martes, 8 de diciembre de 2015

LA PATRIA ELÉCTRICA/ 3.LA ESTAMPA DEL SEÑOR JAAR








Me llamaba la atención no ver los ojos en los rostros, 
sino solamente un resplandor sin brillo 
en medio de un nido de arrugas.

Albert Camus




    Por lo que a mí respecta, mi experiencia de librero dependiente de la Marinetti, no sólo se graneó de anécdotas provistas por los disparates del señor Jux; sino también, y a raudales, por los clientes y escritores en mientes que se acercaban a la librería a tantear sus ventas, que por regla, eran nulas. Recuerdo a uno en especial, un hombre fornido, de papada prominente, con el temple sedado o drogado, y prematuramente arrugado. Lo interesante en él era ver cómo evolucionaban las rosáceas de sus mejillas, casi púrpuras en invierno, y en verano de un rojo carmesí preocupante. Tenía los ojos celestes, y una obesa nariz que parecía taparle los ojos. Su nombre era Móscar, el señor Móscar Jaar. Era fundamentalmente poeta, bueno, en realidad sería más honesto decir que escribía poesía; porque el título le quedaba un poco ancho. No era lo que se dice un entusiasta de excentricidades; de hecho, aparentaba ser más común que los comunes, y lo único distinguido en él era su título de escritor. También leí unos cuantos artículos suyos sobre literatura en El Liberal que pasaban por allí con más pena que gloria, y no lo digo por su precariedad, sino más bien porque trataban casi siempre de temas lúgubres o derechamente tristes. Específicamente mujeres. Mujeres que eran abandonadas, mujeres que abandonaban, mujeres abandonadas de sí, y así sucesivamente… Desde luego el señor Jaar tenía su frágil nombre posicionado en la escena sanmariana, sea de la forma que sea. Había llegado a Santa María como agregado cultural de un país del sur, y por lo visto, no se quiso ir más. Asi que hubo un mes que se ganó el Premio Municipal de Literatura Horacio Quiroga, en su vigésima sexta entrega. Además de los libros ya publicados por distintas casas editoriales del cono sur, el municipio, en homenaje, había editado una antología esencial de su obra, un mamotreto de unas cuatrocientas páginas, de tapas duras, cuyo valor daban ganas de quitarle el premio, y echarlo del país. En fin, meses transcurrieron en la librería y yo sin vender ni un solo ejemplar; y, para más remate, al ser la Marinetti la librería más importante de Santa María, el stock de libros era desproporcionado: más de cincuenta ejemplares que con los otros dos libreros (uno de ellos era Barthes, quien renunció al poco tiempo, argumentando que prefería que lo jodiera el muchacho más feo y deforme de Santa María, que ese obeso y cabrón hijoputa de Jux) intentábamos guardar en el poco espacio que teníamos. Un mesón completo destinamos para mantener las reposiciones, que se llenaron de polvo, de pelusas y rotunda indiferencia. 
    Asi que un día por la tarde apareció Móscar Jaar por la librería; en los mostradores de la sección de poesía ya no figuraba su libro y de esto se percató de inmediato, ya que sólo al entrar y echar una breve ojeada, se acercó a paso agitado pero discreto hasta el estante de poesía. Su rostro lo llevaba tapado por una gruesa bufanda y un abrigo con las pecheras abiertas; pero, en contra de su deseo, sus ojos turquesas lo delataban. No me acerqué a él de inmediato, quise verle moverse por el local, ver cómo tanteaba el terreno. Pasó un rato y en tanto mi concentración se aflojaba y comenzaba a dedicarse a otros asuntos, noté de reojo que Móscar Jaar se había agachado, y que buscaba con alevosía algo al fondo, entre los libros rezagados y viejos, amarillos y maltratados, de los cajones inferiores. Lo seguí con la mirada, hasta que dio con algo, como los buscadores de oro californianos, y lo cogió entre sus dos manos, satisfecho. Era el libro que había editado el municipio. Le quitó el polvo con la palma de la mano y, con el aire infame de los timadores, sacó uno de los títulos que se posaban sobre el mesón; lo tiró, literalmente, al fondo; y en su lugar colocó el suyo, acomodado sobre los demás que le rodeaban hasta que quedara perfectamente encuadrado y reluciente.
     Con Barthes nos miramos y nos reímos, cómplices. Me acerqué hasta el señor Jaar. Le dije buenas tardes, y pareció asustarse. Tal vez supiera bastante bien que se hallaba envuelto en tramas infamantes. Me señaló un par de cosas respecto a su obra, sin que yo le preguntara; y luego salió de allí con los ojos llorosos, no sé por qué, y con un cojeo disimulado que quizás quería decir que a pesar de todo se estimaba muy poco. Pocos años después le vi en un programa de televisión chileno contando con una seriedad casi litúrgica que en una de sus peripecias por Latinoamérica los militares lo habían tomado preso y que en el instante en que era conducido a su celda en su cabeza no cabía más pensamiento que unos versos de Borges, unos sobre un mártir de la patria Argentina, cuyo nombre ahora no recuerdo. Sin tener idea, me reí botando lágrimas sobre la sopa de repollo fría y abandonada que yacía aún entre mis manos. Años después, sin querer, supe que en lo que había estado envuelto el señor Jaar en realidad no era más que una ronda de rutina, un llamado control de identidad, que en tiempos de dictadura no era lo que se dice un procedimiento pacífico, y que sin embargo no pasaban de eso: un control de identidad. La alharaca con que lo dijo en aquella lejana entrevista televisiva aún me retuercen las tripas de risa. ¡Y qué más absurdo que pensar en Borges cuando unos milicos te tienen por las pelotas!










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