar y bebiendo Martini, la historia de su padre: había sido un importante periodista de un semanal financiado por el PC argentino, agregado cultural en Cuba y activista político opositor al régimen. Como es de esperar, Videla lo mandó a matar, en Buenos Aires, por allá a finales de los 70. Cuando se dispuso a contar cómo había sido su muerte, pedí disculpas y me retiré al baño, me tenía un poco harto; en cualquier caso, prudente y educado como soy, no le comenté inmediatamente lo bien merecido que se lo tenía el rojo culiao.
La volví a ver unos años después en la hostal de Öschla. Al parecer tenía algo con Diecz, el guapote que vive aún en una piececita en el segundo piso; pero también la vi con Jorge Malabia, que le arrendaba una de las tantísimas habitaciones a la señora Litty, una vieja usurera, dueña de cuadras completas en Santa María, sepa quién por qué. (En este pueblo miserable cada uno tiene, a su manera, su pequeño delito que guarda recelosamente.) Y así se la pasaban Malabia y Diecz, peloteándosela, o ella peloteándose entre ambos obstinadamente. Me parecían tan sucios, tan promiscuos, y me imaginaba el semen de uno tocando la punta de la verga del otro dentro de su útero, como si no tuviera tiempo entre una y otra para que absorbiera el semen su organismo: la pelirroja debe haber tenido un batido de esperma dentro; me daban asco a reventar. De todas maneras, a pesar de cualquier suposición, Nitza es o era bisexual; lo tengo bien claro: aquella noche en el Chamamé, muy cerca del cierre la vi con una muchacha, un poco gorda, besándose y masajeándose el poto mutuamente. Con Barthes las mirábamos desde nuestra mesa, y me comentaba, con un aire soñador, que aquella mujer era todo un caso. Le pregunté a qué se refería. Me contó que en realidad el padre de Nitza no había muerto, sino que había desaparecido —que para el caso de las dictaduras latinoamericanas es lo mismo—; que ella se inventó una historia acerca de un atentado en contra de su padre, que ella imagina que vio y dejó traumada; pero lo que pasó en realidad es que su padre salió una mañana, publicó una carta abierta en el periódico en el que escribía y después de almuerzo, en los alrededores de la Plaza de Mayo, se le vio por última vez. «A veces es mucho más sano una mentira piadosa, que un misterio sin resolver», terminó Barthes con ese tono que me volvía loco.


6. La escena de la expiación, o sea, del crimen.

Este hecho me condujo hasta acá, a este Purgatorio insípido, desabrido incluso para los que ya están muertos. A grandes rasgos, lo que hubo es muerte, la más sencilla y más pura muerte, y con eso, creo, siempre ha sido suficiente. Iba con las muelas hinchadas, con el sabor a fierro de la sangre que emanaba de las costuras carnosas de mi boca. Debíamos juntarnos a las diez menos cuarto en la planta baja del Berna. Yo tenía que estar a lo menos a las nueve, cruzando la calle, en la Plaza Nueva, para ver si el hombre sospechaba de algo y se presentaba antes en el lugar para tantear el terreno. Llegó puntual. Iba con su terno gris y un maletín bajo el sobaco; era profesor de idiomas, seguramente venía de la Escuela Normal, que son unas diez cuadras por calle Unamuno, hasta quebrar por Girondo. Esperé a que se instalara en alguna mesa, y solo después me dispuse a entrar en el Berna. Mi señal era pedirle un vaso de agua en la barra a Larsen, quien era el que estaría de turno, mi cómplice. (En aquel entonces, Larsen ya había perdido el prostíbulo por unos asuntos con impuestos internos —solía decir que era una rotunda estupidez: «¡no puedo dar boleta por vender coca, les falla la cabeza a estos pibes!».) Luego debía actuar que me sorprendía de ver al hombre ya sentado en una de las mesas; me acercaría y me acompañaría un camarero que pediría la orden del otro comensal, o sea, al hombre que yo mataría. El motivo que inventé para entrevistarme con él, fue la oportunidad de hacer un negocio de hotelería, en el que le ofrecí ser mi socio. Su esposa trabajaba en el rubro, dando pensión. El interés resultó casi instantáneo, pues quería que su señora descansara de una vez; había trabajado desde los diez años sin parar; por lo que con este negocio la libraría a ella de responsabilidades y preocupaciones. Era todo, por supuesto, una sorpresa para ella. Luego de trazar unas someras líneas de lo que constaría el trato, le entraron ganas de ir a mear. Era parte del plan. Larsen le había echado un diurético a su bebida, y el camarero se encargó de servírselo especialmente a él.
Entonces, el hombre se alejó hasta la parte trasera del Berna, donde estaban los baños. Era una suerte de hangar profundo cuyos objetos se perdían en la oscuridad. El sector del baño era una pequeña ampolleta colgando de quizás donde, que alumbraba una puerta blanca. El baño mismo era como un cápsula cubierta de cerámico barato. No habrá medido más de dos metros cuadrados. Estaba el wáter, el lavamanos y un meadero, y no cabía más que una persona dentro. El hombre yacía de espaldas a mí, meando, cuando abrí la puerta. Se dio vuelta con sorpresa, pero al verme esbozó una sonrisa; me preguntó que si también tenía ganas, yo le devolví la sonrisa pero con mi entrecejo estático, mirándolo de abajo hacia arriba. Saqué el pequeño cuchillo largo de mi padre, esperé a que se la sacudiera y se diera la vuelta hasta quedárseme mirando de frente. Se lavó las manos, primero. Tenía yo mis manos ocultas tras la cintura. Cuando su cuerpo giró, lo hice. Le enterré el cuchillo en el centro de su prominente manzana de Adán. Un gorgoteo de sangre y ruido se fraguó en su garganta, y se silenció por fin a los pocos segundos. Cayó al suelo con los ojos muy abiertos e idos, divisando la nada sobre mi cabeza. Lo cogí del hombro para acostarlo y lo senté sobre la taza del wáter. Quité rápidamente el cuchillo de su garganta, saqué el trapo que llevaba en el bolsillo trasero de mis pantalones verdes; me costó sacarlo pues son muy ajustados. Limpié la hoja, y le metí el paño en la boca; la sangre ya empezaba a formar un charco en el borde del wáter. Cerré la puerta y me dirigí de nuevo hacia nuestra mesa. Me senté rápidamente y me bebí mi vaso de agua. Hice un gesto alto con la mano, me levanté y me fui del lugar sin mirar a nadie: eso es lo que se suponía que debíamos hacer en señal de haber terminado la faena. Junta Larsen estaba en la barra, y era quien debía dar consecutivamente un grito en clave para señalarle a los correspondientes que fueran a deshacerse del cuerpo: la clave esta vez, si mal no recuerdo o si escuché bien, fue: «¡un London Collins para la 8!» Ese trago no existe. Era un chiste interno. Me fui caminando con las manos dentro de mis apretados bolsillos hasta la plaza grande, y luego corté por Mandrake, hasta Tomasi de Lampedusa.
Iba camino a casa de Barthes, a orillas de la playa. Iba a seguir enamorándome y con esto quiero decir, quizás, que quería esconderme.





















[1] Código de honor propio de la mafia siciliana, que consta básicamente en no delatar a implicados ni dar información comprometedora que afecte a miembros de la familia.
[2] El padre de Giuseppe Briganti, el comandante Salvatore Briganti, participó asiduamente de las veladas en casa de Mónica Lane (prima en segundo grado de Jorge Malabia), junto con un grupo de refugiados italianos neofascistas, comandados por Stefano Delle Chiaie —involucrado en la conocida Operación Cóndor—, que pasaron una temporada en ella mientras se coordinaban los asesinatos a Carlos Altamirano y Bernardo Leighton. En esa misma casa se llevaron a cabo secretas reuniones con Augusto Pinochet y altos mandos de la DINA.

[3]  Dos fragmentos de la declaración que prestara Briganti por la detención de Sebastian Diecz y Sei Shikibu (alias La Japonesita) por presunto narcotráfico (transcripción del audio):

«…no era necesario cerrar con llave la habitación, nunca lo he hecho. A pesar de algunas abominables diferencias, Oschla me parece una persona correcta. Le arriendo la pieza lo que ya pronto serán 5 años. La conseguí en ese tiempo a precio irrisorio, y a pesar de todos los infortunios de nuestra economía, nunca me ha subido ni un solo peso. No soy de hablar mucho con los demás moradores de la casa de Oschla, me parecen la mayoría un desastre; borrachos y drogadictos, ociosos, fracasados. Este tal Sebastian es ejemplar. Y con Oschla he tenido que mantener las distancias prudentes, pues políticamente no somos muy afines. Aunque ella también repudie, como yo, toda la política genocida estalinista —ella por supuesto piensa que Holodomor fue un genocidio propiamente tal, ¿lo conocen?…le parece una barbaridad, tal como a mí, es insólito que aún se defiendan esos ineptos comunistas con argumentos tan débiles… »

«¿del uso de armas?…Öschla sí, tenía un fusil en su armario. Había aprendido en la guerra a dejar armado un fusil en menos de un minuto. Su habitación da justo debajo mi piso. La escucho cantar (pues es lo que hace cada noche) canciones ucranianas a sus hijos, que ya tienen más de 15 años, para que se queden dormidos. Mire comisario, la guerra le enseña a la gente a estar más tranquila que la que no ha estado en la guerra. Eso lo aprendí de mi padre. La guerra hasta cierto punto es incluso sana…»

[4] Se puede percibir en el presente párrafo la parodia, sino indiscretamente el plagio de una escena aparecida en Confesiones de una máscara, primera novela del escritor japonés Yukio Mishima (Tokio, 1925 – 1970), en la que el protagonista también se masturba con una reproducción de la pintura de Reni, el pintor italiano postrenacentista. (N. de la E.)
[5] Se refiere a las lesbianas (N. de la E.)
[6] El retrato en realidad corresponde a la poeta rusa Marina Tsvietáieva a los 33 años, en París, 1925 (N. de la E.)